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Relatos Ardientes

Las pastillas que me volvieron su juguete femenino

Quiero seguir contando lo que pasó después de aquella tarde con mis profesores, porque esa experiencia me cambió de un modo que todavía me cuesta explicar. No fue solo el placer. Fue lo que despertó en mí, algo que ya no pude apagar.

La semana siguiente a la reunión fue rara, demasiado tranquila. Yo iba al instituto como cualquier otra alumna, pero el director Salgado no me mandaba llamar para nada. Ni una nota, ni un recado de pasillo. Hasta que el miércoles, en pleno recreo, la secretaria se acercó a mi mesa para decirme que él necesitaba verme.

La seguí pensando que sería lo de siempre. Al entrar a la oficina me quedé de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas delante, esperando su orden como tantas veces. Pero esta vez no hubo orden.

—Bien, ya llegaste. Toma.

Sacó un sobre del cajón y lo dejó frente a mí sobre el escritorio. Dentro había diez mil pesos. Entendí enseguida que era el pago por lo de aquella tarde, así que lo guardé en el fondo de mi mochila para que nadie lo viera. Después lo miré, esperando cualquier otra indicación.

—Eso es todo. Puedes irte, aún queda tiempo antes de la siguiente clase.

—¿Es todo? Yo pensé que usted iba a…

—No. De hecho, ya no hace falta que vengas a la oficina. Que tengas buen día.

Mientras lo decía no levantó la vista ni un segundo de los papeles que tenía delante. Salí desconcertada y volví con mis compañeras. Durante el resto del día no pude pensar en otra cosa: era la primera vez en mucho tiempo que salía de esa oficina sin que él me tocara. Se sentía extraño, como un escalón que falta en la escalera.

***

El instituto siguió como si nada. Los profesores que habían estado en la reunión me saludaban con total naturalidad, como si jamás hubiera ocurrido. Y ahí empezó algo que no esperaba: pasaron semanas en las que ni el director ni ninguno de ellos me buscaba. Tendría que haberme dejado tranquila. En cambio, me hacía sentir que me faltaba algo, un hueco en el estómago que crecía cada día.

Usé parte del dinero del director para comprarme un par de juguetes. Como pasaba las mañanas sola en casa, me encerraba en mi cuarto y me montaba sobre uno de ellos casi con desesperación, buscando volver a sentir lo que había sentido aquella tarde. Me metía el consolador más grande hasta el fondo del coño, con las piernas abiertas frente al espejo, mirándome mientras me follaba sola. Pero no había caso. Por más que apretara el clítoris, por más que me lo clavara hasta el tope, ni siquiera lograba terminar. Me faltaba el peso de un hombre encima, el aliento en la nuca, una verga de verdad partiéndome en dos.

Cada día estaba más frustrada. Había pasado de tener sexo intenso casi a diario a no tener absolutamente nada, y mi cuerpo entero me lo reclamaba. Todo se desbordó un viernes que cancelaron las clases por la lluvia. Mientras los demás celebraban volver temprano a casa, yo solo pensaba en una cosa, y mis pies me llevaron solos hasta la oficina del director.

Antes de que pudiera tocar la puerta, salió la secretaria y me cortó el paso.

—El director Salgado ya se fue, tuvo una emergencia. ¿Para qué lo buscabas?

—Yo… necesito verlo. Él es el único que…

—¿Tan necesitada estás? —se rió bajito—. Vaya. Pues lamento decírtelo, pero él ya no está interesado. Mejor vete a casa.

Sabía que tenía razón, pero no podía moverme. Sin pensarlo, le tomé la mano, como si pudiera arrancarle una solución de los dedos.

—Por favor, necesito que alguien me coja. Necesito una polla adentro, no aguanto más. Ayúdame a convencerlo, lo que sea…

Me miró un largo segundo. Tenía los ojos oscuros y una calma que daba un poco de miedo.

—Está bien. Te ayudo. Pero con una sola condición.

***

Abrió la oficina del director y entró conmigo. Cerró con llave, fue hasta el escritorio y sacó algo de un cajón: un frasco de pastillas. Lo sostuvo a la altura de mis ojos como quien muestra una llave.

—Esto es lo que él te dio aquella tarde. Si quieres que te ayude, vas a tomar una de estas todos los días. Y vas a hacerlo con quien yo diga, cuando yo diga. ¿Entiendes?

—Sí, sí, por favor, lo que sea, solo ayúdame.

