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Relatos Ardientes

La noche que una travesti me tomó por sorpresa

Pasó hace casi diez años, pero lo recuerdo como si hubiera sido anoche. Por aquel entonces tenía la costumbre de visitar a una amiga travesti, Camila, a la que veía cada tanto para pasar el rato. Era discreta, cariñosa y tenía la mejor disposición que yo había encontrado. A través de ella conocí a otras chicas que vivían en la misma casa, una de esas viejas vecindades con varios cuartos que daban a un patio interior. Dos travestis por habitación, una cortina por puerta y un ambiente cargado de perfume barato y humedad.

Entre todas, la que más me gustaba era Sofía, que ocupaba el cuarto contiguo al de Camila. Tenía las piernas y el trasero más bonitos que yo había tenido entre las manos, y eso ya es decir bastante. En aquella época yo era estrictamente activo. Me fascinaba el sexo anal, me encantaba que me lo mamaran, pero la idea de que alguien me penetrara a mí ni siquiera me pasaba por la cabeza. Era una línea que yo creía tener muy clara.

Esa tarde llegué con ganas. Había sido una semana larga y lo único que quería era encontrar a Camila o a Sofía y olvidarme de todo durante un par de horas. Pero el destino tenía otros planes. Toqué en los dos cuartos y ambos estaban cerrados, las cortinas corridas, sin señales de vida. Me quedé un momento parado en el patio, fastidiado, calculando si valía la pena esperar.

Cuando empecé a caminar hacia la calle, decepcionado, dos chicas me llamaron desde un cuarto entreabierto.

—Oye, guapo, ¿a quién buscas? —dijo una de ellas, delgada, con unos labios que me hicieron pensar de inmediato en cosas poco decentes.

Al principio no quise responder. Seguí mi camino haciéndome el distraído, pero ellas insistieron.

—¿Buscas a Sofía o a Camila? —dijo la otra, asomándose—. Nosotras te podemos atender. No estamos tan curvilíneas como ellas, pero te aseguro que sabemos lo que hacemos.

Fingí no haber oído y solté lo primero que se me ocurrió.

—Las iré a buscar a donde trabajan, gracias.

—Ay, qué malo —rio una de ellas—. No te vas a arrepentir. Con nosotras también la pasarías bien.

—Son dos —dije—. No quisiera escoger a una y hacer sentir mal a la otra.

Eran cerca de las ocho de la noche y todavía faltaba para que Sofía y Camila aparecieran por su zona de trabajo. Las dos chicas insistieron con una propuesta que no esperaba.

—Un trío, entonces. Las dos contigo. Gozamos los tres y todos contentos.

Me reí, más por nervios que por otra cosa. Pensé que quizá no encontraría a las otras y me quedaría con las ganas toda la noche. Total, ya estaba ahí.

—Está bien —dije, y crucé el umbral.

—Soy Daniela —dijo una.

—Y yo Mariana —dijo la otra, la más atractiva de las dos, con una mirada que parecía saber exactamente lo que quería.

***

Me desvistieron entre las dos mientras se quitaban la ropa al mismo tiempo. Acababan de bañarse; olían a jabón y a algo dulce que se les quedaba en la piel. Nos besamos los tres a la vez, un enredo de bocas y manos en el que era difícil saber de quién era cada caricia. Les agarré las nalgas a ambas mientras les besaba el cuello, los pechos, todo lo que tenía a mi alcance.

Apagaron la luz y corrieron unas cortinas gruesas y oscuras que dejaron el cuarto en penumbra casi total. Solo se colaba un hilo de claridad por algún rincón. Daniela se arrodilló primero y me dio un oral lento, sabroso, mientras yo besaba a Mariana. Daniela tenía las piernas largas, y eso siempre me ha encendido más de lo que debería.

