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Relatos Ardientes

La viuda, los once obreros y una tarde de calor

Ilustración del relato erótico: La viuda, los once obreros y una tarde de calor

Me llamo Mireya, nací en Guadalajara y llevo casi veinticinco años viviendo en Tucson. Tengo cuarenta y nueve y escribo esto porque estoy cansada de que solo los hombres cuenten lo que hacen. Nosotras también deseamos, también somos atrevidas, y a veces más calientes que ellos. Esta es mi historia, y la cuento sin pedir perdón.

Llegué con una visa de trabajo cuando era muy joven y me quedé porque me enamoré de un marine que me llevaba quince años. Todo fue rápido: en menos de un año ya estábamos casados. Tuvimos tres hijos que hoy estudian lejos, cada uno en su estado. Lo perdí durante la pandemia; volvió de una misión con los pulmones dañados y, aunque los dos enfermamos, él no resistió.

Cuando éramos novios cogíamos cuatro o cinco veces al día. Con los hijos eso se fue apagando, y con sus despliegues de meses enteros casi desapareció. Aun así nunca le fui infiel. Él mismo me compraba juguetes para que me entretuviera en sus ausencias, y yo me grababa para enseñarle los videos cuando volvía. La última vez que estuvimos juntos fue el contagio que nos enfermó a los dos. De haber sabido que sería la última, me habría dejado preñar.

Su muerte me destrozó. Recogí sus cenizas un mes después, porque yo seguía aislada en el hospital, recuperándome. Luego mis hijos se fueron, me quedé sola en la casa con la herencia, y la depresión empezó a comerme viva.

Animada por ellos, me hice algunos arreglos: el busto, los glúteos, la cara, una liposucción. Cuando me dieron de alta y me vi en el espejo, volví a sentirme viva. Mis hijos, contentos con mi cambio, me dijeron que buscara el amor si lo necesitaba. No imaginé que en lugar de amor terminaría buscando sexo, ese que me faltaba desde que enviudé.

***

Fue el verano pasado, con un calor infernal que no daba tregua. Frente a mi casa había una cuadrilla reparando la calle. Desde la ventana los veía sudar y beber agua sin parar. Una tarde, con el termómetro reventado, preparé varias jarras de limonada y salí a ofrecérselas.

Les hablé en inglés y uno se acercó, sonriente, para decirme que todos eran latinos. Al saberlo, los invité a pasar a refrescarse un rato. Aquel hombre, de unos treinta, no me quitaba los ojos de la cara ni del escote. Yo llevaba una blusa de tirantes rosada, un short de mezclilla y el pelo recogido. Él fue a avisarles a los demás y, en cuestión de minutos, empezaron a entrar secándose la frente, un poco apenados.

Eran once. Dos hondureños, dos colombianos, un venezolano, tres mexicanos, un cubano, un costarricense y un ecuatoriano. Nos presentamos mientras rompíamos el hielo. El primero, el de la sonrisa, se llamaba Bruno y era de Saltillo.

—Ya es hora de comer, muchachos —dijo con voz firme—. Apurémonos.

Dejaron los vasos vacíos sobre la mesa. Los noté impacientes, y mi ropa no ayudaba a disimular nada.

—¿Y por qué no comen aquí? —les propuse sin dejar de mirar a Bruno—. Traigan su almuerzo, les preparo más agua y descansan un rato del sol.

—¿Segura que no es molestia? —preguntó él, dudando.

—Claro que no. Vayan por su comida, aquí los espero.

Mientras les preparaba el agua, dejé volar la imaginación. No sé si será la menopausia, pero hace meses que solo pienso en eso. El olor a sudor, sus manos rasposas, sus espaldas anchas; la sola idea de volver a tener un hombre dentro me encendía. Lo veía imposible, hasta que regresaron.

—Con permiso, señora Mireya —dijo Bruno.

—Nada de señora. Para ustedes soy Mireya, a secas.

Se sentaron a almorzar y yo les fui sirviendo, rozándoles las manos a cada uno, a ver si entendían. Uno, Marcos, de Durango, me preguntó si no comía. Le dije que no, sonriendo. Otro, el ecuatoriano, murmuró por lo bajo algo sobre «comer otra cosa», y el cubano lo regañó. Yo fingí no escuchar, pero por dentro lo capté todo.

Necesitaba ser paciente. Si no era hoy, sería mañana.

***

Cuando volví de la cocina con otra jarra, los escuché cuchichear: «esa vieja está bien buena», «se nota que anda necesitada», «¿creen que afloje?», «si afloja le damos entre todos». Me hizo sonreír y me puso nerviosa a la vez. Mi idea era con uno solo. Pero si se daba, a quien le dan pan, que llore.

Al regresar, Genaro, el más maduro, se levantó sin verme y me golpeó el brazo. La jarra entera se me derramó encima de la blusa y el short.

