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Relatos Ardientes

El dentista que descubrió mi secreto de mujer

El mensaje llegó pasadas las once de la noche, cuando ya me había resignado a haber perdido la bolsa. Llevaba toda la tarde reconstruyendo mis pasos: la farmacia, el supermercado, la casa de mi madre. En ninguno aparecía. Y dentro de esa bolsa había algo que no podía permitirme dejar en manos de cualquiera.

Vi el nombre en la pantalla y se me cerró el estómago. Doctor Mauricio Belmonte. Mi dentista.

—Hola, ¿cómo estás? Disculpa la hora. Dejaste una bolsa aquí ayer, después de tu limpieza.

Respiré. Al menos no se había perdido en la calle, donde podría haberla abierto cualquiera. Le contesté fingiendo un alivio tranquilo, agradeciéndole, diciéndole que pasaría a recogerla por la mañana.

—Puedes venir cuando quieras —escribió—. La dejé en recepción. Carla, mi asistente, te la entrega apenas llegues.

Y ahí empezó la verdadera angustia. Porque la idea de que Carla, esa chica de sonrisa perfecta y ojos curiosos, tuviera mi bolsa entre las manos me parecía mucho peor que perderla del todo.

—Doctor, ¿le puedo pedir un favor? ¿Su asistente es de confianza?

—Nunca me ha fallado —respondió.

—No me refiero a eso. Me refiero a si no es demasiado… curiosa.

Tardó un poco en contestar, y cuando lo hizo casi pude oír su risa.

—¿Chismosa, dices? No, es muy discreta. Pero si te preocupa, guardo yo la bolsa en mi consultorio y te la doy cuando llegues. Así nadie la toca.

Le agradecí. Debí dejarlo ahí. Pero algo en mí, esa parte que siempre se mete en problemas, necesitaba saber.

—Una pregunta más, doctor. ¿Cómo supo que la bolsa era mía?

El silencio esta vez duró más de un minuto. Lo suficiente para que el corazón me latiera contra las costillas.

—Si quieres que sea sincero —escribió por fin—, no sabía de quién era. Tuve que mirar adentro para averiguarlo. Discúlpame. Te prometo total discreción.

Cerré los ojos. Sentí el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas. Dentro de esa bolsa había un sobre con fotografías impresas. Mías. No las que cualquiera tomaría. Mías de verdad, las que solo yo conocía.

—Entonces las vio —escribí, y me costó pulsar enviar.

—Las vi. Pero estaba solo, y no tienes nada que temer. Tu secreto está a salvo conmigo.

***

Debería haber sentido vergüenza, y la sentí, una oleada espesa que me hizo querer apagar el teléfono y esconderme bajo las sábanas. Pero también sentí otra cosa, más oscura y más caliente, que no supe nombrar al principio. La idea de que ese hombre, formal, de bata blanca y manos seguras, hubiera pasado las páginas de mi vida secreta una por una.

—Qué vergüenza —tecleé—. Ya sabe entonces que soy trans. Y que imprimo mis propias fotos, qué ridícula.

—No tiene nada de ridículo —contestó enseguida—. Es lo más natural del mundo. Lo que no es tan común es que alguien tenga tanta confianza en cómo se ve como para imprimirlas.

—¿Cómo dice?

—Que uno imprime solo las mejores fotos. Las que valen la pena. Y a ti se te ven muy bien esos atuendos.

Solté una risa nerviosa contra la almohada. Me está coqueteando, pensé, y la idea me dio vértigo.

—Ya me hizo sentir peor, doctor. Pero gracias.

—De nada. La verdad es que te ves muy hermosa como mujer.

No contesté de inmediato. Me quedé mirando esa frase en la pantalla, leyéndola tres veces, mientras algo en el pecho se me aflojaba y otra cosa más abajo despertaba.

—¿Dije algo que no debía? —insistió él—. No quería incomodarte.

—No me incomoda —escribí—. Me sorprendió, nada más. Nadie me lo había dicho así.

—¿Así cómo?

—Como si lo creyera de verdad.

—Lo creo. Me gustaron tus fotos. Mucho.

—¿Las fotos o yo?

La respuesta tardó apenas un segundo.

—Tú. Me gustaste tú.

***

Me incorporé en la cama. La habitación estaba a oscuras y la única luz era la del teléfono iluminándome la cara. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, lo que estábamos haciendo los dos. Y decidí no frenarlo.

—¿Cuál le gustó más? —pregunté.

—La de las medias de red. Estás de espaldas, inclinada hacia adelante, una mano en el suelo y la otra en la cadera, tirando un poco de la tela para que se vea mejor la tanga.

La recordaba bien. Me la había sacado yo misma con el temporizador, una tarde en que me sentía especialmente atrevida.

—Parece que la estudió con detalle, doctor.

—Me gusta cómo te queda la red. Cómo la tanga apenas te cubre. Y cómo levantas el cuerpo en esa pose, como si supieras exactamente lo que provocas.

—¿Y qué provoco?

—Ganas. Como si ya lo hubieras hecho muchas veces. Como si fueras una experta en seducir.

Me mordí el labio. Cada palabra suya era una caricia que me erizaba la piel.

—¿Y si le dijera que sí tengo experiencia? —escribí—. ¿Que me encanta ser deseada así?

—Se nota —respondió—. Se nota en cómo posas, en cómo miras a la cámara. Hay mujeres que tardan años en aprender eso y otras que nacen sabiéndolo.

Esa frase me deshizo. Me recosté de nuevo, la mano deslizándose sola por debajo de la sábana, y seguí escribiendo con la otra.

