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Relatos Ardientes

La noche en que él me convirtió en su princesa

Se notaba a la legua que yo no era el primero a quien intentaba seducir. Marcelo rondaba los cincuenta, soltero, con un cuerpo que cuidaba con disciplina: abdomen liso, brazos firmes, pecho ancho. Siempre llevaba unos vaqueros ajustados que marcaban su cintura y dejaban adivinar, como un bulto apretado, el tamaño de lo que cargaba adelante y la redondez de las nalgas atrás. Sonriente, conversador, el centro de cualquier reunión. Era el más grande del taller de fotografía y todas mis compañeras lo miraban con una mezcla de respeto y deseo, fascinadas por su seguridad, su buen pasar y esa libertad de hombre que no le rinde cuentas a nadie.

Nos juntamos un viernes en su departamento para celebrar de manera informal el cierre del primer semestre del curso. Yo era reservado, delgado, de ojos verdes, cabello castaño y una complexión más bien frágil. A mis veintidós años todavía dependía del colectivo para ir y volver, así que cuando se hizo de noche, Marcelo se ofreció a llevarme cuando terminara el encuentro. Uno a uno fueron yéndose los demás, hasta que quedamos solo él y yo.

Me puse a juntar las copas, a ordenar la mesa y a acomodar los almohadones del sillón. Mientras lo hacía, él se recostó contra la pared con su vaso de vino en la mano y se quedó observándome sin disimulo.

—Listo, ya podemos irnos —le dije.

—Espera, conversemos un rato. Llevamos medio año en el taller y casi no sé nada de ti —respondió, dejándose caer en el sofá y dando dos golpecitos en el cojín para que me sentara a su lado.

Me pareció raro, pero acepté sin sospechar nada y me senté junto a él. Nuestras rodillas quedaron rozándose.

—¿Tienes novia? —preguntó.

—Ahora no. He tenido algunas, pero ninguna duró demasiado —contesté.

Soltó una carcajada grave y apoyó la mano en mi rodilla.

—Seguro eres todo un conquistador, de esos que dejan a varias suspirando.

Me reí, nervioso.

—La verdad… me da un poco de vergüenza, pero como me inspiras confianza te lo voy a confesar: nunca he estado en la intimidad con nadie —admití, incómodo de reconocer mi inexperiencia en voz alta.

Me clavó la mirada y subió la mano de la rodilla al muslo. No la aparté.

—Virgencito —murmuró con una sonrisa.

El pulso se me disparó y la respiración se me volvió corta y entrecortada.

—Apenas te vi recogiendo las copas, ordenando la mesa, acomodando los almohadones, no pude evitar imaginarte como una princesa. Una Cenicienta que se quedó conmigo después de la medianoche —dijo, y deslizó la mano hasta entre mis piernas, apretando lo poco que hay ahí, ese miembro mío que no es más largo que la falange de mi pulgar.

Se me escapó un jadeo. Lo miré a los ojos con la boca abierta, respirando agitado. Intenté apartarle la mano, pero apretó con más firmeza.

—Tienes una cosita de nada ahí abajo —dijo, sin crueldad, casi con dulzura—. Te vengo mirando desde el primer día y te tengo unas ganas tremendas. Con eso jamás vas a satisfacer a una mujer de verdad. Pero si te conviertes en mi princesa, en secreto, sin que nadie más lo sepa, vas a descubrir por detrás un placer que ni te imaginas. ¿Qué dices?

Apretó otra vez. Yo estaba aturdido, confundido, jadeando por la boca, sin saber qué responder. Quise balbucear algo y él me puso el índice de la otra mano sobre los labios, pidiéndome silencio. Luego bajó el dedo a mi labio inferior y lo metió despacio en mi boca, paseándolo por mi lengua. Cerré los ojos y, sin pensarlo, empecé a chuparlo, succionándolo, dándole vueltas con la lengua.

Entonces giré la cara de golpe.

—¡No! —dije, asustado de mí mismo.

Me levanté, agarré mi campera y fui directo a la puerta. Me alcanzó en dos pasos. Con esos brazos fuertes me tomó de los hombros, me empujó y me pegó contra la pared. Me rodeó la cintura con el brazo derecho, juntó su pelvis a la mía y, con la mano izquierda en mi nuca, me atrajo hacia él y me besó.

Fue mi primer beso con un hombre. Al principio me resistí, pero enseguida entendí que era inútil; que, de la forma más inesperada, todas las fantasías que arrastraba desde los quince años estaban a punto de volverse reales.

Aquellas tardes en las que me vestía a escondidas con la ropa de mi madre y de mi hermana.

Las sandalias finas que me probaba frente al espejo, el modo en que me movía imitando a una chica, las veces que me masturbaba mientras me acariciaba por detrás soñando con que alguien me penetrara. Todo eso, guardado durante años, se me vino encima en un instante.

