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Relatos Ardientes

Mi debut como travesti en la esquina más transitada

Me llamo Vanesa y desde hacía mucho tiempo arrastraba una fantasía que no me dejaba dormir. No era la primera vez que me prostituía, eso ya lo había hecho antes: me anunciaba en redes, intercambiaba mensajes, quedaba con el cliente y nos veíamos directamente en un motel, todo discreto, todo controlado. Pero lo que de verdad me quitaba el sueño era otra cosa. Quería pararme en una calle. Quería sentir el frío del asfalto bajo mis tacones, las luces de los autos barriéndome de arriba abajo y la mirada de los desconocidos midiéndome desde la ventanilla.

Soy alta, delgada, con buen cuerpo y una espalda que me gusta marcar con la ropa ajustada. Sabía exactamente la imagen que quería dar esa noche, y durante semanas la fui afinando en mi cabeza hasta que me la aprendí de memoria.

Una noche, sin avisarle a nadie, decidí que ya estaba lista. Eran casi las once. Armé mi maleta con todo lo que necesitaba, pedí un auto y me fui a un motel de paso en una zona que conocía bien. Quería arreglarme ahí, salir desde ahí y, si todo salía como lo había imaginado, volver ahí mismo con quien fuera.

En la habitación me tomé mi tiempo. Me puse un vestido negro pegado al cuerpo, de esos que no perdonan nada, y unas zapatillas plateadas de tacón alto que brillaban con la luz como dos faros. Debajo, una tanga de hilo negra. Me acomodé la peluca larga, lacia y peinada con raya al medio, me delineé los ojos con calma y terminé con un labial rojo intenso que me hacía sentir otra. Un bolso pequeño, también negro, y nada más. Me miré al espejo y por un segundo no me reconocí. Era ella. Era quien quería ser esa noche.

Esta sí soy yo, pensé, y sonreí.

***

Salí del motel y caminé hasta una avenida ancha, de las más transitadas de la ciudad, una donde los autos no paran de pasar ni a medianoche. El aire de la noche me erizó la piel apenas crucé la puerta. Me coloqué en una esquina, debajo de una luz, y me quedé ahí, parada, con el corazón latiéndome en la garganta.

La adrenalina fue inmediata y brutal. Estaba haciéndolo de verdad. Después de meses de imaginarlo, estaba parada en plena calle, a la vista de cualquiera, ofreciéndome sin más resguardo que la noche. Sentía cada auto que pasaba como una caricia y como una amenaza al mismo tiempo. Algunos bajaban la velocidad. Otros giraban la cabeza y seguían. Una camioneta tocó el claxon y los que iban dentro me gritaron algo que no alcancé a entender, pero el solo gesto me hizo arder por dentro.

No sé cuánto tiempo estuve así, expuesta, sintiéndome deseada por completos desconocidos que jamás sabrían mi nombre. Era exactamente lo que había buscado. Cada mirada que me recorría me confirmaba que estaba ahí, que era real, que me estaba atreviendo.

Pensé en todas las noches que había pasado frente al espejo ensayando esa misma pose, en las veces que me había arrepentido a último momento y me había vuelto a meter en la cama con la fantasía intacta y las ganas a medias. Ahora no había marcha atrás. El asfalto frío, el zumbido lejano de la avenida, el olor a humedad de la noche: todo era nuevo, todo me electrizaba.

Me acomodé contra un poste y crucé una pierna sobre la otra, dejando que la luz me cayera de lleno. Sabía que desde los autos se veía bien la silueta, el brillo de los tacones, la curva de la cadera bajo el vestido. Me sentía peligrosa y hermosa a la vez, dueña de algo que durante años solo había imaginado a escondidas.

El primero en detenerse fue un hombre en un sedán oscuro. Bajó apenas la ventanilla y me preguntó cuánto. Le dije una cifra. Se quedó mirándome unos segundos, dudó, miró por el espejo retrovisor como si temiera que alguien lo viera y al final negó con la cabeza y arrancó. Lo vi alejarse y, en vez de decepción, sentí una especie de juego. Habría más. La noche apenas empezaba.

Volví a acomodarme el cabello y esperé. Pasaron varios autos más, algunos lentos, otros indiferentes. Un taxi vacío redujo la marcha, el conductor me miró largamente y siguió. Cada vez que uno frenaba un poco, se me cortaba la respiración.

***

El segundo se detuvo de verdad. Era una camioneta gris, ni nueva ni vieja. El hombre bajó el vidrio del lado del acompañante y me hizo una seña con la mano para que me acercara. Caminé hasta la ventanilla moviéndome despacio, sabiendo que me estaba mirando las piernas, los tacones, la curva de la espalda.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Quinientos —contesté.

Se rascó la barbilla y torció la boca.

—Traigo trescientos —dijo—. Es lo que hay.

En otra noche quizá habría regateado, o lo habría dejado ir. Pero para ese momento yo ya estaba excitada, encendida por todo lo que había pasado antes, por la espera, por las miradas, por el simple hecho de estar ahí parada. El dinero casi me daba igual. Lo que quería era cumplir la fantasía completa.

—Está bien —dije, y abrí la puerta—. Vamos.

Me subí, le indiqué el motel donde estaba hospedada y arrancó. En el trayecto casi no hablamos. Él manejaba con una mano y con la otra me apretaba el muslo por encima del vestido, subiendo poco a poco, midiéndome. Yo lo dejaba hacer, mirando por la ventanilla las luces de la avenida correr hacia atrás, sintiéndome más puta y más libre con cada cuadra.

