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Relatos Ardientes

Valeria nunca había hecho nada hasta esa noche

En la oficina trabajábamos en silencio, cada uno con su pantalla y sus pendientes. Llevaba meses evitando mencionar a Rodrigo cierta visita que me habían hecho en mi departamento, Beatriz y aquella tarde, pero fue él quien lo sacó a colación sin previo aviso.

Es difícil visitarlo sin que él te llame primero. Cuando lo hace, una tiene que llegar impecable. Patricia, su secretaria, se toma la libertad de desabotonar los dos botones superiores de la blusa antes de que una entre. Es una costumbre suya. Una se deja. También le acomoda a una el cabello. Todo comunicado sin palabras.

Entré. La puerta de la oficina permanece abierta en todo momento. Dejé los documentos sobre su escritorio.

—Aquí, de este lado —me indicó.

Me acerqué al costado donde señalaba. Y en cuanto estuve a su alcance, sentí su mano en el muslo. No la retiró. Subió despacio, por debajo de la falda, hasta encontrar la tela de mis bragas. Las apartó con dos dedos y me metió uno en el coño sin ceremonia. Doblé ligeramente las rodillas, las cerré, pero él ya estaba adentro y no había caso. Su dedo giró, buscó, encontró el punto y se quedó ahí, moviéndose en pequeños círculos que me obligaban a apoyar la cadera contra el borde del escritorio.

—¿Se siente bien? —preguntó sin alzar la vista de los papeles.

—Sigue —le dije—. Pero cuidado con tu espía.

—Patricia ya sabe —murmuró—. Y tiene razón en que el brasier se te ve raro con esa blusa. Deberías quitártelo.

Le dije que metiera la mano por mi espalda. Yo jalé por delante. Fue rápido, discreto. Sentí que su otra mano volvía a subir por el muslo, y esta vez me metió dos dedos hasta el fondo. Estaba tan mojada que se oyó. Rodrigo se lamió el pulgar y me lo frotó en el clítoris mientras los otros dos dedos entraban y salían con un ritmo tranquilo, como si estuviera pasando páginas. Aguanté sin gemir, mordiéndome el interior de la mejilla. Cuando Patricia asomó la cabeza con las copias, Rodrigo revisaba cifras con la mano izquierda y con la derecha, oculta bajo el escritorio, seguía dentro de mí. Yo acomodaba el folder con una normalidad que ninguno de los dos había ensayado pero que ya conocíamos de memoria. En cuanto Patricia salió, saqué la mano de Rodrigo, me chupé yo misma sus dedos delante de él para dejar claro quién ganaba esa ronda, y me fui a mi escritorio con las bragas empapadas.

***

Valeria llevaba seis meses con nosotros. Es alta, de piel blanca, con esa forma de mover las caderas que hace que uno se distraiga sin quererlo. Inteligente, directa, y bastante más inexperta de lo que su aspecto sugería.

Con el tiempo me ganó la confianza. Una tarde, tomando café, me confesó que tenía muy poca experiencia en lo sexual.

—¿Y qué pasó con Eduardo? —le pregunté. Todas en la oficina supusimos que algo había ocurrido en aquella fiesta suya.

—Nada —dijo—. Estuve en su casa, con su esposa. Me fui temprano.

—Todas pensamos otra cosa.

—Ya sé. Y lo pensé también. Pero no supe qué hacer. No sé cómo funciona nada de eso y me da vergüenza decirlo.

Le dije lo que pensaba: que era hermosa, que tenía cualidades que muchas no tienen, pero que esas cualidades no sirven de nada si una no aprende a usarlas. No lo dije con crueldad, sino como alguien que ya pasó por ahí.

—Quiero aprender —dijo—. Contigo, si puedo. Eres lo que siempre busqué en una amiga mayor que yo.

Estábamos en su departamento. Ella me lo había pedido. Yo venía a invitarla a la fiesta de cumpleaños de la esposa de Eduardo, que Carmen organizaba para ese sábado.

Le dije que era muy bonita. Le dije que lo único que cambiaría era el peinado, que le quedaba demasiado rígido para su cara.

Valeria se giró hacia mí. Nos miramos un segundo de más, y sin que ninguna lo planeara, nos besamos. Fuerte. Sus dientes rozando mi lengua, su mano en mi nuca jalándome el cabello. Permanecimos así sin medir el tiempo.

Cuando se separó, me miró con los ojos brillantes y soltó una carcajada.

