Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El camping nudista que nos cambió a los dos

Aquella tarde se nos vino el tiempo encima. Cuando al sol le quedaba poco para esconderse detrás de los pinos, decidimos que ya era hora de buscar un camping donde, por fin, darnos una ducha decente. Habíamos pasado cuatro días clavados al borde de una playa enorme, sin ganas ni motivo para movernos, durmiendo en la furgoneta en la que solemos hacer nuestras vacaciones. Pero el agua salada ya formaba costra en la piel y la nevera necesitaba cargar la batería.

La nuestra es una furgoneta pequeña, con lo justo para dos. Tiene una mesa plegable, dos sillas y un toldo lateral que desplegamos allá donde nos dejan. Durante esos días habíamos disfrutado del lujo de tener una cala entera para nosotros: paseos largos, baños al amanecer y, sobre todo, sexo a cualquier hora, aprovechando que no había un alma en kilómetros.

Recorrimos la comarca de camping en camping, recogiendo decepciones. Todos completos. Ya nos habíamos resignado a dormir a las afueras de cualquier pueblo cuando vimos una tabla de madera con forma de flecha clavada en un árbol. Indicaba que, saliendo de la carretera por un camino estrecho, llegaríamos a un sitio que no aparecía ni en los mapas ni en nuestra guía.

Nos recibió la dueña cerrando la recepción. Al principio nos miró con recelo, pero cuando entendió que solo se retiraría unos minutos más tarde de lo previsto, se ablandó. Iba ligerísima de ropa: un pareo que dejaba adivinar casi todo. Nos señaló una parcela y nos enseñó en un plano dónde estaban los servicios. Se le olvidó contarnos un pequeño detalle sobre el lugar.

En cuanto aparcamos, corrimos a la ducha. Nos extrañó que no hubiera separación entre el lado de hombres y el de mujeres, pero no le dimos importancia y aprovechamos para entrar juntos. Era una sala amplia, con varias alcachofas en hilera frente a una pared con un banco corrido. Nunca había visto algo así, y me gustó, porque podía sentarme a mirar a Nuria mientras se enjabonaba.

A mi lado, ella se frotaba la piel soltando pequeños suspiros de gusto. No hay nada como una buena ducha después de varios días asilvestrados. Yo, que tardo poco, me senté en el banco a contemplarla. Me encanta ver cómo se le mecen los pechos cuando los enjabona, cómo levanta los brazos para lavarse el pelo, cómo todo su cuerpo se mueve en la maniobra. Sentí que el deseo se me notaba demasiado.

—No empieces, Marcos —dijo sin girarse.

—Si no he dicho nada.

—Pero te estoy viendo venir.

Me conoce como si me hubiera fabricado ella misma. ¿Cómo no iba a desearla, empapada, con la piel morena brillando bajo el chorro?

—Marcos, para, que puede entrar alguien.

—No me puedo resistir.

—Por favor —repitió cuando me arrodillé a sus pies.

Apoyó las palmas contra la pared y arqueó un poco la espalda, sin dejar de murmurar mi nombre, pero dejándose hacer. El agua le bajaba por la columna y se encauzaba entre sus nalgas, que yo separaba despacio. El primer beso le arrancó un gemido contenido. Subí la mano por el interior de su muslo hasta encontrarla ya impaciente, y deslicé los dedos mientras ella se llevaba la otra mano al clítoris.

—Qué desvergonzado eres —jadeó.

—Y a ti cómo te gusta que tu desvergonzado pierda la cabeza entre tus piernas.

El suelo acanalado empezaba a lastimarme las rodillas, así que me senté en el banco de enfrente y le pedí al oído lo que quería. No supo decirme que no. Levantó una pierna, apoyó el pie junto a mí y se entregó. Tardó poquísimo en correrse contra mi boca, temblando, con una mano agarrada a mi pelo.

Aún temblaba cuando se oyó la puerta de los servicios. Tuve el tiempo justo de cruzar las piernas para esconder la erección. Nuria se metió bajo el agua, disimulando. Entró un hombre de unos cincuenta años, de barriga generosa, que nos saludó con amabilidad sin disimular la admiración que le provocaban los pechos de mi mujer. Se duchó en la alcachofa más alejada, se despidió con una sonrisa y se marchó echando un último vistazo.

—Qué poca vergüenza la tuya —me recriminó ella cuando nos quedamos solos, aunque en sus ojos se leía justo lo contrario.