Las puse a las dos en cuatro sobre la cama. Les lamí el ano, una y otra, escuchándolas suspirar, y empecé a cogérmelas alternando entre ellas. Primero a Daniela, después a Mariana, y de vuelta a Daniela, que ya estaba al borde de la cabeza. Le subí las piernas a los hombros y la cogí con fuerza mientras Mariana le lamía el culo. Eso fue demasiado para Daniela, que se vino con un gemido largo y se apartó, agotada, sin querer continuar.

Lo que ninguno notó —ni ella al salir ni yo, embebido en lo mío— fue que la cortina que hacía de puerta quedó entreabierta. Una rendija. Suficiente.

Me quedé con Mariana. Estuve cogiéndomela casi una hora, cambiando de posición cada tanto, porque yo no terminaba de venirme y ella, en cambio, se vino al menos tres veces. Gemía sin importarle que se oyera, sin pensar en los vecinos que de seguro maldecían al otro lado de la pared. Esa noche andaba con una resistencia rara, de esas en las que el cuerpo no quiere acabar y uno podría seguir hasta el amanecer.

Mariana terminó bocabajo, yo encima de ella, ambos sudados y entregados al ritmo. No nos dimos cuenta de que ya no estábamos solos.

***

Había alguien más en el cuarto. Era Renata.

A Renata la había visto un par de veces en el cuarto de Camila, junto a Sofía. Una transexual de piernas larguísimas, labios carnosos y una manera de mirar que se te metía debajo de la piel. Desde el primer día se me antojó, pero nunca se había dado nada con ella; ni siquiera me dejaba tocarla. Era esquiva, de esas que parecen estar siempre un paso más allá de lo que uno puede alcanzar.

Y ahí estaba, en la penumbra, observándonos. Llevaba un rato mirando, mucho más del que yo hubiera imaginado. Tenía a la vista mi trasero —que, debo decirlo sin falsa modestia, no está nada mal— mientras yo me movía sobre Mariana. En algún momento, sin que lo notara, se había puesto de pie a un costado de la cama.

Sentí algo frío resbalar sobre mi espalda baja, bajando hasta donde no esperaba. Lubricante. Pensé que era una gotera, que con la lluvia que caía afuera y la oscuridad del cuarto algo se filtraba por el techo. Renata aprovechó esa confusión mía. Echó más, despacio, con paciencia, untándome con una calma que en aquel momento no entendí.

Es una gotera, me dije, idiota de mí, y seguí moviéndome dentro de Mariana.

Cuál fue mi sorpresa cuando, aprovechando la oscuridad y lo caliente del momento, Renata se acercó por detrás y, antes de que pudiera reaccionar, me penetró. Sentí una presión que jamás había sentido, una mezcla de ardor y de algo más que no sabría nombrar. Mi ano, virgen hasta ese segundo, cedió. Me quedé congelado un instante, sin respirar.

Tengo que aclararlo: a mí me gustan las mujeres, me gustan las travestis, y siempre disfruté el sexo anal sin importar quién estuviera del otro lado. Pero hasta esa noche, jamás había sido yo el que lo recibía. Esa frontera que yo creía intocable se acababa de borrar de golpe, en la oscuridad, sin que nadie me preguntara.

Quise zafarme. Mariana, debajo de mí, sintió que me detenía y que el ritmo cambiaba; las penetraciones de Renata me empujaban hacia ella, más hondo, y eso la prendió de nuevo. Empezó a moverse, a buscarme, impidiéndome escapar. Estábamos los tres atrapados en una misma cadena: Renata me cogía a mí, y yo, sin proponérmelo, cogía a Mariana con cada embestida que recibía.

—Tranquilo —dijo Renata cerca de mi oído, con una voz un poco ronca que me hizo dudar si era una travesti o un hombre—. Mira cómo lo está gozando ella. Hace un momento te iba a pedir que pararas, y ahora te pide más. Déjate.

Tenía razón. Mariana, que minutos antes parecía saciada, ahora gemía pidiendo que no parara. Sus movimientos hacían que las penetraciones de Renata se sintieran más profundas. Giramos de lado, después al otro, sin romper la cadena, ella cogiéndome a mí y yo a Mariana. Y en algún punto del camino dejé de querer escapar.