—Te amo —dijo—. Estoy completamente loca.

—Yo también —le contesté—. Desde hace tiempo.

***

Le desabroché la blusa. Ella me hizo lo mismo, con torpeza, riéndose bajito. Le jalé el brasier y sus tetas quedaron al aire: blancas, redondas, con los pezones de un rosa casi traslúcido, ya duros. Me las ofreció con las manos, juntándolas hacia mí, y yo las tomé con la boca, despacio, mordiéndole apenas los bordes, chupándole un pezón mientras con los dedos apretaba el otro. Ella soltaba un aire caliente contra mi frente cada vez que la mordía un poco más fuerte.

La empujé sobre el sofá. Sin quitarnos del todo la ropa, levantamos las faldas. Le abrí las piernas y le bajé las bragas hasta las rodillas. El coño lo tenía completamente afeitado, los labios rosados hinchados y brillantes, la piel entre las piernas empapada antes de que yo llegara ahí. Le pasé un dedo por la raja de arriba abajo, apenas rozando, y ella arqueó la espalda.

—Por favor —dijo.

Le metí un dedo. Estaba apretadísima. Le metí otro y los curvé hacia arriba, buscándole el punto por dentro. Se retorcía sin control. Bajé la cabeza y le pasé la lengua plana por el clítoris, primero suave, después más fuerte, chupándoselo entre los labios. Después la lengua adentro, tan hondo como pude, follándola con la boca mientras con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos. Después los dos juntos: dos dedos entrando y saliendo mientras yo le chupaba el capullo sin darle tregua. Cada vez que yo cambiaba el ritmo, ella perdía el hilo de lo que intentaba hacerme a mí. Sus manos me buscaban las tetas, el pelo, la nuca, y volvían a caer sobre el sofá porque no le daba el aire para nada más.

—Más —repetía—. Así, no pares. Cómemelo, no pares, por favor.

Le mojé bien el dedo medio con la saliva mezclada con lo que le salía del coño, y se lo llevé al ano. Le apreté la punta contra el aro y empujé despacio. Se quedó quieta un momento, aguantando la respiración. Luego buscó el ángulo, abriéndose ella sola, empujando la cadera hacia atrás para que el dedo entrara del todo. Se lo metí entero. Con la otra mano volví a los dos dedos en el coño y con la boca al clítoris. La tenía por los tres lados a la vez. Se corrió con las dos manos aferradas a mi cabeza, apretando los muslos contra mis orejas, el culo temblando alrededor de mi dedo. No gritó. Se quedó sin voz, sacudiéndose en oleadas, mientras yo seguía chupándole el clítoris hasta que me apartó porque no aguantaba más.

Después, todavía sin aliento, me preguntó si había sabido hacerlo bien.

—Eres una experta —le dije, con la boca todavía brillante de ella.

—Es la primera vez que lo hago —respondió—. Y es lo más rico que he sentido en mi vida.

Le di indicaciones rápidas para la fiesta: que llevara condones por si acaso, que si alguien le gustaba se dejara llevar, que si algo no le gustaba lo dijera sin drama.

***

A la fiesta Valeria llegó transformada. Carmen le había recomendado una peluquería y el resultado era otro: el pelo suelto le caía sobre los hombros, el vestido negro hacía lo que ese tipo de vestidos sabe hacer. Fue el centro de la reunión sin proponérselo.

Rodrigo la saludó formal, admirado. Me acerqué a los dos.

—Esta noche, fuera de la oficina, somos todos de tú —les dije—. ¿Entendido?

Lo pasamos bien. Al despedirnos, Rodrigo propuso continuar en un bar. Iríamos él, Valeria, Carmen con su acompañante, y yo con Marcos, que también había estado en la lista de invitados.

El bar tenía música suave y poca gente. Lo que me importaba era ver cómo Valeria se iba soltando. Con Rodrigo aprendería bien: él sabe leer a una persona, sabe cuándo avanzar y cuándo detenerse.

Vi que los dos encajaban sin esfuerzo. Carmen y su acompañante se fueron pronto. Ella me guiñó un ojo al salir.

Marcos y yo los observábamos desde la barra. Rodrigo tenía la mano en la cintura de Valeria y ella no hacía nada por alejarse. En un momento dado, vi que él bajaba la mano sobre su muslo. Ella dejó que la falda subiera un poco y no dijo nada.

Valeria propuso que fuéramos los cuatro a su departamento. Todos aceptamos sin pensarlo dos veces.

