La noche que fuimos tres por primera vez
Nuria y yo nos conocimos en unas jornadas de trabajo en Valencia. Ella dirigía el departamento comercial de una empresa mediana con sede en Zaragoza. Yo vivía y trabajaba en Barcelona, en consultoría de proyectos. Los dos llegábamos de matrimonios que se habían deshecho con más alivio que dolor, y los dos teníamos la edad suficiente para no confundir las ganas de compañía con otra cosa.
La relación arrancó despacio, como tienen que arrancar las cosas cuando uno ya no es joven y sabe que el entusiasmo inicial no lo explica todo. Nos veíamos los fines de semana, alternando su ciudad y la mía. La semana nos separaba y el viernes nos juntaba de una manera que daba a cada encuentro una carga que la convivencia diaria habría ido diluyendo con el tiempo.
El sexo era muy bueno desde el principio. Nuria follaba con una honestidad que había echado de menos durante años: se corría fuerte, sin disimular, y le gustaba que se lo dijera todo en voz alta mientras la penetraba. La primera vez que se sentó a horcajadas sobre mi cara y me pidió que se lo comiera despacio, le lamí el coño hasta que se corrió dos veces seguidas apretándome la cabeza con los muslos. Después me montó y estuvo cabalgándome más de veinte minutos, con las tetas botando delante de mi cara y la boca abierta, mientras me pedía que le agarrara el culo con las dos manos y la ayudara a bajar más fuerte sobre mi polla. Cuando por fin me corrí dentro de ella, se quedó quieta un rato largo, respirando encima de mí, con mi semen escurriéndose entre sus piernas.
Pero lo que mejor recuerdo de esa época son las conversaciones de medianoche, cuando ya habíamos apagado la luz y ninguno de los dos tenía sueño. Esas conversaciones en que uno termina contando cosas que no le ha contado a casi nadie.
Fue así como empezó todo lo demás.
Nuria me preguntó una noche por mis experiencias anteriores. No de forma general, sino con interés real, con preguntas concretas. Le conté lo de una pareja que había conocido años antes a través de un foro, y lo que había pasado cuando nos encontramos en persona en un hotel de Toledo. Al principio no entré en demasiados detalles. Pero ella quería más y me lo hizo saber: la mano en mi polla por debajo de la sábana, el pulgar rozándome el glande mientras yo hablaba. Así que le conté cómo la mujer se había arrodillado delante de mí y me había mamado la polla mientras su marido nos miraba desde el sillón, cómo la había puesto a cuatro patas y la había follado por detrás mientras él le llenaba la boca de su verga, y cómo al final los tres nos habíamos corrido casi a la vez con un desorden que yo no había vuelto a sentir después.
Ella escuchó en silencio, con los ojos cerrados y la mano cada vez más rápida sobre mí. Cuando terminé, me buscó sin decir nada, se subió encima y se hundió mi polla dentro del coño de un solo movimiento. Estaba empapada. Se corrió a los dos minutos, apretándome tan fuerte que casi no pude aguantar, y después me pidió que me corriera en su boca. Se arrodilló entre mis piernas, me mamó la polla con los ojos fijos en los míos y tragó todo lo que le solté sin dejar caer una gota. Fue de las cosas más intensas que recuerdo de esa época.
A la semana siguiente me pidió que se lo contara otra vez.
Otra vez.
Así durante meses. El relato de Toledo se convirtió en un ritual. Cada vez yo añadía un detalle, ella hacía una pregunta nueva. Quería saber cómo sabía la polla del otro hombre en la boca de ella, si se habían besado con la boca llena de semen, si él la había penetrado por el culo o solo por delante. Yo le contestaba con la mano metida entre sus piernas, sintiendo cómo el coño se le encharcaba con cada respuesta. Terminábamos agotados, con las sábanas hechas un desastre, y seguíamos hablando en la oscuridad, con las voces más bajas de lo necesario.
—¿Lo harías otra vez? —me preguntó una noche.
—Depende —dije.
—¿De qué?
—De con quién.
Silencio. Luego ella:
—¿Y conmigo?
***
El perfil lo creamos un domingo por la tarde, casi sin deliberarlo. Nuria se sentó con el ordenador en las piernas y yo le fui diciendo qué poner. Elegimos las fotos con cuidado: nada explícito, nada que fuera demasiado revelador. El texto era claro sobre lo que buscábamos sin resultar frío.
Nuria se encargó de gestionar las respuestas. Yo le pedí que me avisara si algo le llamaba la atención de verdad.
