Me hice mujer para él y me rompió el corazón
No tenías ningún derecho, canalla. Ninguno a entrar en mi vida con tu acento cantarín y tu cuerpo de estatua y esa labia de telenovela, y ponerme el mundo del revés justo cuando yo solo aspiraba a que alguien me lo pusiera del revés a mí durante un rato y se marchara sin dejar huella.
Pero empecemos por el principio.
Soy un hombre, soltero y libre, ni joven ni viejo, más bien entrado en carnes, pero con mis encantos y mi pequeño público. Esos encantos se disparan cuando cedo al morbo de comportarme y dejar que me traten como a una mujer, y como una mujer descarada para ser exactos. Entonces me pongo unas medias con liguero que realzan mis piernas robustas, un corpiño que se ajusta a mis curvas o un tanga que deja a la vista la redondez de mi trasero.
Así me arreglo a veces, por curiosidad, por disfrute o a petición de quien me lee, y me hago fotos con las que me anuncio en los portales de contactos para la diversión que cualquiera estará imaginando.
Y así fue como te conocí, pedazo de sinvergüenza. Me escribiste alabando mi físico, adulándome con zalamerías y mandándome fotos de tu cuerpo moreno y vídeos en los que te acariciabas una erección larga y recta cuyo sabor me moría por probar.
Con la mayoría de los que escriben pasa siempre lo mismo. O bien me proponen al segundo día alguna idiotez inaceptable —cruzar cien kilómetros para hacerles una felación y volverme a casa, o todo lo contrario, convertirme en su novia formal e irme a vivir con ellos— y entonces los mando a paseo, o bien son ellos los que desaparecen del mapa sin avisar por motivos que ni conozco ni me interesan.
Contigo no fue así.
Me escribías cada mañana, pidiéndome fotos, llenándome de halagos dichos con esa musicalidad caribeña que me derretía. Me llamabas «linda flor», «luz de mis ojos», «mi reina». Me contabas que tu mujer no te comprendía, que te sentías vacío, que despertabas pensando en mí.
Me tenías más encendida que una hoguera.
Durante meses me sostuviste a base de fotos, vídeos y mensajes melosos, y a mí ya no solo el cuerpo se me estremecía pensando en ti, sino también este corazón medio loco que de vez en cuando me juega malas pasadas y me mete en líos. Empezaba a flaquear ante la idea delirante de que tal vez un hombre como tú pudiera enamorarse de mí de verdad, preferirme a su esposa, regalarme aunque fuera sus noches y el fuego de su deseo.
Cuando me propusiste vernos en persona casi me desmayo de la impresión, cielo. Me ruboricé hasta las orejas y no me faltó tiempo para organizarlo todo. Reservé un hostal modesto y discreto en las afueras de tu ciudad y me planté allí con el corazón lleno de ilusión y la mochila llena de pelucas, lencería, preservativos y lubricante.
Habíamos quedado por la mañana, porque pensabas escaparte un rato después de dejar a los niños en el colegio y antes de entrar al trabajo. Pasé la noche en vela tratando de no hacerme ilusiones tontas, tratando de no ceder al miedo de no gustarte cuando me vieras de cerca. Hasta me depilé entera, cosa que no hago casi nunca, solo para gustarte más.
No le des tantas vueltas, pensaba. Seguro que es otro más que solo quiere echar un rato y desaparecer. Y aquella idea, aparte de humedecerme un poco, me llenaba de una tranquilidad vagamente decepcionante.
***
Cuando llegó la mañana madrugué para estar lista para ti. Me lavé a conciencia, me preparé, me vestí, me perfumé, ordené el cuarto, me puse de los nervios, miré el móvil cien veces, me retoqué la peluca otras doscientas, agitada por la situación, ansiosa por tenerte cerca, temerosa de no gustarte.
Y eso que me había puesto mis mejores galas: las medias de rejilla negras que tan bien me quedan, el tanga de estampado animal que tantos suspiros había arrancado, un corpiño de cuero con liguero incorporado y escote de escándalo que compré para la ocasión, y un vestido vaporoso que le había robado años atrás a mi tía Rosaura y que reservaba solo para citas realmente especiales.
