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Relatos Ardientes

Las noches en que me convertía en Sabrina

En Maracaibo el calor no daba tregua ni de noche. Sebastián tenía diecinueve años, un cuerpo delgado de caderas marcadas y apenas metro sesenta y ocho, y desde los dieciséis había notado algo que no se atrevía a decirle a nadie: su silueta se parecía demasiado a la de su madre. Patricia tenía treinta y seis, trabajaba turnos largos en una clínica privada y, después del divorcio, había empezado a salir con Marcos, un kinesiólogo alto y de espalda ancha que terminó mudándose al apartamento.

Sebastián los escuchaba por las noches. La pared del cuarto era fina, y los gemidos de su madre se colaban hasta su cama como una corriente que no podía ignorar. No espiaba por morbo, al menos no al principio. Espiaba porque algo en él reconocía ese deseo y lo envidiaba.

Con el tiempo entendió que no quería ser testigo. Quería estar en el lugar de ella.

***

La primera vez fue casi un accidente. Patricia tenía guardia doble y Marcos había viajado a Valencia por un curso. La casa entera para él. Sebastián abrió el clóset de su madre y se quedó mirando la ropa que Marcos le compraba: medias de malla, una falda de cuero, blusas finas, lencería que parecía hecha para ser arrancada.

Se las puso despacio, como quien comete un delito que disfruta. Las medias subieron por sus piernas y algo cambió en él. Frente al espejo del baño dejó de reconocerse, y esa extrañeza le gustó más que ninguna otra cosa en mucho tiempo.

Con los meses fue armando lo suyo. Ahorró y compró un relleno de silicona, una blusa negra que moldeaba el pecho, sandalias altas que le levantaban las nalgas y un labial rojo intenso. Se maquillaba con paciencia, estudiando los gestos de su madre. Y cuando terminaba, ya no era Sebastián.

Era Sabrina.

Esta es la que soy de verdad, pensaba mirándose. La otra es solo el disfraz de cada día.

***

Sabrina caminaba por el apartamento con las luces de la cocina y el baño encendidas, las del salón apagadas para que nadie viera desde la calle. Le gustaba el sonido de las sandalias contra el piso, el roce de la falda en los muslos, la sensación de ser observada aunque no hubiera nadie.

Llevaba meses así, sola, inventándose escenas en la cabeza. Imaginaba unas manos grandes en su cintura, una boca en su cuello, un peso encima que la sostuviera. Pero siempre se quedaba en eso: en la imaginación y en el espejo.

A veces se sentaba en el borde de la cama de su madre, con la falda subida y los ojos cerrados, y dejaba que la fantasía la llevara hasta donde no se atrevía a ir despierta. Pensaba en Marcos sin querer pensarlo. En su voz grave del otro lado de la pared, en cómo hacía gemir a Patricia, en lo que sería estar ella en ese lugar. Después se avergonzaba, se quitaba todo y volvía a ser Sebastián, el hijo callado que nadie miraba dos veces.

Pero la vergüenza nunca duraba. Al día siguiente volvía a buscar el labial, las medias, el perfume de su madre. Sabrina siempre regresaba.

Hasta una noche de marzo.

Patricia estaba de guardia. Marcos, en teoría, también. Sabrina desfilaba por el pasillo, segura de tener la casa para ella, cuando la cerradura sonó con un chasquido seco. La puerta se abrió antes de que pudiera reaccionar.

Era Marcos. Había vuelto temprano, derrotado por una fiebre que lo mandó a casa antes de tiempo.

Sabrina se quedó congelada en mitad del salón, con una pierna adelante y el corazón disparado. No había a dónde correr. No había excusa posible. Estaba ahí, maquillada, en lencería, atrapada.

***

Marcos la miró en silencio durante lo que pareció una eternidad. Sabrina esperaba un grito, un reproche, la amenaza de contárselo a su madre. Esperaba lo peor.

Lo que no esperaba era la sonrisa lenta que se le dibujó en la cara.

—Vaya —dijo él, cerrando la puerta a su espalda sin dejar de mirarla—. Mira lo que tenía escondido esta casa.

Sabrina abrió la boca para hablar, pero no le salió nada. Marcos se acercó despacio, sin prisa, como quien estudia algo que acaba de descubrir y todavía no decide qué hacer con ello.

—Tienes mejor cuerpo que tu madre —murmuró, y la voz le salió grave, ronca—. Y eso es decir mucho.

Le tomó la barbilla con dos dedos y le levantó la cara hacia la luz. Sabrina temblaba, pero no de miedo. O no solo de miedo.

—No le digas a mamá —susurró por fin, y la voz que salió fue más aguda de lo que pretendía, más de Sabrina que de Sebastián.

—¿Por qué le diría algo? —Marcos sonrió de lado—. Esto va a ser nuestro secreto.

***

La besó antes de que ella pudiera responder. Fue un beso que no pedía permiso, que la dobló contra su cuerpo y la dejó sin aire. Sabrina sintió las piernas flojas y se agarró de su camisa para no caerse.

—Camina para mí —ordenó él cuando se separaron—. Quiero verte. Date la vuelta.

