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Relatos Ardientes

La noche que compartí a tres huéspedes con mis amigas

Llegaron un miércoles por la tarde y fui yo quien los recogió, como siempre que la empresa recibe gente de fuera. Tres hombres bajaron del avión con esa calma de quien vive cerca del mar: altos, de piel oscura, anchos de espalda. Venían de Cayo Verde, una isla pequeña del Caribe, y traían fama. La visita anterior, la de Joren, había dejado en la oficina un recuerdo que ninguna de las chicas había logrado olvidar del todo.

El que mandaba se llamaba Bayron. Rondaba el metro noventa, serio al hablar pero con los ojos siempre buscando la broma. Lo acompañaban Teo, que ya había venido con Joren la vez pasada, y Léo, el más joven, delgado y callado. No hizo falta que dijeran nada: desde el coche entendí que no venían solo a cerrar contratos.

—Tengo un encargo para usted —me dijo Bayron apenas los dejé instalados en el hotel—. Suba un momento. Es de parte de Joren.

En su habitación abrió la maleta sin prisa y me entregó una caja pequeña. Dentro había un collar doble de cuentas de madera, cada una tallada a mano. Me lo mostró sobre la palma como si fuera algo vivo.

—En mi isla esto se lleva sobre la piel —dijo, y me lo acercó al cuello—. Mañana, en la cena, póngaselo así. Sin blusa debajo. Para que se vean usted y el collar al mismo tiempo.

Me reí, nerviosa, y me lo probé encima del uniforme. Un hilo me quedaba pegado a la garganta; el otro, a la altura del pecho. Él me miraba de un modo que no dejaba lugar a dudas. Esto va a terminar mal, o muy bien, pensé, y noté que se me apretaban los pezones debajo de la tela sin haberme tocado siquiera.

Esa misma semana entendí lo demás. Mi marido, Rodrigo, viaja casi todo el año por trabajo, y hace tiempo que entre nosotros funciona un acuerdo silencioso: lo que pasa cuando estamos lejos, se queda donde pasa. Lo que no sabía es que Rodrigo le había mandado un mensaje a Joren, y Joren se lo había pasado a Bayron, sobre cómo le gustaba que me trataran cuando él no estaba: que me follaran duro, que me llenaran la boca y el coño, que me devolvieran a la oficina con las piernas temblando. Enterarme de eso, lejos de molestarme, me encendió por dentro y me dejó las bragas mojadas el resto del día.

***

La cena oficial era en un restaurante de manteles largos. Eduardo, el director, me pidió que consiguiera una amiga elegante y discreta, ajena a la empresa, para que acompañara a la mesa. Llamé a Carolina, que aceptó muerta de risa preguntándome si iba «de escort». Algo así, le dije. Yo me compré un vestido color arena, escotado hasta debajo del pecho, perfecto para que los collares relucieran sobre la piel y para enseñar bastante más de lo prudente.

Me sentaron entre Eduardo y Bayron. Llevaba un solo hilo del collar; el otro se lo presté a él, que lo lucía sobre un suéter claro. Durante toda la cena sentí su rodilla buscando la mía bajo la mesa, su mirada bajando a mi escote cada vez que me reía. En algún momento, entre el segundo plato y el postre, su mano se metió debajo del mantel y me subió el vestido hasta el muslo. Dos dedos gruesos me apartaron el borde de las bragas y me acariciaron el coño despacio, buscando el clítoris con una calma insultante. Aguanté la respiración mordiendo el borde de la copa mientras contestaba a Eduardo sobre no sé qué contrato. Cuando sacó los dedos brillantes y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme, tuve que apretar las piernas para no gemir en la mesa. Carolina, frente a nosotros, tenía al director comiendo de su mano.

Al terminar, me ofrecí a llevar a Bayron al hotel. Apenas arranqué el coche, él sacó el collar de su bolsillo y me lo puso de nuevo.

—Qué bien te queda —murmuró, y de un tirón me bajó los tirantes del vestido.

