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Relatos Ardientes

Acepté el intercambio sin imaginar lo que sentiría

Rubén me lo propuso un martes cualquiera, en el descanso del trabajo, como quien sugiere ir a tomar algo. Un intercambio. De verdad esta vez, no una de esas fantasías que sueltas en la cama para calentar el ambiente. Yo lo había deseado alguna vez, pero nunca lo tuve claro. Beatriz, su mujer, me caía bien, aunque no me atraía lo suficiente. Lo que sí sabía, sin ninguna duda, era que a Noelia le apetecería probar con Rubén.

Lo sabía porque una noche se lo saqué. Y digo que se lo saqué porque ella no quería confesarlo. Negaba haber tenido fantasías con nadie mientras yo hurgaba despacio entre sus piernas, hasta que cedió.

—No es que me lo quiera follar —dijo al fin—. Es solo una fantasía con la que me hice una paja. Fue cuando te fuiste a Sevilla y yo me quedé sola con el examen. Estaba caliente, me puse a tocarme y de repente me acordé de un día que Rubén parecía coquetear conmigo. Y reconocerás que es guapo. En mi cabeza me dejé conquistar, él me la metió y yo me corrí. Pero ni siquiera me gusta de verdad, fue un calentón.

—¿O sea que follártelo sí, pero ligar no?

—No he dicho eso.

—¿Y cómo la tenía?

—Ja. Bastante grande.

—¿Más que la mía?

—No te ofendas. En la fantasía el tamaño es gratis, y mi cabeza eligió una grande. —Se rió.

Esa noche echamos un polvo en honor a Rubén. Concretamente, él usó mi cuerpo para follarse a Noelia, al menos en nuestra imaginación.

Tengo que contar algo más, porque creo que tiene que ver. Hacía siete u ocho meses yo había tenido una historia tonta con una compañera, una noche que bebí de más. Ni siquiera hubo penetración, solo tocamientos, pero no lo confesé y me corroía la culpa. Algo de aquello pesaba ahora en mi decisión.

Rubén y yo trabajábamos juntos y nos habíamos hecho buenos amigos. Por arrastre, Beatriz y Noelia también acabaron siendo amigas. Ellos lo del intercambio lo tenían como práctica habitual; nosotros nunca lo habíamos hecho. Solo fantaseado.

***

Esa noche, en la cama, se lo solté.

—Noelia, no te vas a creer lo que Rubén me ha propuesto esta mañana.

—Un intercambio.

—¿Cómo lo sabes?

—No me digas que he acertado. ¿En serio? ¿Y qué le has dicho?

—Pues eso, un intercambio.

—Venga, no seas tonto. Cuéntame.

—Un. Inter. Cam. Bio. ¿Cómo quieres que te lo diga?

—¿De verdad? —Levantó las cejas con un asombro exagerado—. Es gracioso, ¿no? ¿No le habrás dicho que ya follé con él la noche que me metió esa polla gorda? —Se rió.

—¿Cómo le voy a contar eso?

—Es broma. Pensé que a ti sí te haría ilusión —tiré de la conversación—. Una vez me dijiste que te gustaría un intercambio.

—Lo dije en general. Esto es concreto. Y me parece que la que lo está deseando eres tú.

—Si a ti te hace ilusión, a mí me da vergüenza, pero si va a pasar algún día, prefiero ahora. Y Rubén es el que más me pondría… —Se mordió el labio.

—Yo no lo tengo claro. Beatriz no me atrae demasiado.

—Entonces no hay más que hablar. —Y juraría que noté una nota de desilusión.

—Pero a ti te apetece.

—Bah.

—Por otro lado, igual me excita ver cómo te mete esa polla gorda.

—A lo mejor la tiene pequeñita. —Hizo con los dedos un gesto ridículo, separándolos apenas un par de centímetros.

—Ja. Ni en un día de mucho frío la tendrá así. Pero cuando se encuentre con esto… —Le toqué por dentro de las bragas— …se le va a poner como mi antebrazo. —Y cerré el puño señalándolo.

—Me vas a poner caliente.

Terminamos follando, claro. En la calma de después, le dije:

—Pues mañana le digo que sí.

—No digas tonterías. ¿De verdad? ¿Estás seguro? A mí me da corte, pero no voy a negar que tengo curiosidad. Estoy un poco mojada, qué vergüenza. Date cuenta de que me la va a meter de verdad, del tamaño que sea. ¿No te importa?

—Tienes dos días para ponerte colorada, porque el sábado te la va a meter, y sé que lo vas a disfrutar.

No quería que me mintiera diciendo que no, ni que dijera que sí con demasiadas ganas y me dieran celos, así que le tapé la boca con un beso.

***

Al día siguiente busqué un momento a solas con Rubén.

—Hablé con Noelia. Decimos que sí. Si queréis, este sábado.

—¿En serio? Joder, me estoy empalmando aquí mismo. El sábado no puedo. Veníos a comer el domingo a casa, que estamos más anchos. Tengo una habitación con dos camas grandes. Supongo que querréis que estemos todos juntos, ¿no? Es más excitante.

—No sé si más excitante. Supongo. Es la primera vez.

—¿La primera vez? ¡Qué ilusión! O sea que Noelia es virgen en esto. Y tú también.

—Me da que estás bastante más interesado en Noelia que en mí.

—Hombre, es más guapa que tú. —Se rió—. Y a ti te tengo muy visto. Venga, dejémonos de tonterías. El domingo, comida rica, no traigáis nada, que tenemos de todo.