***

Pasó otra hora, quizá más. Nos sentamos: yo sobre Renata, Mariana sobre mí, las tres respiraciones agitadas en aquel cuarto sin aire. Hasta que Mariana, exhausta, se separó.

—Me dejaste sin fuerzas —dijo, riéndose, recogiendo su ropa en la penumbra—. Nadie me había cogido así. Pero ya llevo dos horas aquí, me tengo que ir.

Se fue, y quedamos Renata y yo solos.

—Si quieres paramos —me dijo, todavía dentro de mí, sin moverse.

—No —respondí, y me sorprendí a mí mismo—. Me agarraste descuidado, pero ahora lo estoy gozando. No quiero que pares.

Me puso bocarriba, con las piernas sobre sus hombros. Me miraba como quien al fin consigue algo que ha deseado mucho tiempo.

—Qué culo más rico —murmuró—. Por eso aquellas dos te miran y se emocionan. Camila, Sofía. Y ahora estas otras. Pero ninguna va a gozar este culo, porque desde hoy es mío.

Apretaba y soltaba, jugaba conmigo con una mezcla de ternura y dominio que me tenía desarmado. En algún momento sentí que ella misma flaqueaba.

—No voy a durar mucho —confesó—. Me desvirgaste sin querer y eso me puede.

Me acordé entonces de que llevaba en el bolsillo del pantalón una pastilla, de esas que uno guarda por si acaso. Estiré el brazo hasta la silla donde había quedado mi ropa, la saqué y se la di. Renata sonrió en la oscuridad.

—Entonces no me voy a apurar.

Me cogió el resto de la noche, en todas las posiciones que se le ocurrieron. La lluvia seguía golpeando el techo de lámina y nosotros seguíamos ahí, perdiendo la cuenta del tiempo. Antes de que amaneciera, me la cogí yo también, y lo disfruté tanto como había disfrutado recibirla. Pero esa primera vez, la de ella tomándome por sorpresa, fue la que me marcó. Esa noche le di mi virginidad y, aunque no lo supe entonces, una parte de mí se quedó esperando que se repitiera.

***

Durante años volví a verla. Cada vez que me iba, Renata me prometía que volvería a cogerme, y cada vez la promesa quedaba en el aire. Nunca se repitió. Yo regresaba como antes, siendo el activo de siempre, pero algo había cambiado por dentro. La ilusión de volver a sentir aquello me llevó por otros caminos.

Con el tiempo le entregué mi culo a la que entonces era mi novia, una travesti llamada Lorena, y antes que a ella, a otra chica curiosamente parecida a Renata —misma estatura, mismas piernas— que se llamaba Tania y que me dio mi segunda vez. Esa la gocé incluso más, porque por fin era yo quien lo deseaba, sin sorpresas ni penumbras. Pero esas son otras historias.

Nunca olvidé a Renata, ni dejé de desearla. Volví a probar su sabor muchas veces, aunque solo con la boca. Hasta hace apenas un par de semanas, después de tantos años, por fin se dio de nuevo. Pero eso, igual que lo que pasó después con Camila, lo dejo para otra ocasión.

Espero que les haya gustado.

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Comentarios (6)

CarlosBaires

Tremendo, no me lo esperaba para nada. Uno de esos relatos que te atrapan desde el primer parrafo y no te sueltan. Muy bien narrado!

matiasok

buenisimo!!

Diegozon

Por favor que haya continuacion, quede con ganas de saber que paso despues. Se hizo muy corto

NocheRojaF

Lo que mas me gusto es el tono, no es burdo pero igual te mete en la situacion. Eso es escribir bien, y no es facil.

PabloRivero

Parece una confesion real mas que ficcion, eso le da todo el gancho. Increible lo que le pasó al protagonista jaja

Sebas_Cordoba

jajaja el titulo ya dice todo... y encima el relato cumple y supera. Tremendo

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