Ocupé el lugar de mi hermana gemela con su novio
La habitación del hotel olía a cuero nuevo, a perfume caro y a una promesa que no se iba a cumplir. Una sola lámpara de pie dejaba un charco de luz ámbar sobre la cama enorme; el resto se hundía en penumbra. Perfecto para mentir.
Carla llevaba temblando toda la tarde mientras le explicaba el plan a su hermana.
—Le dije que esta noche por fin me iba a entregar del todo. Que iba a dejar que lo hiciéramos como él quiere desde hace meses. Si ahora le digo que no, va a empezar a dudar de mí, de todo. Y faltan tres semanas para la boda, Sabrina.
Sabrina estaba sentada en el borde del colchón, las piernas cruzadas, con esa media sonrisa peligrosa que siempre ponía nerviosa a su hermana.
—O sea que querés que me haga pasar por vos, que deje que tu novio me coja por el culo, y que encima finja que es la primera vez que me lo meten.
Carla se puso colorada hasta las orejas.
—Primera vez no… le dije que ya habíamos hecho cosas. Que le había mamado la verga, que me había dejado los dedos adentro. Pero eso, la cola, nunca. Que quería que fuera especial, la noche antes de pedirme matrimonio como Dios manda.
Sabrina soltó una risa baja, ronca.
—Qué romántico. La virgen del culo. Y vos, la princesa intocable, mandándome a mí para que no se te caiga la careta.
Silencio largo. Carla bajó la mirada.
—Por favor. Sos la única que puede pasar por mí. Somos idénticas. Nadie se daría cuenta.
Sabrina se levantó despacio y caminó hasta quedar frente a ella. Le levantó la barbilla con dos dedos.
—Si lo hago, no hay vuelta atrás. Una vez que empiece, no me voy a contener. Voy a dejar que me la meta hasta el fondo, voy a gemir como una perra, y si se le antoja acabarme adentro le voy a decir que sí. Y si se da cuenta, vos te hacés cargo de lo que pase después.
Carla tragó saliva.
—Está bien.
—Entonces preparame —dijo Sabrina—. Quiero oler igual que vos, moverme igual, hablar igual. Todo.
Y Carla la preparó. Le pintó los labios de rojo sangre, le soltó el pelo como lo usaba ella, le prestó el vestido negro corto que apenas le cubría medio muslo. Frente al espejo eran la misma mujer. Lo eran casi por completo: había un solo detalle que las separaba, y ese detalle era justamente lo que Carla jamás le había contado a su prometido.
***
Esteban abrió la puerta con una sonrisa de hombre seguro de lo que viene. Camisa negra con dos botones abiertos, pantalón ajustado, casi dos metros de músculo y de hambre contenida.
—Llegaste, mi reina —dijo con esa voz grave que parecía hacer vibrar el aire—. Pensé que te ibas a arrepentir.
Sabrina bajó la mirada con una timidez perfectamente fingida.
—Estaba nerviosa. Pero quiero esto. Quiero que seas vos.
Los ojos de él se oscurecieron de golpe. La tomó de la nuca y la besó con una violencia contenida que prometía más. Lengua, dientes rozando, una mano apretándole la cintura, la otra bajando derecho a agarrarle una nalga por debajo del vestido. Sabrina respondió con la misma ferocidad y le mordió el labio inferior hasta arrancarle un gruñido. Cuando se separaron, los dos respiraban agitados.
—Vení —murmuró él, llevándola hacia la cama—. Llevo semanas imaginando esta noche. Llevo semanas cascándomela pensando en meterte la pija por el orto.
La palabra cruda le atravesó a Sabrina un estremecimiento entre las piernas. La sentó en el borde del colchón y se arrodilló frente a ella, separándole las rodillas con las manos. Le levantó el vestido de un solo tirón hasta la cintura y le arrancó la bombacha de encaje negro con dos dedos, sin ceremonia. Sabrina sintió el aliento caliente subiéndole por la cara interna del muslo y tuvo que recordarse que no debía hablar de más, que cada gesto tenía que ser el de su hermana. Pero el cuerpo no entiende de planes.
Esteban la miró un segundo, la boca a centímetros del coño de ella, y sonrió.
—Mirá cómo estás. Empapada. La princesita que se hacía la difícil, con el conchón chorreando antes de que la toque.
