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Relatos Ardientes

Lo que mi vecino vio a través de la cortina abierta

Lo había planeado durante semanas, contando los días como quien cuenta las horas que faltan para una cita largamente postergada. Sabía que aquel jueves toda mi familia se marcharía temprano: mi madre al mercado del centro, mis hermanos a la universidad, mi padre a un viaje de trabajo que no terminaría hasta el fin de semana. La casa quedaría sola, en silencio, y por unas pocas horas sería completamente mía.

Cuando el último coche salió del garaje y el ruido del motor se perdió calle abajo, me quedé un momento de pie en el pasillo, escuchando. El silencio tenía una textura distinta cuando no había nadie. Era denso, casi líquido. Respiré hondo y sentí cómo el corazón me golpeaba el pecho con una mezcla de miedo y de algo que no sabía nombrar, algo que se parecía mucho a la felicidad.

Subí a mi habitación y abrí el cajón inferior del armario, el que tenía doble fondo. Allí guardaba todo lo que había ido comprando en distintas tiendas, siempre lejos del barrio, siempre pagando en efectivo para que no quedara rastro. Saqué las prendas una por una y las extendí sobre la cama con el cuidado de quien manipula algo sagrado.

Empecé por las medias. Eran de seda negra, finísimas, con una línea oscura que recorría la parte trasera de la pierna desde el tobillo hasta el muslo, esa costura antigua que llaman costura francesa. Me las subí despacio, sintiendo cómo el tejido se deslizaba sobre la piel recién depilada. La sensación me erizó el vello de la nuca.

Después vino el corsé, negro también, con ballenas que me ajustaban la cintura y me obligaban a mantener la espalda recta. Tardé un buen rato en abrochar todos los corchetes de la espalda, contorsionándome frente al espejo, pero cuando por fin lo cerré y me miré, el reflejo me dejó sin aliento.

Sobre la ropa interior me puse una minifalda de mezclilla y una blusa de un rosa pálido, suave como el interior de una concha. Calcé unos zapatos de tacón alto que me costaron tres intentos hasta lograr caminar sin tambalearme. Y al final, lo más delicado de todo: el maquillaje.

Me senté frente al tocador y trabajé con paciencia. Base, rubor, una sombra discreta, el delineador que tantas veces había practicado en secreto. Pinté mis labios de un tono cereza y me miré.

No puedo ser yo. No es posible que sea yo.

Pero era yo. Por primera vez en mi vida, la persona que me devolvía la mirada desde el espejo coincidía con la que vivía dentro de mí. Me sentí plena, completa, profundamente femenina. Giré el cuerpo para verme de perfil, levanté la barbilla, ensayé una sonrisa. Nunca me había visto tan bonita, y nunca me había sentido tan cerca de ser real.

***

Llevaba quizá media hora caminando por la habitación, acostumbrándome al peso de los tacones y al roce de la falda contra los muslos, cuando me asaltó una sed repentina. La boca se me había secado, seguramente de los nervios. Necesitaba un vaso de agua.

El problema era que la cocina estaba al otro extremo de la casa, y para llegar hasta ella tenía que atravesar la sala. Y la sala, esa mañana, tenía las cortinas abiertas. Mi madre las descorría cada día al amanecer y yo, absorto en mi transformación, había olvidado por completo cerrarlas antes de empezar.

Dudé un instante en lo alto de la escalera. La sensata habría sido subir de nuevo, desvestirme y olvidar la sed. Pero la garganta me ardía y, además, había una parte de mí, una parte temeraria que esa tarde se sentía más viva que nunca, que quería caminar por la casa así vestida, sentir el suelo bajo los tacones, existir plenamente aunque fuera unos segundos en espacios que no fueran mi cuarto.

Bajé. Crucé la sala con pasos cortos, concentrada en no torcerme un tobillo, y justo cuando pasaba frente al ventanal levanté la vista. Al otro lado del cristal, en el jardín que separaba nuestra casa de la suya, estaba Mateo.

Mateo, el vecino. Un muchacho de unos veintitantos que se había mudado el año anterior con su perro y su moto y una sonrisa que yo había mirado de reojo más de una vez sin atreverme a nada. Estaba allí, con una manguera en la mano, regando el seto, y se había quedado petrificado, mirándome.

Nuestras miradas se cruzaron y el tiempo se detuvo.

