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Relatos Ardientes

La fiesta a puerta cerrada que solo era de mujeres

Ilustración del relato erótico: La fiesta a puerta cerrada que solo era de mujeres

Me había tomado una semana libre en el trabajo. No salí de la ciudad, ni falta que hizo: pasé casi todos los días en mi departamento, descansando, leyendo, durmiendo hasta tarde y, cuando me apetecía, llamando a alguien que me hiciera compañía en la cama. No me quejo. Fue una semana tranquila y, a la vez, de las más calientes que recuerdo.

El primer día de mis vacaciones estaba en mi cuarto, acostada y completamente desnuda, con un libro apoyado sobre el vientre. Sonó el celular. Era Mariela, la dueña del bar al que solía ir los fines de semana.

—Te tengo una invitación —dijo, con esa voz baja que usaba cuando algo le hacía gracia—. Una fiesta privada en mi local. Cierro las puertas, barra libre, no más de veinte personas. Solo gente de confianza.

—¿Y a qué se debe tanto privilegio? —pregunté.

—A nada en particular. Quiero tener cerca a las clientas que más aprecio. Tú eres una de ellas.

Acepté sin pensarlo demasiado. Colgué y volví al libro, aunque la llamada me dejó dándole vueltas a la cabeza. Mariela y yo no éramos amigas, exactamente, pero nos caíamos bien. Su bar tenía buen ambiente, y todas sabíamos que era el mejor lugar de la zona para ligar entre mujeres.

La cita era a las diez de la noche, así que aproveché para dormir un rato. Algo me decía que iba a ser una noche larga.

***

Me despertó otra vez el teléfono. Pensé que sería Mariela de nuevo, pero era Lucía.

—Perdón si te desperté —dijo.

—No te preocupes, ya tenía que levantarme. ¿Qué pasó?

—¿También te invitaron a lo de Mariela? —Lo dijo con una risa contenida, como quien comparte un secreto—. Pensé que podríamos ir juntas. Paso por tu casa y de ahí nos vamos.

Le dije que sí. Lucía y yo teníamos historia: nos habíamos enredado un par de veces, sin nombres ni promesas, y cada vez había sido mejor que la anterior.

Me metí a la ducha con calma, todavía sobraba tiempo. Me gustaba el agua tibia bajando por la espalda, y esa noche me detuve más de la cuenta. Me acaricié los pechos hasta que los pezones se me endurecieron, bajé una mano entre las piernas y me toqué despacio, imaginando que era Lucía la que me tenía contra los azulejos. Me metí dos dedos y me dejé llevar hasta que las piernas me temblaron y tuve que apoyarme en la pared.

Salí de la ducha de buen humor, justo a tiempo. Sonó el timbre. Era ella.

—Oye, sigues desnuda. Deberías ir así a la fiesta —dijo, mordiéndose el labio.

—Lo que quieres es mi culo, mejor dilo de una vez —le contesté, y las dos nos reímos.

—Quiero todo de ti. Pero después. Ahora arréglate, que se nos hace tarde.

Me puse una tanga fina, sin sostén, y un vestido corto. Le pedí que me subiera el cierre. Sus dedos me rozaron la espalda más lento de lo necesario, y supe que la espera valdría la pena.

***

El bar quedaba a quince minutos. La música se escuchaba desde la calle, y la noche estaba tibia, de esas que invitan a no volver temprano. En la puerta había un hombre con una lista; a quien no figuraba, lo mandaba de vuelta. A nosotras nos dejó pasar con una inclinación de cabeza.

Adentro había poca gente. Fuimos directo a la barra y pedimos dos cervezas mientras observábamos al resto de las mujeres repartidas por el local. Caras conocidas, otras que jamás había visto.

Mariela nos vio de lejos y se acercó a saludarnos. Nos abrazó a las dos y agradeció que hubiéramos venido.

