La noche que tuve que vestirme de mujer
Me presento: en aquella época me hacía llamar Camila, mi nombre de chica. Tenía dieciocho años recién cumplidos, acababa de entrar a la universidad y cursaba mi primer ciclo. Desde los catorce me gustaba ponerme a escondidas la ropa de mi madre y de mi hermana. Me fascinaba la lencería, todo lo femenino, el roce de una media sobre la piel. Pero era un secreto que guardaba con uñas y dientes. Nadie, absolutamente nadie, podía saberlo.
En la facultad nuestra aula era un muestrario de gente: adolescentes como yo, otros ya mayores, todos mezclados. Como pasa siempre, se formó un grupo de amigos que los fines de semana salíamos a perdernos entre fiestas, reuniones y tragos. Una de esas noches, cuatro de nosotros —entre ellos Tobías, mi mejor amigo— bajamos al centro de la ciudad. Era una zona caliente, llena de bares, locales y discotecas que albergaban gente de toda clase.
Pasada la medianoche, envalentonados por el alcohol, caminábamos sin rumbo cuando dimos con una discoteca de ambiente. En la puerta había mujeres de una belleza que nos dejó mudos: vestidos pegados al cuerpo, maquilladas con esmero, paradas en poses que prometían cosas que no podíamos ni nombrar. Tardé un segundo en darme cuenta de que eran travestis y chicas trans, peleando por entrar al local. Algunas iban solas, otras del brazo de su pareja, y todas atravesaban una marea de muchachos atentos al menor descuido para rozarse con ellas.
Vi a Tobías mirándolas embobado, con la boca entreabierta. No dijo nada. Seguimos camino y dimos por terminada la noche, pero algo se había quedado pegado en los dos.
***
La semana siguiente, una casualidad nos dejó solos a Tobías y a mí en la biblioteca, terminando un trabajo de investigación. En una de esas pausas le pregunté, fingiendo desinterés, qué le había parecido la salida del viernes. Me habló del centro, de los bares, pero esquivó la discoteca por completo. Tuve que ser más directo.
—A mí lo que me llamó la atención fue ese local de ambiente —solté—. Y las chicas que estaban en la puerta.
Le cambió la cara. Bajó la voz, como si alguien pudiera escucharnos entre los estantes.
—A mí también me impresionaron —admitió—. Son altísimas, hermosas.
—¿Sabías que eran trans? —pregunté.
Me miró con burla.
—Ni que fuera tonto. Claro que me di cuenta de que no eran mujeres. Pero me parecieron las más sexys que vi en mi vida. No dejé de pensar en ese lugar. No te dije nada porque no quería que pensaras que era cabro.
Solté una carcajada tan fuerte que nos echaron de la biblioteca. Ya en la calle, camino a tomar el colectivo, seguimos hablando del tema. Entre broma y broma lancé la propuesta:
—¿Y por qué no vamos un día a conocer la disco por dentro? A ver de cerca a esas chicas.
Para mi sorpresa, Tobías asintió con los ojos brillantes. Quedamos en ir el viernes.
***
Llegó el día y yo estaba tan ansioso que no veía la hora. Nos juntamos temprano y le pusimos sabor al momento con algo de alcohol. Entre tragos bromeábamos con que, con un poco de suerte, hasta levantaríamos a una chica trans. Para los dos era un fetiche guardado que de pronto parecía a punto de cumplirse. Incluso repartimos el botín antes de cazarlo: yo quería una rubia, él una morena de cabello largo y piernas infinitas.
—Me calentó verlas con esas pantimedias color natural y las faldas diminutas —me confesó Tobías, ya entonado—. Todas maquilladas, luciéndose para todos. Con esas pollas duras marcándose bajo el vestido, hermano. Me pone loco pensarlo.
Bebimos y hablamos casi dos horas, hasta que la medianoche nos encontró subiendo a un taxi rumbo a la discoteca.
Cuando bajamos del auto, eran más de la una de la mañana y había unas treinta personas amontonadas en la puerta, todas peleando por entrar. Eso debió hacernos sospechar que no sería tan fácil. Vimos a cuatro chicas trans cruzar la entrada y a otras tres, a unos metros, conversando y fumando unos cigarros de olor inconfundible. Al llegar a la puerta nos frenaron dos hombres enormes.
—¿Qué desean? —dijo uno.
—Entrar, conocer gente, divertirnos —respondí. Tobías no fue capaz ni de abrir la boca.
—Acá solo entran chicas trans y cross, solas o con sus parejas.
Entre el miedo y la decepción, intenté negociar:
—¿No hay ninguna excepción?
