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Relatos Ardientes

Mis vecinas del segundo piso me sedujeron entre las dos

Ilustración del relato erótico: Mis vecinas del segundo piso me sedujeron entre las dos

Camila había llegado al edificio hacía apenas tres semanas y todavía no conocía a nadie. Se había mudado de ciudad porque trasladaron a su padre, y todas sus amistades quedaron atrás, a cientos de kilómetros. De un día para otro pasó de tener la agenda llena a no tener con quién cruzar una palabra. Sus padres salían temprano al trabajo y volvían de noche, así que se pasaba las horas encerrada, leyendo un libro tras otro para que el departamento no se le viniera encima.

La lectura siempre había sido su refugio, pero no le alcanzaba. Lo que de verdad extrañaba era hablar. Camila era de esas personas que necesitan soltar cada pensamiento en voz alta, y el silencio de aquellas paredes nuevas la asfixiaba. Sobre todo extrañaba a Renata, su amiga de la infancia, con quien había crecido sin un solo secreto entre las dos.

Con Renata se lo contaban absolutamente todo. Las dos sabían cuándo y con quién había perdido la otra la virginidad, qué les gustaba, qué les daba vergüenza. Aprendieron a besar practicando entre ellas, y una tarde, mirando una película, hasta se habían masturbado lado a lado sin tocarse. Renata era descarada con los hombres y con las mujeres por igual, aunque prefería a las mujeres, y después le describía a Camila cada encuentro con un nivel de detalle que la dejaba sin aire. Esas charlas eran su droga, y ahora no tenía con quién compartirlas.

***

Una tarde, bajando a pasear, Camila se cruzó con una chica que sacaba a su perro al mismo tiempo. Se llamaba Bruna y vivía en el segundo piso del mismo edificio; Camila, en el quinto. Charlaron en el portal casi dos horas, hasta que los perros se cansaron de esperar. Bruna era cálida, fácil de tratar, y tenían más o menos la misma edad.

—Vení cuando quieras —le dijo Bruna al despedirse—. Vivo con una compañera, pero ella llega tarde. Las tardes las paso sola y me aburro tanto como vos.

Camila aceptó al día siguiente. Se sentaron en el sofá y las horas se les fueron en contarse la vida: la infancia, los colegios, la música, las películas, las comidas favoritas. Desde entonces empezó a visitarla a diario, y Bruna la recibía siempre con una sonrisa. A veces ponían música, a veces una serie, a veces Camila le resumía con tanto detalle los libros que leía que Bruna se quedaba colgada de cada palabra.

Cuando agarró confianza, Camila no pudo evitar llevar la charla a su tema preferido. Le preguntó a qué edad había debutado, qué le gustaba en la cama, si se tocaba y en qué pensaba cuando lo hacía. Bruna respondía a medias, esquivaba algunas preguntas, pero Camila se desnudó por completo y le contó todo sobre su vida íntima, con la esperanza de que Bruna ocupara el lugar vacío que había dejado Renata.

Lo único que Bruna quiso saber fue si Camila había estado alguna vez con una mujer. Camila le confesó lo de los besos con su amiga, lo de aquella tarde masturbándose juntas, y que ahí había quedado todo. Cuando le devolvió la pregunta, Bruna bajó la voz.

—Mi primera vez fue con una amiga —admitió—. Me penetró con los dedos. Lo hicimos varias veces, hasta que se fue de la ciudad. Era muy chica, casi no me acuerdo… pero nunca olvidé lo que se siente tener a otra mujer así de cerca.

A Camila se le iluminó la cara. Insistió, quiso detalles, preguntó si se había venido en la boca de su amiga, si le había gustado el sabor. Bruna terminó confesando que sí, que todo, y que el recuerdo todavía la encendía. Entonces fue ella la que dio el paso.

—¿Te animarías a masturbarte conmigo, mirando un video? —preguntó.

—Me da morbo solo de pensarlo —respondió Camila—. Sobre todo porque vos ya estuviste con una mujer. ¿A vos no?

—Más que morbo, curiosidad de verte —dijo Bruna—. Pero con una condición: no paramos hasta que las dos terminemos.

—Hecho. Y yo pongo otra: elegís vos el video, uno que de verdad te prenda.

—A mí me vuelve loca ver a una mujer madura seduciendo a una más joven —confesó Bruna, ya buscando en la pantalla.

***

Se sentaron en el sofá, se sacaron el pantalón y la ropa interior. Lo primero que hizo Camila fue girar la cabeza para mirar entre las piernas de Bruna. En la pantalla, después de unos minutos de juego, la mujer mayor empezó a besar a la chica, a desvestirla despacio. Las dos empezaron a tocarse casi al mismo tiempo.

