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Relatos Ardientes

Acompañé a mi amiga y acabamos con dos gemelos

Ilustración del relato erótico: Acompañé a mi amiga y acabamos con dos gemelos

Como conté en otra de mis historias, todavía me sorprende la cantidad de gente que se anima a escribirme para pedirme que siga contando. A quienes no contesto, perdón: muchas veces es simplemente que no doy abasto. Iré poco a poco. Esta vez quiero contaros algo que me pasó en una etapa anterior de mi vida, cuando empezaba a explorar una sexualidad más libre, con menos prejuicios y casi ningún tabú.

En realidad, yo estaba allí por hacerle un favor a una amiga. Así soy yo.

Marina llevaba meses obsesionada con un chico con el que se había liado una noche cualquiera. Estaba afectada de verdad. No le gustaba la idea de engañar a su marido, pero tampoco conseguía quitárselo de la cabeza, y eso la tenía consumida.

Yo, fiel a mi costumbre de exprimir cada minuto que la vida te ofrece, le dije lo que pensaba sin filtro.

—Vuelve a escribirle. No puedes seguir así todos los días. Llevas semanas dándome la lata con lo mismo, tía.

—Joder, ¡encima no me animes! —protestó, tapándose la cara con las manos.

—Lo digo en serio. Tienes que cerrar este tema, para bien o para mal. Si no, te va a comer por dentro.

Total, me hizo caso. Lo contactó, hablaron, y quedaron en verse. Y aquí es donde entro yo. Resulta que el chico tenía un hermano gemelo, idéntico, y según ella estaba buenísimo. Me pidió que la acompañara, que quedáramos los cuatro. Decía que le daba apuro ir sola, que no se fiaba de sí misma, que necesitaba a alguien al lado que la frenara si hacía falta.

Yo me reí. Ya intuía que la que iba a necesitar que me frenaran iba a ser yo.

***

La cita fue en una terraza de Valencia, cerca de nuestros barrios, en una de esas plazas tranquilas con las luces colgando entre los árboles. Pedimos algo de beber y esperamos. Cuando aparecieron, lo primero que pensé fue que aquello era una broma del destino: dos hombres exactamente iguales, con el mismo paso, la misma sonrisa torcida, la misma manera de mirar.

Eran un poco jóvenes para mi gusto, la verdad. Pero a Marina le van los lozanos, así que no me quejé. El que se suponía que era para mí me clavó los ojos desde el primer segundo, con esa intensidad de cazador que sabe que ya tiene a su presa localizada. Madre mía, el calor que me subió por el cuello. Tuve que beber para disimular.

Nos saludamos con dos besos, pero los suyos fueron algo más que un saludo. Se detuvo un instante de más en cada mejilla, subió la boca un poco más arriba de lo correcto y, al separarse, su aliento me rozó la oreja. Un escalofrío me bajó por la espalda. Esto va a acabar mal, pensé. Mal y maravilloso.

Enseguida Marina se enredó en su propia conversación con su gemelo, y el mío empezó a centrarse en mí. Y yo en él, claro. No éramos sutiles ninguno de los cuatro.

—¿Y tú a qué te dedicas, además de acompañar a amigas en apuros? —me preguntó, inclinándose sobre la mesa.

—Vivo. Sobre todo me dedico a vivir —le contesté—. Y a no perderme nada.

Le hizo gracia. A mí me hizo gracia que le hiciera gracia. Un par de copas después, con la conversación ya muy arrimada, alguien propuso ir a bailar.

***

De camino, ellos iban delante y nosotras detrás. Como buenas mujeres, escaneamos sus traseros sin ningún disimulo. Marina me dio un codazo y se mordió el labio. Vaya culos, y los dos exactamente iguales, enfundados en el mismo tipo de vaqueros. Era una fantasía andante, dos veces.

—Estamos perdidas —me susurró ella, medio riendo.

—Habla por ti —le dije, aunque las dos sabíamos que mentía.

Llegamos al local, seguimos con la charla, con el baile, con algún paso más pegado de lo razonable. Marina y su gemelo no tardaron en estar al lío, con las bocas pegadas en una esquina de la pista. Mucho habían aguantado, pensé.

El mío se acercó por detrás, me rodeó la cintura con un brazo y me habló al oído, con la voz baja y el aliento cálido.

—¿Y nosotros qué? —preguntó.

—No sé. Yo solo vengo de acompañante —mentí descaradamente, apoyando la espalda en su pecho.

No dijo nada más. Me giró con suavidad y me comió la boca entera, casi sin dejarme respirar. Un beso pasional, encendido, posesivo, de esos que te avisan de cómo va a ser lo demás. Justo como a mí me gusta. Sentí cómo me clavaba las manos en la cadera y cómo todo lo demás del bar se difuminaba.

