Mi mujer me feminizó y el médico nos reclamó a los dos
Llegué a casa con el cuerpo todavía temblando y lo primero que hice fue meterme bajo la ducha. Dejé correr el agua caliente hasta casi acabarla, frotándome los muslos y las caderas, queriendo borrar cada rastro de lo que había pasado aquella tarde en el consultorio. Por más que me enjabonara, la sensación no se iba.
Cuando salí, me senté en el borde de la cama envuelta en una toalla y me quedé mirando la pared. Tenía que decidir qué le contaría a Marcela: la verdad entera o una mentira piadosa que me ahorrara la vergüenza.
La quería demasiado para mentirle.
Marcela llegó del trabajo pasadas las siete. Antes de quitarse el abrigo ya me preguntaba por la visita al urólogo, con esa preocupación suya que siempre me ablandaba.
—Marcela, mejor siéntate —le dije.
Me miró con un miedo repentino y se dejó caer en el sillón. Le conté todo. No oculté nada, ni siquiera lo que yo había sentido mientras ocurría, esa mezcla de pánico y de algo más que todavía no sabía nombrar. Ella me escuchó sin interrumpir, con las manos apretadas sobre las rodillas, hasta que terminé.
Su cara fue cambiando despacio. El miedo se transformó en rabia.
—Lo último que esperaba de ti era que me fueras infiel a mis espaldas —dijo, y la voz le temblaba—. La mujer que eres hoy me la debes a mí. Si alguien tiene que ser tu dueña y señora, soy yo. Nadie que te cruces por ahí.
—Tú eres mi única señora —respondí en voz baja—. Estoy arrepentida. No volverá a pasar.
—Por supuesto que no va a pasar. Me perteneces, a nadie más.
Yo solo podía asentir con la cabeza, mordiéndome el labio.
—Voy a denunciar a ese médico por lo que te hizo —añadió, poniéndose de pie—. Pero antes quiero verlo. Quiero decírselo a la cara y arruinarle la carrera.
***
La semana siguiente llegó un mensaje al móvil con la fecha y la hora de la próxima cita. Esta vez era a última hora de la tarde, casi al cierre. Algo en aquel horario me erizó la piel, aunque no quise pensarlo demasiado.
El día señalado nos presentamos los dos en la clínica. La sala de espera estaba vacía, las luces a media intensidad. La recepcionista recogía ya sus cosas y, al vernos, nos dijo que el doctor Sandoval nos llamaría en un momento, que ella se marchaba.
Esperamos unos minutos en silencio, las rodillas de Marcela rozando las mías. Luego se abrió la puerta del fondo y él apareció en el umbral, sereno, con la bata abierta sobre una camisa impecable.
—Pasen —dijo, y se hizo a un lado.
Una vez sentados frente a su escritorio, el médico clavó la mirada en Marcela y le preguntó en qué calidad me acompañaba.
—Soy su esposa —contestó ella, tensa, juntando las manos sobre el bolso.
—Bien. ¿Mara ya le ha contado en qué consistió la consulta anterior?
—Me lo ha contado con todo detalle —dijo Marcela, y enderezó la espalda—. Y precisamente de eso vengo a hablar. Voy a denunciar…
El doctor Sandoval la cortó sin levantar la voz, como quien apaga una vela con dos dedos.
—Usted no va a hacer nada. Usted va a ser testigo de lo que va a ocurrir aquí. Va a ponerse a mi disposición para lo que yo necesite, y se va a portar como una buena niña obediente. ¿Le queda claro?
Yo no sabía dónde meterme. Esperé a que Marcela estallara, que se levantara, que lo amenazara. Pero no dijo nada. Solo la vi bajar la mirada hasta sus zapatos y asentir apenas, con un movimiento mínimo de la barbilla.
—Mara —dijo él entonces, volviéndose hacia mí—, ya sabes lo que tienes que hacer.
Me levanté como si otra persona moviera mis piernas. Me quité la falda y la ropa interior, dejándolas dobladas sobre la silla, y me incliné sobre la camilla apoyando los antebrazos en el cuero frío. El corazón me golpeaba en la garganta.
—Marcela, acércate —ordenó—. No quiero que te pierdas ni un detalle.
Ella obedeció. La sentí colocarse a mi lado, su respiración entrecortada cerca de mi oreja. El doctor se ubicó detrás de mí.
—Bájame el pantalón —le dijo a mi mujer— y prepárame. Quiero estar a punto antes de entrar en ella.
—Sí, señor. Como usted diga.
Escuché el sonido de la hebilla, la tela deslizándose. Giré apenas la cabeza y vi a Marcela arrodillada junto a él, sus dedos rodeándolo, acariciándolo despacio mientras lo miraba con una mansedumbre que yo nunca le había conocido. Era tal el poder que aquel hombre ejercía sobre las dos que ninguna era capaz de oponer resistencia. Solo obedecer.
—Ya está duro —murmuró Marcela.
—Toma la vaselina del cajón y úntale bien —dijo él—. Quiero que esté suave.
Marcela me preparó con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás. Sus dedos fríos por la crema, un dedo entrando con cuidado, su otra mano acariciándome la espalda baja como si pidiera perdón en silencio. Cerré los ojos. No deberíamos estar aquí, pensé, y sin embargo no me moví.
