La primera noche que atendí junto a Bianca
Habían pasado apenas dos semanas desde mi primera noche como Daniela, y Bianca ya había decidido que era hora de dar otro paso. Lo dijo una tarde, mientras me peinaba frente al espejo del baño, con esa calma suya que siempre escondía un plan.
—Esta noche vamos a atender juntas, mi amor. Hay un cliente especial que nos pidió a las dos.
La miré por el reflejo. Sus manos seguían trabajando mi pelo sin detenerse.
—Se llama Marcelo. Tiene plata de sobra y le gusta ver a dos chicas como nosotras trabajando en equipo. Va a pagar muy bien.
Sentí un nudo en el estómago, mezcla de miedo y de algo que todavía no me animaba a nombrar. Asentí. Con Bianca siempre terminaba asintiendo.
Me preparó con una paciencia que no le conocía. Quería que pareciéramos hermanas, dijo. Que cuando Marcelo nos viera entrar no supiera a cuál mirar primero.
Empezó por la lencería. Un corsé negro que apretó hasta dejarme sin aire, levantándome el pecho nuevo y marcándome una cintura que yo misma no reconocía. Después una minifalda plisada, tan corta que apenas me cubría, y unas medias de red que me sujetó con ligueros mientras me miraba las piernas con aprobación.
—Tenés mejores piernas que yo —murmuró—. No se lo digas a nadie.
Me calzó unas plataformas altísimas que me obligaron a caminar despacio por el departamento, aprendiendo de nuevo a sostenerme. Cada paso era un acto de equilibrio, y Bianca me observaba desde la cama, sonriendo cada vez que yo me agarraba de un mueble.
Luego vino el maquillaje. Me sentó frente al espejo y trabajó mi cara con la concentración de una artista. Los labios de un rojo profundo, dibujados despacio. Los ojos cargados de sombra oscura, difuminada hasta las sienes. Un brillo discreto en los pómulos que me hacía resplandecer cada vez que giraba bajo la luz tibia de la lámpara. No me reconocía, y al mismo tiempo nunca me había sentido tan yo misma.
Por último, la peluca. La misma melena negra, larga y ondulada que usaba yo todas las noches, peinada exactamente igual que la de ella.
Cuando terminó, me giró hacia el espejo grande del dormitorio y se puso a mi lado.
—Mirate —dijo.
Me miré. Y casi me costó creerlo. Bianca llevaba un vestido rojo ajustado que le marcaba el culo y le sostenía el pecho natural. Yo, de negro de pies a cabeza. Pero teníamos la misma altura, la misma curva en la cadera, la misma boca pintada. Éramos dos versiones de la misma fantasía.
Ya no había vuelta atrás.
***
El hotel estaba en Belgrano, uno de esos edificios de mármol y conserjes que hablan en voz baja. Subimos en un ascensor de espejos donde Bianca aprovechó para retocarse el labial y, de paso, retocarme el mío con el pulgar.
—Tranquila —me dijo, sin que yo le hubiera confesado los nervios—. Yo manejo todo. Vos seguime.
Asentí mirando nuestros reflejos multiplicados en las paredes del ascensor. Una docena de Danielas y una docena de Biancas, idénticas, subiendo hacia el mismo destino. Me agarré de su mano y noté que la suya no temblaba para nada.
Marcelo nos abrió en persona. Tendría unos cincuenta años, era corpulento, de cabeza rapada y barba canosa cuidada al milímetro. La suite detrás de él era enorme: ventanales hasta el techo, un jacuzzi humeando en un rincón y una cama tan ancha que parecía una pista de baile.
Nos recorrió de arriba abajo sin disimulo. Después sonrió.
—Las dos juntas son todavía mejor de lo que imaginaba.
Bianca tomó las riendas desde el primer segundo, como me había prometido. Me agarró de la mano y nos plantó a las dos frente a él, en el centro de la habitación.
—Sentate y mirá —le dijo a Marcelo con una voz dulce que no admitía discusión.
Él se dejó caer en el sillón. Bianca me giró hacia ella, me sostuvo la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de actuación. Me metió la lengua despacio, mordiéndome el labio al final, y yo le respondí buscándola, olvidándome por un momento de que había alguien más en la sala. Nos tocamos por encima de la ropa, su mano subiendo por mi muslo hasta el borde de la falda, la mía hundida en su pecho.
Marcelo ya se acariciaba por encima del pantalón.
—Quiero todo —dijo con la voz ronca—. Que se besen, que se coman entre ustedes, y después las dos. Dos horas.
Dijo una cifra. Bianca aceptó sin pestañear.
***
Nos arrodillamos las dos frente al sillón. Bianca le bajó el pantalón con una lentitud calculada, y entre las dos liberamos su verga, gruesa y de venas marcadas. Era grande, aunque nada comparada con la de Bianca, que ya había aprendido a temer y a desear.
Empezamos juntas. Yo le recorría un lado del tronco con la lengua mientras Bianca se ocupaba de la punta. Nuestras bocas se encontraban a mitad de camino y nos besábamos con él en medio, dejando que sintiera las dos lenguas a la vez. Marcelo gemía y soltaba groserías entre dientes, agarrado a los apoyabrazos.
—Daniela —me ordenó Bianca, suave pero firme—. Ocupate de abajo mientras yo se la trago entera.
