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Relatos Ardientes

Mi primera noche swinger terminó frente a una cámara

La música retumbaba dentro de la cochera cuando la puerta del coche volvió a abrirse. Apareció mi marido con los pantalones enredados en los tobillos y la verga apuntando al techo. Yo seguía encima de Sergio, moviéndome despacio, agotada y más satisfecha de lo que jamás había estado en mi vida.

Miré a Daniel a los ojos y noté algo que no le conocía. Una mirada distinta, hambrienta, casi ajena. Estiró la mano, tomó la mía y me jaló hacia él. Me separé de mi amante, salí del coche y por puro instinto me bajé la minifalda para tapar lo poco que quedaba por tapar.

Empezamos a besarnos con una urgencia que no recordaba. Daniel me apretaba las nalgas con fuerza, casi con rabia, y yo sentía su erección clavándose en mi vientre. Me volteó de golpe y me inclinó hacia el asiento. Apoyé las manos en el cuero todavía caliente. Sergio seguía dentro del coche, mirándonos, masturbándose sin disimulo.

Me dio vergüenza encontrarme frente a él de esa manera. Después de lo que acababa de pasar, notaba una diferencia enorme entre lo que Sergio me había hecho y lo que mi marido y yo hacíamos de costumbre. No quería parecer una inexperta, y mucho menos quería que Daniel quedara mal delante de otro hombre.

—Cógeme rico —le dije volteando apenas la cara.

No lo pensé. Lo solté para darle ánimo, para que lo hiciera bien, para que aquel desconocido viera que mi marido también sabía.

Sentí que me levantaba la minifalda, me abría las nalgas y de un solo empujón me la metía entera. Nunca, en todos nuestros años juntos, había sentido tan rico con él como en ese instante.

—¡Uff! —escuché su voz entre la música.

—¡Ay! Daniel, qué rico —gemí, cerrando los ojos.

Me agarró de las caderas y empezó a embestirme con una brusquedad nueva, levantándome casi del suelo en cada golpe. Me dediqué a disfrutar, a sentir cómo me cogía frente a mi amante, sin un solo gramo de la vergüenza que me había acompañado toda la vida.

—Me voy a venir —jadeó a los pocos segundos.

—Échamelos en las tetas —le dije con un tono que no me reconocí.

Sergio nos miraba divertido, la verga todavía apuntando al techo. Yo me reí, un poco apenada. Yo no era esa clase de mujer. O eso creía.

Daniel salió de golpe y me volteó. Me arrodillé sin pensarlo, me hice el pelo a un lado y le ofrecí los pechos. Se la jaló con desesperación hasta vaciarse sobre mí, caliente, en chorros que me resbalaban entre los dedos.

—Muy… rico… —dijo entre gemidos.

Sonreí, orgullosa de seguir complaciéndolo.

—Oye, Daniel, ¿yo también puedo llenarle las tetas a tu esposa? —preguntó Sergio, bajando del coche.

—Claro, ven —contestó mi marido como si nada.

***

Sergio llegó hasta mí con una sonrisa y me plantó la verga dura frente a la cara.

—Abre la boca —dijo, sosteniéndola.

Volteé a buscar a Daniel, pero su verga ya estaba ahí, al lado de la del otro. Por primera vez en mi vida me encontraba en esa situación: quizá obligada, quizá por puro placer, pero era algo que jamás creí que haría. Con la cámara apuntándome, abrí la boca y empecé a comerme la verga de mi amante.

—Sí, así —murmuró mi marido mientras yo me movía adelante y atrás.

—Espera, mi amor, pásale la lengua por todo el palo… —me indicó.

Lo hice de abajo hacia arriba, despacio.

—Sí, uff, así.

Yo era una mujer común. Con los años había dejado de hacerle sexo oral a mi esposo, atrapada en el prejuicio de ser señora y madre de familia. Para esa noche, sin embargo, me había preparado: vi porno a escondidas y practiqué con un pepino en la cocina mientras los chicos estaban en la escuela.

—Wow —se sorprendió Daniel—. Verte así me prende como no tienes idea, Mariana.

No me había vuelto una experta, pero lo que le estaba haciendo a Sergio nunca se lo había hecho a él.

—Daniel, lo que me hace tu esposa está tan rico que voy a explotar en su boca —avisó mi amante.

Me saqué la verga y empecé a masturbarlo con la mano.

—Creo que eso no se va a poder —le dije.

Habíamos quedado, mi marido y yo, en que no tragaría el semen de nadie más ni dejaría que se viniera dentro de mí. Sergio no protestó. Tomó su verga, se jaló unos segundos y se vació sobre mis tetas, sumándose a la marca que Daniel ya había dejado.