Durante semanas los mensajes llegaron y se fueron. La mayoría no llegaban a ningún sitio. Algunos eran interesantes pero no terminaban de cuajar. Nuria los descartaba con criterio y sin explicaciones largas, con esa manera suya de saber lo que no quiere antes de saber lo que quiere.
Un martes me llamó mientras yo seguía en la oficina.
—Hay uno —dijo.
—¿Sí?
—No sé. Es diferente.
Se llamaba Adrián. Treinta y cuatro años. Trabajaba en producción audiovisual. En sus fotos aparecía con cara de alguien que no necesita demostrar nada: delgado, pelo muy corto, ojos claros. Lo que más le había llamado la atención a Nuria era cómo escribía. Sin adornos, sin exageraciones, con una sencillez que en ese contexto resultaba inusual.
—Quiero que lo gestiones tú —me dijo ella—. Pero hazlo con calma.
No hacía falta que me lo explicara. Si queríamos que aquello saliera bien, y si queríamos que hubiera una segunda vez, la primera tenía que ir despacio.
Escribí a Adrián esa misma noche. Le expliqué cómo lo veíamos: quedar primero para conocernos, sin presiones, sin acuerdos previos. Si la tarde iba bien, ya veríamos. Él lo entendió sin que yo tuviera que insistir ni matizar. Eso ya decía algo de él.
***
Era viernes, principios de mayo. Quedamos en una terraza amplia del Paseo de Gracia, de las que a esa hora están llenas de gente pero en las que puedes hablar sin que nadie te escuche de verdad.
Nuria llegó con un vestido azul de manga corta que yo no le conocía. Se había recogido el pelo y llevaba unos pendientes finos de aro. Estaba nerviosa. Yo la conozco lo suficiente para saberlo aunque no lo mostrara hacia el exterior.
Adrián llegó puntual. Apretón de manos sin exagerar. Se sentó, pidió una caña y empezó a hablar de cosas que no tenían nada que ver con el motivo de nuestra cita. De un festival de música al que había ido el fin de semana anterior, de lo absurdo del tráfico en la ciudad, de una serie que estaba viendo. Lo hizo con naturalidad, sin forzar nada, como si hubiéramos quedado simplemente para pasar la tarde.
Nuria se fue relajando ante mis ojos. Lo vi en los hombros primero, luego en la manera de apoyar la espalda en la silla.
La tarde avanzó y terminamos cenando en un restaurante pequeño del barrio de Gràcia, uno de esos sitios que no aparecen en ninguna guía pero que tienen un arroz que no debes perderte. Pedimos una botella de albariño. La segunda llegó sin que nadie la hubiera pedido de manera oficial.
A las once y media, cuando el restaurante empezaba a vaciarse y los camareros hacían su ronda discreta de recogida, Nuria miró primero a Adrián y luego a mí.
—¿Os apetece una copa en casa? —preguntó—. Sin que eso signifique nada más, que quede claro.
Adrián asintió.
—Ningún problema —dijo.
***
El apartamento estaba a diez minutos andando. Nuria encendió solo las luces del salón y puso algo de música, nada muy concreto, solo un fondo suave que llenara el silencio. Yo preparé tres combinados mientras ellos se acomodaban en el sofá.
Me senté en el sillón, frente a ellos. Nuria estaba entre los dos, con los hombros ligeramente tensos, el vaso apoyado en la rodilla. Seguíamos hablando, pero la conversación se había vuelto más lenta. Las pausas tenían un peso que antes no tenían.
Adrián se movió primero, con una calma que yo no habría sabido imitar en ese momento. Le puso la mano en el hombro y le preguntó si estaba bien.
—Estoy bien —dijo ella—. Es solo que es la primera vez que...
—Lo sé —dijo él, sin terminar la frase por ella.
Le puso la mano en la base del cuello, sin presión. Solo el peso de los dedos, rozando apenas. Nuria cerró los ojos.
Ahí estaba el momento.
Me buscó con la mano sin mirarme. Yo se la tomé. Y cuando abrió los ojos y me miró, en esa fracción de segundo en que sus ojos dijeron algo que no necesitaba palabras, no hizo falta ninguna otra señal.
La besé despacio, con la lengua entrando en su boca de a poco, mientras Adrián le bajaba una mano por el pecho por encima del vestido. Cuando le rozó el pezón, Nuria gimió dentro de mi boca. Adrián se quedó quieto un instante, esperando que ella lo confirmara, y ella empujó su pecho contra la mano de él sin dejar de besarme.
