Entré al consultorio como hombre y la doctora me cambió
Tengo cuarenta y seis años y, hasta hace unos meses, dos certezas sobre mí mismo: que nunca iba a dejar de fumar y que nunca iba a dejar de ser quien era. Las dos resultaron falsas. Todavía no sé si agradecerlo o tener miedo, y por eso necesito contarlo.
Trabajo como traductor, casi siempre desde casa, encerrado en un estudio que huele a café y a tabaco. Esa fue mi vida durante veinte años: la pantalla, el cenicero lleno, un cigarrillo encendido con la colilla del anterior. Intenté dejarlo tantas veces que perdí la cuenta. Nunca aguanté más de dos días.
Vivo con Lorena, mi mujer. Ella manda en casa y a mí siempre me gustó que fuera así. Tenemos un matrimonio abierto a probar cosas, y con los años aprendí que lo que más me excita es entregarle el control. Ella lo sabe. Más de una noche terminé esposado a la cama, con un plug presionándome por dentro, rogándole que me dejara terminar mientras ella decidía, con una calma cruel, que todavía no.
Cuento todo esto porque es necesario para entender lo demás. Sin esa parte de mí, nada de lo que pasó después habría echado raíz.
***
Empezó con una tos. Una madrugada me desperté ahogándome, tuve que levantarme y sentarme en el living a esperar que el aire volviera. Lorena apareció en la puerta, cruzada de brazos.
—Así no podés seguir —dijo—. O dejás eso, o uno de los dos termina enterrando al otro antes de tiempo.
—Es fácil decirlo —contesté—. Lo intenté mil veces.
—Me encontré con Patricia en la oficina —siguió, ignorándome—. No la vas a reconocer. Fumaba más que vos, vivía a dieta, peleaba con el marido todo el día. Ahora es otra persona. Dice que la cambió una doctora.
—¿Una doctora o una hechicera?
—Psiquiatra. Trabaja con terapia, hipnosis y algo de medicación. Me dio la tarjeta. —Me miró fijo—. Vamos, aunque sea una vez.
—Si no es muy cara…
—Siempre lo mismo. Yo me encargo del turno.
Dije que sí sin pensarlo demasiado. No sabía que con esa palabra estaba firmando algo mucho más grande que una receta.
***
La doctora se llamaba Renata Bianchi y atendía en un edificio antiguo, con una recepción de sillones de cuero y luz tibia. La primera sorpresa fue la mujer del escritorio.
Uno espera una recepcionista joven, discreta, de blusa neutra. Dalila era todo lo contrario. Rondaba los sesenta, con el pelo negro peinado como salido de una película vieja, los párpados cargados de sombra, las pestañas postizas y los labios de un rojo oscuro, casi vinoso. Llevaba una blusa de seda, una falda tubo negra que le marcaba las caderas, medias con costura y unos stilettos de tacón altísimo.
Soy un fetichista. Siempre lo fui. Y esa mujer reunía, en un solo cuerpo, cada cosa que me enloquece: las costuras subiendo por las pantorrillas, el taco imposible, la seda, el maquillaje pesado. No parecía sensual. Parecía un animal que ya había decidido cazarte y solo esperaba el momento.
—Soy Dalila, la asistente de la doctora —dijo, alcanzándonos unos formularios.
Empezaban como cualquier ficha médica. Después, en la segunda página, bajo un encabezado que decía Información personal, venían preguntas que no eran de ningún médico que yo conociera. Con qué frecuencia teníamos sexo. Si usábamos juguetes. Si yo disfrutaba que me estimularan por detrás. Si me atraían los juegos de rol, las ataduras, el travestismo.
Marqué casi todo. Y mientras lo hacía, no podía dejar de mirar las piernas de Dalila por debajo del escritorio, cómo cruzaba y descruzaba dejándome ver, por una fracción de segundo, la ropa interior negra.
—Podrías disimular —me susurró Lorena al oído, con esa voz que conozco bien.
—Perdoná. Pero si se viste así es porque quiere que la miren.
—Típico. Ahora la culpa es de ella.
***
La enfermera, Yamila, era más joven, treinta y pocos, rubia, con el mismo maquillaje exagerado y una bata blanca tan corta y ajustada que me preguntaba cómo hacía para sentarse. Nos llevó a un consultorio para «unos estudios».