Esa turbación en su cara me devolvió la erección de golpe. La puse contra la pared, le separé las piernas con el pie y, agarrándole los pechos desde atrás, empecé a frotarme entre sus nalgas, anunciando dónde quería entrar.

—Marcos, no —decía, sin una pizca de convicción.

La invité a inclinarse de nuevo. No se resistió. Fui entrando despacio, centímetro a centímetro, respirando junto a su oreja. Un nuevo temblor de sus piernas, a los pocos minutos, me arrastró al orgasmo en sincronía con ella, que ya no podía callar sus gemidos, en aquellas duchas públicas en las que cualquiera podía aparecer.

***

De camino a la parcela oímos a los vecinos que antes no estaban. Y entonces empezamos a entender el detalle que la dueña había olvidado mencionar.

La chica de la parcela de enfrente, que no llegaría a los veinticinco, paseaba por su porche con una toalla enroscada en la cabeza como única prenda. No pude evitar mirarla; era espectacular. Al volverme hacia Nuria, noté esa cara de enfado que, si preguntas qué pasa, te responde un «no sé, tú sabrás». Así que no pregunté eso.

—¿Pero tú has visto eso? —dije, fingiéndome escandalizado.

—Menuda fresca la mocosa —replicó.

Teniendo en cuenta que veníamos de follar en las duchas que esa misma chica usaría más tarde, había que tener valor para llamar fresca a nadie. Pero me callé, porque yo también estaba alucinando. Más alucinado quedé cuando su novio salió de la autocaravana sin ni siquiera la toalla en la cabeza, y la naturaleza, había que reconocerlo, también había sido generosa con él.

—Menudo fresco el mocoso —solté, burlón.

No tardamos en comprobar que el resto de ocupantes parecían sufrir todos la misma alergia a la ropa. Éramos los únicos que mancillábamos nuestros cuerpos con camisetas y pantalones, a pesar del calor húmedo y pegajoso. Aun así, seguimos dando el lamentable espectáculo de ir vestidos.

Nos sentamos a cenar bastante intimidados. Enfrente, la pareja joven cenaba también, y por lo que se intuía bajo la mesa, la conversación no era el plato principal.

—Madre de Dios —murmuró Nuria cuando lo que el chico tenía entre las piernas empezó a desafiar a la gravedad.

Ella giraba la cabeza para no mirar, pero cada dos por tres volvía a fijarse y soltaba un bufido. La chica terminó de cenar, agarró a su novio por la erección y se lo llevó dentro. Hay que empujar muy fuerte para mover así una autocaravana de ese tamaño. Al rato salieron los dos con las toallas al hombro y se fueron hacia la piscina.

Poco después, el resto de las parcelas comenzó a desfilar frente a nosotros: toallas al hombro, un neceser, unas chancletas y nada más. Todos nos saludaban sonrientes, sin dar la menor importancia a nuestra ropa.

—¿Vamos a la piscina? —preguntó Nuria.

Me quedé mudo. Ir allí significaba desnudarse del todo y mostrarse delante de un montón de desconocidos, bajo los focos.

—Ni hablar —dije muy serio.

Ella se quitó la camiseta, luego el pantalón corto y, por último, las bragas.

—Nuria, por favor.

—¿Qué? Si ya no queda nadie por aquí. Estoy muy cachonda, Marcos.

—No te reconozco.

—No es la primera vez que estamos en una playa nudista. Quítate la ropa y hazme el amor, anda.

Se levantó desnuda, rodeó la mesa y se colocó a mi espalda. Con la voz más melosa que tiene, me fue contando al oído lo que pensaba hacer allí mismo, sobre el césped. Para cuando me llevó la mano a la entrepierna, yo ya estaba duro como una piedra.

—¿Ves? Si a ti también te apetece.

Me arrodillé para hacérselo, pero ella tenía otros planes. Quería arrodillarse primero, recrearse, y luego ofrecerme su cuerpo a cuatro patas sobre la hierba. Obedecí; con ella soy una marioneta. De pie, con Nuria entre mis piernas, miraba nervioso en todas direcciones, temiendo que apareciera alguien. Cuando se dio la vuelta y se abrió para mí, mirándome de reojo, me lancé sobre ella. Tardé poquísimo. Mordiéndose la mano para no gritar, acompañó los temblores con un orgasmo que sentí estallar a la vez que el mío.

—Vamos a la piscina —insistió, tumbada en la hierba.

—¿Cómo voy a ir a ningún lado con esto? —dije señalando que seguía empalmado.

—Ven, que yo te bajo la calentura.