Apenas terminé de hablar, me puso una de las pastillas directamente en la boca y me hizo tragar. Luego me ordenó que la esperara ahí y que me desnudara. Lo hice sin dudarlo, dejando el uniforme doblado sobre la silla. El efecto llegó casi enseguida: un calor que me subía desde el vientre, una sensación eléctrica en la piel, las piernas flojas y los pezones tan duros que dolían. El coño me empezó a chorrear solo, un hilo tibio bajándome por la cara interna del muslo. En pocos minutos ya estaba sobre el escritorio, con dos dedos metidos en el culo y otros dos frotándome el clítoris, jadeando como una perra, cuando la secretaria volvió a entrar acompañada de un hombre que yo no conocía.

—Vaya, sí que estabas necesitada —dijo ella, divertida, mirándome abierta de piernas sobre la madera—. Adelante. Tienes dos horas para hacer lo que quieras con ella. Rómpela si quieres, para eso pagaste.

—Mmm, se ve deliciosa. Mira cómo chorrea la putita. Espero que valgas cada centavo, niña.

El hombre no perdió un segundo. Se bajó el pantalón de un tirón y se sacó la verga: no era enorme, tamaño mediano, pero gruesa, venosa, con la punta ya mojada. Me tomó del pelo, me la puso contra los labios y me la clavó en la boca hasta el fondo.

—Mámala primero, zorra. Ensalívala bien que la vas a necesitar.

La chupé como si me fuera la vida, con la lengua enroscada bajo el glande, las mejillas hundidas, tragando la baba que se me escapaba. Él me la sacaba y me golpeaba con ella en la cara, me la restregaba por los cachetes, por los ojos, antes de metérmela de nuevo hasta la campanilla. Cuando ya estaba brillante de saliva, me empujó de espaldas sobre el escritorio, me abrió las piernas de un tirón, escupió sobre mi coño y me la metió de una sola embestida. Grité. Me la había clavado entera hasta la base.

—Así, así, mira cómo se traga la verga esta perra —jadeaba él, agarrándome de las caderas—. Estás apretadísima, puta.

No era enorme, pero el ritmo era brutal, sin pausa, como un martillo. Cada empujón me sacudía las tetas, me golpeaba el cuello del útero, me arrancaba un gemido nuevo. La pastilla hacía que cada golpe se sintiera el doble de intenso, y la abstinencia hizo el resto: no habían pasado ni dos minutos cuando ya se me venía encima el primer orgasmo, el coño apretándole la polla en espasmos, mojando el escritorio con un chorro tibio que me salió sin control.

—¡Ah, joder, la muy zorra se corrió apenas se la metí! —se rió—. ¿Te gusta que te la claven así, putita? ¿Quieres probarla?

Pasó la mano por el charco que yo misma había soltado sobre la madera y la llevó a mi boca, obligándome a lamerle los dedos uno por uno. Sabía a mí, salado y caliente. No paró por eso. Me dio la vuelta, me hizo apoyar la cara contra el escritorio, con el culo bien alto, y me la clavó otra vez por atrás, agarrándome del pelo como si fueran riendas. Me embistió hasta cansarse y, sin sacarla, me levantó en brazos para penetrarme en el aire, mi peso ayudando a clavarme sobre él en cada bajada. Sentía la punta golpeándome donde nada había llegado antes.

—Me vengo, me vengo dentro, aguanta —gruñó.

—Sí, adentro, córrete adentro, por favor —le rogué, sin reconocer mi propia voz.

Y se vino. Un chorro caliente después de otro, llenándome hasta que sentí cómo empezaba a escurrirme entre las piernas. Después me bajó al suelo, me dio la vuelta, me puso en cuatro sobre la alfombra, me abrió los cachetes con los pulgares y, todavía duro, me apoyó la punta en el culo.

—Ahora por aquí, zorra. Abre bien.

Escupió sobre mi ojete y empujó. Grité contra la alfombra mientras la verga se me abría paso, primero la cabeza, después el resto, con su propia corrida escurrida de mi coño como lubricante extra. Me cogió el culo con la misma furia, palmeándome los cachetes hasta dejármelos rojos, mientras con la otra mano me hacía dedos en el coño abierto.

***

El hombre no se detuvo en horas. Se corrió en mi boca, en las tetas, otra vez en el coño, otra vez en el culo. Terminó tantas veces que perdí la cuenta, y yo apenas podía pensar después de haberme corrido una cantidad imposible de veces, con el semen escurriéndome por los dos agujeros y por la barbilla. La oficina quedó hecha un desastre, el escritorio pegajoso, los papeles del director arrugados en el suelo, manchas de corrida por todos lados. Recién entonces la secretaria intervino.

—Listo, dos horas. O paras, o pagas el extra.

—Nah, ya terminé. Ni siquiera creo que la zorra siga consciente. Mírala, está toda babeada de leche.

