Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Salí vestida por primera vez en el Carnaval

No salí esa noche para demostrarle nada a nadie.

Salí porque ya no podía seguir mirándome sola en el espejo de mi habitación, con la puerta cerrada y la luz baja, fingiendo que aquello me bastaba. Porque llevaba demasiadas noches masturbándome frente a ese mismo espejo, con el tanga bajado hasta los muslos y la polla en la mano, y ya no me alcanzaba con correrme a oscuras y limpiarme rápido antes de que nadie preguntara nada.

Llevaba meses preparándome sin admitirlo. Probándome cosas a escondidas, aprendiendo a caminar con tacones sobre la alfombra para que no se oyera nada, ensayando un gesto, una mirada, una manera de ladear la cabeza. Y el Carnaval de Calanova era la única noche del año en que una podía pasear por la calle vestida así y desaparecer entre mil disfraces. Nadie pregunta. Nadie señala. Esa noche todo el mundo es otra persona.

Me vestí despacio, con los nervios cosquilleándome la piel desde el primer botón.

El vestido negro me ceñía el cuerpo con un descaro que aún no sabía si podía permitirme. Debajo llevaba medias finas sujetas con un liguero, y una lencería que nadie iba a ver pero que yo sentía en cada paso, tensa, presente, recordándome a cada segundo lo que estaba haciendo. El top ajustado, el tanga estrecho apretándome la polla contra el pubis para disimularla, la peluca colocada con paciencia frente al espejo, el maquillaje marcándome los ojos más de lo que me atrevía de día. Me observé un instante largo antes de salir y tragué saliva.

Si das un paso fuera de esta puerta, ya no hay vuelta atrás.

Di el paso.

***

Calanova estaba desbordada. La avenida del puerto era un río de gente, música saliendo de cada esquina, luces de colores temblando sobre el agua, carrozas a medio desmontar y disfraces por todas partes. El aire olía a salitre, a perfume barato y a cerveza derramada. Caminé pegada a las fachadas, todavía adaptándome a los tacones, sintiendo el frío de la noche subirme por las piernas enfundadas en las medias.

Nadie me miraba raro. Eso fue lo primero que me sorprendió. Una mujer disfrazada de gata me sonrió al cruzarme, un grupo de chicos brindó hacia mí sin más, y por un momento entendí que esa noche, entre tantos personajes, yo simplemente era una más. Esa idea me soltó algo en el pecho.

Entré en un local del paseo para escapar del bullicio de la calle. Dentro estaba oscuro, lleno, con la música golpeando en el suelo y el techo bajo. Pedí una cerveza para tranquilizarme y me la bebí demasiado rápido. Pedí otra. Notaba cómo el alcohol me aflojaba las rodillas y el miedo al mismo tiempo, y agradecí las dos cosas.

Fue entonces cuando se me acercó el primero.

Un hombre mayor, de camisa abierta y demasiada colonia, seguro de sí mismo de una forma que no me gustó. Se inclinó sobre mi hombro y me habló al oído sin ningún rodeo, directo a lo que quería, como si yo fuera algo ya decidido sobre la barra. Me dijo que le encantaría llevarme al baño, ponerme de rodillas y metérmela hasta la garganta ahí mismo, y me lo dijo con la naturalidad de quien pide otra copa. Le sonreí, le agradecí el interés con educación y me aparté un paso.

—No, gracias —dije, y mantuve la sonrisa.

No me apetecía nada de aquello. O no así. No quería que mi primera vez fuera un susurro grosero al oído y unas manos que no había pedido metiéndose debajo de mi vestido en un váter que apestara a lejía. Me giré hacia la barra, bebí otro trago y dejé que el hombre se perdiera entre la gente.

Y entonces lo vi a él.

***

Estaba apoyado en una columna, al otro lado de la pista, con una copa en la mano y una calma que contrastaba con todo el ruido de alrededor. Me miraba. Pero no como me había mirado el otro. Me miraba sin prisa, sin desnudarme con los ojos, casi con curiosidad, como quien encuentra algo que no esperaba encontrar esa noche. Sostuvo mi mirada un par de segundos y, en lugar de apartarla, sonrió.

Yo aparté la mía primero, nerviosa, y volví a la cerveza. Cuando levanté la vista de nuevo, él ya cruzaba la pista hacia mí.

