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Relatos Ardientes

Tres días de veda en el sauna de hombres casados

Martes por la tarde. Cuatro días enteros sin que nadie me pusiera una mano encima. Cuatro días imaginando a todos esos hombres casados encerrados en sus casas, fingiendo ser buenos maridos mientras se les ponía dura debajo de la mesa familiar. Yo me llamo Dani, tengo apenas diecinueve y recién estoy aprendiendo a salir al mundo como soy de verdad.

Llevo el pelo largo hasta los hombros, suave y lacio. La cara apenas maquillada: una sombra tenue en los párpados, máscara que me alarga las pestañas y un brillo rosado que me deja los labios húmedos. Por fuera visto ropa que no dice nada: jeans ajustados, una campera liviana, zapatillas blancas. Pero debajo soy otra cosa.

Debajo llevo un corpiño de encaje negro que apenas me tapa los pezones, sensibles desde que empecé las hormonas hace unos meses. Y una tanga diminuta de encaje rojo que se me hunde entre las nalgas depiladas. Mi cuerpo es andrógino: caderas estrechas, cintura fina, la piel lisa y sin un solo vello. Todavía no tengo pechos, pero los pezones me arden con solo rozar la tela.

Soy carne nueva. Carne dispuesta. Y hoy el sauna de la calle Tucumán va a ser mi purgatorio.

***

El lugar huele a lavandina barata, a vapor espeso y a desesperación de machos. Las luces de neón rojo parpadean sobre baldosas rotas y toallas húmedas tiradas por el piso. Apenas cruzo la puerta de chapa, siento las miradas clavándose en mí. El aire está cargado, denso, casi sólido.

El fin de semana largo terminó y el próximo todavía está lejos. En el medio quedan estos tres días muertos en los que los casados vienen acá a descargar todo lo que no pueden en sus camas matrimoniales. Tres días para que paguen la veda.

Un tipo corpulento, panza de cerveza y el pecho cubierto de vello, me intercepta en el pasillo oscuro. Me recorre de arriba abajo, deteniéndose en el pelo largo y en la línea que la tanga marca apenas bajo el jean.

—Qué linda que estás… ¿es tu primera vez acá? —gruñe, con la voz ronca de deseo contenido.

—No es la primera —respondo bajito, casi tímida, aunque por dentro estoy temblando—. Pero casi.

No espera más. Me empuja contra la pared húmeda, me baja los jeans de un tirón y descubre el encaje rojo. Un sonido animal le sube desde la garganta.

—Mirá cómo venís vestida abajo… —dice, y la frase se le rompe en la boca.

Me da vuelta sin ninguna delicadeza. Me corre la tanga hasta los muslos y escupe en mi entrada. Siento su miembro grueso, caliente, pesado, apoyarse entre mis nalgas. Con una sola embestida me lo entierra hasta el fondo.

—¡Ah! —gimo fuerte, la voz quebrada. Mi cuerpo se abre alrededor de él, la fricción quema de una manera que me nubla la cabeza. No tiene piedad. Me agarra del pelo, tira hacia atrás y empieza a moverse con golpes secos y profundos.

—Tomá todo lo que la mujer no te da en casa —le digo entre dientes, y él se ríe sin aire mientras me embiste cada vez más rápido.

Para esto vine. Para esto me vestí así.

Sus testículos pesados me golpean con cada empujón. Siento los pezones duros rozar el encaje del corpiño, tan sensibles que casi duelen. El tipo acelera, pierde el ritmo, y termina con un rugido apretándome las caderas con las dos manos. Me llena por dentro, espeso y ardiente. Cuando sale, un hilo blanco me chorrea por los muslos y mancha el rojo de la tanga.

Ese es solo el primero.

***

Jueves. El frenesí escala. Ya perdí la cuenta de cuántos me usaron.

Estoy en la sala de vapor, de rodillas sobre una toalla húmeda, con el cuerpo brillante de transpiración. Un hombre me sostiene del pelo largo mientras me coge la boca sin pausa. Las arcadas me hacen lagrimear y la máscara se me corre un poco por los pómulos. Otro me abre las nalgas desde atrás, escupe en mi entrada ya hinchada y me la mete de un solo empujón.

—¡Ay, por favor! —grito alrededor del miembro que me tapa la garganta. El dolor y el placer se confunden hasta que no sé cuál es cuál.

Mi cuerpo andrógino, suave y depilado, se abre y se cierra alrededor de ese hombre mientras me usan por los dos lados a la vez. El vapor lo borra todo: las caras, el tiempo, la vergüenza.

—Mirá qué culo tiene esta… parece de nena —dice el de atrás, y me da una palmada fuerte que retumba en el cuarto de vapor.