Lo que pasó ahí fue raro desde el principio. Yamila me tomaba la presión apoyando los pechos contra mi cara. Me sacaba sangre acariciándome el brazo. Y cuando le tocó el turno a Lorena, hizo exactamente lo mismo con ella: la rozó, le pasó la mano por el muslo, le acercó la boca al cuello. Mi mujer, que normalmente habría armado un escándalo, se quedó quieta, desconcertada, mirándome como si me preguntara qué clase de lugar era ese.
Al final sacó dos jeringas.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Un sedante suave —dijo Yamila—. Ayuda a la doctora a llevarlos a un trance más profundo, si decide usar hipnosis.
Nos pinchó a los dos. Después nos separó: a Lorena la pasó primero al consultorio de la doctora, y a mí me dejó esperando en recepción.
Lo que vino fue como un sueño del que no termino de despertar. Dalila y Yamila se quedaron «charlando» frente a mí, pero cada gesto parecía ensayado. Una se inclinaba sobre el escritorio dejando ver el corset bajo la bata. La otra cruzaba las piernas, una y otra vez, como un metrónomo. Yo sentía la cabeza pesada, lejana. No era mareo. Era una calma rara, como si me hubieran apagado las defensas. Y casi podría jurar que, cuando creían que no las veía, se relamían los labios.
***
La doctora Bianchi fue distinta. Más elegante, más contenida. Vestido negro entallado bajo la bata, anteojos de carey, un maquillaje suave pero estudiado. Me ignoró la mano que le tendí y me saludó con un beso en la mejilla.
—Recostate en ese sillón, Tomás. Te voy a hacer unas preguntas.
Apoyé la cabeza y me hundió una paz extraña, como si el cuerpo pesara el triple.
—El sedante ya está en su punto —dijo ella, sentándose a la altura de mi cabeza—. Para no perder tiempo, vamos directo a un trance. Mirá la pantalla.
Apretó un interruptor. Un panel frente a mí empezó a soltar destellos, secuencias de luz que me llenaban los ojos. Lo último que recuerdo es a Renata cruzando las piernas y un pensamiento flotando en mi cabeza: qué piernas, me muero por esos zapatos.
Lo siguiente fue su voz despertándome.
—Sesión más que exitosa, Tomás.
Me incorporé despacio. Estaba lúcido y, al mismo tiempo, blando, dócil. Salí y me encontré con Lorena en el escritorio. La doctora nos explicó que el tratamiento incluía una medicación diseñada para cada uno y unos audios para escuchar antes de dormir, «reforzadores», dijo. Cuando salimos del edificio era de noche. Habíamos entrado a las tres de la tarde y eran casi las diez. Siete horas. Ninguno de los dos supo en qué se fueron.
—No me di cuenta del tiempo —dijo Lorena en el auto—. Estuve como flotando.
—Yo igual.
Esa noche tomamos la medicación. Yo trabajé un rato y me acosté. Me dormí enseguida, con el audio sonando bajito: una música suave, una voz que no podía retener, y unos sueños muy, muy extraños.
***
Me desperté con las muñecas esposadas. Lorena me estaba terminando de atar las piernas a la cama.
—Te pasaste todo el día con la boca abierta mirándoles las tetas a las dos —dijo, sin enojo, casi divertida—. Hoy te toca castigo.
Conocía el ritual: el plug entrando despacio, su mano masturbándome hasta dejarme al borde y soltarme justo antes. Pero esa noche apareció distinta. Se había puesto unas botas de tacón que le regalé dos años atrás y que nunca había usado, medias negras, el pelo atado, los labios de un vino oscuro. Lorena casi nunca se maquillaba. Esa noche parecía otra.
—¿Te gusta? —preguntó—. Mitad castigo, mitad premio por haber ido a la consulta.
Me llevó al límite durante horas. Ya amanecía cuando me preguntó qué estaba dispuesto a hacer para terminar.
—Cualquier cosa —dije—. Lo que quieras.
—¿Seguro? ¿Por más perverso que sea?
—Por favor. Cualquier cosa.
Me dejó terminar reteniendo todo en la palma de su mano. Después me la acercó a la boca.
