Mi jefe me prestó a su socio como un juguete más
Octavio es un cliente de la empresa, alguien de fuera con quien mi jefe cierra tratos desde hace años. Por lo visto se tienen tanta confianza que mi jefe le contó de mí: que soy su empleada favorita, una travesti a la que se folla cada semana sin falta desde hace más de un año. A Octavio también le gustan las chicas como yo, así que no tardó nada en pedirle mi número y en empezar a escribirme.
Lo que me terminó de convencer no fue él, sino la idea. Saber que mi jefe me había ofrecido a un amigo como quien presta un objeto suyo, un juguete del que puede disponer y pasar de mano en mano cuando le da la gana, me encendía de una forma que no podía explicar. Soy suya, y él decide con quién me comparte. Esa frase me daba vueltas en la cabeza. Le dije que sí. Quedamos en vernos un jueves por la noche.
Elegimos un café pequeño en una calle tranquila, un sitio con luz baja y mesas separadas donde podía ir vestida de mujer sin miedo a que alguien me reconociera. A Octavio le convenía tanto como a mí: está casado y tiene fama de mujeriego, así que ninguno de los dos quería testigos.
Hablamos mucho más de lo que esperaba. Me hizo reír, pidió una botella de vino y dejó que yo escogiera el postre. Pero por debajo de la mesa pasaba otra cosa. Desde que nos sentamos, sentí su pie subir despacio por mi pantorrilla.
Se había quitado el mocasín a propósito. Lo entendí enseguida: llevaba ese tipo de zapato para poder sacar el pie cuando quisiera, recorrerme las piernas y sentir la textura de mis medias contra la planta. Subía y bajaba, lento, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche.
—Tienes unas piernas preciosas —dijo, sin dejar de mirarme a los ojos—. Llevo toda la cena pensando en ellas.
—¿Solo en mis piernas? —contesté, apurando la copa.
—En tus piernas, para empezar.
La caricia me parecía rara y excitante a la vez. Para cuando pedimos la cuenta, yo solo quería que nos fuéramos cuanto antes. Octavio no había dejado de insinuar que me quería en su cama, y yo estaba lista para dársela.
***
Tenía un departamento a un par de calles del café. Fuimos caminando, y a mitad de camino me empujó contra una pared en una esquina oscura y me besó. Me agarró las nalgas por encima del vestido, me las apretó, me dio un par de palmadas suaves. Yo le froté el muslo entre las piernas y noté cómo se le endurecía contra mi cadera.
—Vamos —me dijo al oído—, antes de que nos arresten.
Entramos al departamento todavía besándonos. Me llevó a tientas hasta el dormitorio, sin encender la luz, y caímos juntos sobre la cama. Yo tenía el culo ardiendo, deseando que me lo tomara ya. Empecé a subirme la falda del vestido para bajarme las medias, pero él me detuvo la mano.
—No —murmuró—. Déjate las medias puestas. Las quiero ahí.
Las quiere ahí. No entendí del todo, pero obedecí.
Se levantó, encendió una lámpara de luz tibia y arrastró una silla pequeña hasta el borde de la cama. Se sentó con los pantalones ya en los tobillos. Bajo la tela del bóxer se le marcaba la erección, gruesa, impaciente.
—Acércame los pies —pidió.
Me senté frente a él, en el borde del colchón, y le ofrecí el pie derecho. Él lo tomó entre las dos manos como si fuera algo frágil. Todavía con la zapatilla puesta, empezó a besarlo, a frotárselo contra la cara, a respirar el aroma del nylon. Después me la quitó despacio y empezó a lamerme la planta como si le fuera la vida en ello.
La sensación era nueva para mí. Nunca nadie me había tratado así, nunca había sido yo la atención completa de alguien de esa manera. Me parecía extraño y, sin embargo, me estaba poniendo cada vez más caliente.
Hizo lo mismo con el pie izquierdo: lo besó, lo lamió, hundió la nariz entre mis dedos cubiertos por la media. Cuando se sació, puso mi pie derecho sobre el bulto del bóxer y empezó a mover la pelvis, frotándose contra mi planta, como si se estuviera follando el arco de mi pie.
Verlo tan perdido, tan rendido a algo tan suyo, me prendió de una manera que no esperaba. Sentir su dureza latir contra mi planta me hizo soltar un gemido sin darme cuenta.