—Ayúdame a meterla —ordenó él cuando estuvo listo.
Sentí la mano de mi mujer guiándolo, su palma contra mi cadera, y luego la presión, lenta, abriéndose paso. Apoyé la frente sobre el brazo y dejé escapar un gemido largo. El doctor empezó a moverse con un ritmo firme, sin prisa, sujetándome de la cintura con las dos manos.
Volví la cabeza y vi a Marcela todavía de rodillas, mirándolo embobada, una mano entre sus propios muslos por encima de la ropa.
—Desnúdate —le dijo él sin dejar de embestirme—. A ti también te voy a follar esta tarde.
Ella se incorporó y empezó a quitarse la blusa con dedos torpes, luego la falda, el sujetador, todo, hasta quedar completamente desnuda en mitad del consultorio, a la luz ámbar que entraba por las persianas.
—Mara, ¿te gusta como te lo hago? —me preguntó él.
—Sí, señor —jadeé—. Me gusta. Me voy a correr.
—Te correrás cuando yo lo diga. Ni un segundo antes.
—Sí, señor. Cuando usted diga.
Marcela se acercó por detrás de él y le sacó la camisa por los hombros. Empezó a recorrerle el pecho con las palmas, a besarle el cuello, mientras con la otra mano se acariciaba a sí misma, perdida en algo que yo no entendía y que, al mismo tiempo, reconocía dentro de mí.
Aguanté todo lo que pude, los nudillos blancos contra el borde de la camilla, hasta que él, entre mis gemidos, me concedió el permiso.
—Ahora. Córrete ahora.
Apenas lo dijo, me derrumbé sobre la camilla, todo el cuerpo sacudido, soltándome entera contra el cuero. Esta vez él no se vino dentro de mí, y por absurdo que parezca, eso me dejó una punzada de frustración que no me atreví a confesar.
—Levántate —me dijo, y se apartó—. Marcela, ahora te toca a ti. ¿Cómo quieres que te folle?
—Como usted desee —respondió ella sin dudar—. Soy suya.
El doctor se dejó caer en una de las sillas de la consulta y le indicó con un gesto que se sentara encima. Marcela obedeció enseguida, lo guió hacia ella y empezó a cabalgarlo despacio, las manos apoyadas en sus hombros, la cabeza echada hacia atrás.
—Mara —dijo él, mirándome por encima del hombro de mi mujer—, ¿estás viendo cómo me la follo?
—Sí, señor —contesté con la voz rota—. Lo hace muy bien. Marcela está disfrutando.
—Marcela, ¿cuánto estás disfrutando?
—Muchísimo, señor —gimió ella—. Nunca había sentido algo así.
No paraba de moverse sobre él. Él le atrapaba los pezones entre los dedos, tirando hacia sí, y ella le pedía más, más fuerte, con una voz que yo no le conocía. Estaba enloquecida. Jamás la había visto entregarse de esa manera. Contagiada por la escena, me deslicé una mano entre las piernas sin poder evitarlo, observándolos como quien mira algo que no debería.
—Pídeme que te llene —le ordenó él.
—Por favor, lléneme —suplicó Marcela—. Lo necesito.
—Dime de quién eres.
—Suya, mi señor. Solo suya. Démelo, por favor.
—Eso es. Tú y tu marido sois míos.
Cuando Marcela sintió que él se vaciaba dentro, estalló en un orgasmo largo, agarrándose a sus hombros como si fuera a caerse, temblando de la cabeza a los pies. Tardó en recuperar el aliento. Yo seguía de pie a un lado, sin saber qué hacer con mis propias manos.
—Mara —dijo él al fin, todavía sentado—, límpiame con la boca. Y después limpia a tu esposa.
Lo hice. Me arrodillé y obedecí en una actitud de sumisión que me salió de algún lugar al que prefería no asomarme, mientras Marcela me observaba con los ojos vidriosos.
Cuando terminé, el doctor Sandoval se puso de pie, se acomodó la camisa y nos dio la espalda.
—Vestíos y marchaos —dijo, lavándose las manos en el pequeño lavabo del rincón—. Por hoy hemos terminado. Ya os citaré.
***
Nos vestimos las dos sin mirarnos, con la cabeza baja, y salimos del consultorio en silencio. Cruzamos la sala de espera vacía, bajamos en el ascensor sin decir palabra, condujimos hasta casa como dos ausentes. Solo al cerrar la puerta del piso, a salvo entre nuestras propias paredes, nos atrevimos a hablar de lo que había pasado.
—Mara, no sé qué nos pasó —dijo Marcela, dejándose caer en el sofá con la cara entre las manos—. Parecíamos dos sumisas sin voluntad propia. Esto no fue normal. No puede serlo, ni puede ser bueno para nosotras. No podemos consentirlo.
—Tienes toda la razón —respondí, sentándome a su lado—. Pero basta con que ese hombre esté cerca para que pierda la cabeza. Como si dejara de ser yo.
—A mí me pasó igual —admitió en voz muy baja, sin atreverse a sostenerme la mirada—. Y por eso mismo no podemos volver a verlo.
Asentí. Le tomé la mano y se la apreté, y nos quedamos así un rato largo, dos mujeres convencidas de una decisión que, en el fondo, ninguna de las dos sabía si sería capaz de cumplir cuando llegara el próximo mensaje.