Me abandoné. Aflojé el cuerpo, dejé caer la campera al suelo, le rodeé el cuello con los brazos y respondí a su beso con un hambre que no sabía que tenía. Con una mano le revolví el pelo y con la otra le recorrí la espalda. Levanté la pierna izquierda y le acaricié la suya con la pantorrilla.

La locura me ganó por completo: el cuerpo, la cabeza, el deseo.

—Marcelo —dije, despegando mis labios de los suyos, jadeando y afinando la voz sin darme cuenta—. Sí. Quiero ser tuya. —Y volvía a besarlo entre palabra y palabra—. Quiero ser tu princesa, tu nena, tu esclava. Enséñame a ser mujer. Quiero ponerme vestidos, sandalias lindas, lencería de encaje, modelar para ti, coqueta, pero a escondidas, solo para ti. ¿Sí? Que nadie se entere nunca.

Le metí la lengua en la boca, acariciando la suya.

—¿Y qué más? —preguntó, separándome con suavidad, mirándome a los ojos con firmeza y ternura a la vez.

Él lo sabía y yo también. Pero quería que mi entrega fuera total y voluntaria. Me temblaba el cuerpo y al mismo tiempo ardía. Me mordí los labios y sentí que la mirada se me volvía la de una gata en celo que ronronea para que la posean.

—Quiero que me hagas tuya por primera vez —dije al fin, dejando que la locura hablara por mí—. Que no quede un solo rincón de mi piel sin sentir el calor de tu cuerpo. Quiero tenerte dentro, gemir y temblar como una princesa mientras me penetras. Hazme olvidar que soy un hombre, porque lo único que quiero es complacerte como una mujer, como una hembra, retorcerme mientras entras y sales de mí. Estoy empapado de solo imaginarlo. Soy tu princesa virgen. Soy tuya.

***

Me separó del cuerpo, me miró de arriba abajo y me dio una orden seca:

—Desnúdate. Aquí mismo.

Me saqué toda la ropa de inmediato. Me tomó de los hombros y me hizo arrodillar frente a él. Iba a bajarse el cierre del pantalón, pero le detuve la mano: ese gesto quería hacerlo yo.

Le desabroché el botón, bajé el pantalón junto con el calzoncillo y vi por primera vez ese miembro grueso que empezaba a endurecerse. Sin perder un segundo me lo llevé a la boca. Estaba salado, con un olor intenso a hombre, pero a mí me pareció delicioso. Jugué con la punta usando la lengua; con una mano lo masturbaba y con la otra le acariciaba los testículos. Lo sentí ponerse duro como una piedra mientras él dejaba escapar los primeros gemidos.

Me lo metí entero, hasta que rozó el fondo de mi garganta, y aun así no quise sacarlo. Lo paseé por toda mi cara, untándome de saliva, y volví a chuparlo. Lo saqué y lo metí una y otra vez, perdido en algo que jamás había sentido antes.

Después de un buen rato de mimarle ese miembro, llegó el momento. Me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a marcarme el ritmo, acercándome y alejándome. Lo notaba cada vez más caliente, más tenso, sus gemidos más roncos. Primero se puso aún más rígido; después las gotas tibias y saladas que se le escaparon le dieron otro sabor; y por último, con un quejido de placer, lo hundió hasta el fondo y sentí cómo se derramaba en mi boca, espeso y abundante.

Los conté: seis chorros que me inundaron la lengua. Sacó el miembro y, mientras parte de aquello se me escapaba por la comisura de los labios, me lo pasó por toda la cara, dejándome la piel húmeda con lo poco que aún le quedaba.

Terminó de quitarse el pantalón y el calzoncillo. Me invitó a ponerme de pie y me dio otro beso largo. Yo, como una nena enamorada, le rodeé el cuello, me empiné en puntas de pie y doblé una rodilla, levantando el talón del suelo. Compartimos en nuestras bocas el sabor de lo que acababa de entregarme.

—Vamos a mi habitación —dijo contra mi oído—. Quiero verte por primera vez vestida como una señorita. Nos quedamos toda la noche aquí, y mañana todo el día. Voy a estrenarte despacio y a hacerte el amor hasta que amanezcas convertida en mujer. Mañana vas a pasar el día entero siendo mi princesa.

¿Y yo? Yo ya no era el chico tímido que había llegado en colectivo.

Lo seguí por el pasillo con el corazón golpeándome el pecho, sabiendo que cruzar esa puerta era cruzar una frontera de la que no iba a querer volver. Lo que pasó dentro de aquella habitación, cómo me enseñó a ser suya por completo, todavía no estoy listo para contarlo. Pero esa noche dejé de pertenecerme. Y nunca lo lamenté.

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Comentarios (1)

Florencia_BsAs

Que hermoso relato, me llegó al corazon. Gracias por compartir algo tan intimo.

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