Valeria nunca había hecho nada hasta esa noche
En la oficina trabajábamos en silencio, cada uno con su pantalla y sus pendientes. Llevaba meses evitando mencionar a Rodrigo cierta visita que me habían hecho en mi departamento, Beatriz y aquella tarde, pero fue él quien lo sacó a colación sin previo aviso.
Es difícil visitarlo sin que él te llame primero. Cuando lo hace, una tiene que llegar impecable. Patricia, su secretaria, se toma la libertad de desabotonar los dos botones superiores de la blusa antes de que una entre. Es una costumbre suya. Una se deja. También le acomoda a una el cabello. Todo comunicado sin palabras.
Entré. La puerta de la oficina permanece abierta en todo momento. Dejé los documentos sobre su escritorio.
—Aquí, de este lado —me indicó.
Me acerqué al costado donde señalaba. Y en cuanto estuve a su alcance, sentí su mano en el muslo. No la retiró. Subió despacio, por debajo de la falda, hasta encontrar la tela de mis bragas. Doblé ligeramente las rodillas, las cerré. Rodrigo lo notó y siguió.
—¿Se siente bien? —preguntó sin alzar la vista de los papeles.
—Sigue —le dije—. Pero cuidado con tu espía.
—Patricia ya sabe —murmuró—. Y tiene razón en que el brasier se te ve raro con esa blusa. Deberías quitártelo.
Le dije que metiera la mano por mi espalda. Yo jalé por delante. Fue rápido, discreto. Cuando Patricia asomó la cabeza con las copias, Rodrigo revisaba cifras y yo acomodaba el folder con una normalidad que ninguno de los dos había ensayado pero que ya conocíamos de memoria.
***
Valeria llevaba seis meses con nosotros. Es alta, de piel blanca, con esa forma de mover las caderas que hace que uno se distraiga sin quererlo. Inteligente, directa, y bastante más inexperta de lo que su aspecto sugería.
Con el tiempo me ganó la confianza. Una tarde, tomando café, me confesó que tenía muy poca experiencia en lo sexual.
—¿Y qué pasó con Eduardo? —le pregunté. Todas en la oficina supusimos que algo había ocurrido en aquella fiesta suya.
—Nada —dijo—. Estuve en su casa, con su esposa. Me fui temprano.
—Todas pensamos otra cosa.
—Ya sé. Y lo pensé también. Pero no supe qué hacer. No sé cómo funciona nada de eso y me da vergüenza decirlo.
Le dije lo que pensaba: que era hermosa, que tenía cualidades que muchas no tienen, pero que esas cualidades no sirven de nada si una no aprende a usarlas. No lo dije con crueldad, sino como alguien que ya pasó por ahí.
—Quiero aprender —dijo—. Contigo, si puedo. Eres lo que siempre busqué en una amiga mayor que yo.
Estábamos en su departamento. Ella me lo había pedido. Yo venía a invitarla a la fiesta de cumpleaños de la esposa de Eduardo, que Carmen organizaba para ese sábado.
Le dije que era muy bonita. Le dije que lo único que cambiaría era el peinado, que le quedaba demasiado rígido para su cara.
Valeria se giró hacia mí. Nos miramos un segundo de más, y sin que ninguna lo planeara, nos besamos. Fuerte. Sus dientes rozando mi lengua, su mano en mi nuca jalándome el cabello. Permanecimos así sin medir el tiempo.
Cuando se separó, me miró con los ojos brillantes y soltó una carcajada.
—Te amo —dijo—. Estoy completamente loca.
—Yo también —le contesté—. Desde hace tiempo.
***
Le desabroché la blusa. Ella me hizo lo mismo. Le jalé el brasier y sus pechos quedaron al aire: blancos, con los pezones de un rosa casi traslúcido. Me los ofreció con las manos, juntándolos hacia mí, y yo los tomé con la boca, despacio, mordiéndole apenas los bordes.
Sin quitarnos del todo la ropa, levantamos las faldas. La piel entre sus piernas estaba húmeda antes de que yo llegara ahí. Le metí un dedo. Después la lengua. Después los dos juntos. Cada vez que yo cambiaba el ritmo, ella perdía el hilo de lo que intentaba hacerme a mí.