Ya estábamos los cuatro, como los adultos que éramos, deseando pasar a algo más que besos y miradas.

—Vivimos aquí al lado —dijo el otro gemelo, apartándose un momento de Marina—. ¿Subimos a tomar la última?

Marina y yo nos miramos. Por aquel entonces yo no tenía pareja, así que iba experimentando despacio, a mi ritmo, y aquella iba a ser la primera vez que hiciera algo así, los cuatro juntos. Le guiñé un ojo.

—¿Por qué no? —le dije a ella—. Además, tú estás muy buena.

Se partió de risa, con esa risa nerviosa que le sale cuando está a punto de hacer una locura. Aceptamos.

***

Dentro del apartamento, cada pareja empezó por su lado, pero en la misma habitación, en la misma cama enorme. Al principio fingimos cierta intimidad, cada una con su gemelo, pero la cama era una sola y los cuerpos se buscaban.

En un momento dado, mi gemelo estiró la mano y empezó a acariciarle los pechos a Marina, mientras el suyo deslizaba los dedos entre mis piernas. Nos miramos otra vez por encima de los hombros de ellos. ¿Seguimos?, nos preguntamos en silencio, solo con los ojos.

Y sin pensármelo dos veces, porque ella siempre ha sido la más cortada de las dos, le sujeté la cara con una mano y le inundé la boca con mi lengua. Marina se tensó un segundo y luego se dejó ir.

—Olvídate de que soy yo —le dije contra los labios—. Solo siéntelo.

Cuando noté que se relajaba, que respiraba más hondo, empecé a tocarla yo también. Mojaba los dedos en la boca de los dos gemelos, que se reían y se dejaban hacer, y mientras ellos nos penetraban, yo la besaba a mi gusto y le masajeaba el clítoris con la yema. Como soy mujer, sé exactamente cómo hacerlo, aunque nunca lo hubiera practicado en cuerpo ajeno. Una sabe lo que le funciona a una.

Marina se corrió rápido, con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo. Después me confesó que pocas veces había llegado así, tan de golpe.

Para que se recuperara, la aparté con cuidado de su gemelo y me subí yo encima de él a cabalgarlo. Mi gemelo se colocó a mi lado y me llenó la boca, y fue de lo más curioso tener dos cuerpos idénticos, dos caras gemelas, para mí sola. Los miraba a uno y a otro y no sabía dónde estaba el original.

No aguanté mucho. Fue tan excitante, tan nuevo, que me corrí sin necesidad de que me tocaran más, solo con el vaivén y con sus dos miradas encima.

Marina es multiorgásmica, así que en pocos minutos ya estaba lista otra vez, abierta sobre su gemelo, que la lamía sin descanso. Yo veía su cara, su lengua, todo desde abajo, y la imagen era tan sensual que volví a encenderme de inmediato.

La cogí de las caderas y le di la vuelta con facilidad: siempre he sido más corpulenta que ella y podía de sobra. Me coloqué con su boca entre mis piernas y, abriéndola bien, empecé a recorrerla con la lengua mientras ella hacía lo mismo conmigo. Estábamos las dos en la gloria, encajadas, sin necesitar nada más.

Pero ellos, claro, querían más. Y empezaron a follarnos otra vez, cada uno por detrás de cada una.

Yo veía una de las pollas entrando y saliendo del cuerpo de Marina, a un palmo de mi cara, y de vez en cuando la sacaba con la mano para chuparla un poco antes de devolverla a su sitio. En mi entrepierna iba sucediendo exactamente lo mismo, en un espejo perfecto.

Y como si fuéramos dos pares de gemelos perfectos, los cuatro nos corrimos casi a la vez, en una cadena que nos dejó tirados en la cama, sin aire, sin poder ni hablar, las piernas todavía enredadas.

***

No había tiempo para mucho más; cada uno tenía su vida esperando al otro lado de la puerta. Nos despedimos con la promesa de repetir, una promesa que nunca llegó a cumplirse, y con un abrazo de los de verdad, de los que dan después de algo así.

Desde entonces, Marina y yo lo recordamos vagamente cuando estamos las dos solas y un poco bebidas. Nos da risa, nos da un poco de vergüenza y nos da algo de nostalgia. Pero nada más. Somos amigas, y eso, al final, es lo más importante de toda la historia.

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Comentarios (4)

PaulaLect92

Dios miooo, que noche se vivieron!!!! Me quede sin palabras.

TomásDelRío

Los gemelos es un nivel de morbo que no esperaba honestamente jajaja. Muy bien narrado.

DiegoMar22

Esta historia me mato. Ojalá haya segunda parte porque quede con ganas de saber como siguió todo.

Carolina_M

La intro me engancho desde el primer renglón. 'Yo solo iba de acompañante' jajajaja, esa frase lo dice todo

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