Cuando Nuria decide terminar conmigo con la boca, sé que me queda poco. Me dejó seco en un pis-pás. Y, así, terminamos yendo a la piscina con una toalla al hombro y unas chancletas por todo equipaje.

***

Al llegar descubrimos que había una pequeña fiesta montada: una mesa con bebidas, un altavoz escupiendo ritmos caribeños y un puñado de cuerpos desnudos bailando y charlando alrededor del agua. La primera en recibirnos fue la dueña, la que no nos había advertido de dónde nos metíamos.

Le dedicó una sonrisa enorme a mi mujer. A mí no es que me ignorara: era que la belleza de Nuria la eclipsaba todo. Ella sí iba vestida, quizá para marcar que estaba de trabajo, pero con tan poca tela —un vestido de gasa blanca sujeto por dos tirantes finos— que era como si no llevara nada. Se presentó como Bea. Nos sirvió una copa y nos animó a conocer a la gente.

Todos nos saludaron con una amabilidad rara: unos con acento francés, otros alemán, italiano, portugués. Los pechos de Nuria despertaban pasiones a su paso y yo me debatía entre los celos y el orgullo. No nos separamos ni un metro mientras hacíamos la ronda, y creo que todos notaban nuestro nerviosismo, porque venían a darnos conversación como si no estuvieran completamente desnudos bajo los focos.

Cuando volvimos a la mesa de las bebidas, Bea clavó los ojos en Nuria como un felino sobre su presa. La estaba seduciendo delante de mí. Yo lo miraba con estupor; ella, sin molestarse en disimular. Una sensación de impotencia me invadió al ver los pezones de mi mujer endurecerse con sus atenciones. Bea debió de notar mi incomodidad, porque acto seguido me dedicó a mí la misma mirada seductora, incluyéndome en el lote, aunque los tres sabíamos a quién quería de verdad.

Nuria, cuando se pone nerviosa y tiene una copa en la mano, no para de dar sorbitos. En poco rato estaba achispada, y con la calentura que ya traía, su excitación era visible para cualquiera. Aficionada a la salsa, no tardó en dejarse llevar por la música y el alcohol. Bailó con unos y con otros, balanceando los pechos con una alegría que me incomodaba.

El hombre orondo de la ducha y su mujer, igual de generosa de carnes, se acercaron a darme conversación al verme parado. Tardaron poco en alabar lo atractiva que era Nuria y en deslizar, con discreción, que tenían una autocaravana amplia y cómoda donde tomar la última copa. Mientras tanto, vi a Bea acercarse bailando a mi esposa.

Nuria estaba desatada. Se dejó llevar, bailó pegada a ella, flirteó sin pudor. Le gustaba saberse deseada por una mujer. Los dos cuerpos se rozaron, se restregaron, y llegó el momento en que tuve que ver a mi mujer besándose con otra. Casi parecía haber olvidado que venía acompañada y que jamás habíamos acordado en serio compartirnos con nadie.

Yo era el único escandalizado. A nuestro alrededor, las parejas empezaban a entremezclarse con naturalidad. Mis orondos vecinos seguían empeñados en conquistar a mi mujer seduciéndome a mí. Bea me hizo un gesto para que me acercara y, harto ya de la insistencia, fui hasta ellas con más miedo que ganas. Lo primero que hizo Bea al verme llegar fue plantarme un beso en los labios. Nuria, dando un sorbo a su copa, fingió no haberlo visto.

Bailé con las dos un rato, ellas colgadas de mis hombros, besándome en las mejillas. Cuando por fin pusieron una canción lenta, pude abrazar a mi mujer a solas.

—¿No crees que ya ha sido suficiente, mi amor? —le susurré.

—Marcos, no sé qué me pasa. No he estado más mojada en mi vida —confesó contra mi hombro—. No quiero nada con ella, te lo juro, pero me ha puesto como una moto. Sácame de aquí o no sé lo que hago.

—¿Nos metemos en la piscina y dejamos que se nos pase?

—Fóllame en la piscina —me pidió, acalorada.

—¿Delante de toda esta gente?

—Pues sácame de aquí y fóllame en cualquier esquina, como a una perra en celo.

—Calla, loca. Vamos al agua.

Bajamos las escaleras de la mano. Cuando el agua nos llegó al pecho, Nuria me abrazó con brazos y piernas y empezó a restregarse contra mí, buscando una erección que tardaba en llegar. A ella le daba igual; solo quería sentir algo entre las piernas.