Conduje por la avenida con las tetas al aire, expuesta a los faros de los autos que pasaban, y en vez de taparme abrí las piernas un poco más bajo la falda. Esperaba que se lanzara, pero él se contuvo. Solo me apoyó la mano caliente en el muslo y fue subiendo hasta volver a hundir los dedos en mi coño empapado, esta vez sin bragas de por medio porque me las había metido en el bolsillo del saco como un trofeo.

—¿Te sentiste a gusto en la cena? —pregunté, con la voz rota, mientras él me follaba con dos dedos al ritmo de los semáforos.

—Muy a gusto. Dos mujeres hermosas en la misma mesa. La más bonita, a mi lado, y con el coño más caliente que he tocado en años.

Frené en un semáforo y lo miré. Él me sostuvo la mirada unos segundos largos sin dejar de mover los dedos dentro de mí. Le acaricié la mejilla y entonces sí, me tomó de los hombros y me besó, primero despacio, después con una fuerza que me dejó sin aire. Me chupó los labios, la lengua, me mordió el cuello mientras me apretaba un pezón entre el pulgar y el índice hasta hacerme gemir.

—Dime qué te pidió Joren que hicieras conmigo —le dije contra su boca.

—Que te folle como te gusta a ti y como le gusta a tu marido. Que te deje sin poder caminar. Es un recado, y yo cumplo los recados. —Y me besó de nuevo, ahora bajando hasta el centro del pecho, entre las dos tetas, para chuparme un pezón hasta dejármelo duro y rojo, mientras su mano seguía enterrada entre mis piernas.

No hicimos falta más palabras. Aparqué cerca del hotel y subí con él, con las bragas todavía en su bolsillo y las piernas apretadas para no dejar un rastro húmedo por el pasillo. Le dije que necesitaba pasar al baño y, cuando salí, ya se había quitado el saco y me esperaba sentado al borde de la cama con la camisa abierta y el bulto marcando el pantalón. Me había bajado la cintura del vestido todo lo posible; el ombligo y las tetas quedaban al aire, solo adornados por las cuentas de madera.

***

Me desvistió despacio, dejándome únicamente el vestido enrollado en la cintura y nada más. Sus manos enormes me recorrieron el vientre, los muslos, y me abrió las piernas con las dos palmas antes de arrodillarse en la alfombra. Me clavó la lengua entre los labios del coño de un solo lametón largo, de abajo arriba, y yo me agarré a su cabeza para no caerme. Me chupó despacio, describiendo círculos con la punta de la lengua sobre el clítoris, metiéndomela después bien adentro para follarme la boca con ella. Me reía de pura tensión mientras él me hablaba en un idioma que no entendía, con la barbilla brillando de mis jugos.

—Estás empapada —dijo en español, riéndose—. Se te sale por los muslos.

Me hundió dos dedos, luego tres, mientras seguía chupándome, y yo empecé a moverle las caderas contra la cara sin vergüenza. Cuando sintió que estaba a punto, se apartó de golpe.

—Todavía no. Quiero sentirlo con la polla dentro.

Me dio la vuelta, me dejó a cuatro patas sobre la cama y se puso detrás. Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón y me pasó la polla entre las nalgas, gruesa, dura, palpitando. La deslizó entre mis piernas, restregándomela por el coño abierto sin entrar todavía, empapándose el glande de mis flujos. Por un instante creí que iría por detrás y me tensé un poco, pero entró por delante, firme, hundiéndose de golpe hasta el fondo y arrancándome un grito.

No la tenía larga, pero sí tan gruesa que sentía cómo me estiraba con cada empuje. Bufaba como un toro y yo gozaba con ese sonido, con el ruido húmedo del choque de nuestras carnes, con el chasquido de sus muslos contra mi culo. Me agarró del pelo, me obligó a arquear la espalda y me la clavó a fondo, una y otra vez, cada vez más rápido, hasta que la cama empezó a chirriar.

—Así, dime cómo la quieres —me exigió, dándome un cachete en la nalga que me hizo temblar.

