Mi compañera de oficina me enseñó otros placeres
Carmen y Nuria trabajaban en la misma planta del edificio, dos escritorios separados por un pasillo y una distancia que Carmen llevaba meses queriendo acortar. Aquel viernes de julio la empresa libraba por la tarde, como cada verano, y todo el equipo había quedado a comer en un restaurante cerca del puerto. Carmen se sentó al lado de Nuria sin disimular demasiado.
Se llevaban bien, eso era cierto. Pero Carmen se había fijado en ella mucho más allá de la amistad, y Nuria no sospechaba nada. Para ella era simple compañerismo, charlas de pasillo, algún café compartido entre reuniones. Pronto iba a salir de su error.
Cuando terminó la comida, mientras los demás se despedían en la acera, Carmen la retuvo con un gesto.
—¿Te tomas un último café conmigo antes de irte? —preguntó.
Nuria aceptó. Eligieron una cafetería pequeña a medio camino entre sus dos barrios, una de esas con sillones de cuero gastado y poca luz. Estaban removiendo el azúcar cuando sonó el teléfono de Carmen. Por la forma en que bajó la voz, por la media sonrisa que le curvó los labios, se notaba que hablaba con alguien que le importaba. Cuando colgó, Nuria la miró con picardía.
—Tu chico, ¿no?
—No. Mi chica —respondió Carmen, guiñándole un ojo.
Nuria se ruborizó por su metedura de pata, pero Carmen la tranquilizó enseguida.
—Tranquila, es normal que no lo supieras. No voy contándolo por ahí, no por vergüenza, sino porque nunca ha surgido. ¿Y tú? ¿Tienes pareja?
—La verdad es que no. Lo dejé con mi novio hace unos meses y ahora me estoy tomando un respiro.
—Pues quizá deberías probar con una mujer. Igual te gusta y descubres que no necesitabas ningún respiro —dijo Carmen, riéndose.
—No creas. Hace tiempo me di unos besos con una chica en una fiesta. No me disgustó, pero tampoco me encendió lo suficiente como para querer repetir.
Carmen guardó silencio un instante. Sentía el corazón latiéndole con fuerza. La chica con la que vivía había salido esa noche con unas amigas y no volvería hasta la mañana siguiente. La casa estaría vacía. Es ahora o nunca, pensó. Y si Nuria se asustaba, siempre podría decir que era una broma.
El atardecer empezaba a teñir las ventanas de naranja cuando Nuria miró el reloj.
—Se me ha hecho tardísimo. Y encima no he avisado en casa.
—Avisa de que no vas a dormir allí. Y sígueme con tu coche —dijo Carmen, levantándose con las llaves en la mano—. Esta noche te voy a enseñar otros placeres.
No esperó respuesta. Salió decidida, se metió en su coche y arrancó sin mirar atrás. Solo cuando se incorporó al tráfico comprobó por el retrovisor que un par de faros la seguían. Nuria iba detrás. Carmen sintió una punzada de excitación recorrerle el cuerpo entero.
***
El chalet estaba a las afueras, en una urbanización tranquila colgada sobre el mar. Carmen aparcó, dejó la puerta entreabierta y esperó. Nuria llegó un minuto después, dejó el coche junto al suyo y la siguió hasta el salón con paso indeciso, como si su cuerpo se hubiera adelantado a una decisión que su cabeza todavía no había tomado.
—¿Quieres beber algo? —ofreció Carmen.
—Solo agua.
Mientras Carmen llenaba un vaso, empezó a disculparse por su atrevimiento, pero Nuria la interrumpió.
—Sinceramente, no sé cómo he aceptado. Pero mientras conducía detrás de ti, una parte de mí se moría de curiosidad y otra parte… notaba algo. Me dejaré llevar por ti.
—Si te soy sincera, yo tampoco sé muy bien por qué lo he hecho —admitió Carmen—. Desde que te conocí me pareciste preciosa. Me pones muchísimo, Nuria. Tengo pareja, pero lo nuestro es una relación abierta. Si nos surge un plan como este, las dos podemos disfrutarlo. Así que ven conmigo.
Subió las escaleras y Nuria fue tras ella. En la planta de arriba, un dormitorio enorme ocupaba toda la esquina de la casa. A un lado, un vestidor amplio; al otro, una puerta daba a un baño con una bañera bajo un ventanal que miraba al mar y una ducha de obra, espaciosa, con el suelo de piedra pulida.
—Entra en la ducha —dijo Carmen—. Pero no te desnudes.
Nuria obedeció, sin entender. Carmen entró tras ella, y entonces Nuria vio lo que llevaba en la mano: una pequeña navaja de hoja estrecha. El miedo le cruzó la cara un segundo, pero Carmen le acarició la mejilla con la otra mano y le habló muy bajo, prometiéndole que no le pasaría nada, que confiara.
Con la punta fría del metal, Carmen liberó el primer botón de la blusa. El filo rozó apenas la piel que quedaba al descubierto, un contacto helado que erizó cada vello del cuerpo de Nuria. Botón a botón, fue abriendo la tela con una lentitud calculada, hasta que la blusa cayó de sus hombros.
Nuria no quería reconocerlo, pero se estaba excitando. Carmen lo notó. La cogió del pelo, lo enrolló en su puño y la giró con firmeza hasta dejarla de cara a la pared.