No pude moverme. Me quedé clavada en medio de la sala, expuesta, descubierta, con el corazón latiéndome en los oídos. Él me reconoció, claro que me reconoció. Y yo supe, por la forma en que sus ojos recorrieron lentamente mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas apretadas por el corsé, en el borde de la falda, en las medias, que ambos entendíamos exactamente lo que estaba ocurriendo. No había vuelta atrás.

Quise correr, esconderme, desaparecer. Pero no lo hice. Algo en su mirada me retuvo. No había burla en ella, ni asco, ni escándalo. Había otra cosa. Una pregunta, y también un hambre que reconocí al instante porque era la misma que llevaba yo dentro. Antes de que pudiera formular una respuesta, Mateo soltó la manguera, se limpió las manos en el pantalón y desapareció de mi campo de visión, caminando con paso decidido hacia mi puerta.

***

El timbre sonó unos segundos después.

Me acerqué a la entrada con las piernas temblando y me asomé por la mirilla. Era él, por supuesto. Su rostro deformado por el cristal curvo, esperando. Apoyé la frente contra la madera de la puerta y respiré. Tenía dos opciones: fingir que no había nadie y vivir el resto de mis días sabiendo que me había acobardado, o abrir.

Abrí.

Mateo entró sin decir palabra. Cerró la puerta a su espalda con suavidad y se quedó frente a mí, a un paso de distancia. Volvió a mirarme, esta vez sin la barrera del cristal, y examinó cada detalle: las medias, la falda, la curva del corsé bajo la blusa, mis labios pintados. Lo hizo despacio, sin prisa, como quien estudia algo que le importa. Yo aguantaba la respiración, esperando un veredicto.

—No sabía —dijo al fin, en voz muy baja—. No sabía que eras así. Y eres preciosa. Estoy durísimo desde que te vi por la ventana, joder.

Bajé los ojos sin querer y vi el bulto que le tensaba la mezclilla del pantalón, una línea gruesa que se marcaba de un lado. Sentí que las rodillas me fallaban. Nadie me había dicho nunca esa palabra. Preciosa. No supe qué responder, así que no respondí nada. Él tampoco esperó respuesta. Acortó el último paso que nos separaba, levantó una mano hasta mi mejilla y me besó.

Fue un beso intenso desde el principio, nada tímido. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, buscó la mía y nos hundimos el uno en el otro como si lleváramos meses conteniéndonos. Yo me aferré a las solapas de su camisa, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela, mareada por el olor a sol y a sudor limpio de su piel. Él me agarró de la cintura, me pegó contra su cuerpo y sentí su polla dura clavándose contra mi vientre a través de la ropa. Se me escapó un gemido dentro de su boca. Su mano bajó por mi espalda, apretó una nalga por encima de la falda y me apretó todavía más contra él, restregándose sin disimulo. El beso se prolongó hasta dejarnos sin aire, y cuando nos separamos los dos respirábamos con dificultad.

—Arriba —murmuré, y lo tomé de la mano.

Lo conduje por la escalera hasta mi habitación, consciente del sonido de mis tacones contra los peldaños, consciente de su mirada fija en mi culo balanceándose bajo la falda corta. Al llegar al cuarto ni siquiera me dio tiempo a girarme. Me empujó contra la pared, me levantó la falda de un tirón hasta la cintura y metió la mano por dentro de la ropa interior. Sus dedos me encontraron ya duro, palpitando, y soltó un gruñido ronco contra mi cuello mientras me masturbaba con calma, con la palma abierta, como si estuviera reconociéndome.

—Menuda polla más rica tienes escondida aquí —susurró contra mi oreja, y esas palabras me electrizaron hasta la nuca.

Nos tumbamos en el borde de la cama y volvimos a besarnos, esta vez más despacio, con las manos por todas partes. Le desabotoné la camisa con dedos torpes y le lamí el pecho, el cuello, los pezones que se le pusieron duros en cuanto los rocé con la lengua. Él tiró de mi blusa hasta sacármela por la cabeza y me bajó el corsé lo suficiente para dejarme al descubierto, y se quedó mirándome con los ojos brillantes, como si nunca hubiera visto nada igual.

—Ponte de pie —me ordenó con voz espesa.