—La verdad, me parecen pocas para una fiesta —comenté—. Pero gracias por pensar en nosotras.

—Es privada, ya te dije. Solo las que valen la pena. Espera a que arranque de verdad —respondió, y me guiñó un ojo antes de irse a recibir a otra invitada.

Poco después, las puertas se cerraron. Conté a las presentes: diez, doce a lo sumo. Lucía y yo nos quedamos en la barra, fumando y tomando, hasta que Mariela tomó el micrófono.

—Como saben, este es un bar de ambiente. Aquí se han armado romances, ligues de una noche y amistades que duran años. Las invité porque son mis clientas más leales y, créanme, las más calientes que conozco. He visto a cada una ligar en esta barra. —Hizo una pausa y sonrió—. El local está cerrado. Las ventanas, tapadas. Nadie va a entrar. Esta noche es de ustedes, para que se den gusto entre todas.

Sentí el calor subirme por el cuello. No me esperaba una orgía, pero la idea, lejos de incomodarme, me encendió. Nos indicaron que podíamos desvestirnos en el baño, donde habían puesto unos casilleros para guardar la ropa. Hacia allá fuimos.

***

Una de las mujeres que no conocía fue la primera en salir desnuda. Se movía con una seguridad que daba envidia. Cruzamos miradas y me cerró un ojo; cuando se dio vuelta, no pude apartar los ojos de su espalda y de la curva de sus nalgas.

—De acá no me voy sin probarla —le susurré a Lucía.

Una por una, todas quedamos desnudas. Había cuerpos de todo tipo: la mayoría delgadas, otras más llenas, pechos grandes, medianos y pequeños, caderas anchas y estrechas. Todas, a su manera, hermosas. Hasta Mariela se quitó la ropa, señal de que pensaba participar. Tenía un cuerpo mejor de lo que imaginaba, y me prometí que antes del final lo comprobaría con la boca.

Una de las invitadas me invitó a sentarme con ella en un sillón. Miré a Lucía, que ya se alejaba hacia otro grupo, y le hice un gesto de que se fuera tranquila. La mujer se llamaba Tamara. Tenía una sonrisa fácil y, según me dijo al oído, muchas ganas.

Me besó primero. Lo hacía bien, sin prisa, con la lengua justa. Le correspondí mientras ella me acariciaba la cara y bajaba a mis pechos. Yo hice lo mismo con los suyos: los tenía firmes, los pezones ya duros. Me incliné y empecé a chupárselos. Ella me sostenía la nuca, presionándome contra su piel, soltando un suspiro cada vez que la mordía con suavidad.

Entonces sentí unas manos en mis nalgas. Volteé: era otra mujer, arrodillada detrás de mí, que me besaba la espalda baja y subía despacio. Sonreí. Hacer un trío con dos desconocidas, en un lugar lleno de cuerpos, era más excitante de lo que jamás había fantaseado.

Me recosté en el sillón. Tamara se sentó sobre mi cara y yo empecé a lamerla, sintiendo cómo se humedecía bajo mi lengua, mientras la otra mujer me abría las piernas y hacía exactamente lo mismo conmigo. Le pedí a Tamara que se diera vuelta para alcanzarla por completo; ella gemía y empujaba las caderas contra mi boca. La que estaba entre mis piernas no daba tregua, y el orgasmo me llegó largo y profundo, con el cuerpo entero arqueado contra el cuero del sillón.

***

Les di un beso a las dos y me levanté a recuperar el aliento. Fui a la barra por otra cerveza. Desde ahí, miré el resto del salón: dos mujeres en un sesenta y nueve sobre una mesa, Lucía con la cabeza entre las piernas de una morena de pechos pequeños, otras tres enredadas en el suelo sin saber bien dónde empezaba una y terminaba la otra.

