Mi primera tarde en el cine porno entre travestis
Hola, me llamo Romina y quiero contarles cómo fue mi primera tarde en un cine porno. Hacía meses que escuchaba a mis amigos hablar de esos lugares a media luz, de lo que pasaba entre las butacas, y cada vez que lo contaban se me revolvía algo por dentro. La curiosidad me ganó. Necesitaba verlo con mis propios ojos y, si me animaba, vivirlo.
Una tarde salí temprano del trabajo y caminé hasta el cine sin pensarlo demasiado, porque si lo pensaba iba a arrepentirme. Pagué la entrada con la voz temblando y crucé la cortina pesada que separaba el vestíbulo de la sala. Adentro estaba todo negro. Lo único que iluminaba era la pantalla, donde dos hombres tenían a una rubia atravesada, gritando, uno por delante y otro por detrás.
Me quedé parada unos segundos junto a la pared, esperando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Además de los gritos de la película, había otros sonidos más cerca. Gemidos cortos, respiraciones agitadas, el roce de la ropa contra el cuero de las butacas. Cuando por fin empecé a distinguir las formas, giré la cabeza buscando un asiento libre.
Lo primero que vi me dejó clavada en el lugar. Una travesti con la minifalda subida hasta la cintura estaba sentada a horcajadas sobre un hombre, montándolo despacio. Él la sujetaba de las caderas y la guiaba, y ella echaba la cabeza hacia atrás con cada movimiento. Me senté una fila más atrás, sin hacer ruido, para poder mirarlos sin que se dieran cuenta.
No eran la única pareja. Cuando recorrí la sala con la vista, descubrí que casi cada rincón tenía su propia escena. Hombres besándose, otros de rodillas, sombras que se movían al ritmo de la película. Volví a fijarme en la travesti. Cuando terminó de montarlo, se acomodó la falda, le quitó el preservativo con cuidado, lo limpió con un papel y se levantó como si nada. La seguí con la mirada hasta que desapareció por la puerta del baño.
El hombre se giró hacia mí. Me había visto observándolos todo el tiempo.
—Qué rico mueve las caderas —dijo en voz baja, todavía agitado—. Me sacó hasta la última gota.
Le sonreí sin saber muy bien qué decir.
—¿Ella cobra? —pregunté por preguntar, por romper el silencio.
—Solo una propina —contestó él, y me hizo un gesto para que pasara a su fila.
***
Me cambié de butaca y me senté a su lado. Era un tipo grande, de manos anchas, que hablaba sin apuro. Me preguntó si había ido a participar o solo a mirar. Le dije que solo a mirar, pero por la forma en que se rió supe que no me creyó ni una palabra.
—¿O te gusta la verga? —preguntó, mirándome de costado.
Sentí que se me encendía toda la cara. No supe responder. Me levanté con cualquier excusa y le dije que iba al baño.
—Ahí te espero —contestó, divertido.
Empujé la puerta del baño todavía más nerviosa que al entrar al cine. Adentro la cosa era todavía más intensa. Dos travestis le hacían sexo oral a un hombre apoyado contra los lavabos, y un poco más allá otra estaba contra la pared, dejándose penetrar despacio. El aire olía a perfume barato y a sudor.
Me acerqué a orinar al lado de un hombre que estaba de pie frente al mingitorio. No pude evitar mirar de reojo. La tenía dura, grande, apuntando hacia arriba. Él notó mi mirada y, sin soltar una sonrisa, me habló bajito.
—¿Querés probarla?
Tomó mi mano y la llevó hasta él antes de que yo pudiera contestar. Y entonces me decidí. Me arrodillé sobre el piso frío y empecé. Primero despacio, besando, lamiendo, y después él me sujetó del pelo y marcó su propio ritmo. La metía entera, sin medirme, tan rápido que por momentos me costaba respirar.
—Te vas a tragar todo —me susurró al oído, sin dejar de moverse.
En ese momento, una de las travestis que ya había terminado con su cliente protestó en voz alta.
—¡Esta nos está robando los clientes! —dijo, y salió del baño arrastrando a la otra.
Me quedé sola con él, de rodillas, mientras se agitaba cada vez más. Lo sentí tensarse, escuché un gruñido ronco, y enseguida noté el calor llenándome la boca. Me apretó la cabeza contra él hasta el final, y cuando me soltó me pidió que tragara. Lo hice.
—Lo hacés muy rico —dijo, limpiándose, y salió sin mirar atrás.
***
Me enjuagué la boca en el lavabo, me miré un segundo en el espejo manchado y decidí que ya era suficiente. Quería irme a casa. Pero al salir del baño me encontré con que el hombre grande seguía en su butaca, esperándome.
—No te vayas —me detuvo su voz en la penumbra—. Vení, charlemos un rato.
Me senté de nuevo a su lado, resignada.
—¿Qué tal estuvo la que chupaste? —preguntó con una media sonrisa.
Negué con la cabeza, intentando sostener la mentira.
—Solo fui a orinar.