***

—¿Qué tal lo estamos haciendo? —preguntó mi marido un rato después, ya con el pantalón puesto y una cerveza en la mano.

—Me sorprendieron —respondió Sergio, también vestido—. Para ser su primera vez, lo hacen bastante bien.

Me abrazó. Yo ya andaba con la ropa encima otra vez.

—Para serte sincera, llegué nerviosísima —confesé—. Hasta le dije a Daniel que no iba a poder. Que simplemente no.

—¿Y ahora? —preguntó él.

—Ahora estoy muy satisfecha —me separé de Sergio y abracé a mi marido—. Creo que nunca habíamos tenido tanto sexo.

—¿No? —se rió Sergio, sirviendo más bebida—. Esto apenas empieza.

—No me refiero a eso —dije, intimidada otra vez por la naturalidad con la que él hablaba del tema—. Quiero decir que ha sido excitante desde que llegamos.

—¿Y cuál ha sido su mejor sexo? —preguntó.

—El otro día hablábamos de eso —contestó Daniel—. Todo lo bueno fue en la adolescencia. Crecimos, nos casamos, vinieron los hijos y se acabó lo rico.

—Les repito la oferta —dijo Sergio encogiéndose de hombros—. Si esto les gusta, podríamos seguir viéndonos.

Lo imité con un gesto, sin comprometerme.

—Baja la maleta, que me voy a cambiar —le pedí a mi marido.

Abrió la cajuela, sacó la maleta y subimos las escaleras del pequeño hotel hasta dejarla en la puerta de la habitación.

—Gracias. Cuando esté lista, les aviso.

***

Me despedí con un beso y me encerré en el cuarto. Estaba a oscuras. Encendí la luz y me sorprendí con lo que vi.

—¿Pero qué esperaba por trescientos pesos las tres horas? —dije en voz alta—. Cambiaste comodidad por privacidad, Mariana.

La cama era grande, con un espejo enorme detrás de la cabecera y dos burós a los lados. Enfrente, una tele colgada de la pared. Sentí calor, me acerqué al aire acondicionado de ventana y lo encendí. Soltó un ruidazo metálico que me hizo dar un brinco.

—Ah, no. La próxima le digo que pague un buen hotel —reí—. ¿Habrá próxima?

Caminé por el estrecho pasillo hasta el tocador. A un lado, la puerta del baño. Miré la hora: todavía teníamos tiempo. Empecé a limpiarme y a cambiarme mientras por mi cabeza pasaban todas las imágenes de la noche. Para entonces ya no quedaba arrepentimiento, ni remordimiento. Solo curiosidad.

—Si esto es lo que quiere mi marido, así será —me dije frente al espejo.

A los quince minutos les avisé que estaba lista. Tocaron y abrí. Apareció Sergio, me recorrió de pies a cabeza y se me echó encima sin avisar.

—¡Ay, Sergio! —grité, riendo mientras caíamos sobre la cama.

—Estás bien rica, Marianita —dijo al ver lo que llevaba puesto: lencería roja y, encima, un baby doll transparente a juego.

Empezamos a comernos a besos. Con las manos me subió las piernas hasta que su entrepierna quedó a la altura de la mía. Nuestras lenguas peleaban entre sí mientras él acariciaba mis muslos. Despacio, lo sentí endurecerse contra mi ropa interior.

Volteé a buscar a Daniel. Estaba al lado, cámara en mano, mirándonos.

—Ven —le dije.

Sergio empezó a moverse simulando penetrarme. Gemí. Lo detuve y lo miré a los ojos.

—Mi marido quiere que me cojas rico. Quiere grabarlo —susurré mientras le quitaba la camisa.

—Bien —dijo. Se levantó y se desvistió sin prisa.

***

En la hora siguiente, los tres nos convertimos en los protagonistas de una película que dirigió y grabó mi marido. Cada posición, cada frase, cada movimiento lo decidía él. En aquel cuarto barato, con la privacidad que tanto habíamos buscado, Daniel nos usó de la forma más morbosa que se le pasó por la cabeza.

Primero me grabó chupándosela a Sergio. Después se sumó y se la mamé a los dos a la vez. Me acomodé boca arriba y Sergio me hizo sexo oral mientras mi marido detallaba, con una precisión que me ponía nerviosa, exactamente lo que quería ver.

Me cogió de misionero. De perrito. Yo arriba. De lado. Posiciones que jamás había probado con mi esposo. Y en cada una, Daniel no participaba: solo se acercaba de vez en cuando para que se la chupara entre toma y toma. Lo que él quería era grabarme cogiendo con otro, escucharme gemir por otro.