Allí la recorrió entera con las palmas abiertas. Cuando llegó a sus nalgas, las amasó despacio, y los pulgares trazaron la línea central antes de que las manos viajaran hacia delante. Encontró la cremallera del pantalón y la bajó tan despacio que cada diente sonaba en el silencio de la ducha. Las dos eran conscientes de que la prenda iba a caer de un momento a otro, y esa espera era casi insoportable.
El pantalón resbaló hasta los tobillos. Nuria quedó solo con el sujetador y el tanga. Con la hoja, Carmen volvió a recorrerle el cuerpo, presionando apenas en algunas zonas, jugando con el límite entre el cosquilleo y el filo. Nuria estaba empapada y no decía nada; solo se le escapaban suspiros cortos que Carmen escuchaba con claridad.
Entonces cortó las tiras del sujetador y luego las del tanga, y ambas prendas cayeron al suelo de piedra. Nuria la miró desconcertada, pero no protestó. Carmen deslizó los dedos entre sus piernas, los humedeció en ella y se los acercó a la boca para que los viera, los oliera, los probara. Nuria estaba completamente entregada.
Se besaron por fin, ella de espaldas a la pared. Fue un beso tímido al principio, casi dulce. Carmen contenía las ganas de ir demasiado rápido; Nuria temblaba de pura timidez. Después el beso se hizo hondo, hambriento.
Carmen se separó un momento para desnudarse mientras Nuria la observaba. Eran de estatura parecida. Nuria, rubia, con algún mechón más dorado, tenía los pechos medianos rematados por dos pezones rosados y pequeños. Carmen, de pechos similares, los tenía coronados por pezones más oscuros. Las dos de caderas firmes y nalgas redondas. Carmen abrió el grifo, reguló la temperatura y dejó que el agua caliente cayera sobre las dos.
Se enjabonaron la una a la otra, lentamente, las manos resbalando por la espuma, y luego se aclararon entre besos. Carmen puso a Nuria de cara a la pared otra vez y empezó a besarle la espalda, vértebra a vértebra, bajando con calma hasta las nalgas, que separó con las manos.
Con la punta de la lengua recorrió la zona más sensible, despacio, mientras dos dedos la penetraban por delante. Con el pulgar la frotaba en círculos, marcándole el ritmo, hasta que Nuria empezó a mover las caderas buscando más. Carmen había fijado en el suelo de la ducha, con una ventosa, un consolador vibrador, y se sentó sobre él sin dejar de devorar a Nuria. Las dos se movían al compás del agua. Nuria gimió cada vez más fuerte hasta estallar en un orgasmo largo que mojó los dedos de Carmen, y Carmen no tardó en correrse detrás de ella.
***
Cerraron el grifo entre risas y respiraciones entrecortadas, y solo entonces se dieron cuenta de que no estaban solas. Apoyada en el marco de la puerta había una tercera mujer, mirándolas, con una mano entre las piernas. Era Sofía, la pareja de Carmen, que había vuelto antes de lo previsto y se había quedado disfrutando del espectáculo en silencio.
Carmen salió de la ducha sonriendo, cogió dos toallones y le pasó uno a Nuria.
—Nuria, esta es Sofía, mi chica. Me parece que nos ha estado mirando un buen rato —dijo, y se giró hacia Sofía—. Y esta es Nuria, mi compañera de trabajo. La que te conté que me moría por llevarme a la cama. Hoy lo he conseguido.
Sofía sonrió y las siguió hasta el dormitorio. Nuria y Carmen dejaron caer las toallas y se besaron de nuevo, primero con ternura, después con verdadero fuego. Sofía se acercó por detrás, apartó el pelo de sus cuellos y empezó a morderlos con suavidad, alternando entre las dos, subiendo poco a poco la intensidad.
Carmen se tumbó boca arriba sobre la cama. Sofía guio a Nuria con un gesto para que se colocara a gatas sobre ella y le devorase el sexo como si fuera fruta madura. Concentrada en Carmen, Nuria no vio cómo Sofía se ceñía un arnés con un consolador doble ni cómo se arrodillaba detrás de ella.
Sofía empezó lamiéndola muy despacio, con mimo, recorriéndola entera con la lengua antes de subir más arriba. A veces solo era un roce lento y parsimonioso; a veces la punteaba con insistencia. Después lo juntó todo y aceleró el ritmo, hasta que Nuria, con la boca todavía en Carmen, jadeaba sin control.
Entonces Sofía se incorporó, apoyó el arnés en la entrada de Nuria y la penetró centímetro a centímetro. Cogió un tubo de lubricante, dejó caer un hilo entre sus nalgas y lo extendió con cuidado. Cambió el cabezal del arnés por otro y, sujetándola de las caderas con las dos manos, la penetró por detrás. La doble cabeza del consolador también la llenaba a ella, de modo que cada embestida las recorría a las dos.
Carmen alcanzó un pequeño vibrador de la mesilla y lo apoyó contra el clítoris de Nuria. El efecto fue inmediato: dejó de gemir para empezar a gritar, fuera de sí, sin pudor. Las tres se movían en un mismo ritmo creciente, encadenadas, hasta que el placer las desbordó casi a la vez y cayeron abrazadas sobre la cama, sudorosas y sin aliento.
Más tarde se ducharon juntas, esta vez las tres, y el agua arrastró las risas y los últimos temblores.
A partir de aquella noche, Nuria dejó de ser solo la compañera del escritorio de enfrente. Se convirtió en la amante fija de las dos, en el secreto que ninguna de las tres tenía ganas de guardar.