Obedecí. Bajé y empecé a lamerle los testículos pesados, chupándolos de a uno, mientras escuchaba a Bianca tragar y a Marcelo gruñir cada vez que ella bajaba del todo. Él le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverle el cuello a su ritmo.
—Así, así —repetía—. Las dos sos increíbles.
Después nos hizo subir a la cama. Bianca me puso en cuatro al borde del colchón y me levantó la falda hasta la cintura. Sentí que me corría la tanga a un costado y, un segundo más tarde, su lengua. Me comió despacio, hundiéndose, haciendo ruidos húmedos que retumbaban en la suite. Yo apreté las sábanas y dejé salir un gemido que no controlé.
—Más… —pedí con la cara contra el colchón—. No pares.
Marcelo no aguantó mirando. Rodeó la cama, se puso frente a mí y me llenó la boca mientras Bianca seguía preparándome por detrás. Quedé atrapada entre los dos, sin saber dónde terminaba el placer de una y empezaba el del otro.
***
Marcelo se colocó el preservativo y fue el primero en entrar. Me agarró de las caderas y empujó hondo, marcando un ritmo firme, mientras Bianca se acomodaba delante de mí y me ofrecía su verga. La recibí en la boca y me dejé llevar por el vaivén: Marcelo empujándome hacia adelante, Bianca entrando más profundo cada vez que él me clavaba.
Después cambiaron. Bianca se acostó de espaldas y me sentó encima suyo. Bajé despacio sobre ella hasta tenerla entera dentro, y solté un gemido largo, agudo, completamente femenino.
—Estás más dura que nunca hoy —le dije, jadeando, con las manos apoyadas en su pecho.
Ella me sonrió desde abajo y me apretó la cintura. Entonces sentí a Marcelo detrás de mí. Había vuelto, ahora con las manos llenas de lubricante, y presionaba la punta contra mí en el mismo lugar que ya ocupaba Bianca.
Me tensé.
—Relajate, mi amor —me susurró Bianca contra el cuello, besándome el pecho—. Dejá que entren los dos. Yo estoy acá.
Respiré hondo. Marcelo empujó milímetro a milímetro, con una paciencia que no esperaba de él. Sentí que me abría hasta un límite que no sabía que tenía, las dos vergas presionando a la vez, hasta que cedí.
—¡Las dos! —grité, entre el dolor y un placer que me nublaba—. ¡Dios… las dos!
Cuando estuvieron del todo adentro me quedé quieta un instante, llenísima, sin aire, sintiendo cada latido de los dos contra mis paredes. Bianca me besaba la cara y me limpiaba el sudor de la frente. Marcelo esperaba detrás, respirando fuerte.
—¿Estás bien? —preguntó Bianca.
Asentí, incapaz de hablar. Y entonces empezaron a moverse.
***
El ritmo fue lento al principio, coordinado, como si los dos hubieran ensayado. Uno entraba mientras el otro salía, turnándose para no dejarme nunca vacía. Cada embestida me sacaba un sonido distinto de la garganta. La suite se llenó de ruidos: el chapoteo del lubricante, la piel contra la piel, mis gemidos cada vez más altos y los gruñidos de Marcelo a mi espalda.
Bianca me apretaba el pecho con una mano mientras me cogía desde abajo. Marcelo me sostenía de las caderas y marcaba el compás. Poco a poco aceleraron, abandonando la cautela, y yo dejé de pensar.
—Así… no paren —supliqué con la voz quebrada—. Las dos, por favor.
Sentí que algo se acumulaba en mi vientre sin que nadie me tocara. Me apreté contra los dos, temblando, y de pronto me vine, contrayéndome con tanta fuerza alrededor de ellos que los hice gemir a la vez.
Eso los terminó de enloquecer. Marcelo se soltó primero, con un gruñido ronco, vaciándose dentro del preservativo. Bianca aguantó unos segundos más; después salió de golpe, me giró la cara hacia ella y terminó sobre mi pecho y mis labios entreabiertos.
Quedé tirada de costado sobre la cama, jadeando, con el cuerpo todavía latiéndome, las gotas brillándome sobre la piel y el maquillaje corrido por la cara. No me quedaban fuerzas ni para moverme.
***
Marcelo se vistió sin prisa, nos pagó las dos horas completas y dejó una propina generosa sobre la mesa de luz. Antes de irnos a duchar dijo que quería repetir pronto, que no se acordaba de una noche así en años.
Cuando por fin nos quedamos solas en la suite, Bianca se acostó a mi lado. Me abrazó, me besó la frente y, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior, me fue limpiando el pecho con la lengua, despacio, sin decir nada.
—¿Cómo te sentiste? —preguntó al rato, apoyada en mi hombro.
Me quedé un momento en silencio, buscando las palabras. Todavía respiraba entrecortado.
—Me sentí completa —le dije al final, con total sinceridad—. Y me gustó. Me gustó muchísimo que fueran los dos a la vez. Quiero volver a hacerlo.
Bianca sonrió, orgullosa, y me besó en los labios.
—Esa es mi chica —murmuró—. Y yo voy a estar siempre al lado tuyo.
Nos quedamos abrazadas en esa cama enorme, dos versiones de la misma fantasía, mientras afuera la ciudad seguía sin enterarse de nada.