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Relatos Ardientes

Mi cuñado descubrió mi secreto frente al espejo

Soy travesti de clóset, y hasta ese día nadie conocía mi secreto. O mejor dicho, nadie lo conocía todavía. Tengo veintidós años y vivo todavía en casa de mis padres, en un barrio donde todo el mundo se conoce y las paredes parecen tener oídos. Por eso aprendí desde chico a guardar muy bien lo que me gustaba.

Todo empezó cuando mi hermana Carla pidió permiso para usar nuestra casa como depósito del grupo de teatro al que pertenece. Trajeron cajas y cajas de vestuario: percheros con vestidos, bolsas con pelucas, un baúl lleno de zapatos y maquillaje. Las guardaron en el cuarto de arriba, el que casi nunca usamos, y se fueron prometiendo volver el fin de semana siguiente.

Yo no podía pensar en otra cosa. Cada vez que pasaba frente a esa puerta, sentía un cosquilleo en el estómago. Toda esa ropa femenina al alcance de la mano, esperándome. Solo necesitaba la casa vacía.

La oportunidad llegó un martes por la tarde. Mis padres salieron a visitar a unos tíos y Carla tenía turno en su trabajo hasta la noche. Me quedé solo. Subí las escaleras de a dos escalones, entré al cuarto y cerré la puerta con pestillo.

***

Abrí el primer perchero con manos temblorosas. Había vestidos de todos los estilos, restos de obras viejas. Elegí uno rosado, de mangas holgadas pero ajustado en la cintura, tan corto que apenas me cubría los muslos. Me lo puse despacio, sintiendo cómo la tela se deslizaba sobre mi piel.

Después vino la peluca: rizos negros que me caían sobre los hombros. Me senté frente al espejo del tocador y abrí el estuche de maquillaje. Delineé mis ojos, los sombreé, me puse labial de un rojo intenso. Cuando levanté la vista, la persona que me devolvía la mirada no era yo. Era una chica.

Dios, qué bien me veo.

Me puse de pie y posé. Giré las caderas, me llevé una mano al pelo, fingí caminar con tacones imaginarios. Actué como una chica, hablé como una chica, me imaginé que alguien me deseaba. Con ese vestido tan corto me sentía como una de esas chicas de cita cara, las que cobran por una noche y lo saben todo.

Probé otros dos vestidos antes de quedarme con ese. Uno negro, demasiado ceñido, que me marcaba donde no debía; otro azul con escote, que descarté por miedo a engancharlo. Pero el rosado tenía algo. Me daba una soltura que no me conocía. Frente al espejo dejaba de ser el chico callado que todos conocían y me convertía en alguien capaz de sostener una mirada, de morderse el labio sin vergüenza, de gustarse.

La excitación me subió tan rápido que me sorprendió. Me froté por encima de la tela, primero suave, después más fuerte, mirándome todo el tiempo en el espejo. La imagen de mí mismo transformado me calentaba más que cualquier otra cosa. No aguanté demasiado. Cuando llegué, recibí todo en la palma de mi mano para no manchar el vestido prestado.

Y justo en ese instante, escuché el ruido en la cerradura.

***

Alguien estaba intentando entrar. Pero yo había cerrado con pestillo, lo había comprobado. Entonces oí el inconfundible tintineo de unas llaves probando la cerradura desde afuera. El corazón se me detuvo.

Entré en pánico. Estaba maquillado, con peluca, embutido en ese vestido diminuto, y encima tenía la mano llena de semen y nada con qué limpiarme. No me dio tiempo a pensar en una salida elegante. En la desesperación, hice lo único que se me ocurrió: me llevé la mano a la boca y me tragué mi propio semen. Sentí cómo ese líquido espeso y tibio bajaba lento por mi garganta justo cuando la puerta se abría.

Era Damián, el novio de mi hermana.

Se quedó parado en el umbral, con las llaves todavía colgando de los dedos. Lo primero que hizo fue reírse, una carcajada corta de sorpresa. Pero yo, que había caído prácticamente de rodillas, le supliqué con las manos juntas que cerrara la puerta. Y algo en su cara cambió.

La risa se le borró y la reemplazó otra cosa. Una expresión de calma, de poder, de quien acaba de encontrar algo muy valioso. Cerró la puerta a su espalda, sin apuro, y me recorrió de arriba abajo con la mirada.

—Vine a buscar una caja que Carla olvidó —dijo despacio—. No esperaba encontrarme con esto.

—Es… es una broma —tartamudeé—. Le estaba preparando una broma a un amigo, te lo juro.

Él ladeó la cabeza y sonrió de medio lado.

—Peluca de rizos negros, labial, sombra en los ojos, un vestidito de putita… —enumeró, paladeando cada palabra—. ¿Qué dirían tus papás si te vieran así?

Sentí que la sangre me abandonaba el cuerpo.

—No —dije casi sin voz—. Por favor, no digas nada. Por favor.

***

Damián se acercó sin prisa. Era un tipo grande, de hombros anchos, que andaba en bicicleta todos los fines de semana y se notaba en sus piernas. Acercó una silla del rincón y se sentó frente a mí, con las rodillas abiertas.

—Quédate ahí, arrodillada —ordenó. Y usó esa palabra a propósito, en femenino, para que yo entendiera de qué iba la cosa.

Yo seguía de rodillas sobre la alfombra, con el vestido rosado arremangado en los muslos. Lo miré sin saber qué hacer, aunque en el fondo lo sabía perfectamente. Él se bajó el cierre del pantalón y sacó su verga, todavía blanda, sosteniéndola con dos dedos como una invitación.