Y hundió la cara. La lengua le entró plana, ancha, lamiéndole de abajo hacia arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris, con un gruñido de hambre real. Sabrina abrió la boca sin poder frenar el gemido que le salió del pecho. Él la agarró de los muslos, se los abrió más, y empezó a devorársela sin piedad: la lengua le entraba y salía del coño, después subía a chuparle el clítoris con los labios, después le mordía apenas los labios interiores. Le metió dos dedos de golpe mientras seguía chupándole el clítoris, y curvó los dedos adentro buscando el punto que la hiciera saltar.
—Ay, la puta madre… —jadeó Sabrina, arqueando la espalda.
Él levantó la vista, satisfecho, con el mentón brillante de saliva y de flujo.
—Así me gusta. Que se te caiga la timidez. Que se te caiga la careta de nena buena. Dale, decilo, decime lo que querés.
Sabrina le hundió los dedos en el pelo. Estaba cruzando un límite y los dos lo sabían a medias.
—Chupámelo. Chupame el coño. No pares, por favor.
Esteban gruñó contra ella y volvió a la carga. Le clavó tres dedos ahora, cogiéndola con la mano al mismo tiempo que le mamaba el clítoris con la boca entera. Sabrina sintió el orgasmo trepar rápido, brutal, y cuando explotó le apretó la cabeza entre los muslos y le empapó la cara sin poder aguantarse. Él siguió lamiendo hasta la última contracción, sacándole todo.
—Buena chica —murmuró él, incorporándose y bajándose el pantalón—. Ahora te toca a vos.
La verga saltó afuera pesada, gruesa, dura hasta el vientre, con la punta hinchada y una gota transparente colgando. Sabrina se deslizó al piso, se arrodilló frente a él y la agarró con las dos manos. Era caliente, dura como una piedra, más grande de lo que había imaginado. Se la llevó a la boca sin dudar. Primero la punta, chupándola con los labios, después media, después toda, hasta que sintió la cabeza tocarle el fondo de la garganta y le vinieron arcadas.
—Así, mi reina, así, chupámela toda —jadeó Esteban, agarrándole la nuca—. Carla, mamita, quién te enseñó a chupar así.
El nombre equivocado le zumbó en la cabeza a Sabrina, pero en vez de frenarla la empujó más. Se la sacó de la boca, escupió sobre la cabeza gorda de la verga y la volvió a tragar, esta vez hasta el fondo, ahogándose apenas. Le lamió toda la vara de arriba abajo, se metió las bolas en la boca una a una, chupó, gimió con la verga adentro, hizo ruidos húmedos, obscenos. Cuando se separó, un hilo largo de saliva le colgaba del labio a la punta.
—No pares —gimió él—, no pares o me corro en tu boca.
Sabrina sonrió con la boca llena y aceleró. Le mamó con las dos manos ayudando, la lengua girando en la punta, el paladar apretándole la cabeza. Esteban se tensó, le agarró el pelo con las dos manos y la separó justo antes.
—No. Todavía no. Todavía te tengo que romper.
***
Esteban se incorporó, se sacó la camisa con un solo movimiento y la hizo girar hasta dejarla boca abajo sobre la cama. Sabrina se acomodó en cuatro por instinto, arqueó la espalda, levantó las caderas. Sintió la mano grande recorriéndole la columna, bajando, abriéndole las nalgas con el pulgar. Le vio también sacar de la mesita de luz un frasco pequeño de lubricante y escuchó el clic de la tapa.
—¿Estás segura? —preguntó él, y por un segundo la voz dejó de sonar a depredador y sonó a hombre.
—Segura —dijo ella, y era verdad.
Sintió el chorro tibio del lubricante caerle entre las nalgas, bajarle lento por el pliegue. Después el pulgar de él, grueso, empujando despacio, entrando hasta el nudillo, girando, abriéndole. Sabrina gimió contra la sábana. Esteban le metió el pulgar y sacó, le agregó otro dedo, la trabajó paciente, empapándola de aceite por dentro, ensanchándola.
—Qué culito apretado tenés —susurró él—. Voy a tener que ir despacio para no romperte.
—Metémela —pidió ella, ronca—. Metémela ya.
Lo sintió apoyar la cabeza gorda contra el agujerito. Presionar despacio, con paciencia. La primera intrusión le arrancó un quejido largo y él se detuvo, esperó, le acarició la espalda baja hasta que el cuerpo cedió. Después avanzó milímetro a milímetro, leyendo cada temblor, hasta quedar completamente dentro. Los dos se quedaron quietos un instante, jadeando. Sabrina sentía la verga entera adentro, palpitando, llenándola hasta un lugar que nadie le había tocado.