Pareció que habíamos dado el pistoletazo de salida. En poco rato la mayoría de los asistentes se sumó al baño con la misma urgencia, subiéndose unos encima de otros, acariciándose sin remilgos. Enfrente, Bea se quitó el vestido y se sentó en el bordillo con las piernas dentro del agua, mirándome fijamente. La mujer oronda se acercó a ella, le separó las piernas y hundió la cabeza, mientras su marido se colocaba detrás y entraba en ella. Todo alrededor era un enredo de cuerpos.

Tras un rato, Bea se lanzó al agua y vino buceando hasta nosotros. Apareció de golpe pegada a la espalda de Nuria y le besó el cuello. Mi mujer se estremeció. Bea alargó la mano, me acarició la cara, y entonces Nuria giró la cabeza y la besó. Las tenía a las dos besándose a un palmo de mi cara, con las piernas de mi mujer abrazadas a mi cuerpo. Mi cabeza decía que no, pero el resto de mí ya había cedido: estaba duro otra vez y ella me cabalgaba con los jadeos más profundos que le había oído nunca.

Bea deslizó la mano bajo el agua hasta donde se unían nuestros cuerpos. La sentí recoger mis testículos, soltarlos, seguir acariciando a Nuria. Por la forma de suspirar de mi esposa supe que aquella mano había empezado a jugar con su ano. Al rato, Nuria se bajó de mí, se dio la vuelta y se guio mi erección al culo, sin necesidad de pedirle a Bea que volviera a acariciarla.

Cuando a Nuria le llegó el orgasmo a manos de aquella mujer, Bea se apretó contra ella y la besó con pasión, moviendo los dedos a toda velocidad. Yo lo notaba a través de la fina membrana que me separaba de su caricia. Mi mujer terminó temblando, apoyada en Bea, que la sujetaba con cariño mientras me sonreía orgullosa. Tuve la sensación de que había disfrutado más ella que ninguno de los dos.

***

Después del orgasmo, a Nuria le entró un bajón y una vergüenza tremenda. Me abrazó pidiendo perdón. Bea se alejó guiñándome un ojo y nos dejó solos.

—Lo siento, mi amor, se me ha ido de las manos.

—No te disculpes. Nunca te había visto disfrutar tanto. Me ha encantado verte así.

—¿No te ha molestado? He perdido la noción de todo, te lo juro.

A nuestro alrededor, dentro y fuera del agua, había parejas, tríos y cuartetos entregados sin freno. Era demasiado para mí. No quería mezclarme con ellos ni seguir a mi mujer delante de todos, pero tenía claro que necesitaba correrme de un modo u otro. Le pregunté a Nuria si me dejaría estar con Bea, en otro sitio.

—No quiero ni loca que tu polla roce a otra mujer —respondió con la mirada baja.

—Eso no es justo.

—¿Acaso te gusta ella?

—No tanto como a ti, eso seguro. Déjalo, no hace falta que pase nada. Contigo me sobra. Pero reconoce que no es justo.

Cambié de idea sobre lo de exhibirme. Me subí al bordillo, me senté y le ordené a mi egoísta esposa que me llevara al orgasmo delante de toda aquella panda. Nuria miró alrededor y, al darse cuenta de que estábamos en mitad de una orgía, se asustó de verdad.

—Vámonos de aquí, por favor —suplicó.

Se la veía tan incómoda que no tuve corazón para insistir. Salimos, rodeamos la piscina y nos marchamos acompañados por la mirada apenada de Bea. Pasear por primera vez en mi vida con el pene erecto en público me dio una extraña sensación de libertad. Me excitó, no lo voy a negar.

De vuelta a la parcela fui perdiendo la erección y Nuria empezó a notar el alcohol. Le pasa siempre: después de darlo todo bailando, cuando se detiene, se queda sin fuerzas. Llegó a la furgoneta y se derrumbó en la cama.

—Lo siento, no puedo más. Sé que te he dejado a medias. Haz con mi cuerpo lo que quieras, pero no me pidas que participe.

No era la primera vez. Cuando ya ha tenido varios orgasmos, se rinde y me ofrece su cuerpo así, inerte, y eso nos excita a los dos. Pero aquella noche se me antojó otra cosa: masturbarme viéndola dormir desnuda, con la puerta de la furgoneta abierta, recordando la piscina, con la emoción morbosa de que cualquiera pudiera vernos.

