La noche que una trans me cambió para siempre
Me llamo Andrés, tengo veintinueve años y soy de Cali. Hasta ese viernes me consideraba un tipo bastante predecible: trabajo de lunes a viernes, gimnasio tres veces por semana, una novia estable y ninguna historia que valiera la pena contar. Esa noche, sin proponérmelo, dejé de ser ese tipo. Y nunca quise volver a serlo.
Había sido una semana larga. Turnos dobles, un jefe insoportable y, sobre todo, siete días sin ver a Mariana. La extrañaba de una forma casi física, con una urgencia acumulada que no se calmaba con nada. El viernes por fin coincidimos: la recogí, fuimos a comer a un sitio de comida tailandesa que le gustaba y, de ahí, directo a un motel de las afueras.
Yo iba encendido, con esa impaciencia tonta de adolescente. Pero apenas cerramos la puerta de la habitación, ella se sentó en la orilla de la cama con cara de disculpa.
—Tengo que contarte algo —dijo—. No vas a poder entrar esta noche. Tengo una infección, el médico me dijo que nada de sexo por unos días.
Por supuesto. Justo esa noche.
—Pero te puedo consentir de otra forma —añadió, y se mordió el labio.
Y lo hizo. Mariana se arrodilló y me la mamó con paciencia, sin prisa, mirándome hacia arriba como sabía que me gustaba. Estuvo bien, estuvo rico. El problema fue que no me terminó de bajar la calentura: me dejó a medias, con el cuerpo despierto y la cabeza dando vueltas. Cuando terminamos, me quedé mirando el techo un buen rato.
—¿Te llevo a tu casa? —le pregunté, más seco de lo que quería.
Ella asintió. La dejé en su apartamento cerca de las dos de la mañana, le di un beso en la frente y arranqué con el cuerpo todavía vibrando y un humor de perros.
***
El tanque estaba casi en reserva, así que paré en una estación de servicio del sur, una de esas que abren toda la noche. Mientras la bomba llenaba el carro, miré hacia el otro lado de la avenida casi por inercia.
Ahí estaba la zona de tolerancia.
Yo sabía que existía, todo el mundo en la ciudad sabía dónde quedaba, pero nunca me había detenido a mirarla de verdad. Esa madrugada, bajo la luz naranja de los postes, había una hilera de mujeres recostadas contra las paredes y los postes. Y no eran cualquier cosa. Eran trans, lo supe enseguida por la forma exagerada y perfecta de los cuerpos: caderas imposibles, piernas eternas, escotes que parecían desafiar la gravedad.
Algo en mi pecho se apretó. Nunca había pagado por sexo. Nunca, en mi vida, me había planteado estar con una trans. Pero la frustración de la noche, el morbo acumulado y esa hilera de siluetas hicieron un cortocircuito en mi cabeza.
Pagué la gasolina, arranqué y, en lugar de tomar la avenida hacia mi casa, di la vuelta a la manzana. Solo para mirar, me dije. Solo curiosidad.
Pasé despacio frente a la fila, con la ventana arriba y el corazón golpeándome las costillas. Y entonces, justo delante de mí, un taxi se detuvo y bajó una de ellas.
Era rubia, no muy alta, de cuerpo espectacular. Tenía un pecho enorme, una cintura estrecha y unas curvas que parecían dibujadas a propósito para volver loco a cualquiera. Caminó hacia el borde de la acera con esa seguridad de quien se sabe deseada. El estómago se me hizo un nudo y, sin pensarlo, la verga se me puso dura contra el pantalón.
Ella me vio. Se acercó al carro con una sonrisa de lado.
Me asusté. Aceleré medio bloque, el pulso disparado, repitiéndome que era una locura, que tenía novia, que jamás había hecho algo así. Pero a la mitad de la cuadra frené. La cabeza ya la tenía dañada. No iba a poder dormir sin saber.
***
Di la vuelta otra vez y me detuve a su lado. Bajé la ventana con dedos torpes.
De cerca su cara no era tan delicada como prometía la silueta: facciones más duras, una voz grave que delataba todo lo que el cuerpo escondía. Por un instante dudé. Pero ya estaba ahí, y la duda no me bajó las ganas ni un poco.
—¿Qué andás buscando, papi? —dijo, apoyando los brazos en la ventana.
—No sé bien —admití—. ¿Qué ofreces?
—Algo que no vas a olvidar nunca. —Lo dijo con una calma absoluta, como si fuera un dato y no una promesa.
Tenía toda la razón, aunque yo todavía no lo sabía. Acordamos un precio, le abrí la puerta y se subió. Adentro el carro se llenó de su perfume dulce y pesado.
—Soy Valeria —dijo, mientras me indicaba con la barbilla que arrancara—. ¿Cómo te llamás?
—Andrés.
—¿Alguna vez te la chupó una trans, Andrés?
—No —confesé, y se me quebró un poco la voz—. Nunca había estado con una.
—Entonces hoy es tu noche de suerte. —Se rio bajito—. Yo soy la mejor en esto. Después no vas a querer otra cosa.