***

Subimos las escaleras. Valeria tardó en abrir porque buscaba las llaves en el fondo del bolso. Del bolso cayeron tres condones al suelo del pasillo.

—Son por precaución —dijo, muerta de risa—. Y la cerradura es de combinación. Se me olvidó.

Rodrigo propuso una gratificación por la espera. Valeria preguntó qué tenían en mente.

—Desvístete aquí mismo —le dije. Todos estuvieron de acuerdo.

Empezó por la falda. Rodrigo se agachó frente a ella y fue a comprobar lo que yo había intuido: le pasó la mano por el coño por encima de las bragas y sonrió.

—Empapada —dijo—. Como si supiera lo que le espera.

Le bajó las bragas hasta los tobillos, se las llevó a la boca, chupó la tela mojada delante de ella y se las guardó en el bolsillo del saco. Yo le quité las medias despacio, besándole el interior de los muslos al pasar. Marcos le quitó la blusa y el brasier de un tirón. Sus tetas blancas bajo la luz del pasillo eran una invitación difícil de ignorar. Marcos se le pegó por detrás y le apretó las tetas con las dos manos, restregándole la polla dura contra el culo por encima del pantalón. Valeria se dejó ir contra él, con los ojos cerrados, mientras Rodrigo por fin conseguía abrir la puerta.

Entramos al salón. Rodrigo y Valeria se instalaron en el sofá grande. Marcos y yo nos acomodamos cerca, en el suelo, sobre la alfombra.

Rodrigo la sentó a horcajadas sobre él y la hizo bajar hasta su boca. Le comió el coño con una calma de años, chupándole el clítoris con los labios cerrados, metiéndole la lengua, mientras ella se sostenía del respaldo del sofá y le montaba la cara sin vergüenza. Cuando Valeria empezó a temblar, la bajó al suelo entre sus rodillas y se sacó la polla. La tenía larga, gruesa, con la punta ya brillante. Valeria la miró un segundo como si midiera, y después se la metió en la boca hasta donde pudo. Se atragantó, escupió, volvió a intentar. Rodrigo le sujetó el pelo con las dos manos y la fue guiando, marcándole el ritmo, dejando que ella aprendiera.

—Así —le dijo—. Con la lengua debajo. Chúpame los huevos también. Eso.

La ayudó a subírsele a horcajadas y ella intentó bajar de golpe. Rodrigo intentó entrar, pero Valeria lo detenía cada vez que lo sentía rozar.

—Ya sé que va a doler —me dijo mirándome.

—Acuéstate tú debajo —le indiqué a Rodrigo—. Deja que ella se vaya acomodando encima, poco a poco.

Lo hicieron. Valeria se montó y fue bajando centímetro a centímetro, apoyando las manos en su pecho para controlar el ritmo. Se mordía el labio, se detenía, respiraba, volvía a bajar. La polla de Rodrigo iba desapareciendo de a poco dentro de ella, brillante de saliva y de flujo. Cuando vi que la cabeza había entrado del todo, sin avisarle, le di una nalgada seca en la nalga derecha.

—¡Ay! —gritó.

Y entró todo de golpe. Se quedó sentada encima, con los ojos muy abiertos, la boca floja, sintiendo cómo la polla de Rodrigo le llegaba hasta el fondo. Rodrigo le apretó las tetas, le pellizcó los pezones. Ella soltó un gemido largo, gutural, que no parecía suyo.

Los cuatro nos reímos. La empujé levemente de las caderas para que terminara de acomodarse, y ya estaban moviéndose solos, encontrando el ritmo entre ellos. Rodrigo la agarró del culo con las dos manos y la subía y la bajaba mientras él empujaba desde abajo. Se oía el chapoteo, el golpe de la cadera contra la cadera, el gemido entrecortado de ella cada vez que bajaba.

Marcos me jaló hacia él antes de que yo terminara de mirarlos.

—Ven antes de que también a ti te dé una nalgada —dijo.

Le abrí los pantalones y le saqué la polla, que ya la tenía dura como piedra. Se la mamé un rato, mirándolo desde abajo, dejando que me la metiera hasta la garganta. Después me subí la falda, me hice a un lado las bragas y me monté. Se me metió toda de una, sin resistencia, porque ver a Valeria montando a Rodrigo me había dejado el coño hecho un desastre. Los cuatro en el mismo salón, a un metro de distancia, sin fingir que no nos veíamos, sin necesitar hacerlo.

