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Relatos Ardientes

Me quedé sin gasolina frente a un club de carretera

Ilustración del relato erótico: Me quedé sin gasolina frente a un club de carretera

Sé que es lo más tonto que le puede pasar a alguien al volante, pero esa noche se me juntó todo: me quedé sin gasolina en mitad de la nada y, para colmo, con el móvil descargado. Había anochecido y lo único que rompía la oscuridad de la carretera era un cartel de neón a unos trescientos metros, con letras en azul y rosa chillón que deletreaban un nombre: Lilith.

No hacía falta ser muy lista para saber qué clase de sitio era.

Aparté el coche al arcén lo mejor que pude y caminé hacia las luces con la única intención de pedir un teléfono. Hacía frío y la grava me crujía bajo las zapatillas. Pensé que, fuera lo que fuera ese lugar, no me negarían una llamada.

En la recepción había una chica detrás de un mostrador, con muy poca ropa y cara de aburrirse soberanamente. A juzgar por la cantidad de coches vacíos del aparcamiento, la noche venía floja. Era una morenaza de formas rotundas, melena rizada y ojos oscuros. Guapísima, la verdad.

La saludé con mi mejor sonrisa. Por la cara que puso, no esperaba ver entrar a una mujer sola.

—Hola, disculpa. Me he quedado sin gasolina aquí cerca y necesito un teléfono —dije.

—Claro, sin problema —respondió, y me tendió el fijo del mostrador como si nadie lo usara nunca.

Pude hablar con el seguro y con dos grúas distintas, pero ninguna me garantizaba llegar antes de tres horas. No me quedaba más remedio que armarme de paciencia. Colgué y le devolví el aparato.

—Gracias. Tres horas, dicen. Una maravilla.

—¿Por qué no esperas aquí dentro en vez de en el coche? —ofreció—. Hace un frío horrible y aquí al menos hay calefacción.

Mientras hablaba no podía dejar de mirar a mi alrededor con curiosidad. Nunca había estado en un sitio así, y a decir verdad no era nada del otro mundo: un mostrador, un casillero con llaves de habitaciones, una escalera, un ascensor. A la derecha, la puerta del bar. Al fondo, una cocina y un comedor. Podría haber sido la recepción de cualquier hostal de carretera.

La chica solo llevaba una especie de corsé calado cuyas copas le llegaban justo al borde de las areolas, y un short de licra que apenas le cubría la mitad de unas nalgas firmes y respingonas. Me sorprendí mirándola más de la cuenta.

—Por cierto, ¿dónde está el baño? —pregunté, más por disimular que por necesidad.

—Cruzando el bar, al fondo del todo.

Tuve que atravesar el local entero. Allí estaban el resto de las chicas, repartidas en grupos, cada una con un atuendo más pequeño y provocativo que el anterior: minivestidos, escotes de vértigo, encajes que no escondían casi nada. Aún era temprano y solo había dos hombres, demasiado ocupados manoseando a sus acompañantes como para reparar en mí. Sí sentí, en cambio, varias miradas extrañadas clavándose en mi trasero embutido en unos vaqueros ajustados. No me conocían, y eso las desconcertaba.

Admito que yo también miraba. Siempre he sido bastante liberal con el sexo; tan liberal, de hecho, que nunca me ha importado demasiado el género de mis parejas. Me gustaba verlas así, ligeras de ropa, con esa mezcla de cansancio y descaro. Sentada en el baño, aliviando la vejiga y los nervios, me di cuenta de que la situación absurda en la que me había metido empezaba a ponerme.

Al salir del cubículo me encontré frente a los espejos a otra chica, muy distinta de la de recepción. Era pequeña, delgada, perfectamente formada, con una carita dulce y unos ojos enormes. Se retocaba el maquillaje en un minishort vaquero y un sujetador de encaje negro.

—¿Vienes por la entrevista de trabajo? —me soltó con una sonrisa.

Me lavé las manos y me senté en la encimera, a su lado.

—No, qué va. Se me ha estropeado el coche y he entrado a llamar a una grúa.

—Ah, mejor para ti —dijo—. Hoy lo ves en una noche tranquila. De normal esto está lleno de babosos.

Apoyó una mano en mi muslo, sin prisa, midiéndome.

—No es buena vida, esta.

Levanté la mano y le acaricié la cara. Rocé el filo de su mandíbula con dos dedos, casi llegando a sus labios.

—¿Y por qué lo haces, entonces?

—Por el dinero, claro. Aunque le he cogido tanto asco a los tíos que ahora me gustan las chicas. Sobre todo las que son como tú.