El más grande me miró y, al ver mi cara, suavizó el tono.
—Mirá, pibe, tú ni mayor de edad serás. Acá solo entran las chicas y sus parejas. Este lugar es muy discreto y no queremos problemas. Si quieren pasar, tienen que venir invitados por algún socio, y aun así pagar entrada y consumo en mesa.
—¿Cuánto sería? —preguntamos casi al unísono.
El de seguridad se rió.
—Treinta dólares por cabeza de entrada y otros cincuenta de consumo mínimo. Cada uno.
Nos miramos. Entre los dos juntábamos, con suerte, treinta dólares. Imposible. Nos bajamos de la puerta y nos paramos a unos metros, maldiciendo nuestra suerte.
—Voy a intentar convencerlo —dijo Tobías de pronto—. A ver si nos deja entrar aunque sea unos minutos con lo que tenemos.
—Yo te espero acá. No quiero pasar otra vergüenza.
***
Verlo decidido me impresionó. Tobías era casi treinta centímetros más alto que yo, y se notaba que estaba dispuesto a todo por ser parte de ese carnaval. Desde la distancia lo vi suplicar, uno por uno, a la gente que entraba. Le hablaba hasta a las chicas para que lo metieran. Lo rechazaban todos. Sentí lástima.
Y fue ahí, mientras lo miraba fracasar, cuando se me acercó una mujer trans, madura, de mirada tranquila.
—Si quieren entrar a esa disco —me dijo—, van a tener que ser más creativos.
Me quedé sin palabras. Solo atiné a escucharla. Me explicó que desde que nos vio supo que era una misión imposible: apenas dos estudiantes sin un peso, fuera de su ambiente. Pero al ver a mi amigo tan empecinado, pensó que ella tenía la solución.
—Para entrar necesitan una pareja trans que los pase. Eso les ahorra la entrada, el consumo, todo.
—Le agradezco —respondí, todavía mareado—, pero no pensaba entrar con usted, si era eso lo que…
La mujer soltó una carcajada, dejó el cigarro a un lado y me dio la respuesta que marcaría el resto de mi vida.
—No me entendiste, mi amor. Lo que te propongo es hacerte a ti una sesión de transformación. Que tú seas la chica cross que entra con tu amigo.
Me quedé helado.
—Desde que te vi me di cuenta de que podías pasar por una. Eres más chiquito que él, tienes facciones finas. Con algo de maquillaje, una faja y unos rellenos, serías toda una nena.
No dije nada. La miré, sin saber qué responder. Ella me puso un papel en la mano.
—Hago trabajos de transformación. Ahí tienes mi teléfono, por si te interesa.
Y se fue con sus amigas, dejándome más confundido de lo que llegué. ¿Tan evidente era? ¿Se notaba que yo me vestía de chica? ¿No era tan discreto como creía? Todo se me dio vuelta. Tobías volvió rendido, dijo algo sobre esa señora que me había hablado, pero yo apenas respondí. Caminamos hasta un taxi y volví a casa mudo, bajo su mirada llena de preguntas.
***
El lunes, en clase, faltó un profesor y Tobías aprovechó para quejarse del fracaso del viernes. Yo le contestaba con monosílabos, hasta que me encaró fuerte:
—¿Qué te pasa? Estás raro desde el sábado.
Dudé unos segundos.
—Esa señora de la puerta me dijo algo que me dejó pensando.
Error fatal. No me dejó en paz en dos días. Al final me obligó a contarle, aunque cambié un poco las cosas: le dije que la mujer me había explicado que no había forma de entrar gente de nuestra edad, salvo por un método suyo.
—¿Qué método? —saltó él, de golpe esperanzado.
Respiré hondo.
—Que uno de nosotros se vista de mujer. Maquillaje, peluca, todo. Y que entremos como pareja.
Tobías se rió a carcajadas. Después, de improviso, calló.
—No es tan descabellado —murmuró—. Pero la cuestión es que tendrías que ser tú. Yo soy mucho más alto y fornido. A ti te quedaría natural. Así entramos sin que nadie sospeche, y por fin estamos al lado de esas chicas.
Me pidió el teléfono que me había dado la mujer. Se lo di. Me arrancó el papel de la mano y dijo que la iba a llamar para averiguar si era cierto. Así terminó el lunes.
***
El martes me alcanzó a la salida de la facultad, ansioso. Caminamos unas cuadras.
—Anoche la llamé —me contó—. Se llama Selene. Es trans, fue vedette de esa misma disco en sus buenas épocas. Ahora solo hace transformaciones y vende los cigarros esos en la puerta.
Me miraba con miedo de que me negara, pero estaba tan decidido como aquella noche.