Le bajé la cremallera del vestido por la espalda. La tela cayó sobre sus caderas y quedaron a la vista sus tetas sujetas por un sujetador negro fino que le marcaba los pezones duros. Adrián se lo desabrochó con una sola mano y se agachó a chuparle un pezón mientras yo le mordía el cuello. Nuria echó la cabeza atrás y separó las piernas sin darse cuenta, o quizás dándose cuenta perfectamente.
—Joder —dijo entre dientes—. Joder.
Adrián se arrodilló delante de ella con una delicadeza que no esperaba. Le subió el vestido por encima de la cintura y le bajó las bragas despacio, esperando que ella lo confirmara con el gesto antes de seguir. Nuria le pasó los dedos por el pelo y abrió las piernas hacia él. Yo le sujeté una rodilla por fuera para abrirla más, y me quedé mirando cómo Adrián le hundía la cara entre los muslos y empezaba a chuparle el coño con una calma que la hacía retorcerse.
—Así —le decía ella—. Así, no pares, joder, cómemelo así...
Le lamía los labios enteros de abajo arriba, se detenía un rato en el clítoris chupándoselo con los labios, le metía dos dedos y se los movía en gancho contra la pared de dentro mientras seguía chupándola por fuera. Nuria estaba empapada, se oía. Yo me saqué la polla del pantalón y le acerqué la cabeza a su boca. Ella la agarró y empezó a mamármela con los ojos cerrados, gimiendo alrededor de mi glande cada vez que la lengua de Adrián le rozaba el sitio bueno.
La sentía tragarme entera hasta el fondo, con la garganta cerrándose sobre mi punta, y luego sacarla despacio dejando un hilo de saliva. Adrián levantó la vista un segundo para mirar cómo ella me mamaba, sonrió apenas, y volvió a enterrar la cara en su coño.
Nuria soltó mi polla de golpe cuando llegó al orgasmo. Lo hizo con un grito que no intentó contener, aferrando el respaldo del sofá con los nudillos tensos, empujando la pelvis contra la boca de Adrián como si quisiera montarle la cara. Se corrió tanto que le dejó la barbilla mojada. Después se quedó inmóvil unos segundos, respirando fuerte, con los ojos todavía cerrados y mi polla todavía dura a un centímetro de sus labios.
Adrián levantó la vista hacia mí.
Yo asentí.
***
Pasamos al dormitorio. Los tres. La cama era grande y no sobraba espacio pero tampoco faltaba.
Lo que ocurrió a partir de ahí no tenía la torpeza que yo había temido en los días previos, cuando daba vueltas al asunto intentando anticipar cada momento posible y fracasaba en cada intento. Hubo una fluidez que no se puede planear y que, cuando aparece, lo hace con una naturalidad que sorprende.
Nuria se dejó desnudar del todo y se subió a la cama a cuatro patas, mirándome a mí por encima del hombro. Adrián se quitó la ropa detrás de ella. Tenía una polla larga, no demasiado gruesa, con las venas marcadas. Se la agarró y le pasó el glande por los labios del coño, empapándolo, sin metérsela todavía.
—Métemela ya —dijo ella—. Métemela, joder.
Adrián la penetró de un empujón lento pero entero, hasta el fondo. Nuria echó la cabeza atrás y soltó un gemido que le nació del pecho. Yo me arrodillé en la cama delante de ella y le acerqué la polla otra vez. Ella abrió la boca y me la metió entera, mamándomela al ritmo con el que Adrián la follaba por detrás. Cada empujón de él la hacía tragarme un poco más profundo.
—Así, cariño —le dije—. Chúpamela así mientras te folla.
Nuria gimió con la boca llena. Adrián le agarró las caderas con las dos manos y empezó a follarla más fuerte, con esos golpes secos que se oyen en toda la habitación, los muslos de él chocando contra el culo de ella. Le hizo un gesto de pedir permiso y le dio un azote en la nalga derecha. Ella soltó mi polla un segundo para decir sí, otra vez, más fuerte, y él lo repitió hasta dejarle la piel marcada.
Tomó las riendas en algún momento que no supe identificar con precisión. No fue un gesto brusco sino una acumulación de decisiones pequeñas. Se giró, se puso boca arriba y me pidió a mí que me tumbara. Se sentó a horcajadas sobre mi polla y me la clavó dentro sin dejar de mirarme, y le hizo señas a Adrián de que se pusiera detrás. Adrián se subió a la cama, se colocó a su espalda, y le pasó la lengua por la nuca mientras ella empezaba a cabalgarme.
—Los dos —dijo ella—. Quiero a los dos a la vez.