—Ahora te lo tomás. Lo prometiste.
Protesté, pero la voluntad ya no me respondía. Saqué la lengua y lo lamí, despacio, hasta el final, mientras ella me miraba con una sonrisa nueva. Y sin embargo, antes de dormirme, pensé otra cosa: desde que salí de la consulta no había tocado un solo cigarrillo.
***
A partir de ahí, cada día sumó una capa. No sé cuánto fue de Lorena, cuánto de la medicación y cuánto de esos audios que escuchaba sin recordar una palabra. Solo sé que la línea se fue corriendo y yo la seguí, agradecido.
Una noche me pidió que me pusiera su ropa interior, un corpiño, un par de medias. Accedí sin discutir, con tal de que me liberara. Me soltó el pelo, que siempre llevé largo y atado, y rellenó el corpiño con dos globos de agua. Dio un paso atrás y me contempló.
—Así casi parecés una mujer —dijo—. Te delatan la entrepierna y el vello de las piernas. Lo demás está perfecto.
Me acariciaba la espalda mientras me deslizaba el plug, y yo, vestido a medias de mujer, con el pelo suelto cayéndome sobre la cara, sentía el peso de los globos moverse como si fuera un pecho de verdad. Esa noche dormí así, con medias, corpiño y relleno, el audio sonando en la oscuridad.
A la mañana siguiente puso una condición para repetirlo.
—Lo único que rompe la magia es ese vello —dijo—. Depilate y esperame igual que anoche. Te prometo una sorpresa.
Le habría dicho que sí a cualquier cosa. Fui a una farmacia con la excusa de comprar para mi mujer, volví, me duché y me cubrí el cuerpo entero de crema, dejando apenas un triángulo. Cuando me enjuagué, las piernas me quedaron lisas, suaves, ajenas. Me vestí solo: primero el plug, después la ropa de ella, el corpiño, el relleno, esta vez con un poco más de agua. Me peiné el pelo hacia un costado, en un estilo que me pareció más femenino, y traté de seguir con mi día.
No pude concentrarme en nada. El roce de las medias depiladas, una pierna contra la otra, me tenía al borde todo el tiempo. Cruzaba y descruzaba como había visto hacer a Dalila en el consultorio, solo para sentirlo.
***
Cuando Lorena entró, la recibí con un beso largo, agarrándola de la cintura mientras ella me acariciaba por detrás.
—Qué linda —dijo contra mi boca—. No sabés cómo me excita verte así.
—Liberame, por favor, y te muestro lo que quieras.
—Despacio. —Se separó un poco y me miró—. No puedo seguir llamándote Tomás vestida de esta forma. Desde ahora, cuando te arregles para mí, vas a ser Tamara.
—¿Tamara? ¿Tengo nombre de mujer?
—En este momento me parecés mucho más Tamara que Tomás. Y a vos te excita, no lo niegues.
—Estuve excitado todo el día —admití.
—Excitada —me corrigió—. Si no querés jugar, perfecto. Pero entonces no hay llave.
—Estuve excitada todo el día esperándote —repetí, y algo dentro de mí se rindió al decirlo.
—¿Ves? Con un poco de práctica vas a ser mi amante. Ahora vení, que tengo algo para vos.
Me dio una bolsa. Adentro había lencería que nunca había sido de ella, comprada a mi medida, y un par de zapatos de mujer de mi número. La verdad me golpeó despacio, como todo en esos días: nada de esto era improvisado. Ni la doctora, ni Dalila exhibiéndose, ni los audios, ni Lorena descubriendo de pronto unas ganas que jamás había tenido. Me estaban llevando a un lugar, paso a paso, y yo había puesto los pies solo.
Lo raro no fue darme cuenta. Lo raro fue lo poco que me importó.
Hace tres meses que no fumo. La doctora cumplió: me sacó el vicio que me estaba matando. Lo que no le dije a nadie es que me dejó otro a cambio, uno que se enciende cada vez que me deslizo las medias y me suelto el pelo frente al espejo. Tomás casi no aparece ya, salvo para trabajar. Tamara, en cambio, tiene turno con la doctora Bianchi el jueves. Y por primera vez en años, espero una consulta con ganas.