—Más fuerte, no pares, méteme toda esa polla, no pares…

Nos giramos hasta que quedé montada sobre él, cabalgándolo, subiendo y bajando con cuidado de no dejarlo terminar antes de tiempo. Le apoyé las manos en el pecho para tener apoyo y empecé a moverme en círculos, sintiendo cómo su verga me tocaba dentro puntos que Rodrigo casi nunca alcanzaba. Él me chupaba las tetas, me mordía los pezones, me apretaba el culo con las dos manos separándome las nalgas. Cuando empezó a temblar y a jadear más fuerte lo frené, me quedé quieta con él enterrado hasta el fondo, y le apreté el coño con los músculos hasta hacerlo gemir de rabia.

—No te corras todavía —le susurré al oído—. Aguanta.

Lo dejé respirar y volví a empezar, esta vez más lento, casi sacándomela entera antes de dejarme caer de golpe. Cuando ya no pudo más me tumbó de espaldas, me abrió las piernas hasta casi partirme, se apoyó en los brazos y me clavó una tanda de embestidas brutales que me sacudieron el cuerpo entero. Sentí que se me juntaba todo en el vientre y exploté con un gemido largo, apretándole la espalda con las uñas, corriéndome sobre su polla mientras él no dejaba de bombear.

—Ahora sí, dentro, córrete dentro —le pedí sin aliento.

Acabó con un gruñido ronco y unas últimas embestidas que me sacudieron entera, vaciándose muy adentro con espasmos que le hacían temblar el culo. Sentí cada chorro caliente pegándose contra el fondo. Rodamos boca arriba, los dos sin aliento, con su semen escurriéndoseme por los muslos hacia la sábana, y aun así él volvió a encimarse para besarme el cuerpo entero, repitiendo lo hermosa que estaba.

Descansamos un rato y volvimos a empezar. Me abrió otra vez las piernas y me limpió el coño con la lengua, chupándome hasta la última gota de su propia corrida mezclada con mis flujos, sin ningún asco, mirándome mientras lo hacía. Me chupó el clítoris con una paciencia demoledora, alternando lametones anchos y suaves con succiones fuertes que me hacían levantar las caderas de la cama, hasta que me regaló otro orgasmo, lento y largo, que me dejó llorando de placer. Después me arrodillé yo entre sus piernas y le devolví el favor: me metí su polla en la boca todavía blanda, la chupé hasta ponérsela dura otra vez, me la hundí hasta el fondo de la garganta ahogándome un poco, jugándole con la lengua en el frenillo. Le lamí los huevos, se los metí en la boca uno a uno, mientras le hacía una paja despacio, y cuando lo vi a punto lo dejé correrse en mi cara, con la boca abierta, tragando lo que me caía dentro y esparciéndome el resto por las tetas con la punta de su verga.

Salir del hotel a esa hora, con vestido de fiesta y el pelo deshecho, con el coño todavía chorreando y el sabor a semen en la boca, fue toda una hazaña. El del estacionamiento me acercó el coche con una sonrisa de complicidad que preferí ignorar. Llegué a casa molida y feliz, sabiendo que esa apenas había sido la primera noche.

***

Al día siguiente Eduardo, que de tonto no tiene un pelo, se sumó al plan de llevar a los huéspedes a cenar comida mexicana. «¿Pensabas ir tú sola con los tres?», me preguntó. Llamé entonces a Renata, mi compañera de oficina, y a Lucía, una amiga que tiene un restaurante y que ya conocía a Teo de la vez de Joren. Lucía aceptó la fiesta encantada, aunque me advirtió que no estaba protegida; le expliqué cómo conseguir un diafragma y se rio diciendo que jamás había oído esa palabra.

El restaurante era informal y alegre. Nos sirvieron margaritas sin que las pidiéramos y repetimos una y otra vez. El ambiente se soltó rápido: salimos a bailar, las parejas se fueron formando solas. Lucía se colgó del cuello de Teo y le metía la lengua hasta la garganta en la pista, restregándose contra el bulto de su pantalón sin ningún disimulo; Renata acaparó a Eduardo y lo atendió toda la noche, con la mano descaradamente puesta sobre la bragueta de él; Léo, tímido, terminó pegado a mí, con las manos temblorosas apoyadas en mi cintura y una erección durísima marcándose contra mi vientre cada vez que giraba. Eduardo y Renata fueron los primeros en escabullirse, claramente urgidos, y yo me alegré por ellos.