—Qué apretada estás —susurró él, casi con reverencia—. Me estás ahogando la pija.
Y empezó a moverse. Lento al principio, sacándola casi entera y volviéndola a hundir, disfrutando del roce brutal. Después más hondo, más firme. Las caderas de él chocaban contra el culo de ella con un sonido húmedo, plano, que llenaba la habitación, y Sabrina empujaba hacia atrás, pidiendo sin palabras que no aflojara. Le pasó una mano por debajo y le agarró un pecho por dentro del vestido, apretándoselo, retorciéndole el pezón entre el pulgar y el índice.
—Te gusta que te coja el culo —dijo él, sin preguntar.
—Me encanta, me encanta, no pares —contestó ella, y se mordió el labio porque era demasiado cierto.
Esteban le agarró las caderas con las dos manos y la clavó contra él una y otra vez. La cama golpeaba la pared. El sudor le corría por el pecho. Le escupió en la espalda, le dio una palmada seca en la nalga que dejó la marca roja de la mano.
—Sos una guarra. Mi mujer es una guarra. Todo este tiempo haciéndote la santa y mirá cómo me pedís que te destroce el orto.
Sabrina gimió más fuerte con cada palabra sucia. Se llevó la propia mano al coño, se buscó el clítoris y se lo empezó a frotar en círculos mientras él la seguía cogiendo por atrás. El segundo orgasmo le trepó rápido, mordiéndole la panza.
—Date vuelta —ordenó él de pronto, saliéndose de golpe—. Quiero verte la cara. Quiero verte los ojos cuando te acabe adentro.
Sabrina se quedó congelada medio segundo. Era ahora o nunca. Podía inventar una excusa, apagar la luz, terminar a oscuras y mantener la mentira intacta. Pero estaba cansada de esconderse, y una parte oscura de ella quería ver qué pasaba cuando la verdad quedara servida sobre la cama.
Se giró despacio, las piernas todavía abiertas, el vestido enrollado en la cintura. Y ahí estaba el detalle que la diferenciaba de Carla. Duro, evidente, imposible de confundir bajo la luz ámbar, apoyado contra el vientre, goteando.
***
Esteban se quedó paralizado. Miró. Parpadeó. Volvió a mirar. El silencio se hizo espeso.
Sabrina tragó saliva. La voz le salió temblorosa pero firme.
—Soy Sabrina. La hermana de Carla. Ella no podía hacerlo y me pidió que viniera en su lugar. Lo siento.
Esteban respiró hondo. No se apartó. Seguía arrodillado entre las piernas de ella, todavía duro, con la verga brillante de lubricante, todavía dentro de la situación que él mismo había empezado.
—¿Carla te pidió que vinieras a esto.
—Sí.
—¿Y vos aceptaste.
—Sí.
Él soltó el aire por la nariz, despacio. Bajó la vista otra vez, a la verga hinchada de ella apoyada contra el vientre plano. Y entonces, en lugar del estallido que Sabrina esperaba, apareció en su cara una sonrisa torcida, peligrosa, casi divertida.
—Entonces no me importa cómo te llamés —dijo—. Hace media hora que no puedo pensar en otra cosa que en vos. Y no pienso parar ahora.
Sabrina abrió la boca para responder y no llegó a hacerlo. Esteban la tomó de los tobillos, la arrastró hasta el borde del colchón, le subió las piernas a sus hombros y volvió a entrar en el culo de una sola embestida, hasta el fondo. Sabrina aulló.
—No tan rápido —jadeó ella, riéndose entre el placer y el alivio—. Pensé que ibas a salir corriendo.
—Pensaste mal.
La folló mirándola a los ojos esta vez, sin la coartada de la penumbra, sin nombres prestados. Cada empuje era a la vez castigo y caricia, entrando entero, sacándose casi entero, volviendo a hundirse. Le agarró la verga con una mano grande, escupió en la palma primero, y se la empezó a trabajar al mismo ritmo con que la penetraba. Sabrina sintió que el cuerpo se le partía en dos placeres distintos que se trenzaban en uno solo: el culo lleno hasta el tope, la pija de él estrujada en el puño de él, cada empuje de las caderas coordinado con cada tirón de la mano.
—¿Te gusta así —preguntó él, ronco, apretándole más el puño alrededor de la verga—. ¿Te gusta que te la corra yo, mientras te rompo el culo.
—Sí. No pares. Más fuerte.