—¿Estás muy excitada? —preguntó Camila, sin dejar de moverse.

—Bastante —dijo Bruna, mostrándole los dedos brillantes—. ¿Vos?

—Quiero que me avises cuando estés por venirte. Yo te aviso a vos.

Siguieron mirando. Cuando en el video las dos mujeres empezaron a usar la boca, Camila sintió que se le aceleraba todo; siempre había tenido la curiosidad de saber qué se siente tener un sexo en los labios. Giró otra vez y vio a Bruna mover la mano rápido, a punto. Camila fue la primera.

—Bruna, me vengo —avisó con un hilo de voz.

—Yo también —jadeó Bruna, hundiéndose los dedos con fuerza—. ¡Ya!

Después se vistieron y hablaron un rato de lo que habían hecho, todavía agitadas. Y, por acuerdo tácito, no volvieron a mencionarlo nunca más.

***

Lo que Camila no sabía era que Bruna era lesbiana y vivía con su pareja, Lucía, una mujer que le doblaba la edad. Eso era justo lo que a Bruna la enloquecía: las mujeres maduras. Como entre ellas no había secretos, Bruna le contó todo lo que había pasado con su nueva vecina. Lucía, en lugar de molestarse, se excitó. Quería conocer a esa chica y propuso compartirla, seducirla entre las dos.

—No creo que se deje —dudó Bruna—. Ella no es lesbiana.

—Por eso le servimos unas copas de vino —respondió Lucía con una sonrisa—. Cuando esté relajada, la conquistamos las dos juntas.

Bruna invitó a Camila a cenar. A las ocho en punto sonó el timbre y le abrió Lucía. Camila se presentó con educación; Bruna, que estaba poniendo la mesa, la saludó desde lejos. Durante la cena, Lucía llevó toda la conversación: hacía reír a Camila, la escuchaba con atención, le llenaba la copa una y otra vez. La charla se volvía más suelta a cada trago.

Cuando pasaron a la sala, Lucía se sentó cerca, muy cerca.

—Bruna me contó lo que hicieron el otro día —dijo de pronto—. Que te excitaste mucho.

Camila, ya entonada, no se hizo la desentendida. Le respondió que sí, que había sido riquísimo, y se sorprendió a sí misma hablando con esa libertad.

—¿Te gustaría repetirlo? —preguntó Lucía—. Pero esta vez, las tres.

—A mí me encantaría, Camila —apoyó Bruna—. ¿Te animás?

—Me da vergüenza… —dudó Camila—. A vos te tengo confianza, pero a Lucía recién la conozco.

—No te apures —insistió Lucía, acercándose un poco más—. Lo vamos a pasar bien las tres. No lo pienses tanto.

—Bueno… está bien —cedió Camila, con una risa nerviosa—. Pero no se rían si las miro.

***

Lucía volvió a llenar las copas. Bruna buscó un video, esta vez de tres mujeres, y se sentó en el medio. Todas se sacaron lo que tenían de la cintura para abajo. En la pantalla, las chicas empezaron a besarse, y a Camila ese beso la transportó a las tardes con Renata. El vino hizo el resto: empezó a acariciarse despacio mientras espiaba de reojo a Bruna.

Habían acordado que Bruna daría el primer paso cuando la viera entregada. Camila frotaba con más fuerza, cada vez más perdida, sin notar que Bruna la observaba fijo. En el momento justo, cuando las mujeres del video se buscaron con la boca, Bruna deslizó sus dedos sobre la mano de Camila y los fue bajando hasta cubrir los suyos.

—¿Me dejás sentir lo mojada que estás? —murmuró.

Camila no contestó, pero tampoco la apartó. La idea de ser tocada por otra mujer, igual que en la pantalla, la encendió como nunca. Bruna empezó a girar los dedos sobre su clítoris, lento, y Camila comenzó a respirar hondo, recordando cada detalle que alguna vez le había contado Renata.

—¿Te gusta lo que sentís? —preguntó Bruna sin detenerse.

—Sí… nunca había sentido algo así.

Bruna posó los labios en su cuello y lo besó despacio. Camila se dejó ir, sin oponer la menor resistencia. Cerró los ojos y dejó de mirar la pantalla para concentrarse solo en lo que le hacían sentir. Entonces Lucía se acomodó del otro lado y empezó a besarle el otro lado del cuello. Dos bocas a la vez, dos lenguas tibias. Camila ya no pensaba en nada; se recostó en el respaldo y se entregó por completo.