Su mano subió de mi muslo a mi cintura, y antes de que pudiera contestar me besó. Suave, breve, sin ningún tipo de timidez. Por allí, está claro, nadie perdía el tiempo. Deformación profesional, supongo.

—Vamos fuera —murmuró contra mi boca—. Tengo curiosidad.

***

En recepción ya había una rubia ocupando el lugar de la morena, que nos esperaba en la barra. Me había pedido un refresco sin preguntar.

—El alcohol de aquí es malísimo, puro garrafón —dijo cuando me senté—. Pero nadie viene por la bebida, ya te imaginas.

Nos acomodamos en los taburetes de un rincón discreto, las tres. La morena de recepción dijo llamarse Bruna; la pequeña del baño, Lena. Bruna se inclinó hacia mí hasta que su escote me quedó justo bajo la barbilla.

—Nosotras te hemos visto primero —dijo—, aunque hay unas cuantas a las que les encantaría echarte mano. Y no te digo dónde te pondrían esa mano.

—Me hago una idea —respondí—. Pero si la cosa va a más, no pensaréis cobrarme, ¿no?

La pregunta no terminaba de ser una broma. Bruna se rió.

—Hoy invita la casa. La noche está muerta y nos apetece divertirnos. Si tú quieres, claro.

Y la verdad es que quería. Dejando de lado lo evidente —las dos eran preciosas—, la situación tenía un morbo que no me esperaba al salir de casa esa mañana. Lena llevaba un top mínimo de espalda descubierta y una falda tan corta que, sobre el terciopelo del taburete, le veía el muslo entero y parte de la nalga. Bruna jugueteaba con la tela áspera de mi vaquero mientras rozaba mi brazo desnudo con el suyo.

Me contaron anécdotas mientras flirteaban conmigo, una a cada lado, hablándome al oído de manera que sus labios me rozaban la oreja a cada frase.

—Una vez me contrataron dos chicos que querían hacer un trío —dijo Lena—. Estaban tan cortados por la presencia del otro que no hubo manera de que se les levantara.

—A mí me llevó un matrimonio a su casa —contó Bruna—. De lo mejor que he hecho nunca. Lo disfruté de verdad.

Yo también solté alguna de mis aventuras más morbosas. Tuve que confesar que había estado con mujeres antes, aunque siempre de una en una.

—La primera fue una amiga de mi madre. Ella me sedujo a mí, no al revés.

—Mmm. Hoy vas a estrenarte en lo de dos a la vez, entonces —ronroneó Lena, y su yema de dedos me erizó el vello del brazo.

—Tienes la piel muy suave —añadió Bruna—. Da gusto tocarte.

—Creo que ya es hora de subir y estar más tranquilas, las tres solas —dijo Lena—. ¿No te parece?

Bruna ya había cogido una llave del casillero. Tomé la mano de Lena, giré la cabeza lo justo para besarla, y dije lo único cierto que se me ocurría:

—Lo estoy deseando. Os estoy deseando a las dos.

***

La habitación era un dormitorio de hostal de lo más normal, sin extravagancias. Ni se molestaron en encender el canal porno que tenía reservado el cable. La película la íbamos a rodar nosotras.

En cuanto cerramos la puerta me emparedaron entre las dos. Bruna me besó la boca con furia mientras notaba en la espalda los pechos pequeños y duros de Lena, y sus labios recorriéndome los hombros. Respondí al beso con toda la lengua. Me habían puesto caliente solo con la espera.

Entre las dos me sacaron la camiseta de tirantes. Bruna se agachó enseguida a mordisquearme los pezones mientras Lena me desabrochaba los vaqueros y me los bajaba hasta los tobillos.

—Tienes un culo perfecto —dijo Lena a mi espalda.

—Pues aprovéchalo. Seguro que no es el primero que te comes.

Me quitaron las zapatillas y terminaron de sacarme los pantalones en cuestión de segundos, manejándome como a una muñeca, hasta dejarme solo con un tanga sencillo de algodón.

—Qué lencería más sosa —se quejó Bruna.

—No tenía planeado un trío con dos bellezones como vosotras. La vuestra me gusta más.

Mis manos tampoco estaban quietas. A Bruna le solté el corsé, liberando unos pechos enormes, y deslicé dos dedos por dentro de su short hasta encontrarla húmeda y rozar su clítoris. Jadeaba contra mi oreja. Con la otra mano le había levantado la falda a Lena y le apretaba una nalga firme por debajo de la tela. Eché la cabeza atrás, ofreciéndoles el cuello, y Bruna aprovechó para librarme del tanga de un tirón.