Era alto, de hombros anchos, con una barba corta y unos ojos oscuros que parecían encontrarlo todo gracioso. Se detuvo a una distancia prudente, sin invadirme, y dijo lo único que no me esperaba.

—¿Bailas?

Me reí, más por los nervios que por otra cosa.

—Soy bastante torpe con esto —contesté, señalando con la barbilla mis tacones—. No creo que sea buena idea.

—No pasa nada —dijo, y me tendió la mano—. Yo te llevo.

Me quedé mirando esa mano un instante demasiado largo. Después la tomé.

***

Y me llevó.

En la pista me sentí insegura los primeros compases, rígida, pendiente de no perder el equilibrio. Pero su mano se posó firme en mi cintura, segura, y empezó a guiarme con una naturalidad que no me dejó otra opción que dejarme llevar. No tenía que pensar. Solo seguirlo. Su palma me recorría la espalda baja, marcaba la dirección, y mi cuerpo respondía antes de que mi cabeza pudiera asustarse.

Poco a poco se me fue olvidando el miedo a caer. Y el ruido. Y la gente. Y todo lo que me había costado llegar hasta esa pista. Me apoyé en él, dejé caer el peso contra su pecho y noté su calor a través de la tela del vestido. Bailábamos muy cerca, más de lo que la canción pedía, mi cadera contra la suya, su aliento rozándome la sien. Y en una vuelta lo sentí. El bulto duro de su polla apretándose contra mi cadera a través del pantalón, insistente, sin disimulo. Se me escapó un jadeo pequeño que él fingió no oír, y entonces me apretó todavía más contra sí, para que no me quedara ninguna duda de que él también lo había notado.

—¿Lo ves? —me dijo al oído—. No eres torpe. Solo no te habías dejado llevar nunca.

No supe qué contestar. Tenía más razón de la que él podía imaginar.

Me preguntó cómo me llamaba. Le dije el nombre que esa noche era el mío, el que llevaba meses pronunciando a solas frente al espejo, y al decirlo en voz alta, para otra persona, por primera vez, sentí un escalofrío recorrerme entera. Él lo repitió despacio, como si lo probara, y a mí me gustó cómo sonaba en su boca.

—Adrián —dijo, presentándose. Y siguió bailando.

***

Salimos a fumar a la terraza, aunque ninguno de los dos fumaba demasiado. El aire frío de la madrugada me erizó la piel de los brazos y de las piernas. Hablamos poco. No hacía falta. Apoyada en la barandilla, con el puerto a oscuras a mis espaldas, sentí que se acercaba antes incluso de que se moviera.

Me besó por primera vez con una suavidad que no esperaba. Apenas un roce. Casi una pregunta dejada en el aire, una manera de comprobar si yo quería. Me separé un segundo, lo justo para mirarlo a los ojos y entender que sí, que sí quería. Y entonces volvió a besarme, esta vez sin preguntas, con una decisión que me dejó sin aire, una mano sujetándome la nuca y la otra cerrándose en mi cintura, su lengua buscando la mía hasta que olvidé dónde estábamos.

La mano que me sujetaba la cintura bajó, se me metió por debajo del vestido y me apretó una nalga por encima del tanga. Sus dedos siguieron la tira estrecha de tela hasta el hueco entre las dos, y ahí se detuvieron, presionando, como advirtiendo lo que podían llegar a hacer si yo se lo permitía. Se me escapó un gemido dentro de su boca. Él lo tragó con una sonrisa apenas dibujada contra mis labios, y sin dejar de besarme me arrastró la mano hasta su entrepierna. Le apreté por encima del pantalón sin pensar. Estaba durísimo. Sentí la polla latirle contra mi palma, tensa, encajonada, y él dejó escapar un jadeo ronco que me erizó la nuca.

Cuando nos separamos, yo respiraba mal. Él sonreía.

—¿Volvemos dentro? —preguntó.

Asentí. Pero los dos sabíamos ya que el baile era solo una excusa para seguir tocándonos.

***

Volvimos a la pista y bailamos otra vez, pero ya no quedaba nada de mi torpeza inicial. Ahora me movía contra él con una confianza que media hora antes no tenía, sus manos firmes en mis caderas, mis brazos alrededor de su cuello, la música envolviéndonos a los dos en aquel local sin techo a la vista. Sentía sus dedos bajar por la curva de mi espalda, detenerse justo donde empezaba el vestido a ceñirse, y cada vez que lo hacían yo me apretaba un poco más contra él.