—Dice que si entramos, hasta podríamos pasar al área vip, donde las parejas tienen sus momentos delante de todos. Sin gastar un peso, todo discreto. Ella te haría el trabajo de crossdressing: rellenos, faja, maquillaje. Te verías como una más.
—Estás loco —le dije—. No lo voy a hacer. Si tanto quieres, vístete tú y yo te acompaño.
Pero volvió a recordarme la diferencia de tamaño, lo ancho que era él, mi cara todavía de niño. Le dije que no me atrevía. Entonces me suplicó. Que él pagaría todo. Que me debía cientos de favores, que siempre me había bancado cuando me molestaban. Que sería una sola vez.
—¿Y cómo me visto, me maquillo? Eso lleva horas.
—Selene hace todo en su casa. Provee hasta la ropa. Por ser primera vez, menos de treinta dólares.
—No pienso ponerme tacos como esas chicas.
—Unas zapatillas de mujer, un jean con rellenos en la cadera, una remera ajustada, peluca y maquillaje. Lo demás lo hace la oscuridad de la noche.
Tenía respuesta para todo. Con miedo, pero también con un morbo que no podía negar, dije que sí. Quedamos en que el viernes iría a casa de Selene a las ocho, y que a las once estaría lista. Todo coordinado, y yo todavía sin entender cómo me había metido en esto.
***
El viernes a las siete llegué a la casa de Selene. Me recibió con una amabilidad que me desarmó y me dijo que ya estaba todo pago. Me hizo pasar a su cuarto, y al abrir la puerta me encontré con una verdadera boutique: pelucas, zapatos, ropa, lencería, fajas, senos de silicona y caderas postizas amontonadas en un dormitorio enorme, con un olor dulzón y añejo.
—Quítate toda la ropa y ponte esta bata —ordenó.
La miré sin moverme, esperando que saliera. No salió.
—Hija, tenemos que trabajar tu cuerpo, depilarte, bañarte. No te pongas pudorosa.
Su voz era firme. Empecé a desnudarme con las manos temblando. Me saqué la remera, el pantalón, y me quedé en calzoncillos frente a ella. Selene me miraba sin ningún pudor, con una sonrisa apenas, como quien evalúa una pieza de trabajo. Bajé los calzoncillos y quedé completamente desnudo. Sentí que la sangre se me subía al rostro y a otro lado también: para mi vergüenza, mi polla empezó a hincharse apenas, traicionándome, colgando entre los muslos con un peso nuevo.
—Lo sabía. Casi pareces una niña. Y hoy te vas a ver más mujer todavía. Qué suerte que casi no tienes vello.
Se acercó y me rodeó despacio, mirándome de arriba abajo. Sus manos recorrieron mis hombros, bajaron por la espalda y se detuvieron en mi culo, apretando la carne con dedos expertos que sabían exactamente lo que hacían.
—Tienes un culito precioso, redondito, de nena —murmuró contra mi oído—. A tu amigo le va a costar controlarse esta noche.
Sus palabras me golpearon en la entrepierna. La polla se me puso dura del todo, apuntando hacia adelante sin poder esconderla. Traté de taparme con las manos pero ella me las apartó con suavidad.
—No te tapes, mi amor. Acá no hay nada de qué avergonzarse. Todas las nenas se ponen así la primera vez. Es más, si no se te parara, me tendría que preocupar.
Me llevó al baño de la mano, con el mismo desparpajo con el que se lleva a un cliente a la mesa. La ducha era grande, con azulejos verdes y un cabezal enorme. Abrió el agua caliente y me hizo meterme adentro. Después, sin dudar un segundo, empezó a sacarse el vestido. Se quedó también desnuda, y por primera vez la vi de cuerpo entero: tetas grandes de silicona firme, la cintura estrecha, las caderas de mujer madura, y entre las piernas —para mi asombro— una polla más gorda que la mía, morena, colgando pesada entre unos muslos torneados.
—No pongas esa cara —se rió—. ¿O pensabas que yo era de otro planeta? Todas las chicas de la disco tienen una entre las piernas, mi amor. Es la primera cosa que vas a tener que aprender esta noche.
Entró conmigo bajo el chorro. Su cuerpo pegado al mío me quemaba la piel más que el agua. Agarró la esponja y el jabón líquido y empezó a enjabonarme el pecho, los brazos, la panza, con movimientos lentos y circulares. Después bajó las manos y las cerró sobre mi polla dura, apretándola con una firmeza que me arrancó un gemido.
—Selene… —fue lo único que atiné a decir.
—Shhh. Relájate, mi amor. Esto también es parte del trabajo.