Al mediodía siguiente nos juntamos a desayunar, todavía con el cuerpo pesado. Renata llegó con aire de triunfo.

—Le pedí que me montara desde el principio —contó, bajando la voz—. Tener al jefe encima, debajo de mis órdenes… Solo faltó el látigo. Me monté sobre su polla y le prohibí moverse. Le apretaba el coño hasta hacerlo gimotear y cada vez que estaba por correrse lo paraba, me le quedaba quieta encima con la verga hundida hasta el fondo, y lo miraba a los ojos hasta que se le pasaba. Al final terminó suplicándome que le dejara correrse. Cuando lo dejé, me llenó entera y me pidió, así, con voz de nene, que le limpiara la polla con la boca.

—A mí me tocó Léo —dije yo—. Dulce, cariñoso, como si fuera Joren otra vez. Me la metió despacio, mirándome a la cara, aguantándose para que yo terminara primero. Me hizo correrme dos veces con la lengua antes de atreverse a follarme, y cuando por fin acabó dentro, casi pide perdón. Tiene la polla larga y fina, se siente distinto, más profundo. Me pasé media noche montada sobre él, moviéndome despacito, dejándole que me chupara las tetas mientras me venía otra vez.

Lucía abrazó el brazo de Teo y lo besó delante de todos. Cuando le tocó hablar a Teo, solo dijo que después de un beso así no le quedaba nada que agregar. Lucía se rio y agregó por él:

—Digamos que me despertó a las cinco de la mañana con la cabeza entre mis piernas. Y que le tuve que rogar que parara de chuparme porque ya no me quedaban fuerzas.

***

Esa misma tarde Bayron nos pidió a Renata y a mí que nos viéramos con él en el bar del hotel. Pensamos que sería algo de la empresa, pero no. Nos invitó los tragos con una solemnidad rara y empezó a preguntarnos por nuestra relación con Eduardo. Le explicamos que no éramos amantes celosas de nadie, que entre varias formábamos una especie de equipo cómplice, y que la única regla era la discreción absoluta.

—Yo enviudé hace seis años —confesó él, de pronto serio—. Desde entonces he tenido pocas mujeres. Mañana me voy y siento que ya no hubo tiempo para nada.

—Tiempo siempre hay —le dije, posando la mano sobre la suya y bajándola con descaro hasta su entrepierna, donde ya se le notaba el bulto duro contra la tela—. Déjanos despedirte como se merece. Aunque seamos solo dos, te vas a acordar de nosotras.

Renata sonrió y le susurró algo al oído que lo hizo enrojecer. Después nos contaría que le había prometido chupársela hasta hacerle ver estrellas. Antes de subir llamé a Lucía, que dejó el restaurante en manos de su encargado y llegó al bar en veinte minutos. Bayron nos vio aparecer a las tres y, entre halagado y desconfiado, preguntó si de verdad iba a poder con todas.

—Eso déjanoslo a nosotras —dijo Lucía—. Tú solo aguanta.

***

Subimos a su habitación y lo desnudamos entre risas y manos por todas partes. Renata se montó sobre su pecho para que le besara las tetas mientras Lucía y yo nos ocupábamos del resto. Le abrí el pantalón, le saqué la polla ya semierecta y me la metí en la boca de una vez, chupándola despacio hasta sentir cómo crecía contra mi lengua. Lucía se arrodilló a mi lado y me la quitó a la mitad de una lamida, siguió ella un rato, y me la devolvió cubierta de saliva. Nos íbamos turnando, chupándosela entre las dos, mientras Renata le montaba la cara sentándosele encima y frotándole el coño contra la boca hasta correrse en su lengua con un gemido largo.

