La travesti que volvió al pueblo a cobrarse todo
Las Espigas era un pueblo de provincia que se jactaba de dos cosas y solo presumía de una. La primera, la que aparecía en el cartel de la ruta, era ser la autoproclamada Capital del Girasol. La segunda, la que se contaba en voz baja en cada mostrador, era haber parido a Soledad Miranda, la diva travesti que triunfaba en los teatros de la capital.
Esa mañana de jueves, la panadería La Espiga de Oro era el epicentro de los chismes más jugosos del año. Las comadres se arremolinaban frente a la vitrina de facturas, los ojos brillándoles de malicia.
—Volvió —susurró una, sin necesidad de decir el nombre.
—Volvió la Espiguita —remató otra, masticando cada sílaba—. La que se fue a hacerse famosa con sus shows. Pero acá todas sabemos cómo empezó: como un puto perdido detrás de la estación.
El rumor se esparció como pólvora, de boca en boca, condimentado con risitas y miradas cómplices. Todas conocían el secreto que ya no era secreto: que a la diva la habían anotado en el registro civil como Rosendo Vera, con el apellido de la madre, porque padre nunca tuvo.
Tincho estaba en la cola, esperando su docena de medialunas, cuando oyó el sobrenombre. Se le heló la sangre. El pasado le cayó encima como un techo viejo.
***
Hacía quince años, él había sido el primero. Rosendo era entonces un pibe flaco y delicado, de ojos enormes y una manera de caminar que volvía locos a los hombres del pueblo sin que ellos quisieran admitirlo. Tincho, peón fuerte como un toro de campo, lo había encontrado una noche de verano cruzando solo la plaza, con una pollera improvisada y el pelo atado en una cola.
Recordaba esa primera vez como si fuera ayer. Lo llevó al galpón abandonado detrás de la estación de trenes, donde el aire olía a tierra húmeda y a fierro oxidado.
—Vení para acá —le dijo, agarrándolo del brazo.
El pibe temblaba, pero no se resistió. Tincho lo empujó contra la pared de chapa, le levantó la pollera, le bajó la ropa interior. Se escupió en la mano, se acomodó y empujó despacio, abriéndose paso. El otro gritó, con los ojos llenos de lágrimas, pero no le pidió que parara.
—Aguantá —le gruñó al oído, embistiendo con fuerza—. Aguantá que esto recién empieza.
Esa noche cambió todo. Después vinieron muchas más: en los maizales, en el río seco, en el baño del club social durante una fiesta de cosecha. Tincho lo buscaba en las sombras y el pibe siempre aparecía, llorando primero y pidiendo más al final, traicionado por su propio cuerpo.
—No sé qué me hiciste —le confesó una vez, todavía agitado, la cara contra el piso de tierra—. Te odio y te espero igual.
Pero Tincho era un egoísta. Después de meses de usarlo a su antojo, una noche lo dejó tirado en la calle como se deja un trapo.
—Andá a buscar a otro —le dijo sin mirarlo.
Y Rosendo, herido y enganchado al sexo rudo que solo él le había enseñado, se abrió a medio pueblo. Camioneros, peones, hombres casados que después saludaban a sus esposas en misa. Se volvió, en la lengua viperina de Las Espigas, la vergüenza que todos disfrutaban en privado. Tincho lo veía de lejos, con una mezcla de celos y orgullo enfermo, sabiendo que él lo había moldeado así.
***
Quince años después, la noticia lo golpeó como un puñetazo en el mostrador de la panadería. Espiguita había vuelto. Ahora era Soledad Miranda, una diva con shows en teatros y apariciones en la tele. Decían que había cambiado entero: hormonas, cirugías, un cuerpo nuevo de mujer hecho a fuerza de quirófano y plata.
Tincho recogió las medialunas y salió a la calle empedrada. Caminó sin pensarlo hacia la casa de la vieja Vera, pasando por la plaza donde todo había empezado. No sabía qué buscaba. Tal vez una pelea. Tal vez perdón. Tal vez lo de siempre.
La encontró esa misma tarde. La puerta estaba entreabierta y entró sin golpear. Ahí estaba ella, sentada en el living, con un vestido rojo ajustado que marcaba unas curvas que el pibe flaco de antes jamás habría tenido.
—Tincho —dijo con una voz ronca y tranquila, sin sorprenderse—. Sabía que venías.
Él la miró de arriba abajo. Sigue siendo la misma de siempre, debajo de toda esa pintura.
—Soledad, o Rosendo. Volviste igual de puta.
Ella se rió, se levantó y se acercó moviendo las caderas con una calma que era pura provocación.
—Para todos soy Soledad. Para vos siempre voy a ser otra cosa.
Le apoyó la mano en el pecho y la fue bajando despacio. Tincho no se resistió. La agarró del pelo, la besó con violencia, mordiéndole el labio hasta que ella soltó un quejido.
—Te voy a coger como antes —le advirtió contra la boca.
—Probá —respondió ella, los ojos clavados en los suyos.
La empujó al sofá y le arrancó el vestido de un tirón. Debajo había un cuerpo que no reconocía y que lo enloquecía igual: pechos firmes, la piel tibia, y entre las piernas el resultado de años de cirugías. Le abrió las piernas de un manotazo y entró de una sola embestida.
—¡Hijo de puta! —gritó ella, pero las uñas se le clavaron en la espalda pidiendo exactamente eso.
Tincho la embistió como un animal, sintiendo cómo lo apretaba ese cuerpo nuevo y desconocido.