Me miré y me remiré en el espejo del baño: los muslos anchos y fuertes, el pecho turgente, el trasero redondo, los ojos brillantes, la peluca rubia que me daba ese aire de mujer de la noche. Me gustaba lo que veía. Pero, frente a la seguridad de otras veces, esta vez temía que al hombre que esperaba no le pareciera suficiente. Porque eras tú, y tú no eras cualquiera.
Al final llegaste, medio paranoico porque te habían pedido el carné en recepción o no sé qué historia, mirando con recelo a todos lados, con gorra y gafas oscuras como un cantante perseguido por los fotógrafos.
Te hice pasar y nos miramos nerviosos. Me pediste permiso para refrescarte en el baño, y al salir estabas ya desnudo, con aquel cuerpo de gimnasio y aquella imponencia al aire. Suspiré y por poco se me cae la baba al suelo. Estabas aún mejor que en las fotos.
—Toma, te traje esto.
Me tendiste una bolsa con una peluca castaño claro, más lisa y un poco más corta que la mía, menos llamativa, y una diadema con unas orejas de gato.
—¿Y esto? —pregunté.
—Para que estés a mi gusto, reina.
Y me besaste.
El mundo dejó de existir cuando sentí tus labios sobre los míos y cerré los ojos para concentrarme en tu sabor, en tu olor a loción, en el tacto de tu lengua entrando en mi boca con delicadeza pero con decisión. Me temblaron las piernas y me sujetaste con tus brazos, atrayéndome hacia ti, apretándome fuerte. Me quedé sin habla, pero de no ser así te habría suplicado que no me soltaras nunca.
—Ponte todavía más bella para mí, princesa.
Me habría puesto una corona de espinas si me lo hubieras pedido, ladrón. Me cambié la peluca y me coloqué la diadema como pude. Debía de gustarte el juego, porque me mirabas con ojos encendidos y una sonrisa traviesa.
—¿Qué tal estoy, rey?
—Mi gatita sexy… ven acá.
Me besaste de nuevo y me acariciaste por todas partes. Yo me derretía al sentir tus manos cálidas rozando mis nalgas, mis pechos, mis muslos, mis mejillas. Se me ponía la piel de gallina con tu contacto. Se me salía el corazón del pecho, como quien dice.
—Quiero hacerte unas fotos de recuerdo… para verlas cuando esté solo y acordarme de este día.
Posé para ti en todas las posturas que me pedías. A cuatro patas con el trasero en alto, en cuclillas con las manos en las rodillas, de costado cruzando los brazos para destacar el pecho que pugnaba por escaparse del corpiño, mordiéndome un dedo, acariciándome despacio. No sé cuántas fotos me sacaste. Estabas entusiasmado, no dejabas de darme instrucciones, de lanzarme piropos, de retratarme en una pose y en otra. La idea de que me encontraras lo bastante hermosa como para querer conservarme en imágenes me embriagaba con una sensación de plenitud indescriptible.
No creo que fueras consciente de lo mucho que aquello significaba para mí.
***
En un momento, estando yo a cuatro patas sobre la cama, sentí tus manos retirándome el tanga con cuidado. Te ayudé a sacarlo y vi que te lo llevabas a la cara y lo olías con expresión de satisfacción. Esa imagen me llenó de fuego y me lancé al suelo de rodillas, dispuesta a devorar por fin aquello con lo que llevaba meses soñando.
Lo besé en toda su extensión, lo recorrí con la lengua paladeando cada centímetro, lo pasé por mis mejillas y mi pecho, lo acaricié lentamente.
—Qué rico, princesa… qué rico lo haces.
Te lo metí en la boca y fui deslizándolo poco a poco hacia dentro. No era fácil, casi sentía que me desencajaba la mandíbula en el camino. Intenté tragarlo entero, pero no llegué. Era demasiado.
—¿Te gusta, linda?
—Me encanta… pero es tan grande.