—Las travestis salieron diciendo que en el baño había alguien quitándoles clientes —dijo él, tranquilo—. Fui a ver. Y te vi de rodillas.
Me había descubierto. No tenía sentido seguir negándolo, así que me reí y bajé la guardia. Conversamos un rato largo. Le conté quién era, a qué me dedicaba, por qué había entrado ahí esa tarde. Él me escuchaba con atención, como si de verdad le importara.
—¿Y ya estás satisfecha? —preguntó al final.
—Para ser la primera vez, está bien —dije.
—Agarrala —contestó, bajándose el pantalón hasta las rodillas—. Ya la lavé en el baño.
Era larga y delgada, distinta a la anterior. Llegaba hasta el fondo de mi garganta sin esfuerzo. Se la chupé un buen rato, sintiéndola endurecerse poco a poco entre mis labios, y él me sostenía la nuca sin forzar, dejándome llevar el ritmo a mí. Cuando me levantó la cara, me besó. Fue un beso largo, hondo, distinto a todo lo demás. Me abrazó y me apretó contra su cuerpo.
—Quiero cogerte —me dijo al oído—, pero no tengo preservativo. Esperá.
Se subió el pantalón, fue hasta una de las travestis a comprarle uno y volvió enseguida. Antes de seguir, se acercó a mi oreja.
—Disculpá, no te pregunté. ¿Querés que sea por atrás?
—Sí —le dije—. No hay problema.
***
Volvió a bajarse el pantalón y me la acercó a la boca. Se la chupé hasta dejarla bien dura y entonces se puso el preservativo con cuidado. Me hizo arrodillar sobre la butaca, levanté las caderas y él empezó a jugar, rozándome, amagando a entrar y retirándose. Yo estaba tan excitada que apenas podía quedarme quieta.
Pero hubo algo que me disparó la adrenalina como ninguna otra cosa esa tarde. Cuando giré apenas la cabeza, vi que varios hombres se habían acercado en silencio y nos rodeaban, mirándome ofrecida de esa manera. Sentí un empujón firme y él entró de una sola vez. Se me escapó un gemido fuerte que retumbó por encima de la película.
Uno de los que miraban me acarició la cara.
—Tranquila —murmuró—, ya va a pasar.
El vaivén se hizo constante. Yo cerraba los ojos, entre la vergüenza y el placer de saberme observada por completos desconocidos. Entonces sentí algo contra mis labios. Abrí los ojos: era el hombre que me acariciaba la cara. Abrí la boca y lo recibí, y así quedé atrapada entre dos ritmos, uno por delante y otro por detrás, mientras los demás se tocaban mirándome.
—Me vengo —avisó el de adelante, y lo sentí terminar en mi boca. Se retiró y dejó el resto en mi cara.
Yo seguía gimiendo, sostenida por las caderas, taladrada sin pausa por la verga de mi hombre. Otro de los que miraban se acercó y también me usó la boca apenas un par de minutos antes de dejarme su calor. Las travestis volvieron a pasar y soltaron, entre risas, que yo les seguía robando el trabajo. Los últimos dos terminaron cerca de mi cara, aunque casi todo cayó al piso.
Mi hombre me apretó las nalgas y se inclinó sobre mi espalda.
—¿Te la doy o la querés en la boca? —preguntó, ya al límite.
—Dámela ahí —respondí, sin aliento—. Por hoy ya tomé bastante.
Nos reímos los dos. Empujó con fuerza, y con cada chorro que soltaba me daba un envión que me arrancaba un gemido. Se quedó quieto unos segundos, hundido hasta el fondo, hasta que poco a poco se ablandó y se retiró. Y ahí vino la sorpresa: el preservativo se había quedado dentro de mí.
—Llevátelo así —bromeó él.
El hombre que me había usado la boca me limpió la cara con un papel y me alcanzó otro, que me acomodé como si fuera una toalla. Antes de levantarme, intercambiamos números de teléfono.
***
Nos quedamos un rato más sentados, pero yo quería salir sola, o que se fueran ellos primero. No quería que me vieran la cara a plena luz. Durante esos minutos fui el tema de conversación de toda la fila.
—Qué rico culo tenés —decía uno.
—La chupás como nadie —agregaba otro.
—Gracias —contesté, muerta de vergüenza y a la vez halagada—. Ya me voy.
—Te acompañamos —dijeron, y no me quedó otra que salir junto a ellos.
Caminamos unas cuadras hasta la parada. Cuando llegó el colectivo, se despidieron uno por uno con una caricia en la cara o en la espalda. El que me había dado su número me dio un abrazo largo y me dijo su nombre al oído: Damián.
Esa fue mi primera experiencia en un cine porno. La segunda vez fui mucho mejor preparada, con ropa pensada para la ocasión y menos miedo en el cuerpo. Pero esa ya es otra historia, que les contaré otro día. Me despido, chicos. Cien por ciento real. Acepto comentarios, críticas y, si quieren, su amistad. Besitos.