—Extrañaba esto —jadeó ella, arqueándose—. Más fuerte. Como sabés.
La dio vuelta, la puso en cuatro contra el respaldo del sofá y volvió a lo que siempre había sido su territorio. Se escupió, empujó hasta el fondo y ella tembló entera con un gemido que era dolor y placer al mismo tiempo.
—Llorá —le dijo él, golpeándole las nalgas con cada embestida—. Llorá como la primera vez en el galpón.
Y lloró. Pero esta vez fue distinto. Cuando él aflojó, ella se dio vuelta, lo empujó de espaldas y se montó encima, hundiéndose sobre él, moviéndose arriba y abajo con un control que antes nunca había tenido.
—Ahora mando yo —le dijo, apretándolo hasta hacerlo gemir como nunca lo había hecho frente a nadie.
Tincho la dejó. Por primera vez en su vida dejó que otro cuerpo decidiera el ritmo. Le mordió los pechos, le clavó los dedos en las caderas, mientras ella cabalgaba sin apuro, disfrutando cada segundo de la revancha.
Terminaron exhaustos, cubiertos de sudor, el living revuelto y las sábanas improvisadas tiradas en el piso. Tincho se vistió mirándola desparramada en el sofá, todavía agitada.
—Volviste por esto, ¿no? —preguntó.
Ella sonrió, lamiéndose el labio partido.
—Volví por más. El pueblo entero se va a acordar de mí.
***
Esa misma tarde, cuando Tincho ya se había ido dejando atrás el olor a sexo y a sudor, la vieja Vera entró desde la cocina con una bandeja de mate. Llevaba el delantal manchado de harina y los ojos entornados, como quien escuchó todo desde el pasillo. Se sentó frente a su hija en el sofá todavía desordenado y cebó sin decir palabra al principio.
Soledad —Rosendo para ella— se había puesto una bata liviana, pero las marcas rojas en los muslos y el leve temblor de las piernas la delataban. Tomó el mate y le dio un sorbo largo, tratando de recomponerse.
—¿Otra vez con el Tincho? —preguntó la vieja, seca, sin rodeos.
Soledad bajó la vista un instante y después la levantó. No había vergüenza en sus ojos, apenas una resignación caliente.
—Sí, mamá. Empezó hoy de nuevo. No pude evitarlo.
La madre no se inmutó. Cebó otro mate y esperó.
—Nunca lo olvidé —siguió Soledad, la voz más baja, casi íntima—. Esa primera vez en el galpón, cuando yo era un pibe asustado y él me agarró como si fuera suyo desde siempre. Me dolió hasta el alma. Pero después no pude dejar de pensar en eso. En cómo me hacía sentir que no era nada y todo al mismo tiempo.
La vieja Vera dejó el mate en la mesita con un golpe suave y se cruzó de brazos.
—Claro que lo sé —dijo—. Yo te curé muchas veces.
Soledad levantó la cabeza de golpe.
—Después de aquella noche volviste caminando como si te hubieran partido en dos —siguió la madre—. Llegaste de madrugada, con la pollera rota. Te metiste en el baño y te quedaste llorando hasta quedarte sin voz. Entré, te vi lastimado, te limpié, te puse pomada, te hice sentar en un balde con manzanilla para que se te desinflamara. Y vos, entre sollozos, me decías que igual querías que volviera.
Soledad se quedó en silencio, la cara encendida. No por pudor, sino por la memoria exacta que su madre acababa de devolverle.
—Nunca me dijiste nada después —murmuró.
—¿Para qué? Eras grande para saber lo que querías. Lo único que me importaba era que no te lastimaras de verdad, que no te quedaras roto. El resto era tuyo. Y parece que todavía lo es.
Soledad se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas.
—No sé qué tiene él, mamá. O qué tengo yo. Pero esta vez es distinto.
La madre la miró con una mezcla extraña de cansancio y comprensión.
—Cuidate igual. No porque te busque otra vez, eso ya lo decidiste sola. Sino porque los tipos como el Tincho no cambian. Te usan hasta que se aburren y después te dejan tirada. Solo que ahora vos sabés defenderte.
Soledad sonrió apenas, una sonrisa torcida y cansada.
—No voy a dejar que me deje de nuevo. Esta vez yo decido cuándo termina. Y va a ser en mis términos.
La vieja Vera se levantó, recogió la bandeja y caminó hacia la cocina. Antes de cruzar el umbral se detuvo.
—Cuando estés mejor, vení. Te preparo un baño de asiento con manzanilla. Por las dudas.
Soledad se quedó sola en el sofá, las piernas todavía temblando, y por un instante volvió a sentirse como aquella noche en el galpón: asustada, lastimada y completamente viva.
***
El pueblo cambió en estos años, pero no tanto. La Espiga de Oro ya no es el epicentro de los murmullos: ahora es un kiosco con luces de colores y golosinas importadas. Los chismes vuelan por el celular, en el grupo de las madres, más rápido que nunca y con la misma mala leche de siempre.
Pero el centro del rumor sigue siendo el mismo de hace medio siglo. Soledad Miranda, leyenda viva con su público fiel, y Tincho, ya con panza y canas, pero buscándola igual cada vez que ella vuelve al pueblo. Cincuenta años de encuentros brutales, llantos, revanchas y regresos.
Las Espigas se cree la Capital del Girasol, pero todas saben que su verdadera reina es otra. Y que, por más que finjan escandalizarse en la cola de la panadería, ninguna se pierde el capítulo siguiente.
La leyenda continúa. Y los prejuicios, también.