Bruna dejó el cuello y buscó su boca. Camila le correspondió, abriendo los labios. Mientras tanto, Lucía le subió la camiseta, le desabrochó el corpiño y le descubrió los pechos pequeños, de pezones duros y respingados. Bajó la boca hasta ellos y los succionó con ganas. Camila dejó escapar su primer gemido de verdad.

Lucía sintió el impulso de besarla y Bruna le cedió el lugar. A diferencia de los besos suaves de Bruna, los de Lucía eran intensos, profundos, y Camila respondió con la misma pasión. Luego Bruna se arrodilló frente a ella, le separó las piernas todo lo que pudo y, sin darle tiempo a respirar, le pasó la lengua entre los muslos. Camila gimió más fuerte y ya no paró: Bruna abajo, Lucía en su boca, y ella flotando en algo que no sabía nombrar. Por un instante entendió por qué Renata era tan feliz con las mujeres.

—Vamos a la cama —dijo Lucía—. Ahí estaremos más cómodas.

***

La llevaron de la mano hasta el dormitorio. Lucía le abrió las piernas y empezó a usar la boca entre ellas, ahora era su turno. Bruna, en cambio, quiso que el primer sabor que probara Camila fuera el suyo: se acomodó sobre su cara y bajó despacio.

Camila pensó que había llegado el momento de despejar la duda que la había acompañado tantos años. Sacó la lengua hasta rozar a Bruna y la movió como había visto en los videos. Sintió un sabor nuevo, imposible de definir, algo entre dulce y salado que se diluía al contacto. Después acercó la nariz por curiosidad y descubrió un olor suave, apenas perceptible, distinto a todo. Así que esto era lo que tanto me preguntaba, pensó.

Bruna no aguantó la calma. Empezó a moverse sobre la boca de Camila, primero lento, luego con más ganas, pidiéndole que dejara la lengua afuera y quieta. Estaba tan excitada por ser la primera en hacerlo que terminó enseguida, temblando sobre ella.

Lucía, por su parte, no le daba tregua. Subía y bajaba, succionaba el clítoris, volvía a recorrerla entera. Los gemidos de Camila le confirmaban que la tenía rendida. Excitada de verla tan entregada, Lucía la penetró con los dedos, sin demasiada delicadeza, rápido y profundo. Camila empujaba las caderas hacia atrás cada vez que llegaba al fondo, y entre eso y la boca de Lucía, se vino con un grito ahogado.

Lucía no quedó conforme. Esa chica menuda y tímida le despertaba unas ganas enormes de llevarla más lejos. Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un arnés. Mientras se lo ajustaba, Bruna besaba a Camila con suavidad, sabiendo que su pareja no era de medias tintas.

—Vení para acá —dijo Lucía, tirando de sus piernas hasta dejarla al borde de la cama.

Le separó las piernas y la penetró de una sola vez. Camila soltó un grito; le había dolido la brusquedad. Pero Lucía sabía dosificar: empezó firme, con embestidas largas, y poco a poco Camila se fue relajando hasta empezar a disfrutarlo. Para su propia sorpresa, le gustaba sentirse usada así, como si solo importara el placer. Bruna la besaba para que nada fuera puro vértigo, le chupaba los pezones, y Camila gemía cada vez más alto.

—¿Te gusta? —preguntó Lucía, sin frenar el ritmo.

—Sí… no pares —jadeó Camila, sorprendida de sus propias palabras.

Lucía aceleró hasta que Camila pegó un alarido y todo su cuerpo se tensó. Recién entonces se detuvo, sabiendo que la había hecho acabar. Las dos mujeres se besaron por encima de ella, satisfechas, mientras Camila recuperaba el aliento mirando el techo.

***

Cuando se calmó, Camila repasó en su cabeza todo lo que acababa de pasar y se sintió extrañamente en paz. Su primera vez con mujeres había sido con una vecina a la que apenas conocía y una desconocida total, en medio de un trío que jamás se habría imaginado. Y, sin embargo, no se arrepentía de nada.

Mientras se vestía, pensó que de ahí en adelante no iba a dejar pasar a ninguna mujer que la mirara como Bruna y Lucía la habían mirado esa noche. Lo único que lamentó fue que Renata no estuviera al otro lado del teléfono para escucharla, con lujo de detalles, contarle por fin su propia historia.

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Comentarios (4)

NatyCordoba

increible!!! me lo lei de una, no pude parar

Valentina_Cba

Que arranque tan bueno, te atrapa desde el primer parrafo. Por favor seguí con esto!!

Santi_baires

me recorda a cuando yo recien me mude a un edificio nuevo jajaja, aunque mis vecinos no eran para nada asi. Muy buen relato

curiosoMDP

tremendo, de los mejores que lei en esta categoria

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