Más allá, Mariela acariciaba a una rubia con los dedos. Decidí acercarme. Cuando me vio llegar, levantó un poco las caderas, ofreciéndome la espalda sin decir una palabra. No hizo falta. Le acaricié las nalgas, se las separé y me incliné a besarlas mientras ella seguía atendiendo a su amiga. La lengua le entraba y salía despacio; ella pedía más entre dientes, apretando el trasero contra mi boca.

—Más, así, no pares —murmuraba.

Le sostenía las caderas con las dos manos, alternaba entre lamerla y acariciarle el clítoris, hasta que se dio vuelta y me ofreció el frente. Me arrodillé entre sus piernas y la chupé sin apuro, sintiendo cómo se tensaba. Sus gemidos se volvieron gritos cortos, le tomé los pechos, le pellizqué los pezones, y al final se vino con un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Cuando se calmó, me tomó la cara y me besó. No esperaba que besara tan bien.

Su amiga se había retirado, así que quedamos las dos solas en ese rincón.

—Ahora te toca a ti —dijo Mariela.

Me recosté y separé las piernas. Ella se metió entre ellas y empezó a lamerme, primero suave, después con hambre. Yo me acariciaba los pechos y le hundía los dedos en el pelo, empujándola para que no se detuviera. Sentía su lengua entrar y salir, su boca cerrarse sobre el clítoris, y el placer me subió tan rápido que apenas tuve tiempo de avisar antes de venirme contra su cara.

Subió besándome el vientre, el cuello, los pechos, y terminó en mi boca. Le agradecí en voz baja. Quién diría que la dueña del bar cogía así.

***

Me senté un rato a descansar, otra cerveza en la mano y un cigarro entre los dedos, mirando al resto disfrutar. Mariela apareció a mi lado y pidió un trago.

—Eres más caliente de lo que pensaba —dijo, brindando conmigo.

—Lo mismo pensaba de ti —le respondí, y las dos reímos.

—¿Qué te pareció la fiesta?

—Buenísima. Jamás imaginé que organizaras una orgía. Tus clientas son tremendas. —Hice una pausa y miré hacia el fondo—. Pero me falta una.

—¿Quién?

—La rubia de pelo corto. Desde que la vi salir del baño no me la saco de la cabeza.

—Se llama Daniela. Contadora, sin pareja, y le encanta el sexo tanto como a ti. Creo que van a entenderse bien —dijo Mariela, y me cerró un ojo antes de retirarse, como dándome permiso para ir por ella.

Daniela acababa de terminar con dos mujeres y caminaba hacia la barra, agotada y satisfecha. Pidió una cerveza, me miró y sonrió. Me pidió un cigarro.

—No fumo casi nunca, pero hoy se me antojaba —dijo.

—Yo solo después de coger —admití, encendiéndoselo.

—Entonces estamos iguales. —Dio una calada lenta y me sostuvo la mirada—. Tengo la sensación de que me estabas esperando.

—No te lo voy a negar. Creo que eres la única con la que no estuve esta noche.

Soltó una risa franca y me confesó que ella había pensado lo mismo de mí. Pero quería que fuera distinto.

—No así, con tanta gente alrededor —dijo—. Prefiero que seamos solo nosotras dos, en otra parte.

Antes de volver con el grupo, me deslizó en la mano un papel con su dirección.

La vi alejarse y reintegrarse al desorden de cuerpos. Yo me quedé en la barra, mirando, acariciándome despacio mientras las demás seguían gozando, con el papel apretado en el puño y la única certeza de que esa fiesta había sido apenas el comienzo. Lo de Daniela vendría después, sin público, sin prisa, solo para nosotras.

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Comentarios (4)

ClaraB_01

Que relatazo!!! me dejo sin palabras de verdad

Camila_NQN

Por favor que haya segunda parte!! me quede con ganas de mas. Muy buen relato

lectora_cba

Me hizo recordar algo que vivi hace tiempo, esa sensacion de que una noche puede cambiarte entera. Lo contaste muy bien, se siente real

SolDeNoche22

excelente!!

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