No alcancé ni a contestar. Su mano ya estaba sobre mi entrepierna, abriéndome el cinturón con una destreza que me dejó sin aire. Yo intentaba manejar hacia el motel más cercano, pero ella me sacó la verga del pantalón y se inclinó sobre la palanca de cambios.
Lo que vino después casi me saca de la carretera.
Me la chupó como nadie me la había chupado en la vida. No había prisa ni mecánica: había hambre. Se la tragaba entera, jugaba con la lengua, subía y bajaba mirándome de reojo cada tanto para asegurarse de que yo estaba perdiendo la cabeza. Y la estaba perdiendo. Tuve que aferrarme al volante y frenar en un semáforo en rojo solo para no estrellarme.
—Pará el carro un momento —me dijo, separándose apenas—. ¿Para qué ir tan lejos? Hacelo acá.
Estacioné en una calle oscura, detrás de una bodega cerrada, sin pensarlo dos veces.
***
Eché el asiento hacia atrás todo lo que daba. Valeria se acomodó, me chupó un poco más y después sacó un condón de algún lugar de su top. Me lo puso con los dientes y las manos, lenta, disfrutando mi cara de desespero.
—¿Te molesta si me ves? —preguntó, subiéndose la falda corta.
Negué con la cabeza. En ese momento no me molestaba absolutamente nada. Solo quería estar dentro de ella.
Pero cuando se levantó la tela y la vi, me quedé sin respiración. Tenía un miembro grande, más que el mío, semierecto, que se balanceaba mientras se acomodaba a horcajadas sobre mí en el espacio estrecho del carro. Pensé que iba a incomodarme. No fue así. Algo en esa contradicción —el cuerpo de fantasía y esa parte tan cruda y evidente— me prendió de una manera que no me esperaba.
Se sentó sobre mí despacio, controlando cada centímetro, y empezó a cabalgar. Al principio lento, buscando el ritmo; después con ganas, apoyando las manos en mis hombros y echando la cabeza hacia atrás. Con cada movimiento su miembro se ponía más duro contra mi vientre, y yo no podía dejar de mirarlo, hipnotizado, mientras ella se mordía el labio y soltaba el aire por la nariz.
—¿Te gusta, papi? —jadeó—. Sabía que te iba a gustar.
No pude ni responder. Le clavé los dedos en las caderas y la dejé hacer. Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo: subía hasta casi soltarme y bajaba de golpe, me apretaba, se reía bajito cada vez que yo gemía sin querer. Empezó a masturbarse mientras me cabalgaba, esa mano firme yendo y viniendo sobre sí misma, y la imagen entera —su cara, su pecho, esa verga dura entre los dos— me llevó al borde mucho antes de lo que quería admitir.
—Todavía no —me ordenó, frenando en seco—. Probá una cosa primero.
Se levantó, se giró en el asiento estrecho y acercó su miembro a mi boca. Yo, que dos horas antes ni siquiera me hubiera imaginado en esa situación, abrí los labios sin protestar. Lo que pasó después fue intenso, casi brutal, y terminó conmigo respirando agitado contra el respaldo y ella mirándome desde arriba con una sonrisa de triunfo.
—Me gustó cómo te portaste —dijo, acariciándome la mandíbula—. Ahora te toca a vos.
Volvió a bajar, me sacó el condón con los dientes y me la chupó hasta el final, sin soltarme ni un segundo. No aguanté más de un minuto. Terminé con un temblor que me recorrió desde la nuca hasta los pies, y ella aguantó todo, me miró fijo y, lentamente, se lo tragó. Esa imagen —sus ojos clavados en los míos mientras lo hacía— se me quedó grabada como ninguna otra.
Nos quedamos un momento en silencio, los dos recuperando el aire en el carro empañado.
—Te lo dije —murmuró, acomodándose la falda—. No lo vas a olvidar.
La llevé de vuelta a su esquina. Antes de bajarse me guiñó un ojo, como si compartiéramos un secreto que solo nosotros dos íbamos a entender. Y, en cierto modo, así era.
***
Al día siguiente Mariana pasó por mi apartamento. Quiso compensarme por lo del motel y se arrodilló frente a mí con la mejor de sus intenciones. Yo la dejé hacer, le acaricié el pelo, le sonreí. Pero por dentro la miraba con una mezcla rara de cariño y de lástima. Se esforzaba, de verdad que se esforzaba. Y aun así no había punto de comparación.
Esa madrugada algo se había abierto en mí y ya no se iba a cerrar. Con el tiempo dejé a Mariana —no por culpa, sino porque ya sabía que buscaba otra cosa— y desde entonces he estado con varias trans: en moteles, en carros, en departamentos prestados, con desconocidas que terminaron siendo inolvidables. Tengo una nueva novia ahora, y la quiero. Pero si alguien me pregunta, en voz baja, qué fue lo más intenso que viví, no hablo de ella.
Hablo de una rubia de voz grave, en una esquina iluminada de naranja, que una noche cualquiera me prometió algo que jamás iba a olvidar. Y lo cumplió.