—¿Todas las de vuestra profesión os habéis vuelto lesbianas? —pregunté entre suspiros.

—Todas no —rió Lena—. Pero a muchas nos ha dado por las mujeres viendo cómo nos tratan los tíos.

Me agaché a comerle a Lena las tetas pequeñas y cónicas, después de quedarme con su top en la mano. La falda ya había caído, y un tanga negro de encaje era lo único que le tapaba el sexo. En esa postura, mi culo quedó a la altura perfecta para que Bruna me besara y lamiera las nalgas, e incluso las abriera para darme una lamida rápida que me arrancó un gemido.

—¡A la ducha! —ordenó Bruna—. Hay que estar bien limpias.

Ya desnudas del todo, me llevaron a una ducha amplia y plana donde cabíamos las tres sin estorbarnos. El agua caliente cayó sobre nosotras y el gel hizo el resto: la piel enjabonada dejaba que las manos resbalaran por todas partes. Yo sentía cuatro manos a la vez, porque ellas se conocían bien y se coordinaban; a mí, en cambio, me faltaban dedos para tanto cuerpo.

Sus lenguas no me dieron tregua, desde la nuca hasta los dedos de los pies. Siempre había una mano o una boca ocupándose de mi sexo, penetrándome o acariciándome el clítoris. Me corrí tantas veces bajo el agua que, cuando me sacaron de la ducha y me llevaron en volandas a la cama, apenas me quedaban fuerzas. Aunque yo tampoco había parado de lamerlas y acariciarlas a ellas. Las tres tuvimos nuestros orgasmos sin salir de la ducha, jadeando como locas.

—¡Me vais a matar! —protesté entre risas.

—¿A base de orgasmos? —Lena me besó el hombro—. Tú pareces incansable.

Bruna se tumbó en la cama y me indicó que me pusiera encima, al revés, para un sesenta y nueve. Noté su lengua separándome los labios; nunca había estado tan empapada, y ella no perdía una gota. Mientras tanto, Lena, pequeña y ágil, se dedicaba a mi espalda y a mi culo con una entrega que rozaba la devoción, hasta penetrarme despacio con dos dedos y un poco de lubricante que no sé de dónde sacó.

Ninguna medía el tiempo más que por las veces que nos corríamos en la lengua de las otras. Pero ellas tenían que empezar su turno en algún momento, y yo tenía que averiguar cómo iba lo de la grúa. Nos vestimos a regañadientes: ellas con sus prendas mínimas, yo con uno de sus tangas de encaje —no sé de cuál— y mis serios vaqueros. Nos despedimos en la puerta de la habitación con un último beso de los tres.

***

Al volver a la entrada, la rubia que había ocupado la recepción me invitó a un refresco. Era trina de manzana, pero con los hielos parecía whisky. También me miraba con un deseo que ya no se molestaba en disimular.

—Parece que te lo han hecho pasar bien —dijo.

A esas alturas, y en ese sitio, no iba a hacerme la tímida.

—Vaya par de lobas. Estoy agotada.

—Si llegas a descuidarte un minuto más, subo yo contigo —contestó.

Le eché un buen vistazo a todo lo que enseñaba y pensé que habría sido una opción preciosa.

—Me habría encantado. Seguro que contigo también lo paso bien.

—Toma mi tarjeta. Llámame algún día, podemos quedar fuera de aquí.

En el rectángulo de cartón venía un nombre, un teléfono y una profesión: fontanera.

—Así que te dedicas a limpiar tuberías —dije con una sonrisa pícara.

—Cuando las tuyas necesiten mantenimiento, ya sabes. Precio de amiga. O viendo la cara con la que bajaban esas dos, te lo hago gratis.

Para entonces la grúa ya estaba cargando mi coche en la carretera. La noche empezaba a animarse y entraban más clientes, así que no pude quedarme con ella ni un rato más. Pero me llevé su tarjeta, y los teléfonos de Bruna y Lena, con la firme intención de repetir la experiencia en alguna de sus noches libres. La próxima vez, en mi casa.

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Comentarios (4)

NinaOcean22

increible!!! me dejo sin palabras. Muy bien escrito

CuriosaMax

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues

Moni_lectora

Que buenisimo fue este, lo lei dos veces jaja

RosaMar86

Me recordo a una situacion que vivi hace años. Esas cosas que no planeás terminan siendo las mas memorables. Hermoso

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