—Más —repetía—. Así, no pares.
Le metí el dedo en el ano con delicadeza. Se quedó quieta un momento. Luego buscó el ángulo, abriéndose ella sola. Se corrió con las dos manos aferradas a mi cabeza, sin gritar, como si fuera demasiado para encontrar las palabras.
Después, todavía sin aliento, me preguntó si había sabido hacerlo bien.
—Eres una experta —le dije.
—Es la primera vez que lo hago —respondió—. Y es lo más rico que he sentido en mi vida.
Le di indicaciones rápidas para la fiesta: que llevara condones por si acaso, que si alguien le gustaba se dejara llevar, que si algo no le gustaba lo dijera sin drama.
***
A la fiesta Valeria llegó transformada. Carmen le había recomendado una peluquería y el resultado era otro: el pelo suelto le caía sobre los hombros, el vestido negro hacía lo que ese tipo de vestidos sabe hacer. Fue el centro de la reunión sin proponérselo.
Rodrigo la saludó formal, admirado. Me acerqué a los dos.
—Esta noche, fuera de la oficina, somos todos de tú —les dije—. ¿Entendido?
Lo pasamos bien. Al despedirnos, Rodrigo propuso continuar en un bar. Iríamos él, Valeria, Carmen con su acompañante, y yo con Marcos, que también había estado en la lista de invitados.
El bar tenía música suave y poca gente. Lo que me importaba era ver cómo Valeria se iba soltando. Con Rodrigo aprendería bien: él sabe leer a una persona, sabe cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Vi que los dos encajaban sin esfuerzo. Carmen y su acompañante se fueron pronto. Ella me guiñó un ojo al salir.
Marcos y yo los observábamos desde la barra. Rodrigo tenía la mano en la cintura de Valeria y ella no hacía nada por alejarse. En un momento dado, vi que él bajaba la mano sobre su muslo. Ella dejó que la falda subiera un poco y no dijo nada.
Valeria propuso que fuéramos los cuatro a su departamento. Todos aceptamos sin pensarlo dos veces.
***
Subimos las escaleras. Valeria tardó en abrir porque buscaba las llaves en el fondo del bolso. Del bolso cayeron tres condones al suelo del pasillo.
—Son por precaución —dijo, muerta de risa—. Y la cerradura es de combinación. Se me olvidó.
Rodrigo propuso una gratificación por la espera. Valeria preguntó qué tenían en mente.
—Desvístete aquí mismo —le dije. Todos estuvieron de acuerdo.
Empezó por la falda. Rodrigo fue a comprobar lo que yo había intuido: que ya estaba completamente mojada. Le bajó las bragas y se las llevó a la boca. Yo le quité las medias. Marcos le quitó la blusa y el brasier. Sus pechos blancos bajo la luz del pasillo eran una invitación difícil de ignorar.
Entramos al salón. Rodrigo y Valeria se instalaron en el sofá grande. Marcos y yo nos acomodamos cerca, en el suelo.
Rodrigo intentó entrar, pero Valeria lo detenía cada vez que lo sentía rozar.
—Ya sé que va a doler —me dijo mirándome.
—Acuéstate tú debajo —le indiqué a Rodrigo—. Deja que ella se vaya acomodando encima, poco a poco.
Lo hicieron. Valeria se montó y fue bajando centímetro a centímetro, apoyando las manos en su pecho para controlar el ritmo. Cuando vi que la cabeza había entrado del todo, sin avisarle, le di una nalgada seca en la nalga derecha.
—¡Ay! —gritó.
Y entró todo de golpe.
Los cuatro nos reímos. La empujé levemente de las caderas para que terminara de acomodarse, y ya estaban moviéndose solos, encontrando el ritmo entre ellos.
Marcos me jaló hacia él antes de que yo terminara de mirarlos.
—Ven antes de que también a ti te dé una nalgada —dijo.
Me monté. Los cuatro en el mismo salón, a un metro de distancia, sin fingir que no nos veíamos, sin necesitar hacerlo.
