La Nochebuena que fui el regalo trans de mi cliente
Otra Nochebuena sola. El teléfono llevaba horas en silencio sobre la mesa, sin un solo mensaje de mis clientes habituales. Todos estaban con sus familias perfectas, repartiendo abrazos bajo el árbol, brindando con sidra y mintiéndose lo felices que eran. Yo seguía mirando la pantalla apagada como si fuera a encenderse por compasión.
Llevaba puesto un pijama viejo y el pelo recogido en un moño flojo. Había comprado una porción de pan dulce que ni siquiera abrí. La soledad de esa noche tenía un peso distinto al de las demás, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para recordarme que yo estaba afuera.
Entonces vibró. Un número desconocido.
—¿Renata? Soy Damián. Necesito compañía esta noche y te pago el triple de tu tarifa.
El triple. No tuve que pensarlo demasiado. Lo había visto dos veces antes, siempre generoso, siempre con esa calma de hombre acostumbrado a conseguir lo que quiere. A las diez en punto debía estar en su departamento, lista, dispuesta a complacerlo como si lo conociera de toda la vida.
Me metí a la ducha de un salto. El agua caliente me sacó de encima la tristeza acumulada y, mientras me afeitaba las piernas con calma, ya sentía esa corriente eléctrica subirme por la espalda. No era solo el dinero. Era saber que alguien, esa noche, me había elegido a mí.
Frente al espejo del armario me probé el vestido rojo, ese que se ajusta a mis caderas y disimula lo plano de mi pecho. Los tacones de aguja me estilizaban, aunque sabía que igual quedaría diminuta al lado de un hombre así. Labios carmín, pestañas postizas, el delineado felino que tanto les gusta a los que pagan por mí.
Me temblaban un poco las manos al aplicar el brillo. Era esa mezcla de siempre: nervios y deseo, las ganas de saber qué me esperaba detrás de una puerta que todavía no había cruzado. Me miré una última vez, respiré hondo y bajé a buscar un taxi.
***
La puerta del departamento se abrió en uno de esos edificios de cristal del barrio alto, de esos donde el portero ni levanta la vista. Damián apareció con una camisa blanca que se le ajustaba a los hombros y dejaba adivinar el cuerpo de debajo. Detrás de él, una mesa puesta con velas y dos copas ya servidas.
Su acento caribeño hacía vibrar cada palabra cuando me saludó. Sus ojos oscuros me recorrieron de los tacones a la boca, sin prisa, como quien revisa algo que acaba de comprar y le gusta lo que ve.
—Feliz Nochebuena, preciosa —dijo, y me hizo pasar con una mano apoyada en mi cintura.
Me tomó de la barbilla con dos dedos enormes y me obligó a mirarlo. Olía a colonia cara mezclada con el aroma de una cena que aún humeaba en la mesa. Sentí el calor de su mano contra mi cara y se me secó la garganta.
—Primero cenamos —dijo—. Como dos enamorados. Y después del postre te conviertes en mi regalo. Y no pienso desenvolverte con cuidado.
Tragué saliva. Asentí, y algo en mi vientre se apretó de ganas.
***
La cena fue larga y excelente, regada con un vino que se subía despacio. Damián hablaba poco y miraba mucho. Me preguntó cosas que ningún cliente suele preguntar: de dónde era, qué me gustaba, cómo había sido mi año. Le contesté con medias verdades, las justas para que la noche siguiera teniendo algo de juego.
Cada vez que yo cruzaba las piernas, sus ojos bajaban un segundo y volvían a los míos, sin disculparse. La tensión crecía entre plato y plato, callada, espesa, como un hilo que se tensaba cada vez que él volvía a llenarme la copa.
Cuando dejamos las copas a medio terminar, me tomó de la mano y me llevó al sofá del living. No me senté a su lado. Me deslicé sobre sus muslos y le ataqué la boca con besos hambrientos, mientras mis dedos peleaban con los botones de su camisa.
—Dios, cómo te necesitaba esta noche —jadeé contra sus labios.
Mi lengua buscaba la suya con una urgencia que ya no era actuada. Le recorrí el pecho con las palmas, sentí los latidos acelerados bajo mi tacto, y empujé mi cadera contra el bulto que crecía dentro de su pantalón.
Me bajé al suelo y me arrodillé entre sus piernas. Los tacones rasparon el parqué.
—Madre mía... —susurré.
Mis dedos apenas le rodeaban la base. Lo liberé del pantalón y me quedé mirándolo un instante, midiendo lo que tenía delante, sabiendo que no iba a entrar fácil en ningún sitio.
Abrí la boca todo lo que pude y empecé despacio, lamiendo la punta, saboreando el sabor salado antes de intentar lo imposible. Cuando me empujó la cabeza, los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Soy tuya esta noche —logré decir entre embestidas, las manos aferradas a sus muslos como si fueran lo único firme en medio del mareo.
Clavé las uñas pintadas en su piel mientras él marcaba el ritmo. Las arcadas me sacudían entera, pero mantenía la boca abierta, dejándome usar, tragando saliva y lágrimas a partes iguales.
Damián gruñó y empujó más fuerte. Me llené de su olor, se me nubló la vista, un hilo de baba me cayó sobre el pecho plano.
—Sigue, papi... —gemí alrededor de él, sintiendo cómo cada centímetro me marcaba por dentro.
Me dio una palmada en la mejilla que me ardió. No me aparté. Abrí más la boca.
—Así, exacto —ronroneó—. Para esto te traje.
El maquillaje se me corrió en regueros negros, la baba me brillaba en la barbilla y en los senos. Era un desastre, y nunca me había sentido más deseada.
***
Me levantó del pelo, sin violencia, casi con cariño, y me miró el rostro arruinado con una sonrisa de dueño.