Valeria era ruidosa sin quererlo. Apretaba a Rodrigo con una desesperación que él manejaba bien, dejándola llevar el ritmo, cogiéndola desde abajo con embestidas cortas y precisas. Se le veían los muslos temblar, el culo rebotar cada vez que él empujaba. Cuando se corrió, lo anunció sin pudor.

—¡Me vine! —gritó—. ¡Me vine rico! ¡Ay, mierda, no pares, sigue!

Rodrigo no paró. La agarró más fuerte de la cintura y la siguió cogiendo mientras ella se corría, hasta que él también se vino dentro con un gruñido corto, apretándola contra él para vaciarse hasta el fondo. Yo me corrí también, aferrada al cuello de Marcos, sintiendo cómo él se derramaba adentro de mí un segundo después.

En calma, unos minutos después, Valeria me preguntó en voz baja si habían usado condón.

—¿Cuál condón? —dijo con los ojos muy abiertos.

No lo recordaban. Ella todavía estaba sentada encima de Rodrigo, y cuando por fin se levantó, el semen le corrió por dentro del muslo, blanco, espeso. No supimos con certeza qué era de quién. Le pasé la mano entre las piernas para comprobarlo, la saqué llena, y se la llevé a la boca a ella para que se probara. Se chupó mis dedos entera, sin dudar. Después le pasé la lengua yo misma, limpiándola despacio de los muslos al coño, tragando lo que encontraba, y luego ya no era una investigación sino otra cosa. Rodrigo y Marcos observaban de pie, quietos, con las pollas otra vez medio duras en la mano. Los jalé a los dos. Marcos se la metió en la boca a ella mientras Rodrigo me la metía a mí por detrás, en cuatro sobre la alfombra. Cambiamos. Rodrigo pasó a la boca de Valeria y Marcos a mi coño. Después Valeria a mi cara, sentada encima, y los dos hombres nos cogían a las dos por turnos. Los tres terminamos sobre ella durante un rato largo que nadie se encargó de medir, corriéndonos encima de sus tetas, en su boca, en su cara, en la lengua que ella sacaba para recibir todo lo que le tiráramos.

***

Después la pusimos en cuatro. Marcos entró primero por el coño, se la cogió con estocadas largas hasta que la vio a punto, y ahí cedió el turno. Rodrigo tomó su lugar desde atrás, lento, sujetándola de las caderas con las dos manos. Después de un rato, en un momento, desvió ligeramente la dirección. Le apoyó la punta contra el culo. Valeria levantó las caderas sin protestar, arqueando la espalda para ofrecérselo.

—¿Quieres que pare? —preguntó Rodrigo.

—No —dijo ella, con la mejilla apoyada en el cojín—. Sigue.

Le escupió encima, se escupió también en la mano y se la untó en la polla. Empujó despacio contra el aro. Valeria soltó un quejido largo cuando la cabeza entró. Rodrigo se quedó quieto, dejando que ella se acostumbrara, y después empujó otro poco. Marcos se puso frente a ella y le metió la polla en la boca para que tuviera algo que morder. Yo me acomodé al costado, con la mano entre las piernas de Valeria, frotándole el clítoris para ayudarla. Rodrigo entró hasta el fondo. Empezó a moverse muy despacio, con mucha atención de su parte, saliendo casi entero y volviendo a entrar centímetro a centímetro. Valeria mamaba a Marcos con los ojos cerrados, gimiendo con la polla en la boca. Yo no le solté el clítoris. Se corrió así, ensartada por los dos lados, temblando de arriba a abajo, con el culo apretándole la polla a Rodrigo tan fuerte que él tuvo que detenerse para no venirse todavía.

Valeria nunca pidió que parara. Al final fue ella quien se dio la vuelta, sacó la polla de Rodrigo de su culo, lo tumbó sobre el sofá y se montó encima de nuevo, esta vez del coño, a su propio ritmo. Se apoyó las manos en el pecho de él y cabalgó, subiendo y bajando entera, moliéndole la cadera al final de cada bajada. Le agarró la mano y se la llevó al clítoris para que se lo frotara. Cabalgó hasta que los dos se corrieron juntos, sin condón, sin que nadie lo hubiera planeado de ese modo, ella gritando "adentro, adentro" mientras él la agarraba de las caderas y la empujaba hacia abajo para vaciarse todo dentro otra vez.

***

Rodrigo se levantó, buscó su ropa. Me acerqué.

—¿Desea algo el jefe? —le pregunté.

