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Relatos Ardientes

Las tres noches que mi mujer pasó con nuestro amigo

Daniela acababa de marcharse. La acompañamos los tres hasta el coche y esperamos en silencio mientras Andrés se despedía de ella con besos largos y palabras al oído. Cuando por fin arrancó, le lanzamos la mano al aire y ella nos devolvió el saludo desde el retrovisor hasta que el camino la borró entre los pinos.

Nos quedaban tres días de vacaciones. Andrés se quedaría con nosotros y luego nos acompañaría hasta Valencia, donde tenía una reunión de trabajo. A Daniela, en cambio, se le habían terminado los días libres antes de tiempo, y eso le había fastidiado, porque la semana había sido perfecta. Teníamos alquilado un bungalow en Cala Serena, un camping naturista con una piscina pequeña y una playa de piedras que se vaciaba al atardecer. Lo que más disfrutamos fue la compañía y la costumbre de andar desnudos a todas horas, sin que nadie le diera importancia.

Pasamos el resto del día los tres juntos, perezosos, entrando y saliendo del agua. Después de cenar saqué la botella. Lucía y Andrés preferían el vino; yo me serví un whisky con cola. Él se sentó en la butaca de mimbre y nosotros en el único sofá del salón, ese que olía a salitre y a protector solar. Hablábamos animados, sin prisa, y de vez en cuando Lucía giraba la cara y me besaba. Era algo normal entre nosotros: no nos importaba hacerlo delante de los demás. Andrés y Daniela hacían lo mismo. El único límite siempre había sido el coito, y ni eso del todo, porque a veces nos metíamos dentro debajo del agua, donde nadie veía nada. Allí la única frontera real era el orgasmo.

Esa noche, sin embargo, no había agua que escondiera nada. Lucía me puso la mano sobre el pene. Estábamos desnudos, como siempre, y noté cómo me empezaba a crecer. Se la retiré por la presencia de Andrés. Ella insistió.

—Lucía, que está Andrés —murmuré.

—Por mí no os preocupéis —dijo él desde la butaca, sin moverse.

—Si la dejo, me hace una paja —avisé, medio en broma.

—Como si queréis follar. Por mí, encantado. Nunca he visto a nadie hacerlo —Andrés sonreía, divertido, mientras Lucía seguía sobándome sin disimulo.

Y como había conseguido lo que buscaba, empezó a masturbarme despacio, tal como yo había vaticinado. Me estaba calentando. Le pasé la mano por los pechos y ella soltó un resoplido corto. Nos besamos y, poco a poco, fuimos tumbándonos en el sofá, abrazados, con las piernas enredadas. Le metí la mano entre los muslos y Lucía suspiró otra vez, más hondo.

—¿Nos estamos pasando? —pregunté contra su cuello.

—Haced lo que queráis. Yo estoy indeciso entre hacérmela aquí o irme a la habitación —dijo Andrés, y se rió de su propia frase.

—Háztela aquí, tranquilo.

Lo miré. Estaba empalmado, con la mano ya en su sexo.

—Lucía, ¿habías visto alguna vez a Andrés así? —Ella giró la cabeza y, al verlo, aceleró los movimientos sobre mí.

A ella debió de excitarla esa imagen, porque se subió encima de mí, se acopló mi pene en su interior y empezó a subir y bajar sin dejar de mirar a Andrés masturbarse. Yo repartía la vista entre los dos. Metí la mano entre nuestros cuerpos y le acaricié el clítoris con el pulgar hasta que la sentí contraerse. Su orgasmo tiró del mío y me corrí dentro de ella, acompañándola con un jadeo sordo. Andrés seguía con lo suyo, sin terminar.

Lucía se dejó caer sobre mi pecho y me habló muy bajito al oído, casi sin voz.

—¿Quieres que se la haga yo?

Me fijé en cómo lo dijo. Quieres. No dijo «me gustaría» ni «me apetece». Lo dejó en mis manos.

—Vale —respondí—. Pero quiero verlo.

—Vale.

Se levantó del sofá.

—Andrés, para. Sigo yo —dijo.

Él se detuvo, sorprendido.

—No, por favor, no quiero molestaros. Además, ¿qué le cuento luego a Daniela?

—No solo no molestas, sino que me apetece —respondió Lucía, ya arrodillándose entre sus piernas—. Y a Daniela le cuentas la verdad. ¿Qué tiene de malo que en vez de tu mano sea la mía? Mira, es una mano normal. Mejor no me toques tú, y así será menos infidelidad.

Subrayo lo de desnuda porque así la veía yo: completamente desnuda, abarcando con la mano el pene erecto de Andrés, que también estaba desnudo, hundido en la butaca de mimbre.

—No sé qué decir —balbuceó él.