Valeria era ruidosa sin quererlo. Apretaba a Rodrigo con una desesperación que él manejaba bien, dejándola llevar el ritmo. Cuando se corrió, lo anunció sin pudor.
—¡Me vine! —gritó—. ¡Me vine rico!
En calma, unos minutos después, me preguntó en voz baja si habían usado condón.
—¿Cuál condón? —dijo con los ojos muy abiertos.
No lo recordaban. No supimos con certeza qué era de quién. Le pasé la mano entre las piernas para comprobarlo, luego la lengua, y luego ya no era una investigación sino otra cosa. Rodrigo y Marcos observaban de pie, quietos. Los jalé a los dos. Los tres terminamos sobre ella durante un rato largo que nadie se encargó de medir.
***
Después la pusimos en cuatro. Marcos entró primero, luego cedió el turno. Rodrigo tomó su lugar desde atrás, lento, y en un momento desvió ligeramente la dirección. Valeria levantó las caderas sin protestar.
—¿Quieres que pare? —preguntó Rodrigo.
—No —dijo ella, con la mejilla apoyada en el cojín—. Sigue.
Lo que siguió fue despacio, con mucha atención de su parte. Valeria nunca pidió que parara. Al final fue ella quien se dio la vuelta, lo tumbó sobre el sofá y se montó encima a su propio ritmo, cabalgando hasta que los dos se corrieron juntos, sin condón, sin que nadie lo hubiera planeado de ese modo.
***
Rodrigo se levantó, buscó su ropa. Me acerqué.
—¿Desea algo el jefe? —le pregunté.
—Sí —dijo, en serio—. Te deseo a ti.
Me recosté sobre el brazo del sofá. Él fue despacio: primero la boca en los pechos, luego la lengua bajando por el vientre, luego su pene, que no estaba del todo firme pero que de esa manera blanda tiene algo particular, una calidez que hace que una no tenga apuro.
Nos movimos sin prisa. Valeria, todavía desnuda, se sentó a nuestro lado y nos miraba. De vez en cuando nos tocaba a los dos, sin decir nada, como para asegurarse de que todo era real.
Cuando terminamos nos quedamos los tres en el sofá, cubiertos con el edredón que Valeria había traído de la habitación. Marcos se había ido en algún momento de la última hora sin que nadie recordara exactamente cuándo.
—¿Sabías que iba a pasar algo así? —me preguntó Rodrigo.
—Sospechaba —dije.
—Yo nunca lo imaginé —dijo Valeria—. Nunca había hecho nada de lo que hice hoy. Nada de nada.
—¿Y? —le pregunté.
—Y quiero repetir —dijo, sin vacilar—. La próxima vez que puedan, me avisan.
***
Rodrigo preparó café. Valeria caminaba desnuda por el salón sin notarlo, o notándolo y disfrutándolo. Rodrigo la seguía con la vista desde la cocina.
—¿De verdad te atrae? —me preguntó en voz baja, refiriéndose a ella.
—Como mujer, sí. Una también lo nota.
—¿Suficiente para acostarte con ella?
—Ya lo hice —le recordé—. Esta tarde, antes de que llegaras.
Se quedó callado un momento.
—¿Y a ella también le gustó?
—También.
Valeria regresó con las tazas. Se sentó entre los dos, rozándonos con los hombros, sin cubrirse todavía. Rodrigo le puso la mano en la rodilla.
—La próxima vez en mi casa —dijo—. Tengo más espacio.
—Aquí también caben —dijo Valeria—. Les pongo una colchoneta extra.
—O en la mía —ofrecí—. Ya la conocen los dos.
Nadie se apresuró a vestirse. La conversación siguió así, calmada, desnuda, con las tazas de café caliente en la mano y el edredón en el suelo.
Cuando por fin nos levantamos, Rodrigo me buscó para despedirse con un beso largo, de esos que uno no espera.
—Eres más de lo que crees para mí —me dijo—. Que conste.
Valeria lo escuchó desde el otro lado del salón y sonrió.
—Cómplices —dijo—. Los tres.
Cerramos la puerta detrás de nosotros. Afuera todavía hacía frío.