La lavó con calma, moviendo el puño de arriba abajo, jugando con los huevos, tirando suave del prepucio hasta descubrirme entero. Me apoyé contra los azulejos porque las piernas se me aflojaban.
—Mira nomás qué polita más linda tienes —dijo con la voz más ronca—. Chiquita, sí, pero paradita y dura como una piedra. Perfecta para esconder debajo de una tanga. Pero si te suelto ahora, mi amor, te vas a pasar toda la noche con la verga parada abajo del vestido, y se va a notar. Mejor te vacío una vez acá, así estás tranquila afuera.
Se agachó sin dejar de mirarme, se arrodilló bajo el chorro, y se metió mi polla entera en la boca. La sentí caliente, apretada, con la lengua envolviéndome el glande, chupando con una técnica que no había conocido nunca. Selene mamaba despacio al principio, sacando la verga hasta la punta, dándole besitos, lamiéndome los huevos uno por uno, y después volvía a tragarla hasta el fondo, hasta que sentía la garganta cerrarse alrededor de mí. El agua caía sobre nosotros, calentándolo todo. Mis piernas temblaban. Le agarré la peluca con las dos manos, sin querer, y ella dejó que se la sujetara.
—Así, mi amor —susurró sacándomela un segundo—. Agarrame como me agarraría un hombre. Fóllame la boca, dale.
Volvió a tragármela y aceleró. Yo, envalentonado, empecé a mover las caderas, empujándole la verga contra el paladar. Ella gemía con la boca llena, chupando fuerte, y con una mano me apretó las nalgas, metiéndome un dedo entre ellas, tanteando.
—Selene, me voy a correr… —jadeé.
Ella sacó la polla de la boca apenas un segundo, sin dejar de acariciármela con el puño.
—Eso quiero, mi amor. Correte todo en mi boca. Después me toca a mí.
Se la tragó de nuevo, ahora hasta el fondo, y bombeó rápido. A los pocos segundos me corrí en su boca en un chorro largo, gimiendo como una puta, sintiendo cómo tragaba todo sin perder una gota. Me sacó la verga despacio, chupándola hasta el final, exprimiéndome los huevos con la otra mano, y me sonrió con los labios brillantes.
—Uy, qué rico, mi vida. Y qué cantidad. Con la calentura que tenías, era hora.
Me temblaban las piernas. Ella se puso de pie y me pegó su cuerpo al mío. Su polla dura se me clavó contra la panza, gorda y caliente.
—Ahora te toca a ti. Aprender a mamarla, que si esta noche te toca en el vip vas a necesitar saber. Arrodíllate, mi amor.
Me arrodillé sin pensar, con el agua cayéndome sobre la cabeza. Su polla morena estaba frente a mi cara, más gorda que la mía, con el glande hinchado y brillante bajo la ducha. Nunca había chupado una en mi vida, pero abrí la boca igual y me la metí adentro. Selene me guio la cabeza con las dos manos, enseñándome el ritmo.
—Así, mi amor. Con la lengua abajo, cuidado con los dientes. Chupa despacio. Eso, eso. Ahora un poquito más adentro. Sí, sos una nena preciosa mamando polla. Mírate, ya sos toda una puta.
Sus palabras me daban vergüenza y calentura al mismo tiempo, y sentí cómo la polla, recién vaciada, me empezaba a volver a hinchar entre las piernas. Le chupé como pude, ahogándome un par de veces, sintiendo el gusto salado del glande contra la lengua, el olor a hembra caliente mezclado con jabón. Selene se movía suave, follándome la boca con cuidado, dejando que el glande me golpeara la garganta, hasta que la sentí ponerse más dura y jadear.
—Trágame todo, mi amor. Como te lo hice yo. Vamos, sos una nena bien puta, quiero verte tragar mi leche.
Se me corrió en la boca en unos chorros calientes y espesos, uno detrás del otro. Me atraganté al principio, pero tragué la mayor parte, con el resto escurriéndoseme por la comisura de los labios. Ella se rió, contenta, y me limpió la barbilla con el pulgar antes de meterme el dedo en la boca para que se lo chupara.
—Bienvenida al club, hijita. Ahora sí, te termino de bañar y te dejo hermosa para tu novio.
Terminó de enjabonarme entera con paciencia de vieja profesional. Me lavó el culo abriéndomelo con los dedos, pasándome la esponja entre las nalgas, y por un segundo sentí uno de sus dedos empujando apenas contra mi entrada, tanteando la resistencia.
—Bien apretadito. Virgencito acá atrás, ¿no? —murmuró—. Eso te va a servir mucho, mi amor. Pero hoy no, hoy solo entrenamiento. La primera vez que te abran ese culito quiero que sea con un buen hombre, no con estas cosquillitas mías.