Obedecí. Buscó el cierre lateral de la minifalda, me la bajó por las caderas y me la sacó por los pies. Luego deslizó las medias con una lentitud que era casi tortura, besando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, mordisqueándome el interior del muslo hasta hacerme gemir. Me arrancó la ropa interior de un tirón y ahí quedé, delante de él, con solo el corsé negro apretándome la cintura, los tacones, las medias caídas hasta las rodillas y la polla dura, palpitando, apuntando a su cara.

Se lamió los labios y me la agarró con la mano. Empezó a masturbarme despacio, subiendo y bajando la piel, mirándome a los ojos, y yo tuve que apoyarme con las dos manos en sus hombros para no caerme. Luego sacó la lengua y me lamió la punta, un lametón lento, largo, deteniéndose a saborear la gota de líquido preseminal que ya me salía. Se metió el glande en la boca y lo chupó con los labios apretados, haciendo un ruido húmedo y obsceno que me hizo gemir en voz alta.

—Joder, Mateo —jadeé, y él sonrió con la boca llena.

Bajó la cabeza y me tragó entero, hasta el fondo. Sentí cómo la punta le tocaba la garganta y cómo se relajaba para dejarme entrar todavía más. Empezó a mamármela con una devoción que no me esperaba, una mano en la base sujetándome, la otra amasándome los huevos con una suavidad exquisita. Subía y bajaba con la boca, dejaba que un hilo de saliva le colgara de la barbilla, la sacaba entera para lamerla desde los huevos hasta la punta y volvía a tragársela. Le miré la cabeza moviéndose entre mis piernas, sus mejillas hundidas cada vez que succionaba, y sentí que el estómago se me contraía. Iba a correrme en su boca en dos minutos si no lo paraba.

—Espera, espera —le dije tirándole del pelo con suavidad—. Ahora tú.

Se levantó y se quitó a tirones el pantalón y los calzoncillos. Cuando la polla le saltó libre me quedé mirándola: gruesa, larga, con una vena marcada recorriéndola por debajo y el glande brillante e hinchado. Me arrodillé frente a él sobre la alfombra, sintiendo el corsé clavándoseme en las costillas, y se la agarré con las dos manos. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, muy despacio, disfrutando del sabor salado de su piel, y él soltó un gemido largo mirando al techo.

Me la metí en la boca y me entregué a la tarea con una devoción que no sabía que tenía dentro. Chupé la punta primero, jugando con la lengua alrededor del glande, deteniéndome en el frenillo, y luego bajé la cabeza para tragármela hasta donde pude. Se me llenaba la boca de saliva y la dejaba caer a chorretones, resbalándome por la barbilla, y volvía a subir y a bajar en un ritmo que él marcaba con una mano posada en mi pelo, sin empujar, solo acompañando. Le lamí los huevos uno a uno mientras se la masturbaba con la mano, y luego me la volví a meter entera, todo lo que podía, hasta que sentí náuseas y las lágrimas me corrieron el delineador negro por las mejillas.

—Joder, así, tragátela toda —me susurraba entre gemidos—. Qué guarra eres, qué preciosa eres mamándomela.

Cada palabra suya me ponía más y me hacía chuparla con más ganas. Le noté la polla latir contra mi lengua, hincharse un poco más, y él tiró de mi pelo para sacármela de la boca.

—Para, para, que me corro —jadeó—. Y me quiero correr dentro de ti.

***

Me tomó por la cintura y me acomodó sobre la cama, boca abajo, con las caderas al borde del colchón y los pies todavía en el suelo. Me abrió las piernas con la rodilla y sentí sus manos abrirme las nalgas, exponiéndome del todo. Me escupió encima, un escupitajo tibio que resbaló hasta el sitio exacto, y empezó a frotármelo con los dedos, embadurnando, dando vueltas, presionando cada vez un poco más hasta que su dedo se hundió del todo. Un dedo, dos dedos, moviéndose dentro de mí en un ritmo lento que me hacía morder la almohada.

—Qué apretado estás —murmuró detrás de mí—. Voy a ir despacio, tranquila.

Sacó los dedos y sentí la punta de su polla contra mí, gruesa, caliente. Se escupió en la mano, se la untó bien y volvió a apoyarse en la entrada. Empujó despacio, muy despacio, deteniéndose cada vez que yo contenía el aliento, avanzando solo cuando lo soltaba. Sentí cómo me abría, cómo la cabeza pasaba con un dolor agudo que se transformaba en un ardor placentero, cómo el resto entraba de a poco, centímetro a centímetro, hasta que noté sus caderas pegadas a mis nalgas.