Yo la abracé por debajo, la eché despacio hacia adelante sobre mi pecho para dejarle el culo bien expuesto. Adrián se untó la polla con saliva y con lo que le sobraba a ella entre las piernas, y se lo fue metiendo por el culo poco a poco, un centímetro cada vez, esperando entre empuje y empuje. Nuria apretaba los dientes contra mi hombro. Cuando lo tuvo entero dentro se quedó quieta un momento largo, con las dos pollas dentro, respirando.
—Joder —dijo—. Joder, joder, joder.
—¿Estás bien? —le preguntó Adrián.
—Moveos —dijo ella—. Moveos los dos.
Empezamos despacio, buscando un ritmo. Yo entrando cuando él salía, él entrando cuando yo salía, hasta que se acopló todo y pudimos empujar al mismo tiempo. Nuria se corrió a los pocos minutos, con un grito que no se parecía a ninguno de los anteriores. Se corrió otra vez casi encima, sin que le diéramos tregua. Tiene esa capacidad de encadenar un orgasmo con el siguiente sin necesitar apenas pausa, y esa noche lo demostró sin contenerse.
Adrián fue el primero en avisar. Le preguntó dónde. Ella se le sacó del culo, se le sacó de mí, se giró y se puso de rodillas entre los dos con las tetas colgando. Nos mamó a los dos por turnos, cambiando de polla cada pocos segundos, hasta que Adrián soltó un gruñido y le llenó la boca de semen. Ella tragó una parte, dejó que otra se le escurriera por la barbilla hasta las tetas, y se volvió hacia mí con los labios brillantes.
—Ahora tú —dijo—. Córrete en mi cara.
Me arrodillé delante de ella y me la casqué apuntándole a la boca. Duré poco. Le solté toda la corrida en la lengua, en los labios, en la barbilla, y ella me la mamó hasta la última gota mientras Adrián le pellizcaba los pezones desde atrás.
Hay partes de la gente que solo se revelan en situaciones que están fuera de lo ordinario. Esa noche descubrí aspectos de Nuria que no conocía del todo, o que solo había intuido en momentos aislados. Una seguridad física que pocas veces había visto en ella, una manera de estar completamente presente que no tenía nada que ver con su comportamiento del día a día.
Adrián era exactamente lo que necesitaba que fuera: presente, atento, sin intentar robar protagonismo ni desaparecer en el fondo. Eso, en esa situación concreta, vale más de lo que parece antes de vivirlo.
***
A las tres de la madrugada los tres estábamos tumbados en silencio. Nuria tenía la cabeza en mi pecho, todavía con el semen de los dos secándose en el escote. Adrián estaba boca arriba mirando el techo con las manos entrelazadas sobre el estómago.
—Bien —dijo ella después de un rato largo.
Nadie respondió de inmediato, pero no hacía falta.
—Yo esperaba que fuera más raro —dijo Adrián al cabo de un momento.
—¿Y no lo fue? —preguntó Nuria.
—Para nada.
Adrián se fue hacia las cuatro. Se vistió en el dormitorio, recogió sus cosas sin prisa, y se despidió en la puerta con un apretón de manos para mí y un beso en la mejilla para ella. Antes de salir dejó su número en la mesilla de noche.
—Por si queréis repetir —dijo.
Cerramos la puerta y nos quedamos en el pasillo, los dos solos por primera vez en horas.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Nuria asintió. Tenía cara de cansancio y algo parecido a la satisfacción de haber cruzado un umbral que llevaba mucho tiempo mirando desde el otro lado.
—Cuéntame cómo lo viviste tú —me dijo.
Nos metimos en la cama y hablamos hasta que el amanecer empezó a filtrarse por las persianas. No solo del sexo en concreto, sino de todo lo que hay alrededor: los nervios de antes, el momento en que la tensión se disolvió en el sofá, lo diferente que resulta imaginarlo de vivirlo. Esas conversaciones que solo ocurren cuando has hecho algo juntos que no habíais hecho antes.
Mi plan inicial era ir poco a poco, explorar despacio, sin precipitaciones. Salidas graduales que fueran construyendo confianza. Resultó que cuando llega el momento, las cosas tienen su propio ritmo y uno solo tiene que no estorbar.
Hubo más noches después de esa, con Adrián y con otras personas. Pero la de mayo, la del albariño y los nervios y la terraza llena de gente, es la que más recuerdo. Porque fue la primera, y porque antes de vivirla no sabíamos del todo si éramos el tipo de personas que hacen esas cosas.
Resultó que sí lo éramos.