En un descuido, aprovechando la oscuridad, me metió una mano por debajo del vestido y me acarició la cara interna del muslo, por encima de la media, subiendo hasta rozarme el borde del tanga. Me clavé sus uñas cortas en la carne. Yo movía las caderas contra su muslo, restregándome sin vergüenza, sintiendo cómo mi propia polla se despertaba encerrada en la tela y cómo el tanga se me humedecía por delante con una gota que no sabía si venía del glande o solo eran ganas. Bailaba y me follaba con los ojos al mismo tiempo, y yo dejé de hacer distinción entre las dos cosas.

Cuando por fin le dije que me iba, que ya era tarde, se ofreció a acompañarme hasta el coche sin soltarme la mano. Salimos del local y caminamos por el paseo casi vacío, la fiesta apagándose a nuestras espaldas, las farolas reflejándose en los charcos. No hablábamos. Solo el sonido de mis tacones contra el adoquín y el roce de su pulgar sobre mis nudillos.

Llegamos a mi coche, aparcado en una calle lateral, lejos del bullicio. Y antes de que yo sacara las llaves, me besó otra vez, apoyándome de espaldas contra la puerta. Largo. Profundo. Me apretó contra él con todo el cuerpo y, en ese instante, lo noté otra vez con toda claridad. Su erección, dura, grande, presionándome a través de la ropa, marcando la forma entera de la polla contra mi vientre. Se me cortó la respiración.

Abrí la puerta sin pensarlo demasiado. Y entramos los dos.

***

Dentro del coche el mundo se encogió de golpe. El espacio era pequeño, los asientos estrechos, y enseguida los cristales empezaron a empañarse con nuestra respiración. No hablábamos. Solo se oía el roce de la ropa y el aire entrando y saliendo demasiado rápido. Pasé una pierna por encima de él y me senté a horcajadas sobre su regazo, con la falda del vestido subiéndose por los muslos y las medias tirantes contra la piel.

Sus manos me recorrían la espalda, los costados, subían hasta mi pecho y volvían a bajar. Las mías se hundían en su pelo. Nuestras bocas no se separaban más que para tomar aire. Lo sentía tan cerca que apenas podía pensar; solo registrar la lencería tensándose contra mi cuerpo, el corazón golpeándome en el pecho, el calor concentrándose entre las dos capas de tela que aún nos separaban.

Fue entonces cuando su mano bajó de mi cintura, se coló entre nuestros cuerpos y se metió debajo del vestido, subiéndolo hasta la cadera. Sentí sus dedos rozar la tela del tanga por delante y detenerse. Contuve la respiración. No la aparté, pero tampoco moví un músculo. Él me miró a los ojos en la penumbra, muy serio de repente, y palpó despacio por encima de la tela. Notó el bulto duro apretado contra el tejido. Notó la forma inequívoca de mi polla encerrada ahí. Se detuvo un segundo, procesándolo. Y entonces sonrió, muy despacio, con una calma que me dio más miedo y más ganas que cualquier otra cosa esa noche.

—Mírala qué guapa está —murmuró, apretándomela por encima del tanga con toda la palma—. Estabas asustada de que me diera cuenta, ¿verdad?

No pude contestar. Solo asentí con la barbilla temblándome y dejé caer la cabeza contra su hombro mientras él me manoseaba por encima de la tela, arrancándome un gemido ahogado. Metió los dedos por dentro del elástico y me la sacó despacio, con cuidado, como si fuera algo que llevara la noche entera queriendo tener en la mano. Cuando el aire le tocó la piel me estremecí entera. Estaba duro, empapado por la punta, y él me la apretó por la base y empezó a bajarme el prepucio con dos dedos, con un ritmo suave, mirándome la cara para no perderse cómo yo me deshacía a cada tirón.

—Shhh —susurró, viendo cómo yo me mordía el labio—. Aquí no tienes que disimular nada.

Le busqué la boca. Le mordí el labio inferior mientras él me seguía masturbando despacio dentro del coche. Después me incliné, le bajé la bragueta con dedos torpes, le desabroché el botón del pantalón y le saqué la polla. Era grande. Más de lo que esperaba. Gruesa en la base, con las venas marcadas, y una gota gorda de líquido preseminal temblándole en la punta. La agarré. Le di dos pases lentos con la palma, sintiéndosela latir en la mano, y él soltó un gruñido bajo que me subió el placer un escalón entero.