—Pues disfruta —dije yo, para que supiera que ella contaba con mi permiso.

Lucía empezó despacio y, según notaba crecer la excitación de Andrés, fue acelerando el ritmo. Yo miraba. Nunca la había visto masturbar a otro hombre. Es más, nunca había visto a nadie hacérselo a otro fuera de una pantalla. El pene de él empezó a brillar por los líquidos, y esos líquidos terminaron en una serie de chorros que fueron a parar sobre todo a la mano de ella, aunque alguna gota le salpicó la mejilla. Al primero, Lucía soltó un pequeño gemido de satisfacción, como si el placer también fuera suyo. Se limpió la mano en el muslo de Andrés, recogió lo que quedaba en el pene y volvió a frotarse contra su pierna.

—¿Te ha gustado? ¿No es mejor con ayuda ajena? —le preguntó, divertida.

—No hace falta que conteste —dijo él con la cara relajada—. Como de la noche al día.

—Dúchate, o estarás todo pringoso. Y mañana, si a Marcos no le importa, te lo hago de otra forma más rica.

Andrés y yo la miramos, pero ninguno dijo nada. Él se fue a la ducha. Lucía volvió al sofá y se acurrucó contra mí.

—¿Te ha gustado? —preguntó.

Por toda respuesta le señalé mi sexo, que ya había vuelto a levantarse.

—Vas a tener que volver a alojarlo —dije—. O, si estás caliente, hacemos un sesenta y nueve.

—Sesenta y nueve —repitió, y se rió.

Me reí con ella. Nos colocamos y seguimos hasta corrernos los dos a la vez. Después nos fuimos a dormir muy abrazados, escuchando el agua de la ducha y, más allá, el rumor del mar contra las piedras.

***

Al día siguiente todos nos comportamos como si no hubiera pasado nada. Solo que en algún momento, a solas, le pregunté a Lucía.

—¿Has hablado con Daniela? ¿Le has contado algo?

—No tenemos secretos. Se lo he contado.

—¿Y qué ha dicho?

—Creo que en broma me ha dicho que le habría gustado vernos. Que le habría gustado mirar.

La noche empezó parecida a la anterior, aunque ninguno de los tres pensaba en lo mismo que la víspera. Nos preguntábamos, supongo que Andrés también, si Lucía cumpliría con eso de «otra forma más rica». Lo descubrimos pronto.

Empezó como el día anterior, manoseándome el sexo, con una diferencia: se agachó para chupármelo un momento y luego se levantó.

—Hoy es distinto. Con vuestro permiso, usaré la boca —anunció.

Apartó la mesa baja, que según se vio después entorpecía sus planes, y al volver hizo algo nuevo. Se sentó sobre mí, introduciéndome en su interior, y llamó a Andrés.

—Acércate, ¿quieres?

Él obedeció. Lucía se inclinó y, sin soltar el ritmo de sus caderas sobre mí, se llevó el pene de Andrés a la boca.

—Una pequeña fantasía —dijo, con su sexo todavía en la mano, como si hablara por un micrófono—. Por si acaso, para que no sea infidelidad, no me acaricies. Al fin y al cabo, qué más da tu mano que la mía, y la mía que mi boca.

Y volvió a atacarlo, primero con la lengua, deteniéndose en el frenillo, y luego metiéndoselo entero en la boca. En un equilibrio difícil, cabalgaba sobre mí mientras aprovechaba el vaivén para masturbar a Andrés con la mano y con los labios a la vez.

—¿Te gusta? —le preguntaba ella, mirándolo a la cara.

—Sí —jadeó él—. Sí.

Pensando que le vendría bien, llevé una mano a su clítoris y otra a sus pechos. Andrés, para no ser infiel, no podía tocarla, así que se lo hacía yo. Esta vez fue él quien se corrió primero. Lucía se apartó a tiempo y el chorro le dio en la cara; no le gusta tragar. Se limpió con varias servilletas de papel, terminó de asearle el pene con la mano y volvió a secarse la mano contra el cuerpo de él.

—Andrés, nosotros no hemos terminado —le dijo—. Vete a la ducha si quieres, o quédate y mira. Como prefieras.

Discreto, él prefirió retirarse. Nosotros seguimos hasta llegar al final, abrazados en el sofá, con la respiración entrecortada.

***

Quedaba un tercer y último día, con su última noche. No sabíamos qué pasaría.

—¿Daniela sigue sin enfadarse? —pregunté.

—Me dijo que se había tocado pensando en nosotros, y que cuando estemos todos juntos tendrá unas palabras con la fresca de mi mujer —Lucía se rió—. Pero creo que lo decía en broma. Volvió a repetir que le habría gustado estar presente.