—¡Perdón, perdón! —dijo apenado.

—No pasa nada —respondí, aunque el agua fría ya me había puesto los pezones duros y a la vista de todos. No me importó. Al contrario, me acomodé la tela para que se notaran más—. Subo a cambiarme, no tardo. Sigan comiendo.

Subí despacio y me detuve tres escalones antes del descanso. Desde ahí seguía oyéndolos.

—Esa mujer quiere verga, se le nota —dijo uno.

—Cuando sale en su camioneta, pasa lento y nos mira con ganas —comentó otro—. Y nos espía desde la ventana.

—Sí, anda en brama —cortó Genaro, serio—. Pero ojo, nos puede meter en un problema y nos deportan a todos.

—Yo subo a espiarla a propósito —se animó Bruno—. Si tardo, es que la cosa va. Si se deja, le damos todos. Me dejaron a cargo, así que cualquier reclamo es mío; ustedes cubran las horas.

Sonreí orgullosa. Terminé de subir, entré a mi cuarto y dejé la puerta entreabierta, de espaldas, esperando.

***

Escuché pasos. Empecé a quitarme la blusa y la dejé caer. Por el reflejo de la ventana vi a Bruno espiándome, apretándose el bulto sobre el pantalón. Me bajé el short despacio, moviendo las caderas, dejando ver la tanga. De los nervios, él hizo ruido. Me giré medio desnuda.

—¡Bruno! —exclamé fingiendo sorpresa.

—Disculpe, señora, no era mi intención.

—Quedamos en nada de señora. ¿Qué hacías espiando?

Lo vi tan tenso que decidí ayudarlo. Caminé hacia la puerta tocándome los pechos.

—No nos hagamos los tontos. Tú eres hombre, yo soy mujer, y los dos sabemos lo que queremos. ¿Por qué no saltarnos los rodeos?

—¿En serio? —no se la creía.

—Entra. Y deja la puerta abierta —dije bajándome la tanga.

No hizo falta repetirlo. Se quitó la gorra, la playera, los pantalones, y empezamos a besarnos. Su aliento a comida, su olor a macho; todo me gustaba. Me apretaba los pechos, me lamía como becerro, y yo gemía.

—Cállate, que nos escuchan —dijo tapándome la boca.

—Me da igual. Ojalá suban. Hay espacio.

***

Lo dejé sentado en la cama y bajé las escaleras. Seré franca: estaba nerviosa, pero la adrenalina y los años de hambre me tenían cegada. Llegué desnuda al comedor y los dejé estupefactos.

—Vi cómo me miran, y yo los miro igual —dije—. ¿Suben a mi cuarto? Es grande, cabemos todos. La única regla es que entren completamente desnudos. Cuando estén así, cierren la puerta de abajo y suban. Los espero.

Di media vuelta y volví con Bruno. Atrás dejé el escándalo de ropa cayendo al piso. Me fui directo a él, le besé el cuello, le levanté los brazos y pasé la lengua por sus axilas, probando su sudor. Uno a uno fueron entrando sus compañeros, murmurando halagos sobre mi cuerpo.

Bruno me tiró a la cama y me miró como perro caliente.

—Te vamos a dar tan duro que vas a quedar punzando —escupió sobre su miembro y me lo metió de un empujón.

No imaginan lo que sentí después de tantos años. Cerraba los ojos con cada embestida y, al abrirlos, veía a los demás masturbándose, acercándose poco a poco. Bruno salió, bajó la cabeza y me lamió de abajo arriba sin descanso. Yo estaba en el cielo. Que me perdone mi difunto, pero esto lo necesitaba.

Acabó dentro y se apartó. Entonces llegó Nelson, el hondureño mayor, con su grosor y los huevos cargados. Me besó, me chupó los pechos, me tomó los pies y me los lamió sin importarle nada. Me cargó, me sentó sobre él, me apretó las nalgas. Mientras tanto, Mauricio, el costarricense, se acomodó por detrás. Sentí una escupida entre las nalgas y luego su empuje. Grité tanto que mordí los labios de Nelson, pero a ninguno le importó.

Uno por la vagina, otro por el ano. Jadeábamos, gritábamos, gemíamos. De reojo veía a Bruno sentado en el suelo, jalándosela, y a los demás de pie esperando turno, como perros tras la perra en celo.

***

Mauricio terminó atrás y Nelson adentro, exhausto, tambaleándose al levantarse. Aproveché para tomar aire, pero Genaro ya me arrastraba al centro de la cama. Me abrió las piernas y empezó a comerme con esa boca, la barba y el bigote haciéndome cosquillas que me hacían apretar las sábanas. Mientras tanto, el ecuatoriano, Damián, se acercó tímido enseñándome su verga, y se la mamé con ganas. Del otro lado, Marcos hizo lo mismo, turnándome entre los dos.