Lo recostamos boca abajo, le dimos un masaje largo por la espalda, le separamos las nalgas y le acariciamos despacio cada centímetro, hasta que se erizó entero. Lucía se atrevió a lamerle el culo mientras yo le hacía una paja pasándole la mano por debajo, y él soltó un gruñido que fue casi un grito. Estaba descubriendo cosas que, según nos dijo después, jamás había probado.

Lo volteamos. Lucía se lo metió en la boca entera, cambiando de mano cada poco, peleando por acomodárselo hasta la garganta sin lograrlo del todo, escupiendo saliva sobre el glande para que resbalara mejor; Renata le mordía el cuello y le pellizcaba los pezones; yo le besaba la boca para callar sus gemidos y le pasaba mi lengua por dentro. Cuando le pregunté qué era lo que más deseaba, lo pensó un segundo y soltó la verdad.

—Verlas a las tres juntas. Y poder pasar de una a otra sin parar.

Nos miramos y nos reímos. Nos colocamos las tres empinadas al borde de la cama, una pegada a la otra, ofreciéndonos en fila, con los culos al aire y los coños brillantes ya de tanto tocarnos entre nosotras mientras se lo chupábamos. Se puso detrás y empezó con Lucía; la agarró de las caderas y le clavó la polla de un solo empujón, arrancándole un chillido, y la folló duro unos minutos, con los huevos golpeando contra su clítoris. Después se la sacó chorreando y pasó a Renata; se la metió sin avisar, hasta el fondo, y Renata gimió pidiendo más, empujándole el culo hacia atrás para que la penetrara más profundo. Terminó en mí, hundiéndose en mi coño todavía sensible de la noche anterior, follándome con la misma furia que a las otras, agarrándome del pelo para levantarme la cabeza. Y volvió a empezar. Cambiaba de una a otra cada pocas embestidas, sin darnos tregua, mientras nosotras nos besábamos entre nosotras, nos chupábamos las tetas de al lado, nos metíamos los dedos en el coño de la vecina para sentirlo mejor.

—Se le va a caer —dijo Lucía riéndose, con la cara enterrada en la almohada mientras él la embestía.

Nos turnamos incluso para agarrárselo entre embestida y embestida, sacárselo, chupárselo un instante para probar el sabor mezclado de las tres, y volvérselo a meter en el coño de la siguiente. El aire olía a sexo puro, a sudor, a hembra empapada. Cada tanto lo frenábamos apretándole la base de la polla con la mano, obligándolo a esperar, retándolo, riéndonos de sus quejidos.

—Por favor, ya —suplicó al fin, con la voz quebrada—. Ya no aguanto.

Al final ya no hubo manera de detenerlo. Lucía se arrodilló en el suelo, abrió la boca y él se la sacó a tiempo para meterle la punta entre los labios y vaciarse en su boca con espasmos largos. Ella lo recibió entero y lo retuvo, con las mejillas hinchadas. Renata se acercó y la besó, robándole un poco de esa carga tibia, pasándose el semen de una boca a otra; yo hice lo mismo después, arrodillándome también, chupándole a Renata la lengua para llevarme mi parte, tragando lo que me tocó y lamiendo después la polla de Bayron para no dejar ni una gota. De modo que las tres compartimos hasta el último estremecimiento de aquella noche. Bayron quedó tendido en la cama, sonriendo al techo, con la polla todavía escurriendo y el pecho subiendo y bajando, repitiendo que jamás olvidaría a las tres mujeres que lo habían despedido así.

Antes de irnos aún nos quedamos un rato jugando entre nosotras encima de él, dejándonos tocar, besándonos con la boca abierta mientras le masajeábamos la polla vencida entre las manos, hasta que le arrancamos una última erección tímida que Renata cabalgó despacio para sacarle una segunda corrida, más corta, más honda, casi dolorosa por lo vaciado que ya estaba.

***

Se marcharon el domingo. Lucía y yo fuimos a despedirlos al aeropuerto, las dos con cara de no haber dormido. Bayron me tomó de la mano un instante antes de pasar el control y no dijo nada; no hacía falta. Yo sabía que, igual que Joren, se llevaba un recuerdo que no se borra y que, quizá, lo traería de vuelta algún día.