—Tú lo haces ser así de grande.
Recompensé el comentario galante redoblando el esfuerzo y logré, a duras penas y rozando el ahogo, llevarlo del todo hasta el fondo. Me dolían la garganta, la mandíbula y las rodillas, pero me daba igual. Quería hacer feliz a mi hombre. Quería complacerte, provocarte, enamorarte si podía. Porque yo de ti ya estaba enamorada como una imbécil, qué se le va a hacer.
Habría seguido allí arrodillada hasta el fin de los tiempos, pero me ordenaste levantarme y me colocaste en la cama a cuatro patas. Me agarraste con las dos manos y sentí cómo pegabas la cara a mí y aspirabas con ansia. Me estremecí de gozo. Noté tu lengua húmeda recorriéndome despacio y creí que me desmayaría de placer. Mi cuerpo goteaba y mi corazón latía desbocado. Deseaba que me hicieras tuya, así que gemí para provocarte.
—Así, papi, así.
—¿Te gusta, mamita?
—Me encanta, rey.
—¿Me quieres dentro?
—Me muero de ganas.
Te pusiste el preservativo y empujaste, pero no conseguiste entrar.
—Pon más lubricante.
Me untaste con generosidad y lo intentaste de nuevo, sin éxito.
—No te desanimes, amor, podrás con ello.
Lo intentaste una tercera vez y tampoco entraste. Suspirabas con la voz ronca. Creí —y lo estaba deseando— que, enrabietado por el deseo, me embestirías sin contemplaciones y me poseerías como fuese. Estaba preparada para el dolor, para esos minutos que necesitaría para adaptarme a ti, y sobre todo para esa descarga final en la que me sentiría total y plenamente tuya.
Pero qué va.
Desististe y te tumbaste a mi lado, mirándome con una expresión indescifrable y una sonrisa capaz de derretir un glaciar.
—No quiero lastimar a mi princesa.
—Pero no me importa, cielo, yo…
—Shhh, no, mi reina. No quiero hacerte daño. Yo a ti quiero hacerte el amor… y habrá tiempo.
Pese a la decepción de quedarme sin nada, tus palabras me esponjaban por dentro. Me acurruqué contra ti y me abrazaste. Te besé. Me devolviste el beso. Me acariciabas los muslos, las nalgas, el pecho. Me mirabas fijo y yo sentía que me desnudabas no solo el cuerpo sino el alma. Habría deseado que me llevaras de la mano a la calle, que me presentaras como tu mujer, que me besaras delante de todo el mundo con la ternura con que me besabas entonces.
Qué idioteces. Pero allí, en aquella cama, entre tus brazos cálidos, me sentía como nunca antes.
Qué bella eres, mi reina. Qué ojos tan lindos.
Me susurrabas entre beso y beso palabras que me hacían soñar despierta.
No me extraña que los hombres te adoren, princesa, con estas piernas tan divinas.
A duras penas contenía las lágrimas, porque una cálida sensación de felicidad me anegaba el pecho y se me escapaba del control.
Eres mi mujer y yo tu hombre, eres mi princesa adorada.
Y me besabas con delicadeza, y cada beso me hacía sentir más y más como una mujer. Como una mujer de verdad.
—Hazme tuya, amor, por favor.
Me acariciabas las mejillas y me mirabas con ternura, y yo quería morirme allí mismo en tus brazos. Necesitaba que me hicieras el amor.
Lo necesitaba.
Me deslicé de nuevo hacia tu cuerpo y volví a la tarea. Me hiciste colocarme a horcajadas sobre tu cara, y mientras yo seguía, tú me besabas la cara interna de los muslos y me acariciabas. Estabas durísimo.
—Métemela, por favor.
—No va a dar tiempo, mi reina… la próxima vez.
—Por favor.
—Contigo quiero hacer las cosas bien, princesa.
Era imposible enfadarse contigo, aunque me dejaras a medias. Me apliqué con empeño para saborear al menos tu placer, y por la tensión de tu cuerpo y la violencia de tus espasmos yo diría que estabas a punto cuando de pronto miraste el reloj y hablaste con una voz seria y fría que me costó reconocer.