No aguanté más. Me eché hacia adelante en aquel espacio imposible, casi doblada sobre su regazo, y me la metí en la boca. La sentí llenarme entera la lengua, empujarme contra el paladar, y me obligué a bajar más, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y me arrancó una arcada pequeña que no me detuvo. Empecé a chuparle despacio, subiendo y bajando, con una mano en la base ayudándome y la otra sujetándomela contra el asiento. Se le escapó un jadeo largo y me hundió los dedos en la peluca, cuidando de no tirar, marcándome sin embargo el ritmo con la cadera.

—Joder... así, así, chúpamela así —jadeaba entre dientes, con la voz descompuesta—. Qué bien lo haces, joder.

Le lamí toda la longitud, desde la base hasta el glande, y le pasé la lengua por el frenillo hasta que se le encogió el vientre. Me la volví a meter entera, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla y le cayera sobre los huevos. Se los acaricié con la mano libre mientras seguía mamándosela, apretándoselos suave, y él echó la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas y soltó un "puta madre" tan bajo y tan lleno que casi me corro yo solo de oírlo.

Me apartó él antes de tiempo, tirándome despacio de la barbilla hacia arriba.

—Para —me pidió, con la voz ronca—. Que si sigues me corro y quiero follarte.

***

Me incorporé sobre él otra vez, con la polla goteando entre las piernas y la boca hinchada. Me subió el vestido hasta la cintura de un tirón. Me apartó el tanga a un lado con dos dedos y se escupió en la palma, se embadurnó la polla entera con la saliva y volvió a escupirse en los dedos para meterlos entre mis nalgas, buscándome el agujero. Me acarició la entrada con la yema, en círculos, presionando apenas, y a mí se me escapó un lloriqueo agudo que me sonó ajeno.

—¿Estás segura? —me preguntó al oído, con la voz ronca.

—Sí —dije, y por primera vez en toda la noche no me tembló la voz.

Metió un dedo. Después dos. Me abrió despacio, con paciencia, mientras yo me apoyaba en sus hombros y me mordía el labio para no gritar. Cuando notó que cedía, sacó los dedos, se sujetó la polla contra mi agujero y empujó apenas la punta. Me incorporé un poco sobre él, busqué la posición, y empecé a bajar despacio, controlándolo yo, sintiendo cómo entraba centímetro a centímetro, dilatándome de una manera que me dejaba sin aire. No era mi primera vez. Pero él era grande, muy grande, y tuve que parar a mitad de camino, respirar, dejar que mi cuerpo se acostumbrara antes de seguir. Solo pude gemir contra su cuello, largo, roto. Él me sujetó las caderas, paciente, esperándome, sin forzar nada.

—Eso es —susurró, con los labios pegados a mi oreja—. Tómatela toda, con calma. Tenemos toda la noche.

Y cuando por fin la tuve toda dentro, con los huevos apoyados contra mis nalgas, me quedé quieta un segundo, con la frente apoyada en la suya, los dos respirando igual de rápido. Sentía la polla palpitarme dentro, llenándome de una manera que no había sentido nunca en la soledad de mi habitación con ningún juguete.

—Despacio —murmuró—. No hay prisa.

***

Empecé a moverme. Lento al principio, marcando yo el ritmo, subiendo y bajando mientras él me guiaba con las manos en mi cintura. Cada vez que me dejaba caer sobre él, la polla me tocaba un sitio dentro que me hacía ver luces, y se me escapaba un gemido nuevo. El coche se mecía con nosotros, los muelles del asiento crujían, los cristales completamente empañados ya, aislándonos del resto del mundo. Afuera seguía sonando, lejana, la música del Carnaval. Adentro solo estábamos él, yo, el chapoteo húmedo de su polla entrándome una y otra vez, y el sonido de nuestras respiraciones rotas.

Poco a poco fui soltándome. Dejé de pensar en si lo hacía bien, en si me veía bien, en todo lo que me había aterrado durante meses. Solo quedaba el placer, crudo y limpio, recorriéndome la espalda. Él levantaba las caderas para salir a mi encuentro, embistiendo desde abajo, y cada vez que la clavaba entera me arrancaba un gemido que ya no intentaba contener. Sus manos subieron por debajo del vestido, me apretaron el pecho por encima del top, bajaron a agarrarme las caderas y marcaron un ritmo más fuerte, y yo lo seguí.