Ni siquiera le pregunté su nombre. No me importaba. Era un desconocido, y eso era justo lo que necesitaba que fuera.

***

Entramos al cuarto y cerré la puerta con el pestillo. La luz era tenue, anaranjada, perfecta. Él dejó las llaves y la cartera sobre la mesita y empezó a desvestirse sin ceremonia, como quien sabe a qué vino. Yo lo observé hacerlo, todavía con mi vestido y mis tacones puestos, disfrutando de la diferencia entre él, ya desnudo, y yo, todavía armada de la cabeza a los pies.

Me arrodillé frente a él. Empecé despacio, con la boca apenas rozándolo, lamiéndolo suave, jugando con la lengua mientras lo escuchaba respirar más fuerte. Lo sentí endurecerse poco a poco entre mis labios. Tomé mi tiempo, bajando hasta la base, subiendo, controlando el ritmo, mirándolo hacia arriba para verle la cara.

—Así, despacio —murmuró él, con la mano enredada en mi peluca.

Lo seguí mamando hasta que estuvo completamente duro, hasta que su respiración se volvió un jadeo continuo y supe que estaba listo. Me limpié la boca con el dorso de la mano y me puse de pie.

—Ponte en cuatro —dijo, con la voz ronca.

Me quité la tanga, dejé el vestido subido y me acomodé sobre la cama, apoyada en los codos y las rodillas, los tacones todavía puestos. Saqué de mi bolso el lubricante y me preparé, sintiendo cómo el frío del gel me hacía estremecer. Él se acercó por detrás y empezó a rozarme, deslizándose despacio, sin prisa, dejándome sentir cada centímetro.

—Quiero hacértelo así, sin nada —dijo, y no era una pregunta.

—Hazlo —respondí, porque era exactamente lo que yo quería también.

Me sujetó de la cintura con las dos manos y empujó. Lo sentí entrar entero, caliente, sin barrera de por medio, y se me escapó un gemido largo que no intenté contener. Era la fantasía hecha cuerpo: un desconocido, en un motel de paso, después de pararme en una esquina como había soñado tanto. No sabía su nombre y no me importaba en lo más mínimo.

—Eres una puta —me dijo al oído, marcando el ritmo.

—Soy tu puta esta noche —le contesté entre jadeos.

Empezó a moverse cada vez más fuerte, sujetándome, y yo le seguía el paso meciéndome hacia atrás para sentirlo más adentro. La piel caliente, el sonido de nuestros cuerpos, su respiración rota contra mi nuca. Cerré los ojos y me dejé ir por completo, sintiéndome usada y deseada al mismo tiempo, que era justo la mezcla que andaba buscando.

Podría quedarme así para siempre, pensé, perdida en la sensación.

—Dime guarradas —me pidió.

Y se las dije. Le dije todo lo que sabía que lo iba a encender, le seguí la corriente en sus fantasías más sucias, en ese juego de palabras que no tenía nada de real pero que nos prendía a los dos. Cuanto más le hablaba, más fuerte se movía, hasta que el ritmo se volvió frenético y supe que estaba a punto.

***

—¿Dónde lo quieres? —alcanzó a preguntar, casi sin aire.

—Adentro —dije sin dudar—. Quédate adentro.

Me sujetó con fuerza, empujó hasta el fondo y se quedó ahí, temblando, mientras terminaba. Lo sentí venirse, caliente, derrumbándose un poco sobre mi espalda con la respiración entrecortada. Nos quedamos así unos segundos, quietos, los dos jadeando, hasta que se fue separando despacio.

Me dejé caer de lado sobre la cama, con el corazón todavía a mil. Él se sentó en el borde, recuperando el aliento, y después se levantó a buscar su ropa. No hubo conversación, ni promesas, ni números de teléfono. No hacían falta. Sacó los trescientos de la cartera, los dejó sobre la mesita, me dedicó una última mirada y salió del cuarto.

Me quedé sola en la habitación, mirando el techo, con los tacones todavía puestos y una sonrisa enorme que no podía borrar. Lo había hecho. Después de meses imaginándolo, me había parado en plena calle, me habían mirado, me habían deseado, me habían elegido. Había cumplido la fantasía exacta que tanto me había costado animarme a vivir.

Esa noche aprendí algo de mí que ya no pude ignorar: que me encantaba la calle, la exposición, el riesgo, la idea de no saber qué desconocido sería el próximo en detenerse. Volví al motel a darme una ducha larga, pensando que aquella no sería la última vez. Y no lo fue. Pero esa, la primera, la de mi debut bajo las luces de la avenida, fue la que jamás voy a olvidar.

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Comentarios(5)

NicolasR87

excelente!! me quede con ganas de saber como terminó toda esa noche

Fernanda_Lect

Wow, que valentia! Me enganchó desde el primer parrafo. Esperando la segunda parte!

Vale_cba

tremendo!!! que bueno encontrar relatos así

marianela_82

Me encantó como describiste los nervios y la emocion, se siente muy real sin caer en el exagero. Ojalá hagas una continuacion, me quedé con muchas ganas de saber como siguió la noche!!

TrasnochadoBA

me lo leí de una sentada jaja. bien ahí!

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