En esas estaba, ya dormida ella, cuando la figura de Bea apareció junto a la puerta. No dijo nada. Se quedó apoyada en el marco, observándome, y al rato se llevó la mano a la entrepierna imitándome. No sé si disfrutaba de mi pasión o de la bella durmiente que se mecía somnolienta a mi lado. Eyacular sobre el pubis de Nuria ante los ojos encendidos de aquella mujer fue un placer extraño y oscuro que ha pasado a formar parte de mis fantasías más tórridas.

Salí a su encuentro, pero no me dejó acercarme. Quiso ofrecerme el espectáculo de ver cómo se empapaba ella sola, de pie frente a la furgoneta, con el deseo escrito en la cara. Nunca me había sentido objeto de un deseo así. Se marchó chupándose los dedos, me guiñó un ojo y desapareció en la oscuridad.

Y, aunque tengo ya una edad y no me recupero con tanta facilidad, me encontré empalmado de nuevo frente al cuerpo de mi mujer. Le separé las piernas, me tumbé sobre ella y disfruté otra vez del placer de sentirla abrirse mientras despertaba entre leves gemidos. Me corrí enseguida, abrazándola, y caí dormido al instante, boca arriba, a la vista de quien pasara.

***

Nuria despertó antes y corrió a cerrar la puerta.

—¿Cómo puedes dejarnos así, a la vista de todos? —me dijo, sacudiéndome.

Tardé en reaccionar. Cuando recordé la imagen de Bea masturbándose en nuestra puerta, me reí.

—Si tú supieras, mi amor.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, asustada—. ¿No te la habrás follado?

—No, tranquila. Anoche te perdiste algo maravilloso. Prepara un café, así desnuda como estás, y te lo cuento.

Al levantarse vio que los dos estábamos embadurnados de semen seco y casi le da algo. La curiosidad pudo con ella. Mientras el café subía, le conté lo de Bea y lo del bordillo, y cómo me había gustado todo aquello.

—Tú eres un pervertido —dijo.

—Y tú no, claro. Anda que no estabas cachonda anoche. ¿No habíamos quedado en no meter a nadie más? Ayer ni me preguntaste.

No le quedó más remedio que asumir su parte. Insistió en que ella solo había dado «caricias», y yo le recordé que aquello había sido bastante más que una caricia. Quiso vestirse para desayunar, pero no la dejé.

—De eso nada. Quiero que luzcamos con orgullo nuestros cuerpos. Que toda esta gente sepa que no nos avergonzamos.

Le costó decir que sí, pero aceptó, porque en el fondo le apetecía. Desayunamos desnudos, saludando a todo el que pasaba, y nos devolvían el saludo con la misma naturalidad.

—Me gusta estar desnuda —dijo de pronto, pensativa, dando sorbos al café—. Y, ¿sabes? Lo de anoche cada vez me parece menos vergonzoso. De hecho, me estoy poniendo cachonda otra vez.

—¿Quieres que vayamos a buscar a tu amiga? —pregunté para provocarla.

—No. Estuvo bien, pero mejor dejarlo ahí. Si seguimos por ese camino, acabamos liándonos con cualquiera, y no quiero eso. Aunque me lo hizo pasar en grande, no te voy a mentir.

—Ya te vi, ya.

—¿Y tú no te quedaste con las ganas de acostarte con ella?

—Pues sí. Pero verla masturbarse delante de nosotros supera cualquier fantasía que hubiera tenido nunca.

De la autocaravana de enfrente salió la chica, desnuda, y detrás el chico. Nuria no apartó la mirada. Les sonrió con naturalidad y siguió con su café.

—Me encanta este lugar —confesó—. No te olvides de marcarlo en el GPS. ¿Tú crees que habrá gente en la ducha? Me apetece repetir lo de anoche.

—Espero que sí. Quiero follarte delante de quien sea.

Se quedó callada, con la mirada perdida en la distancia. Se notaba que estaba abrazando una manera nueva de entender el deseo, que ya no éramos exactamente los mismos que habíamos llegado la tarde anterior.

—Joder, Marcos, ¿qué nos está pasando?

—No lo sé, mi amor. Pero me gusta.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

RominaViajes

Buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, sigue publicando asi

Lautaro_ok

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

TurcoBA

Me recuerda a unas vacaciones hace años donde pasó algo parecido, aunque sin llegar a tanto jaja. Muy bien narrado.

DiegoNocturno

¿Fue la primera vez que se animaban a algo asi o ya venian con ganas de una experiencia de ese tipo?

MarisolR

Lo lei de un tiron, no pude parar. La introduccion engancha muchisimo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.