—Así —jadeó contra mi cuello—. Justo así. Qué bien me la coges, joder, qué bien.

Me cambió de postura sin sacármela. Me tumbó de espaldas sobre el asiento del copiloto, encajonada, con una pierna doblada contra el respaldo y la otra apoyada en el volante. Se colocó encima de mí, entre mis piernas abiertas, y empezó a follarme él, con embestidas largas y limpias, apoyando las palmas contra el techo del coche para tomar impulso. Yo tenía la polla apretada entre nuestros dos vientres, chorreando semen claro sobre mi propio ombligo, y cada empujón suyo me la restregaba contra su piel y contra la tela arrugada del vestido subido hasta el pecho.

—Mírame —me ordenó, sin dejar de embestirme—. Mírame a los ojos mientras te la meto.

Le obedecí. Le sostuve la mirada mientras me clavaba una vez y otra, mientras el sudor le corría por las sienes, mientras yo sentía cómo el placer me subía por la espalda en oleadas que ya no podía contener. Me agarró la polla con una mano, sin dejar de follarme, y empezó a masturbármela al ritmo de sus embestidas, apretándome con la palma justo debajo del glande, como si supiera exactamente lo que me hacía perder la cabeza.

—Córrete —me pidió, entre dientes—. Córrete conmigo dentro, quiero verlo.

No aguanté ni tres pases más. Me corrí sobre mi propio vientre, con la espalda arqueada contra el asiento, disparándome en chorros que me manchaban el ombligo, el vestido negro y su mano. Sentí cómo se me cerraba entera por dentro alrededor de su polla, cómo lo apretaba con espasmos, y él soltó un gruñido casi animal. Aguantó dos, tres embestidas más, con los dientes apretados, y entonces se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mí con un gemido ahogado, descargándome toda la leche caliente en el vientre mientras seguía moviéndose despacio, apurando cada latido de su polla contra mis paredes.

El tiempo dejó de existir un instante.

***

Nos quedamos quietos, abrazados, en aquel coche pequeño y empañado, con las piernas enredadas, su polla todavía dentro de mí ablandándose despacio y la respiración recuperándose poco a poco. Él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, sin decir nada, y yo escuchaba los latidos de su pecho yendo poco a poco más lentos contra mi mejilla. Cuando por fin se retiró, sentí su semen tibio deslizándose por la cara interna del muslo, mojándome la media, y en lugar de darme asco me arrancó un último estremecimiento tonto.

Cuando por fin me bajé de su regazo y me acomodé el vestido como pude, con el tanga aún corrido a un lado y todo pegajoso, me miré un segundo en el espejo retrovisor. La peluca un poco descolocada, el maquillaje corrido, los labios hinchados. Y aun así, no me reconocí de miedo, sino de otra cosa. Me reconocí de verdad por primera vez.

Adrián me dejó su número escrito en un papel, me dio un último beso suave y salió del coche con una sonrisa que no tenía nada de despedida definitiva. Lo vi alejarse por la calle vacía mientras amanecía sobre el puerto de Calanova.

Cuando arranqué, con las piernas aún temblándome, el pulso desbocado y la ropa interior empapada de semen ajeno y propio, supe que aquella noche no había sido solo una aventura de Carnaval. Había salido a la calle a fingir que era otra persona durante unas horas. Y había vuelto siendo, por fin, exactamente quien era.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(8)

Pame_cba

Que hermoso relato!! me llegó al alma, de verdad.

SabrinaT_lect

Increible como transmitiste esa emocion del primer momento. Se me puso la piel de gallina leyendolo.

ElChicoDeRosario

Quiero mas!! seguí escribiendo por favor, quedé con ganas de saber que pasó después.

Mariela_Gba

Me recordó a una situación parecida que viví hace unos años. Esa sensacion de salir siendo uno mismo por primera vez es unica, lo capturaste a la perfeccion. Espero que esa noche haya sido tan especial como parece.

Gaston_Vte

Y que paso despues de que te invito a bailar? hay continuacion??

Mili_centro

Muy buen relato, te creo cada palabra. El detalle del vestido y las medias... demasiado real, así se siente de verdad.

VicenteMDQ

excelente!!! sigue asi

TranquiloLector

Los carnavales tienen esa magia, cualquier cosa puede pasar. Hermoso que lo hayas vivido y ademas lo cuentes tan bien.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.