Me usan sin descanso. Uno termina en mi boca y me obliga a tragar, espeso y salado. El otro me llena por detrás con otro chorro caliente. Cuando los dos salen casi al mismo tiempo, quedo goteando por la barbilla y por entre las piernas, todo bajando hasta la tanga empapada.

Me quedo unos segundos en el piso, recuperando el aire, con las rodillas marcadas por la toalla. Una parte de mí debería sentirse humillada. No la encuentro. Lo único que encuentro es las ganas del próximo.

Un tercero se acerca desde la penumbra, más joven que los otros, con la alianza brillando en una mano que se cierra sobre mi mandíbula. Me levanta la cara para mirarme bien, como si quisiera asegurarse de lo que está usando. No dice nada. Me hace girar de nuevo, me dobla sobre el banco de azulejos calientes y entra despacio, casi con cuidado, lo cual de algún modo es peor.

—Quedate quieta así —murmura, y obedezco. Obedezco porque me gusta obedecer, porque cada orden me confirma lo que soy esta noche. Me mueve a su ritmo, sin apuro, hasta que el apuro lo gana también a él y termina apretándome la nuca contra la pared.

***

Viernes. La ansiedad de los casados se huele en el aire. Saben que mañana empieza otro fin de semana largo y van a tener que volver a fingir delante de sus familias. Por eso hoy vienen más brutales, más egoístas, más apurados.

Un hombre sudado me tira sobre una de las camas del cuarto oscuro. Me abre las piernas, me corre la tanga a un costado y me clava su miembro grueso sin aviso ninguno.

—¡Ah, más fuerte! —gimo, con la voz ya rota de tanto usarla.

Mis pezones rozan el encaje mientras me embiste como si quisiera romperme. Me agarra del pelo largo, me muerde el cuello, me hunde la cara contra el colchón húmedo. La cama cruje con cada golpe.

—Te voy a dejar marcada para que te acuerdes de mí toda la semana —me dice al oído, y termina adentro con un gruñido, inundándome de calor.

Apenas sale uno, entra otro. Me usan la boca, me usan por detrás, terminan en mi cara, en el pelo, dentro del corpiño. El maquillaje hecho un desastre, los labios hinchados, el cuerpo temblando. La tanga roja, completamente pegada a la piel, ya no se distingue del resto de mí.

Hay uno que me lleva a un rincón aparte, lejos del bullicio del cuarto principal. Es mayor, de barba canosa y manos enormes, y me trata con una mezcla rara de brutalidad y agradecimiento. Me sienta sobre él, me sostiene de las caderas y me deja marcar el ritmo mientras me clava la mirada como si yo fuera lo único real que le pasó en años.

—Sos lo mejor que me pasa en toda la semana —dice, y le creo. Le creo a todos cuando dicen eso, porque en este sauna las mentiras se quedan afuera, junto con las alianzas que igual no se sacan.

En algún momento, entre dos hombres, me miro las manos apoyadas en la pared y pienso que nunca me sentí tan deseada en mi vida. No es bonito lo que pienso. Pero es mío.

***

Sábado por la mañana. El sauna empieza a vaciarse.

Los hombres se visten en silencio. Se echan perfume encima para tapar el olor a sexo y a lavandina. Se acomodan las alianzas en los dedos y salen de nuevo hacia sus vidas prolijas, hacia mujeres que jamás van a enterarse de nada. Ninguno me mira al irse. Ya no les sirvo.

Me quedo sola en el cuarto oscuro, sentada en una banca de madera, las piernas todavía temblando. El neón rojo zumba arriba mío, parpadeando.

Mi cuerpo andrógino está exhausto, vaciado, vencido del modo más dulce. Tengo la cara manchada, el pelo largo apelmazado, el corpiño y la tanga destrozados. Huelo a hombre, a sudor, a deseo agotado.

Me levanto despacio y me acerco al espejo roto del fondo. La imagen se parte en dos por la grieta del vidrio, pero aun así, debajo de todo el desorden, me sigo viendo linda. Delicada. Mía.

Tres días. Eso duró la veda. Eso duré yo.

Ellos van a volver a cortar el pasto, a almorzar con la suegra, a dormir al lado de mujeres que nunca les van a dar lo que yo les di. Yo vuelvo a casa vacía de tensión y llena de su desesperación, dueña de mis instintos más sucios aunque recién esté empezando este camino.

Me lavo la cara en el baño de azulejos saltados, me vuelvo a poner los jeans sobre el encaje arruinado y salgo a la luz de la mañana entrecerrando los ojos. La calle Tucumán sigue ahí, indiferente, con sus persianas a medio bajar.

Soy la carne nueva. Y la carne, tarde o temprano, siempre gana.

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Comentarios (1)

Darkito_R

tremendo!!! me enganche desde la primera línea hasta el final

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