El lunes por la mañana Eduardo me llamó al hotel donde se hospeda, con la excusa de unos papeles para la oficina. Desayunamos tranquilos y, mientras le contaba con todo detalle lo de la última noche —lo de las tres empinadas al borde de la cama, lo de cómo Bayron pasaba de un coño al otro, lo del semen compartido de boca en boca, exagerando lo justo para que se muriera de envidia por habérselo perdido—, sus ojos brillaban de otra manera y él se acomodaba en la silla el bulto que le crecía en el pantalón. Me pidió que lo acompañara a su habitación a buscar el dichoso paquete, cerró la puerta detrás de nosotros y me abrazó.

—Te adoro. Cada vez que te veo me inspiras —dijo, y me besó como si llevara meses esperando, metiéndome la lengua hasta el fondo y apretándome el culo con las dos manos.

Yo iba con el tiempo justo, pero le dejé aflojarme el cinturón y bajarme el pantalón lo suficiente. Me arrodillé un segundo, le abrí la bragueta y le saqué la polla ya durísima, me la metí en la boca hasta la garganta para dejársela bien mojada, chupándosela con ganas para que no le durara nada. Él me levantó del pelo enseguida, me giró contra el borde de la cama, me subió la falda y me apartó las bragas de un tirón hasta romperlas. Se me clavó desde atrás de una sola estocada, hasta el fondo, y me agarró de las caderas para follarme fuerte, urgente, con los dos riéndonos de las prisas entre gemidos ahogados. Cada embestida me empujaba contra el colchón, con los pechos aplastados contra la colcha, y yo empujaba el culo hacia atrás para recibirlo entero. Le duró poco: en cuatro minutos me llenó por dentro con un gemido ahogado contra mi cuello, mordiéndome el hombro para no gritar. Se quedó un rato dentro, palpitando, antes de sacarla despacio. Me ayudó a vestirme a toda velocidad, fajándome la blusa él mismo, con las manos todavía temblorosas, mientras yo sentía cómo empezaba a escurrirme su corrida por dentro del muslo.

Llegué a la oficina apenas tarde, pero feliz, con el coño ardiendo y las bragas rotas en el bolso. Renata me miró de reojo y soltó una carcajada.

—Hoy hasta brincas de alegría. ¿Quién te dio el desayuno?

No le contesté. Me limité a sonreír y a guardarme, como siempre, el secreto entero. Esa tarde, mientras fingía revisar papeles, sentí un hilo espeso resbalando entre las piernas y tuve que correr al baño conteniendo la risa. Me bajé las bragas ya bastante manchadas, me limpié con papel el semen tibio de Eduardo mezclado con lo mío, y me quedé un momento sentada en el retrete pensando en las cuatro pollas distintas que habían pasado por mi cuerpo en menos de una semana. Algunos recuerdos, pensé mientras me lavaba las manos frente al espejo, se quedan con una mucho más tiempo del que deberían.

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Comentarios(9)

TardeDeVerano

Tremendo relato!!! se hizo cortisimo, quede con ganas de mas

NoraCba21

Me recordó a una noche con mis amigas el año pasado jaja. Muy bien contado, se siente real

FelipeK22

Por favor una segunda parte! me dejó con intriga de cómo siguió todo al otro dia. Muy bueno

DanteRios77

esos huespedes tuvieron una suerte increible jaja. Entretenidisimo de principio a fin

Marta_zaragoza

Me gustó mucho como lo armaste, el ritmo es bueno y no se hace pesado en ningun momento. El detalle del collar al principio engancha de una. Seguí escribiendo así

Lorena_Mdq

increible!! de las mejores historias que leí en esta categoria. Saludos

ClaudioBaires

Quiero saber si hubo segunda noche con los huespedes jajaja. Muy buen relato

ivan

buenisimo, me encantó

ViajeroUrbano

Se nota que lo escribiste con ganas, tiene vida propia. Esperando el proximo relato. Saludos desde Buenos Aires

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