—Si querés que esto quede entre nosotros —dijo—, ya sabés lo que tenés que hacer, cuñadita.

La vergüenza me ardía en la cara. Cerré los ojos para no verme, para no pensar demasiado, y avancé sobre las rodillas hasta quedar entre sus piernas. Abrí la boca y me la metí.

Lo chupé despacio, sin saber bien cómo, dejándome llevar. Sentía cómo crecía dentro de mi boca, cómo se ponía dura y caliente contra mi lengua. Él no me apuraba; se reclinó en la silla y me dejó hacer, soltando algún suspiro de satisfacción. Una de sus manos se posó en mi peluca, no para empujarme, solo para sostenerme ahí.

—Así, despacito —murmuró—. Te queda bien ese vestido.

El comentario me recorrió entera. No quería admitir cuánto me estaba gustando aquello, cuánto me prendía la idea de estar a su merced, vestido de chica, obedeciendo. Lo chupé con más ganas, con más entrega, hasta que noté que su respiración se aceleraba y que se ponía rígido.

—Me muestras la boca limpia, cuñadita —dijo entre dientes.

***

Terminó dentro de mi boca con un gruñido contenido. Lo recibí todo: su semen caliente mezclándose con mi saliva, llenándome la lengua. Por un segundo dudé. Pero él me miraba fijo, esperando, así que tragué. Sentí ese sabor bajar por mi garganta y después abrí la boca bien grande, le mostré la lengua vacía, limpia, como me había pedido.

Él asintió, satisfecho, y se acomodó el pantalón sin dejar de mirarme.

—Buena chica —dijo—. Esto queda entre nosotros, ¿entendido? Sigue siendo nuestro secreto, o vas a pasarla muy mal.

Tomó la caja que decía haber venido a buscar, me dedicó una última mirada de arriba abajo y salió del cuarto. Escuché sus pasos bajar la escalera y la puerta de calle cerrarse.

Me quedé ahí, de rodillas, procesando lo que acababa de pasar. Me mordí el labio inferior, todavía pintado de rojo, y un pensamiento absurdo me cruzó la mente: su semen sabía mejor que el mío.

Sacudí la cabeza, espantando la idea.

—Basta —me dije en voz alta—. Cámbiate rápido, antes de que vuelva alguien.

***

Me quité el vestido, la peluca, me limpié el maquillaje con una toallita y dejé todo exactamente como estaba. Cerré los percheros, acomodé las cajas, comprobé que no quedara ningún rastro. Cuando bajé a mi cuarto, todavía me temblaban las manos.

Pasaron unos minutos. Justo cuando empezaba a respirar tranquilo, me llegó un mensaje al teléfono. De esos que solo se pueden ver una vez antes de que desaparezcan. Era de Damián.

«Calladita, o lo difundo.»

Abrí el video con el estómago hecho un nudo. Y ahí estaba yo: arrodillado, con la peluca de rizos negros, el vestido rosado y el labial corrido, chupándole la verga y mostrando después la boca y la lengua tras tragar. La imagen era nítida, tomada desde arriba, desde su punto de vista.

Quedé en shock. Tardé unos segundos en entender de dónde había salido esa grabación. Entonces lo recordé: las gafas. Damián usaba unas gafas deportivas con una cámara diminuta en el puente, de esas que se ponen los ciclistas para filmar sus recorridos. Las había tenido puestas todo el tiempo. Lo había grabado todo.

El video desapareció de la pantalla apenas terminó.

Le escribí con dedos torpes: «Nunca voy a decir nada, lo juro. Por favor, borrá eso.»

La respuesta tardó apenas un instante.

«No, cuñadita. Así me aseguro de tener más mamadas en el futuro.»

***

Dejé el teléfono sobre la cama y me quedé mirando el techo. Tendría que haber sentido miedo, o rabia, o vergüenza. Y sentía las tres cosas, claro. Pero por debajo de todo eso había algo más, algo que no me atrevía a nombrar: una excitación oscura ante la idea de estar atrapado, de pertenecerle, de que él pudiera pedirme lo que quisiera y yo no pudiera negarme.

Las semanas siguientes me lo demostraron. Damián cumplió su promesa. Me buscó varias veces, casi siempre en su auto, estacionado en algún callejón donde nadie pasaba. Me hacía vestirme, me hacía arrodillarme entre los asientos, y yo obedecía cada vez con menos resistencia y más ganas.

Aprendí a reconocer el tono de sus mensajes, esa forma seca de avisarme dónde y a qué hora. Aprendí a llevar siempre algo escondido en la mochila: el labial, un par de medias, la peluca doblada en una bolsa. Me decía que era para no dejar rastros, pero la verdad es que empecé a desearlo. Esperaba sus mensajes con una mezcla de miedo y ansiedad que no sabía cómo apagar.

Él lo notaba. Se daba cuenta de que ya no lo hacía solo por la amenaza del video, y eso parecía gustarle todavía más. «Te encanta, cuñadita», me decía, y yo no podía contestarle que tenía razón.

Pero esos encuentros, lo que pasó dentro de ese auto y todo lo que él me enseñó después, son otra historia. Una que ya les contaré con todos los detalles más adelante.

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Comentarios (5)

LecturaViva_33

Que buen relato!! me dejó con ganas de saber cómo siguió todo 😅

MarcoDelSur

La tensión de ese momento frente al espejo... increible. Sigue escribiendo!

Rosario_76

Se me hizo corto, necesito una segunda parte urgente jaja

NocheRosa22

Me encanto como lo narraste, se siente muy real. De verdad, uno de los mejores que lei en este sitio

GatoFeliz22

brutal!!!

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