—¿Te gusta sentirla? —preguntó con la voz ronca—. Mira lo dura que me la pones.
—Me encanta —contesté—. Se siente durísima. La tienes preciosa, amor.
Octavio se puso de pie. Se liberó la verga del bóxer y juntó mis dos pies alrededor de ella, sosteniéndomelos en el aire a la altura de su pelvis. Empezó a bombear entre mis plantas, follándose mis pies envueltos en las medias de nylon negro, y yo lo miraba hacerlo como si en lugar de mis pies tuviera mi culo.
—Estás buenísima —jadeó—. ¿A cuántos les has dejado hacerte esto, eh? ¿A cuántos por los pies?
—A ninguno —respondí, y era verdad—. Eres el primero. Nadie me había tocado así.
Eso pareció enloquecerlo. Aceleró el movimiento, apretó mis pies con más fuerza y soltó un gruñido largo. Terminó sobre mis plantas, y un hilo tibio alcanzó incluso la cara interna de mis muslos. Se quedó un momento quieto, con la respiración entrecortada, todavía sosteniéndome los pies como si no quisiera soltarlos.
***
Pasaron unos minutos. Octavio se recostó a mi lado y empezamos a besarnos otra vez, sin prisa, dejando que la calentura volviera sola. Esta vez nos desnudamos del todo, aunque yo conservé las medias porque sabía que él las quería ahí.
—Siéntate frente a mí —me dijo.
Me acomodé, lista para ensartarme en su verga, que ya volvía a estar dura. Pero él me detuvo con una mano en la cadera.
—Más atrás —ordenó—. A la altura de mis pies.
Lo miré sin entender, pero obedecí. Me deslicé hacia abajo hasta quedar en cuclillas, con las nalgas apenas apoyadas sobre sus pies. Entonces lo sentí: empezó a juguetear con los dedos de los pies contra mi ano, despacio, presionando, separándome.
El placer fue tan inesperado que me arqueé y gemí sin poder evitarlo. ¿Cómo puede sentirse tan bien? Nunca había imaginado algo así.
—Tú le entras a todo, ¿verdad? —dijo, divertido, sin dejar de moverme los dedos contra el culo—. Por eso tu jefe no te suelta. Una chica como tú no se encuentra todos los días.
—No, no se encuentra —jadeé, apenas con voz.
Las caricias de sus pies en mi entrada eran tan exquisitas que sentí que estaba a punto de acabar yo solo con eso. Él debió notarlo, porque de repente se detuvo. Me tomó de los brazos, prácticamente me cargó hacia él y me sentó sobre su verga dura, que entró en mí con una facilidad que me sorprendió a mí misma.
—Ahí está —murmuró contra mi cuello—. Ahora sí.
Empecé a montarlo, subiendo y bajando sobre esa verga que me llenaba entera, entre gemidos que ya no me molestaba en contener. Octavio me sujetaba las caderas y marcaba el ritmo, hundiéndose más profundo cada vez.
—Así —decía—. Móntala como sabes. Así me gusta.
—No pares —le pedí—. Me encanta lo que me haces. Es tuyo, todo tuyo, úsalo como quieras.
Y eso era lo que más me encendía: saber que esa noche yo era exactamente lo que mi jefe le había prometido. Un cuerpo prestado, un capricho que se pasaban entre amigos. Lejos de molestarme, la idea me hacía apretarme más contra él, buscar más fuerte cada embestida.
Acabó dentro de mí con un jadeo largo, abrazándome la espalda, y yo me dejé caer encima de su pecho, vacía y temblando, con el cuerpo todavía recorrido por el orgasmo.
Nos quedamos así un rato, sin hablar, escuchándonos respirar. Yo me sentía más entregada que cuando subí a esa cama. No solo me había dejado usar como un objeto y me había gustado: había descubierto un placer que ni sabía que existía.
Cuando me vestí para irme, Octavio me acompañó a la puerta y me besó en la frente, casi con dulzura.
—Le voy a pedir a tu jefe que te preste más seguido —dijo con una sonrisa.
—Eso —contesté— lo deciden ustedes.
Bajé las escaleras con las piernas todavía flojas, pensando en la próxima vez. Y solo me quedaba una cosa por hacer: contarlo, para que alguien más lo disfrute tanto como yo.