—Ya está toda dentro —jadeó—. Toda para ti.

Se quedó quieto un momento, dejando que me acostumbrara, acariciándome la espalda, besándome entre los omóplatos. Y cuando empezó a moverse, lo hizo con un ritmo lento y hondo, sacándomela casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo, haciendo que se me escapara un gemido con cada embestida. Sus manos se aferraban a mis caderas, sus dedos se me clavaban en la carne, y yo me oí gemir contra la almohada, un sonido que no reconocí como mío.

—Más fuerte —le pedí sin reconocer mi voz—. Fóllame más fuerte.

Y me obedeció. Empezó a embestirme con más ganas, sus caderas chocando contra mis nalgas con un ruido húmedo y rítmico que llenaba la habitación. Se inclinó sobre mí, me pasó un brazo por debajo del pecho y me agarró del cuello por delante, sujetándome contra su torso mientras me penetraba desde atrás. Con la otra mano me agarró la polla, que colgaba dura y goteando, y empezó a masturbármela al ritmo de sus embestidas. Cada vez que me la clavaba hasta el fondo, tiraba de mi polla hacia abajo, y las dos sensaciones se me juntaban en un centro que ya no sabía dónde estaba.

—Dime cómo te llamas —me susurró al oído sin dejar de follarme—. Dime tu nombre de verdad.

Se lo dije, gimiéndolo entre embestidas, el nombre que solo había pronunciado frente al espejo, el que sentía mío y que nunca nadie había escuchado de mis labios. Él lo repitió contra mi oreja, jadeándolo, y me embistió más fuerte todavía.

—Qué preciosa eres —jadeaba—. Qué rica estás. Me voy a correr dentro tuyo, ¿me oyes? Te voy a llenar entera.

—Sí —gemí—, córrete dentro, por favor.

Las sensaciones se acumulaban una sobre otra hasta volverse insoportables de tan buenas. Sentí que algo se rompía dentro de mí, una represa que llevaba años conteniendo. Su mano seguía trabajándome la polla, subiendo y bajando en un ritmo perfecto, y de pronto el orgasmo me sacudió entero. Me corrí con un gemido largo, chorros calientes de semen manchando las sábanas y su mano, y noté cómo todo mi cuerpo se apretaba alrededor de él en espasmos.

—Joder, joder, así —gruñó, y con dos embestidas más se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de mí. Sentí cada latido de su polla, cada chorro tibio llenándome, y él se quedó allí, temblando, gimiendo contra mi nuca, con las caderas pegadas a mis nalgas hasta la última gota.

Nos quedamos quietos un largo rato así, él todavía dentro, su pecho subiendo y bajando contra mi espalda, los dos cubiertos de sudor, sin hablar. Cuando por fin salió, muy despacio, sentí un hilo de su semen resbalándome por el muslo, tibio, marcándome. Me giró con cuidado, me tumbó de espaldas y me besó la boca con una ternura que después de todo lo anterior me desarmó. Afuera, el sol de la tarde entraba por la ventana y dibujaba franjas doradas sobre las sábanas revueltas.

Mateo me apartó un mechón de pelo empapado de la cara y me besó la sien.

—Ese nombre —murmuró—. Repítemelo.

Se lo repetí en voz baja, y él lo guardó en algún lugar suyo, sonriendo.

Esa tarde, en mi cama, dejé de ser un secreto. Por primera vez alguien me había visto entera, sin disfraces ni vergüenza, y en lugar de huir se había quedado. No sé qué pasará mañana, ni qué dirá mi familia el día que lo sepa. Solo sé que cuando él pronunció mi nombre, por fin, me sentí completa.

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Comentarios(7)

FabiK_2025

Que bueno!!! me tuvo pegada hasta el final sin darme cuenta

LauritaM

increible como con tan poco al principio ya te engancha. muy bien escrito

NocheRivero

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que pasó despues. Segunda parte???

RossanaV

Esa sensacion de que alguien te observa sin que te des cuenta... me recordó a algo que me paso hace tiempo. Se te viene la adrenalina de golpe jaja

Pablito_GBA

Muy bien narrado. ¿Es algo que te paso de verdad o es ficcion? porque se siente muy real

azaeloctubre

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria

CamilaLect

La tension del inicio es lo que mas me gusto. Sin apurarse, dejando que la situacion se desarrolle sola. Eso es escribir bien.

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