Cuando llegó la noche, serví las bebidas y nos quedamos un rato relajados, bebiendo y hablando, cada uno con sus pensamientos, fueran cuales fueran. Cuando estábamos más alegres, Lucía tomó la palabra.

—Hoy hay sorpresa —dijo—. Si a alguien no le gusta, paramos y ya veremos. De momento, Andrés no me puede tocar, ya sabéis. Así que empezamos con un poco de magreo Marcos y yo, si confiáis en mí. Y tú, Andrés, mientras tanto, si quieres, te tocas un poco. Lo justo para la erección.

Me empujó hasta tumbarme y acercó la boca a la mía, el cuerpo entero contra el mío. La acaricié por instinto mientras nos besábamos, y entre las caricias le metí los dedos hasta el punto donde sabía que perdía la cabeza. La masturbé así, despacio, hasta que tuvo un orgasmo fuerte que la dejó temblando.

—Qué gusto —jadeó—. Con este no contaba. Mejor todavía. Ahora, Marcos, cambia con Andrés. Siéntate en el sillón y mira. Andrés, túmbate. La paja de hoy te la voy a hacer con la vagina. Si a Marcos no le importa, puedes correrte dentro. Mientras tú no me toques, seguirá siendo una paja, solo que de otra manera. ¿A alguien le parece mal? Luego ya lo resolvemos Marcos y yo.

El que calla otorga. Obedecimos los dos sin discutir las posiciones. Yo me hundí en el sillón con el pene completamente erecto solo de imaginar lo que venía. Una vez tumbado Andrés, Lucía se arrodilló a horcajadas sobre él y, sujetándolo con la mano, se lo fue introduciendo. Entró con facilidad. Verla acomodarse encima de otro hombre, de un hombre que ya no me parecía tan ajeno, me puso al límite.

Los dos soltaron un jadeo cuando ella llegó hasta el fondo. Empezó a moverse despacio, mirándolo a la cara y bajando de vez en cuando la vista al punto donde sus cuerpos se unían. Subía, bajaba, dibujaba círculos lentos con las caderas. Con la voz un poco temblorosa, se volvió hacia mí.

—No lo sé, pero a lo mejor también me corro —dijo—. ¿Te importa?

—Preciosa —fue lo único que contesté.

Según lo cabalgaba, los jadeos fueron a más. En un momento dado, Andrés soltó un grito y levantó las caderas buscando hundirse más en ella. Lucía tampoco aguantó, y se corrió tal como había anunciado, con la voz quebrada y la espalda arqueada. Cuando por fin se apeó, vino hacia mí y me pidió un abrazo. Se lo di con gusto, apretándola contra mi cuerpo. Pegó la boca a mi oído.

—Ha sido una buena corrida —susurró—. ¿Te importa?

Le puse la mano en la cadera y la apreté más fuerte.

—Me encanta que te corras —le dije.

Andrés, como ya era costumbre, se levantó para ir a la ducha.

—Esta vez sí que no sé cómo se lo cuento a Daniela —dijo, pasándose la mano por el pelo.

—Pues tranquilamente. Al fin y al cabo, no es más que otra clase de paja —respondió Lucía—. Aunque no sé si cuela del todo lo de que me haya corrido yo. Eso es más culpa mía que tuya: tú no sabías que iba a pasar, ni yo lo sabía cuando lo propuse. A lo mejor todo se reduce a que ella también quiera probar a Marcos, lo que me parecería justo.

Andrés se fue cavilando hacia el baño. Antes de entrar, se giró.

—Por supuesto que me ha gustado mucho. Y no solo hoy.

Cerró la puerta. Lucía se dejó caer a mi lado en el sillón, agotada y satisfecha.

—Estoy un poco cansada —dijo.

—No te preocupes. Nos vamos a la cama y me hago una paja yo.

—Ni hablar. La paja te la hago yo. Hoy hemos invertido los términos —sonrió, y me buscó con la mano—. Por una vez, el orden de los factores sí altera el producto.

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Comentarios (6)

MiradorFurtivo

Buenisimo! No podia parar de leer, que tension la de ese primer momento...

Tatianita97

Por favor que haya continuacion!! Me quede con muchas ganas de saber como siguieron las otras dos noches

RevancharaBA

Tremendo jaja, hay que tener valor para contar algo asi. Respeto total

PatricioSV

Me recordo a algo que viví hace unos años. Esas experiencias se quedan grabadas para siempre, bien narrado

DiegoVillalba

Lo que mas me llamo la atencion es como describes ese instante de tension entre los tres. Muy bien escrito, sin caer en nada burdo

Caro_LectBsAs

La honestidad con la que lo narrás es lo que hace especial este relato. No es facil contar algo tan intimo con esa naturalidad. Esperando mas!

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