Sabrina obedeció. Se movió por el salón con el contoneo que tantas veces había ensayado a solas, y por primera vez había unos ojos de verdad siguiéndola. El cuerpo le ardía de pura vergüenza y de algo más fuerte que la vergüenza.

Marcos la alcanzó por detrás. Le apartó el pelo, le besó la nuca, le bajó los tirantes de la blusa. Cuando le sacó el relleno de silicona y lo dejó caer al sofá, Sabrina se sintió desnuda de verdad, sin máscara, expuesta.

—Relájate —le dijo él al oído, deslizando una mano por su vientre hacia abajo—. No voy a apurarme.

Sabrina cerró los ojos. La mano siguió bajando, lenta, paciente, hasta hacerla suspirar contra su voluntad.

—Eso —murmuró Marcos—. Así.

***

Él se quitó la camisa sin dejar de mirarla. Tenía el pecho ancho, la piel oscura brillando de sudor por la fiebre y por el calor de la noche. Sabrina lo miraba desde abajo, arrodillándose casi por instinto, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza lo que iba a pasar.

—Tímida —dijo Marcos, divertido—. No me lo creo.

Pero Sabrina no era tan tímida. Llevaba meses imaginando exactamente eso. Tardó un momento en encontrar el ritmo y después se entregó sin reservas, con una ansiedad que lo hizo gruñir y sostenerle la cabeza con una mano.

—Despacio —jadeó él—. Tenemos toda la noche.

—No quiero despacio —respondió ella, y la frase la sorprendió a sí misma.

Marcos se rió, una risa baja que vibró en el pecho.

—Vas a ser un problema —dijo—. Un problema delicioso.

***

La levantó del suelo y la guió hasta el cuarto. La tumbó boca abajo sobre la cama, con la falda todavía puesta, y le besó la espalda centímetro a centímetro, bajando despacio. Sabrina hundió la cara en la almohada y dejó escapar un gemido largo cuando la boca de él llegó más abajo de lo que nadie había llegado nunca.

—Por Dios —murmuró ella, aferrándose a las sábanas—. No pares.

No paró. Tomó su tiempo, hasta que Sabrina temblaba entera, hasta que las piernas no le respondían. Cuando se incorporó, ella estaba lista, abierta, sin un rastro del miedo del principio.

—Va a doler un poco —advirtió Marcos, acomodándose detrás—. Avísame y paro.

—No pares —repitió Sabrina, con la voz quebrada—. Aunque duela. No pares.

***

Entró despacio, y ella ahogó un grito contra la almohada. El dolor fue agudo, brillante, y por un segundo pensó que no podría. Marcos se quedó quieto, una mano firme en su cadera, dándole tiempo.

—Respira —le dijo—. Respira y suéltate.

Sabrina respiró. Poco a poco el dolor cedió y dejó otra cosa en su lugar, algo que no tenía nombre y que la hizo arquear la espalda y empujar hacia atrás buscando más.

—Así me gustas —gruñó Marcos, empezando a moverse—. Mírate. Eres mía esta noche.

—Sí —jadeó ella—. Tuya.

El ritmo creció despacio, ola sobre ola, hasta que Sabrina perdió la cuenta del tiempo. Solo existían el calor de la habitación, el peso de él, su propia voz diciendo cosas que nunca se había atrevido a decir en voz alta.

—Dilo —le exigió Marcos contra el oído, sin aflojar el ritmo—. Dime quién eres.

—Sabrina —jadeó ella, y al decirlo en voz alta algo se rompió y se acomodó al mismo tiempo dentro de su pecho—. Soy Sabrina.

—Esa eres —gruñó él—. Y eres mía.

***

Marcos la giró sin salir, le subió las piernas a los hombros y la miró a la cara mientras la hacía suya. Quería verla, dijo. Quería ver la cara que ponía. Sabrina ya no se escondía. Lo miraba de vuelta, con los ojos húmedos y la boca abierta, entregada por completo.

—Voy a... —empezó ella, y no terminó la frase.

El orgasmo la atravesó sin que él la tocara siquiera, un temblor que le subió desde las piernas y la dejó sin voz. Marcos la siguió segundos después, hundiéndose hasta el fondo con un gemido ahogado, sosteniéndola contra él como si no quisiera soltarla.

Después se quedaron quietos, recuperando el aliento en la penumbra, la fiebre y el sudor confundidos en la piel de los dos.

***

—Esto no pasó —dijo Sabrina al rato, todavía temblando—. Si mamá se entera...

—No se va a enterar —Marcos le apartó un mechón de la cara—. Pero esto no fue la última vez. Eso lo decido yo.

Sabrina no dijo nada. Por dentro ya sabía la respuesta, y la respuesta la asustaba menos de lo que debería.

Se levantó, fue al baño y se miró al espejo. El maquillaje corrido, el pelo revuelto, la blusa a medio caer. Y, por primera vez, no sintió que estuviera viendo un disfraz.

—El sábado tu madre vuelve a tener guardia —dijo Marcos desde la cama—. Ponte algo bonito.

Sabrina sonrió a su reflejo. Sabrina, pensó. Solo Sabrina.

Y supo que la espera hasta el sábado iba a ser larga.

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