Sergio se vino dos veces, una en mi espalda y otra en mis tetas. Mi marido se vino en los mismos lugares, casi al mismo tiempo, como si filmar mi cuerpo marcado fuera lo único que necesitaba.

Cerca de la medianoche empezamos a vestirnos en un ambiente completamente distinto. Los tres estábamos cansados y solo queríamos volver a casa. Bajamos al estacionamiento y nos despedimos de Sergio sin grandes palabras.

***

El camino de regreso fue en silencio. Se sentía una tensión rara, espesa, flotando entre los dos.

—Llegamos —dijo Daniel. Era cerca de la una.

—Sí —contesté, sin dejar de pensar en lo que había hecho.

Estaba agotada. Todo lo de esa noche me había dejado vacía y al mismo tiempo encendida. Mi marido se estacionó frente a la casa. Dos puertas más allá, unos vecinos bebían y escuchaban música. Me miré en el espejo retrovisor para arreglarme un poco; no andaba precisamente presentable para pasar frente a unos borrachos.

—¿Te arreglas para que te vean? —preguntó él, con ese tono pervertido que se le había instalado.

—Sí. Tú dime con quién quieres que me acueste y lo hago —respondí, medio molesta.

—El vecino a veces te echa unos ojos… ¡ay! —gritó por el manotazo que le di.

—Cállate —le di los últimos retoques al pelo—. Daniel, lo de esta noche es nuestro secreto. No lo volvemos a hacer nunca.

Le di un beso.

—Te amo. Y confío en que lo que grabaste se quede entre nosotros.

Cruzamos un par de frases más, bajamos y entramos. Vivíamos en una colonia de clase media, en una casa de clase media, con una vida de gente de clase media.

—Hola —saludé a mi hijo Bruno—. ¿Por qué no te has dormido?

—Es temprano —dijo sin despegar los ojos de la tele—. Mañana no hay clases.

—Bien. No te duermas tan tarde.

No quería quedarme ahí ni un minuto más, ni que me viera en esas condiciones. Toqué la puerta de mi hija.

—¿Valeria?

—Sí, mamá —contestó. La puerta tenía seguro. Escuché su voz hablando bajito y luego abrió—. Hola.

—¿Qué haces?

—Hablo por teléfono nada más.

—Bueno, es hora de dormir. Ando muerta.

—¿Cómo les fue?

—Bien.

—Se ve que la pasaron bien. ¿A dónde fueron?

—A bailar —le solté la mentira que habíamos ensayado—. Te dejo, descansa.

***

Caminé hasta la habitación. Daniel ya estaba acostado.

—Ven —dijo golpeando el colchón.

No respondí. Apenas me acerqué, me jaló contra él y caí encima. Empezamos a besarnos.

—Se me puso durísima pensando en lo puta que eres —murmuró.

Abrí los ojos, sorprendida.

—No pensé que te gustara tanto la verga.

No dije nada. Me acostó, me volteó y me acomodó de lado. Se quitó el pantalón, me subió la minifalda, hizo a un lado la tanga y me la metió.

Gemí.

—¿Te gusta, eh? —me cogía con violencia—. Te gusta la verga, ¿verdad?

—S… sí —dije.

—¿Te gusta que otros te la metan?

—Sí… sí… no…

—¿No te gustó Sergio? —no detenía las embestidas—. ¿No te gustó cómo te la metió?

—Sí —admití.

—¿Y el vecino? ¿No quieres que te la meta?

—Ay, no, Daniel —de pronto me sentí incómoda. No quería ser la mujer que él empezaba a dibujar en su cabeza.

—Dime, dime, que me vengo —gritó con desesperación—. Dime, siento tan rico.

—Sí, mi amor. Quiero que el vecino me la meta.

Se puso durísimo y vació todo su semen dentro de mí.

Cerré los ojos. Y con un último pensamiento de arrepentimiento por lo que había hecho —y por lo que, en el fondo, ya sabía que volvería a hacer—, me quedé dormida.

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Comentarios (6)

Romi_lectora

Increible!!! me dejo sin palabras, que historia

PatoBA

Por favor continua esta historia, quede con ganas de saber que paso despues de esa noche

claudia_bsas

Que relato tan bien contado, se siente completamente real. Sigue escribiendo asi!

MiradorFurtivo

La mirada del marido al principio dice todo... eso fue lo que mas me impacto del relato.

Damian_lector

Me recordo mucho a algo que viví con mi pareja hace un par de años, esa sensacion es inigualable realmente

NachoPalacios

jajaja el final!! no me lo esperaba para nada 😂

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