—Ahora sí me tengo que ir.
Y con suavidad me apartaste, dejándome con las ganas.
***
Te vestiste a toda prisa mientras yo te miraba en silencio, admirando tu cuerpo, tratando de asimilar mis emociones desbocadas y de ordenar la cabeza llena de ideas contradictorias.
—Quisiera llevarme esto.
Entre los dedos sostenías mi tanga usado.
—Es para olerlo, besarlo y hacerme a la idea de que beso a mi reina.
Me ruboricé hasta las orejas. Sonreí como una boba.
—Claro, mi vida.
—Y te traje algo.
Me alcanzaste unas bragas de algodón color vino, bonitas aunque algo recatadas para mi estilo, limpias, con olor a detergente y a suavizante, a colada de casa familiar, a lista de la compra y telenovela nocturna. A hogar, en fin.
—Son de mi esposa… son para ti… llévalas de recuerdo.
Me las puse al instante, y aunque me apretaban un poco y no me quedaban tan provocativas como mis tangas de siempre, hay que reconocer que me sentaban bien.
—Qué linda. Y me voy ya… lamento que no haya habido tiempo para… ya sabes.
—No te preocupes, amor mío. De verdad que ha sido muy especial estar aquí contigo.
Lo decía en serio. Completamente en serio.
—Para mí también.
Sonreí, aunque de pronto me sentía extrañamente triste.
—No sabes lo mucho que ha significado esto para mí.
Cuando salí del hostal llevaba puestas las bragas que me regalaste, debajo de mi ropa de hombre. No me las quité en los días siguientes, ni siquiera para dormir. Me hacían sentir que compartía un vínculo contigo.
Dejé de contestar a mis pretendientes. Di largas a mis amistades de más confianza, esperando que me escribieras para vernos de nuevo, para estar juntos otra vez, para hacerme por fin tuya con todas las de la ley.
***
Esperé y esperé, y al séptimo día, como en las escrituras, me escribiste.
Me escribiste, y cuando leí tu mensaje no lo podía creer.
Me pedías —mejor dicho, me exigías con firmeza aunque con buenas palabras— que me hiciera unas pruebas médicas y te mandara los resultados. Me recordabas que tenías mujer y familia, y casi me amenazabas de manera velada con represalias si yo resultaba tener algo.
Si me hubieran pinchado no habría sangrado. Me dejaste fría como un témpano.
Debí mandarte muy lejos, pero te obedecí. Pasé por el trago de pedir las pruebas, aguantar la incertidumbre, tragarme los nervios previos al resultado y enviarte las fotos como si fuera una res que se manda al veterinario. Esperaba, ingenua de mí, que al ver que estaba más sana que una manzana me propondrías volver a vernos, o mostrarías alguna alegría, o al menos me pedirías disculpas por la desconfianza y la rudeza.
Nada de eso ocurrió. Es más, durante casi un año no volví a saber de ti.
Y cuando al fin escribiste fue para confesarme que a ti también te gustaba vestirte de mujer, que las bragas que me regalaste eran tuyas, que mi tanga lo querías para ponértelo en la intimidad, y que si yo quería podíamos quedar algún día para salir las dos arregladas a buscar un par de hombres que nos atendieran como Dios manda.
Te bloqueé. Y de buena gana te habría dado un escarmiento por canalla. Ni siquiera el hermoso recuerdo de aquella mañana fuiste capaz de dejarme intacto, sin mancharlo, sin ensuciarlo con confesiones a destiempo y memeces de última hora, pedazo de sinvergüenza.
No tenías ningún derecho, ninguno, a ilusionarme y salirme después con estas bobadas.
De todas formas, que sepas que conservo tus bragas, tu peluca y tu diadema felina, y las uso para revolcarme con tipos de menos labia pero más arrojo que tú. Tipos capaces de romperme en condiciones lo que tú no supiste, y no solo el corazón, como hiciste tú.