Los gemidos de los dos se mezclaban. Sudor, calor, olor a sexo crudo, a lubricante, a semen a punto de salir. Esteban le mordía el interior de los muslos, le apretaba el cuello con la otra mano apenas lo justo para que ella sintiera quién mandaba sin que le faltara el aire. La mano en la verga aceleró, subiendo y bajando, torciendo apenas en la punta.
—Correte —le ordenó él—. Correte primero. Quiero verte acabar mientras te tengo la pija adentro.
Sabrina no aguantó más. El orgasmo la partió al medio: el culo se le apretó en espasmos alrededor de la verga de él, y al mismo tiempo estalló en el puño, chorros gruesos y calientes que le cayeron sobre el vientre, sobre el pecho, hasta el mentón. Esteban gruñó al sentir los espasmos ahogándole la pija adentro y aceleró las embestidas, brutal, mirando la corrida blanca desparramándose sobre la piel de ella.
—Ahora yo —jadeó—. Me voy a correr.
—Adentro —pidió Sabrina, sin aliento—. Quiero sentirlo. Acabame adentro.
Esteban rugió y se vació en un temblor largo, empujando hasta el fondo, descargándose en chorros calientes dentro del culo de ella. Se quedó ahí varios segundos, la verga latiendo, vaciándose por completo, antes de salir despacio. Un hilo blanco le escurrió a Sabrina por el pliegue de la nalga hasta la sábana. Se quedaron así varios minutos, enredados, jadeando, el semen mezclándose sobre la piel de los dos, hasta que él se dejó caer a su lado sobre las sábanas revueltas.
***
Tardaron en recuperar el aliento. Fue Esteban el que habló primero, mirando el techo.
—Esto no termina hoy.
Sabrina giró la cabeza sobre la almohada.
—¿Y Carla.
—Carla se casa conmigo. La quiero. —Lo dijo sin titubear, y de algún modo eso lo hacía peor y mejor a la vez—. Pero vos sos otra cosa. Algo que no sabía que necesitaba hasta que entraste por esa puerta. —Se giró hacia ella, apoyado en un codo, y le pasó dos dedos por la corrida que todavía le brillaba en el vientre—. Quiero verte de nuevo. Lejos de ella. Lo que pase acá no sale de acá.
Sabrina lo miró largo rato. Sabía que estaba aceptando un terreno minado, que aquello solo podía terminar mal. Y aun así escuchó su propia voz decir lo que su hermana nunca debía oír.
—Está bien. Pero con una condición.
—¿Cuál.
—La próxima vez no me trates como si fuera ella. Quiero que sepas exactamente con quién estás, y quiero que me la metas mirándome a los ojos desde el principio.
Esteban se rió, una risa grave y oscura.
—Trato hecho.
***
Al día siguiente, en el departamento de las hermanas, eran casi las doce del mediodía cuando Carla entró como un huracán.
—¿Y? ¿Cómo estuvo? ¿Sospechó algo? ¿Salió todo bien?
Sabrina estaba en el sillón con un café en la mano y una calma satisfecha que su hermana nunca le había visto.
—Bien —dijo—. Muy bien. Demasiado bien.
Carla se sentó frente a ella, ansiosa.
—¿Se dio cuenta.
—Al final sí. Cuando me dio vuelta.
Carla se puso blanca.
—¿Y qué hizo.
Sabrina bebió un sorbo largo antes de contestar. Pensó en lo fácil que sería mentirle, decirle que había salido perfecto, que su novio era un caballero. Pero su hermana iba a casarse con ese hombre, y ella ya sabía cosas que Carla ignoraba.
—Se quedó mirándome un segundo —dijo al fin—. Y después decidió que no le importaba.
Silencio. Carla se tapó la boca con las dos manos.
—Dios mío.
—Tranquila. Tu novio va a llegar virgen a la noche de bodas, igual que querías. Eso no cambió.
Carla bajó las manos despacio. Algo en el tono de su hermana, en esa calma nueva, le hizo entrecerrar los ojos.
—Sabrina… ¿qué no me estás contando.
Sabrina se levantó del sillón, le dio un beso suave en la frente y caminó hacia su habitación.
—Nada que tengas que saber hoy, hermanita —dijo sin darse vuelta—. Concentrate en tu boda. De lo demás me encargo yo.
Y cerró la puerta, dejando a Carla en el sillón con la taza enfriándose entre las manos y la incómoda sensación de que su hermana gemela acababa de quedarse con algo que, hasta esa misma mañana, había creído que era solo suyo.