—Esa foto me la tomó un amante —confesé—. Con ese mismo atuendo me han tenido un ingeniero, un piloto y el dueño de la cafetería de mi calle. Pero nunca un dentista.

—Pues conozco a uno —escribió Mauricio— que desde que vio esa foto no piensa en otra cosa.

—¿En serio? ¿Y tiene muchas ganas ese dentista?

—Tantas que esta noche, antes de escribirte, ya había tenido que ocuparse de sí mismo pensando en ti.

Gemí bajito en la oscuridad. La sola imagen de ese hombre serio perdiendo la compostura por mí me tenía empapada de un deseo que no había sentido en meses.

—Suena delicioso —respondí—. Lástima que ese dentista es casado.

—¿Y por qué lástima? ¿No te gusta estar con hombres casados?

—Me encanta. El problema es que casi siempre se arrepienten. Dicen que son fieles.

—Allá ellos —escribió—. Yo nunca me he negado un gusto. Y menos uno como tú. ¿Vas a dejar que sea yo, Isabella?

Se acordaba de mi nombre. Lo había visto escrito en el reverso de una de las fotos, junto a la fecha. Isabella. Mi nombre verdadero, el que solo uso cuando soy del todo yo.

—Sí —escribí, sin dudarlo—. Quiero que seas tú.

***

—¿Te vas a poner las medias de red? —preguntó.

—Me las voy a poner especialmente para usted, doctor.

—Y me vas a dar la espalda como en la foto.

—Tal cual la foto. Para que la compares con la realidad.

Acordamos la hora. Me pidió que fuera al día siguiente, al cierre, cuando Carla ya se hubiera ido y el consultorio quedara vacío. Le inventaría a su esposa que tenía un pago pendiente, una urgencia de último momento. Yo escuchaba el plan y sentía el pulso entre las piernas, cada vez más fuerte.

—Una última cosa, corazón —escribí—. ¿Puedo pedirte un favor?

—Para ti lo que sea.

—Mándame un video. Quiero verte mientras te tocas pensando en esa foto. Quiero saber qué te hago.

El video llegó tres minutos después. No mostré reacción por escrito, pero lo vi entero, dos veces, con el teléfono temblándome en la mano y el cuerpo arqueado contra el colchón. Mauricio cumplía cada promesa. Esa noche apenas dormí.

***

Llegué al consultorio a las siete y cuarto, como habíamos quedado. La sala de espera estaba a oscuras y solo se filtraba luz por la rendija de su puerta. Él me abrió antes de que tocara, todavía con la bata puesta, y al verme se quedó sin palabras un instante entero.

Yo llevaba un abrigo largo. Debajo, las medias de red, la tanga diminuta y nada más. Lo supo en cuanto el abrigo cayó al suelo.

—Dios —murmuró—. Eres mucho mejor que la foto.

Me acerqué despacio, disfrutando de cómo me recorría con los ojos, y le rocé con la mano por encima del pantalón, igual que aquellas veces en las consultas en que él había fingido no darse cuenta.

—Hace meses que dejé esa bolsa para que la encontraras —le confesé al oído—. No fue un descuido. Quería que vieras quién soy. Quería que me desearas así.

Lo escuché tragar saliva. Sus manos, esas manos firmes que tantas veces había sentido dentro de mi boca con guantes de látex, ahora me recorrían la cintura, la espalda, bajaban hasta las nalgas y apretaban como si llevara años conteniéndose.

—Cabrona —dijo, con la voz rota de deseo—. Todo este tiempo provocándome y yo creyendo que era un accidente.

—Nunca fue un accidente.

Me giró de espaldas contra el sillón reclinable, el mismo donde me había hecho la limpieza dos días atrás, y me inclinó hacia adelante. Adopté la pose exacta de la fotografía: una mano de apoyo, la otra tirando de la red, ofreciéndome. Lo oí gemir detrás de mí.

—Así —dijo—. Justo así.

Lo que vino después fue lento al principio y luego no lo fue. Mauricio me tomó sin prisa pero sin ninguna duda, con una intensidad que desmentía toda su seriedad de hombre formal. Me sujetaba por las caderas, marcaba el ritmo, y entre embestida y embestida me decía al oído lo mucho que lo había vuelto loco esa foto, lo mucho que llevaba imaginando este momento. Yo le respondía con su nombre, con palabras que jamás habría usado en su consultorio a plena luz del día.

El sillón crujía. La lámpara de exploración nos iluminaba a medias, dejando todo lo demás en penumbra. Sentí su respiración acelerarse, sus dedos clavándose más fuerte, hasta que con un gemido ronco se vació entre mis nalgas, justo como me lo había prometido por mensaje la noche anterior.

Nos quedamos un momento así, recuperando el aliento, su frente apoyada en mi espalda húmeda.

—No me imaginé que fuera a pasar de verdad —dijo al fin, casi riendo.

Me incorporé, recogí el abrigo del suelo y me lo eché sobre los hombros sin volver a vestirme del todo.

—Yo sí —respondí—. Lo imaginé en cada consulta.

Antes de salir me guardó la bolsa olvidada en las manos, esa que había empezado todo. Y mientras cruzaba la sala de espera a oscuras, con el cuerpo todavía temblando, supe que esas fotos habían cumplido su único propósito. No volvería a perderlas por accidente. La próxima vez ya sabría exactamente dónde dejarlas.

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Comentarios (1)

lector_ansioso

que relato!!! me dejo sin palabras de verdad

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