—Mírate. Hecha un desastre y todavía pidiendo más.
—Más —admití, con la voz ronca—. Por favor.
Me arrojó sobre el sofá. Caí de bruces y enseguida me acomodé en cuatro patas, arqueando la espalda para ofrecerle el mejor ángulo. Mi propia erección, pequeña y dura, rozaba el cuero frío del asiento.
—Eso es —dijo detrás de mí—. Como un regalo de Nochebuena.
Escupió en su mano, me escupió a mí, repartió la saliva con dos dedos hasta que estuve resbaladizo. Yo balanceaba las caderas en el aire, temblando de anticipación, mirando de reojo el reloj de la pared: las once y cuarenta y cinco. Quince minutos para la medianoche.
—No me rompas muy fuerte —gemí, aunque los dos sabíamos que era exactamente lo que quería.
Empujó despacio. El ardor me cortó la respiración. Mis uñas se hundieron en el cuero, los nudillos blancos, mientras él se abría paso milímetro a milímetro.
—¡Dios, qué grande! —chillé cuando sentí que mis entrañas se reacomodaban para hacerle sitio.
—Aguanta, preciosa —dijo entre dientes—. Que es Nochebuena.
Cada embestida sacudía mi cuerpo contra el respaldo. El sonido húmedo de la fricción llenaba el living. Sus caderas chocaban con las mías, dolor y placer fundidos en la misma corriente que me subía por la espalda.
—Así, papi, así —grité entre lágrimas, las nalgas enrojecidas por el impacto.
Bajé una mano a mi propio sexo y empecé a masturbarme al ritmo que él imponía. El cuero crujía bajo nuestro peso, mis gemidos se enredaban con sus gruñidos, y a lo lejos empezaron a sonar las campanas de una iglesia.
—Córrete dentro —le supliqué, arqueándome más—. Quiero llevarme tu regalo conmigo.
Una risa profunda le salió del pecho mientras aceleraba.
***
Me giró sin sacarla del todo y me subió a su regazo, cara a cara. Mis piernas flacas se enredaron alrededor de su torso, y bajé despacio hasta sentirlo entero.
—Mira cómo te entra todo —jadeé, meciéndome para acostumbrarme.
El contraste entre los dos cuerpos era obsceno: mi piel pálida sobre su cuerpo oscuro y firme. Cada subida y bajada hacía saltar mi sexo entre nosotros, rozándole el abdomen sudoroso. Él me sostenía con una sola mano, como si yo no pesara nada.
—Te gusta montarme, ¿eh? —dijo, clavándome los dedos en la cadera.
Las campanas marcaban la medianoche. Navidad. Y yo, a horcajadas sobre un desconocido que pagaba por mí, sintiéndome por primera vez en semanas absolutamente viva.
Mi pequeño sexo se frotaba contra su vientre con cada movimiento, dejando un rastro húmedo. La fricción era casi insoportable de tan buena.
—Me voy a correr —avisé, las caderas trazando círculos cada vez más rápidos.
Él solo sonreía, sabiendo que tenía el control completo de mi placer. Una mano mía bajó a masturbarme con frenesí, la otra se aferró a su nuca para no perder el equilibrio. El choque de nuestras pieles se mezclaba con el repique lejano.
—Voy a... voy a... —gemí.
Las caderas se me detuvieron de golpe. Un temblor violento me recorrió entero y me corrí sobre su pecho, chorro tras chorro, jadeando, exhausta, mientras el último espasmo me dejaba sin aire.
—Me encanta ser tu regalo —murmuré con la voz rota, inclinándome a limpiarle el pecho con lengüetazos lentos.
Recogí cada gota mientras lo sentía palpitar todavía dentro de mí. Lo miré con ojos sumisos y seguí bajando, hasta donde nuestros cuerpos seguían unidos.
—¿Te gusta cómo limpio mi desorden? —pregunté entre lamidas.
Las campanas todavía repicaban en la distancia, celebrando una Navidad que a mí me encontró a horcajadas sobre un cliente, y feliz de estarlo.
Seguí meciéndome en círculos cansados, mi sexo ya flácido escondido entre los muslos. De pronto lo sentí latir con fuerza dentro de mí.
—Sí, papi, lléname —grité cuando el calor lo inundó todo, contrayéndome para no perder ni una gota. Una sonrisa de triunfo se me dibujó en el rostro sudoroso.
Me desplomé sobre su pecho. Su semen empezó a escurrirse despacio mientras los dos respirábamos al mismo tiempo, pegajosos y vencidos. Las campanas se apagaron. La noche estaba completa.
—Feliz Navidad, Damián —susurré contra su piel.
Él me acarició la espalda en silencio un buen rato, sin prisa por que me fuera. Me dejó descansar sobre su pecho hasta que la respiración se nos normalizó a los dos.
***
Me acomodé el vestido arrugado en el asiento trasero del taxi, contando los billetes todavía tibios mientras la ciudad pasaba envuelta en luces de colores. Por las ventanillas se veían balcones encendidos, familias brindando, niños sin sueño correteando entre los regalos.
Yo me iba a casa sola, como siempre. Pero esta vez no me pesaba. Me recosté contra el cristal frío, cerré los ojos y dejé que el sabor de la noche se quedara conmigo hasta el amanecer.
El chofer puso un villancico bajito y no dije nada. Sonreí para mis adentros, todavía sintiendo el eco de sus manos en mi cuerpo, el roce de su barba contra mi cuello, el peso entero de una noche en la que no fui un descarte de nadie.
Al final, había recibido el mejor regalo que una chica como yo podía pedir: una noche entera en la que fui, sin disculpas, exactamente lo que quería ser.