Me pasó una espumita depiladora por las piernas, los brazos y esa mata rala de vello del pubis, y unos minutos después me la enjuagó, dejándome liso como una muñeca. La polla, sin un solo pelo alrededor, se veía todavía más pequeña, casi de nena. Me llevó de nuevo al cuarto envuelta en una toalla y me untó cremas por todo el cuerpo, masajeándome las piernas, el culo, el pecho, hasta que la piel me brilló. Media hora después yo estaba sentada frente a un tocador con espejo, todavía con las piernas temblando, lista para la transformación.
Empezó con una base líquida que esparció por mi rostro. Me untó las cejas con un pegamento en barra, dejó secar y las cubrió por completo. Después aplicó polvos que oscurecieron apenas mi tono de piel y borraron el rastro de mis cejas. Con un lápiz dibujó unas nuevas, totalmente femeninas. Sombras, contorno, un labial de larga duración con brillo, y me enchinó las pestañas. Buscó una peluca castaño oscuro y la sujetó con ganchos a mi pelo.
Cuando me miré al espejo, no era yo.
Me colocó unos senos de silicona que se ponían como una camiseta y sentí el peso extraño y a la vez familiar en mi pecho. Después me pasó una tanguita de encaje negro, diminuta, y me la subió ella misma. Cuando la tela me llegó a la entrepierna me la agarró suave y me acomodó la polla —otra vez media hinchada— hacia atrás, entre las nalgas, sujetándola con una faja apretadísima que me aplastaba todo. Cuando terminó, entre las piernas no tenía nada, solo una raya lisa donde antes había verga.
—¿Ves? Así ni se nota. Aunque se te pare mil veces, nadie va a saber. Pero vos vas a sentirla ahí atrás, latiendo entre las nalgas, todo el rato. Va a ser tu secretito.
Me pasó unas pantimedias transparentes color café claro, deslizándomelas por las piernas con una lentitud calculada, subiéndomelas centímetro a centímetro hasta la cintura. El roce del nylon en las piernas recién depiladas me erizó todo el cuerpo. Me pasó un minivestido rosado de tiritas por la cabeza y me lo acomodó en las caderas, tirando de él para que quedara bien pegado. Me hizo poner de pie.
—Tienes unas piernas preciosas. No merecen ir tapadas con un pantalón.
Me miró de arriba abajo, satisfecha, y me pellizcó suave una nalga a través del vestido.
—Tú ya te habías vestido de mujer antes, ¿no?
En la emoción se me escapó la verdad.
—Sí. La ropa de mi madre y mi hermana, sus tacos, sus vestidos. Tenía catorce años.
—Lo sabía.
Salió y volvió con unos zapatos de taco negros, con tira al tobillo, increíblemente femeninos.
—Entendí que iban a ser zapatillas —dije.
—Con esas piernas sería un pecado.
Me los puse y empecé a caminar. Sentí cómo se levantaba mi cola, cómo me veía menos una adolescente y más una de esas chicas de la disco que Tobías tanto quería conocer. Con cada paso, la tanguita se me metía entre las nalgas, rozándome el culito depilado, y el vestido me acariciaba las tetas de silicona. La polla, aplastada bajo la faja, latía otra vez sin poder crecer del todo, presa, dolorida, deliciosamente incómoda.
—Mejor zapatillas —insistí—. ¿Cómo le explico a Tobías que sé caminar con tacos?
Selene lo pensó un segundo.
—No te preocupes. Le diré que te enseñé en una hora y que, como tienen plataforma, ni se siente el taco. Por eso te sale tan natural.
***
Cuando terminó de vestirme, me dejó sola en el cuarto. Solo quedaba esperar a que Tobías viniera a buscarme. Me acosté en la cama, contemplando mis piernas envueltas en esas medias finas, los zapatos de taco, la falda rosada subiéndose apenas sobre mis muslos. Me llevé una mano al pecho de silicona y sentí, por primera vez, que el miedo se mezclaba con algo mucho más cálido. Con la otra mano bajé por debajo del vestido, por encima de la tanga y de la faja, hasta encontrar el bulto blando y latiente de mi polla presa. La apreté suave a través del nylon apretado, y me imaginé por un segundo a Tobías, alto y ancho, entrando en ese cuarto, mirándome como se mira a una mujer, apretándome contra la pared, metiéndome la mano bajo la falda sin saber que era yo, su mejor amigo. Se me escapó un gemidito de mujer que no reconocí como mío. Ya no había vuelta atrás.