—Sí —dijo, en serio—. Te deseo a ti.

Me recosté sobre el brazo del sofá. Él fue despacio: primero la boca en las tetas, chupándome un pezón y después el otro, mordiéndolos con cuidado hasta que se me pusieron duros y sensibles. Después la lengua bajando por el vientre, dejando un rastro de saliva hasta el ombligo, hasta el pubis. Me abrió las piernas con las manos y me pasó la lengua entera por el coño, de abajo hacia arriba, terminando con un beso largo en el clítoris. Me lo chupó despacio, tomándose su tiempo, metiéndome dos dedos mientras tanto y curvándolos hacia arriba. Me hizo correrme así, con la boca, antes de subir.

Después me metió la polla, que no estaba del todo firme pero que de esa manera blanda tiene algo particular, una calidez que llenaba sin hacer ruido, que hace que una no tenga apuro. Nos movimos sin prisa, mirándonos. Él empujaba lento, hasta el fondo, y se quedaba ahí, dejando que yo apretara alrededor. Me besaba entre embestida y embestida, con la boca todavía con sabor a mí. Valeria, todavía desnuda, se sentó a nuestro lado y nos miraba. De vez en cuando nos tocaba a los dos, sin decir nada, como para asegurarse de que todo era real. Me pasó los dedos por los pezones, después le tomó los huevos a Rodrigo con la mano y se los acarició mientras él seguía dentro de mí. Cuando Rodrigo se vino, lo hizo despacio también, empujando hasta el fondo y quedándose ahí, respirándome en el cuello.

Cuando terminamos nos quedamos los tres en el sofá, cubiertos con el edredón que Valeria había traído de la habitación. Marcos se había ido en algún momento de la última hora sin que nadie recordara exactamente cuándo.

—¿Sabías que iba a pasar algo así? —me preguntó Rodrigo.

—Sospechaba —dije.

—Yo nunca lo imaginé —dijo Valeria—. Nunca había hecho nada de lo que hice hoy. Nada de nada.

—¿Y? —le pregunté.

—Y quiero repetir —dijo, sin vacilar—. La próxima vez que puedan, me avisan.

***

Rodrigo preparó café. Valeria caminaba desnuda por el salón sin notarlo, o notándolo y disfrutándolo. Rodrigo la seguía con la vista desde la cocina.

—¿De verdad te atrae? —me preguntó en voz baja, refiriéndose a ella.

—Como mujer, sí. Una también lo nota.

—¿Suficiente para acostarte con ella?

—Ya lo hice —le recordé—. Esta tarde, antes de que llegaras.

Se quedó callado un momento.

—¿Y a ella también le gustó?

—También.

Valeria regresó con las tazas. Se sentó entre los dos, rozándonos con los hombros, sin cubrirse todavía. Rodrigo le puso la mano en la rodilla.

—La próxima vez en mi casa —dijo—. Tengo más espacio.

—Aquí también caben —dijo Valeria—. Les pongo una colchoneta extra.

—O en la mía —ofrecí—. Ya la conocen los dos.

Nadie se apresuró a vestirse. La conversación siguió así, calmada, desnuda, con las tazas de café caliente en la mano y el edredón en el suelo.

Cuando por fin nos levantamos, Rodrigo me buscó para despedirse con un beso largo, de esos que uno no espera.

—Eres más de lo que crees para mí —me dijo—. Que conste.

Valeria lo escuchó desde el otro lado del salón y sonrió.

—Cómplices —dijo—. Los tres.

Cerramos la puerta detrás de nosotros. Afuera todavía hacía frío.

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Comentarios(9)

RiojaLibre

Excelente!!!

martin1010

buenisimo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, sigan publicando

Pepe_GDL

jaja Valeria aprendio rapido no?? tremendo relato

Nocturna_33

Que final tan inesperado!!! Me quede con ganas de mas, por favor una segunda parte

ChelseaLectora

Que suerte la de Valeria jajaja. Ojala me pasara algo asi. Muy entretenido

LauraM85

Me hize la pelicula mentalmente mientras lo leia. Tremendo. Mas por favor!

ElPlayero22

Ese vestido del principio... sabia que iba a ser una buena noche jaja. Gran relato, espero que publiques mas

DiegoBA

Me encanto como lo contaste. Sin ser burdo y con mucha tension desde el principio. Sigue publicando asi!

Tomas_MX

Lo lei dos veces. El ritmo es muy bueno, no se hace larga ni aburrida en ningun momento. Muy recomendado

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