Salió como si nada, subiéndose el pantalón. La secretaria se acercó y, en mi neblina, escuché el clic de una cámara varias veces. Me sacó fotos abierta de piernas, con la corrida chorreándome del coño, otra del culo enrojecido, otra con la boca abierta y el semen colgándome del labio. Se inclinó sobre mi cara y tomó una última, bien de cerca. Después guardó el aparato y me ayudó a sentarme, sosteniéndome la espalda mientras yo trataba de recordar dónde estaba.

—Bien hecho —dijo, acomodándome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Ahora escúchame. Tienes las mañanas libres, ¿no? Como te dije: vas a tomar las pastillas y vas a estar con quien yo te mande. Y te prometo una cosa: por las mañanas te voy a llamar para que tengas encuentros con algunos hombres, quizá alguna mujer. Si juntas lo suficiente para devolverle al director lo que invirtió en ti, te dejo volver con él.

—Sí… —murmuré, sin saber del todo a qué decía que sí.

***

A partir de ahí, mis mañanas tomaron una forma nueva. Me levantaba temprano, lista. Si sonaba el teléfono y era ella, me vestía según la ocasión y dejaba el uniforme preparado para después, porque casi siempre el plan era el mismo: ir, dejar que me usaran, y correr al instituto a sobrevivir la jornada con la pastilla todavía encendiéndome los sentidos bajo la falda, el coño empapando la ropa interior en plena clase.

El primero al que me mandó fue un tipo de traje que me recibió en un departamento del centro. Ni siquiera me preguntó el nombre. Me dijo que la secretaria le había prometido «algo distinto», y cuando entendió a qué se refería, cuando me bajó la ropa interior y descubrió lo que escondía debajo de la falda, sonrió de un modo que me hizo temblar las rodillas. No le molestó en absoluto. Al contrario: dijo que era exactamente lo que buscaba. Me tiró sobre la cama, me lamió entera, me hundió la lengua en el culo hasta hacerme gritar, y después me montó y me cogió hasta perder la voz. Me la metió por la boca, por el coño, por el culo, sin parar, llamándome su muñeca, su juguete, su putita privada, mientras yo me agarraba a las sábanas y le rogaba que no parara, que me la clavara más fuerte, que me llenara de leche. Se corrió tres veces adentro y me hizo tragarme la última.

Esa tarde llegué tarde a clase, con el cuerpo deshecho, el culo ardiendo y la ropa interior mojada de corrida ajena. La profesora de Literatura me llamó la atención y yo asentí sin escucharla, todavía sintiendo el eco de la mañana entre las piernas, apretando los muslos para no soltar un gemido en pleno pupitre. Esa fue la primera de muchas. La secretaria cumplió su palabra: hombres, alguna mujer, departamentos, autos, oficinas vacías después del horario. Cada cita era distinta, pero el efecto de la pastilla era siempre el mismo, ese calor que me convertía en otra persona, una que solo quería vergas y lenguas encima.

Sabía perfectamente que me estaba prostituyendo. En ese punto ya no me importaba. En parte era por esas pastillas, que tenían un efecto demasiado fuerte sobre mi cuerpo, sobre todo desde que la secretaria me explicó para qué servían de verdad: para suavizarme, para volverme más femenina, más sensible, más suya. Pero también estaba lo otro, lo que no podía negar: me había vuelto adicta a que me follaran, a las corridas ajenas dentro de mí, a que me trataran como un objeto. Ser un juguete sexual era, para mí, la mejor manera de pasar los días.

Hubo problemas, claro. Mañanas en las que llegaba tarde a clase, profesores que me miraban distinto, noches sin dormir. Pero si tuviera que volver atrás, no cambiaría nada.

Esto fue solo un pedacito de lo que vino después de aquella orgía. Si les interesa, puedo contarles algunas de las veces que terminé con esos desconocidos, porque no todos esos encuentros fueron con hombres mayores, y debo confesar que ni siquiera todos fueron con humanos. Gracias por leerme hasta el final. Nos vemos en la próxima.

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Comentarios(8)

GabyLectora

Que historia mas original! No habia leido algo asi en este sitio. Muy bueno

NocturnoBaires

Me engancho desde el primer parrafo, la tension esta muy bien construida. Bravo

CuriosaEnLaNoche

Por favor continuacion!!! quede con ganas de saber como sigue todo esto jaja

SebasRosario

Que premisa tan interesante, la dinamica entre los personajes esta muy bien lograda. Felicitaciones y gracias por compartirlo

DarioBA88

increible como lo contaste, se siente muy real. Sigue asi!

Silvia_Mdq

Muy bueno! Atrapa desde el principio y tiene un giro que no me esperaba para nada. Espero que haya segunda parte

LectorNocturno22

Uff tremendo relato, la vuelta de tuerca del final estuvo muy buena

ConfesaLectora

Muy bien escrito y con bastante profundidad psicologica, algo que no se ve seguido. Felicitaciones

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