Genaro sabía lo que hacía. Con su experiencia me sacó un orgasmo en chorros que le mojaron la cara. Subió, nos besamos, y enseguida me penetró con fuerza. Mis caderas ya dolían, pero estaba en la gloria. Cuando acabó, Marcos y Damián me pidieron que cerrara los ojos y abriera la boca. Sentí los dos chorros casi al mismo tiempo.

Quise cerrar las piernas, pero Édgar, el colombiano, me giró boca abajo y me puso en cuatro. Entraba y salía, alternando entre el ano y la vagina, dándome nalgadas. A la cama subió el más joven, Wilmer, el venezolano, de veintiún años, con una verga delgada pero cabezona que me puso frente a la boca. Se movía suave, distinto a Édgar. Su semen era espeso y agridulce; lo probé apenas, porque lo noté sensible y lo solté.

Detrás llegó Camilo, otro colombiano de veintidós, grueso y circuncidado. Me sujetó la cabeza para cogerme la boca mientras Édgar seguía castigándome por detrás. Ay, Dios mío, pero qué rico. Édgar terminó dentro y salió rápido. Camilo entonces se acostó al revés en la cama y me sentó sobre él. Creí que por joven no sabría, pero no: yo movía las caderas, él jugaba con mis pezones, me lamía entre los pechos. En pleno beso jadeó tan fuerte que mi vagina se contrajo apretándolo, y acabó gritando de placer. Qué delicioso que un hombre también grite; eso también nos enciende a nosotras.

***

Pensé que ahí terminaba, pero faltaban dos: Darwin y Yunior, el hondureño y el cubano. Eran las dos vergas más grandes y gruesas de todos, oscuras, de cabeza rojiza. Me asusté un poco, pero pensé que, si ya me habían pasado tantas, debía estar bastante dilatada.

El cuarto entero apestaba a sudor concentrado, a axilas y a pies, y eso, en lugar de molestarme, me encendía más. Se me ocurrió algo que nunca había hecho: les pedí que los dos intentaran metérmela al mismo tiempo. Convencidos ante la propuesta, se acomodaron y yo me abrí de piernas dejando que ambos fueran entrando.

Aunque estaba dilatada, el grosor me rasgaba. Intenté quitarme, pero los demás me sostuvieron empujándome con cuidado hasta que entraron del todo. Grité de dolor y una mano me silenció. Vi un poco de sangre, pero la excitación me anestesiaba. La fricción de ambos limando mis paredes me hizo escurrir de nuevo, empapándolos hasta los pelos.

Entre todos me ayudaban a moverme de arriba abajo. Mis contracciones apuraron su final, y los sentí fundirse conmigo en un mismo alarido. Por fin tenía lo que había deseado durante años de viudez. Mi intención había sido una verga, y terminé comiéndome once. Qué fascinación.

***

Me levanté de sus cuerpos y fui al clóset por toallas para que se secaran. Uno a uno me despedí de ellos con un beso, dejando a Bruno para el final. Ya vestido, me agarró las nalgas y me dijo al oído:

—No cabe duda de que resultaste una ninfómana. Ojalá se repita, porque varios nos quedamos con ganas.

Me besó y se fue satisfecho. Desde el barandal, ya sola, les grité que cerraran bien al salir y que esperaba repetir. Volví a bañarme, lavé los trastes, dejé todo reluciente como si nada. Subí cansada, con el cuarto oliendo a sexo y a sudor, y dormí mejor que en años con ese aroma masculino que me había faltado tanto.

***

La cosa se repitió pocos días después, un sábado al terminar la jornada, con alcohol, cigarros y más fantasías. Bruno quería sumar a los dos supervisores, un estadounidense y un canadiense, y me pidió que usara mis encantos para convencerlos. Mientras tanto, los encuentros siguieron, aunque les atrasaran un poco el trabajo.

Pero toda acción tiene su reacción. Creí estar entrando en la menopausia y resultó que no. Tuve un retraso de dos semanas, malestares, los pechos sensibles. Soy mujer y ya tuve hijos: supe leer las señales. Compré varias pruebas y todas dieron positivo, entre siete y nueve semanas. No iba a tener un hijo de quién sabe quién, así que programé una cita.

Escribo esto desde la cama del hospital, esperando mi turno. No me arrepiento de nada. Si algo quiero, es que esta historia anime a otras mujeres a soltarse, a ser más atrevidas, más aventureras, a no quedarse con la idea de tener que ser decentes. También deseamos, también gozamos, y no hay nada de malo en ello. Se despide Mireya, agradecida por la confianza.

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Comentarios (4)

PatricioSM

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

NachoBuenosAires

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo. Muy bien escrito

MalenaRosario

Me encanto como esta narrado, directo y sin vueltas. Se siente real. Sigue escribiendo asi!

DiegoCba

jajaja la imagen del comienzo me mato. La viuda la rompio enterita, tremendo

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