Cuando llegué a casa le conté el plan a Noelia. No le metí mano: me daba celos comprobar que estaba mojada, y seguro que lo estaba.

Los días hasta el domingo pasaron lentos, y luego el domingo llegó rapidísimo. Raro el tiempo. Noelia había comprado ropa interior nueva; le pedí que la lavara una vez para que no cantara tanto que era recién estrenada. No la eligió demasiado provocativa: le daba vergüenza que se le notaran las ganas.

Vivían a cincuenta kilómetros de Valencia. Cogimos el coche. Noelia estaba nerviosa pero ilusionada, no se le borró la sonrisa en todo el viaje.

—Si de verdad quieres verme con Rubén, puedo avisarte cuando vaya a pasar. ¿Quieres?

—Vale. Veremos qué se siente.

Nos recibieron con mucho cariño, perra incluida, que por algún motivo siempre me hacía mil fiestas. En la comida bebimos vino y Noelia bebió más de lo que suele, lo que me preocupó, pero no pasó nada. A media mesa, Rubén anunció el plan.

—Por experiencia, lo mejor es jugar antes a la botella, para romper el hielo. Al primero o primera que se quede desnudo, nos vamos todos a la habitación. ¿Os parece?

—Claro. Será excitante —dije, sin estar ni medio convencido de que lo fuera.

***

Rubén sacó una botella de champán vacía. A él le gustan las tetas grandes, y Beatriz las tenía enormes. A mí me gustan pequeñas, y Noelia, vestida, parecía tener más de lo que tenía. Pequeñas, bonitas las dos en su tamaño. Pensé que sería una decepción para todos, pero no lo fue.

A Beatriz le tocó enseñarlas primero, mejor, porque es más desinhibida. Verlas me dio más curiosidad que otra cosa, y eran bonitas. Cuando le tocó a Noelia, Rubén se levantó.

—Déjame que te lo desabroche. —Se colocó detrás, lo soltó y metió directamente las manos bajo las copas, cogiéndole los pechos. Noelia soltó una exclamación. Él terminó de quitarle el sujetador, lo dejó en un sillón y se pegó a su espalda, una mano en cada teta, besándole el cuello.

Noelia me buscó con la mirada, giró la cabeza, le cogió la barbilla a Rubén y le dio un beso corto.

—Rubén, sigue siendo mi novia. Recuérdalo —dije, intentando sonar más entero de lo que estaba.

—Lo es, lo es. Pero hoy es un día especial. Hoy, en cierto modo, es mía. Solo hoy. —La hizo girar y la abrazó de frente, pecho contra pecho—. Daniel, si te sientes mal, paramos.

—No, no. Ni en broma. —Me hice el machito por Noelia, que estaba seguro de que lo deseaba.

—Veo que te gustan los anticipos —me dijo ella, cariñosa. Se pellizcó un pezón hasta dejarlo erecto entre los dedos y atrajo la cabeza de Rubén para que lo probara. Él lo lamió, lo besó, lo mordió suave, y ella apartó la cabeza—. Ya. Luego seguimos.

No sé si Noelia había venido a disfrutar o simplemente hacía lo que tocaba según el trato. Las dos cosas, supongo.

Terminamos el juego. Rubén perdió los pantalones, Beatriz las bragas. Para compensar lo que ellos habían hecho, le pasé un dedo por el sexo desnudo a Beatriz, y lo agradeció. Entonces Rubén cogió a Noelia de la mano y tiró de ella.

—Vamos todos. Nos lo hemos ganado, y creo que hablo por todos si digo que hay ganas.

Yo no tenía nada claro tener ganas. No solo se iba a follar a mi chica: encima parecía decirme lo que debía sentir. Por cortesía cogí a Beatriz del hombro y entramos detrás de ellos.

***

Ya habían elegido cama. Rubén había sentado a Noelia y se quitó el calzoncillo. No la tenía grande: la tenía enorme, o al menos así la vi en ese momento. Las dos camas estaban en ángulo, separadas por los pies, de modo que desde una se veía perfectamente la otra, un poco desde abajo.

—¡Qué polla tan grande tienes! —dijo Noelia con voz de cuento, como Caperucita.

—Es para comerte mejor. Hoy preparada para ti, que lo sepas. —Y avanzó hacia ella con la polla por delante, besándola en la boca.

A Noelia le pierden los besos. Esta vez se pegó ella a él y le devolvió el beso con pasión, mientras bajaba la mano y se la cogía. Me sentí idiota. Rubén la terminó de desnudar, la levantó en brazos y la depositó en la cama.

Yo atendía más a la otra cama que a Beatriz, y ella, claro, lo notó.

—Me parece que te interesa más lo de enfrente. A veces pasa, la primera vez. Podemos mirar el rato que quieras. Pero quítate la ropa, que al menos te vea. —Me la quité, estaba empalmado—. Es bonita. Veamos el espectáculo, y luego te la como.

Miré. Rubén besaba a Noelia por todo el cuerpo, se demoraba en los pechos, una mano entre sus piernas. Ella gozaba y gemía, y yo sufría como el gilipollas que era, empalmado por la persona equivocada. Iba de voyeur en mi propia rendición. Él se tumbó de lado, le acariciaba el clítoris en círculos mientras le rozaba los labios sin llegar a besarla, y Noelia se corrió agarrando la sábana, poniéndole la mano encima de la suya para que parara. Desnuda, boca arriba, las piernas un poco abiertas, estaba preciosa.

Beatriz me hacía caricias. La miré y le sonreí.

—Eres un encanto —le dije, y lo pensaba.

—No te preocupes, sigue mirando. Me gusta tocarte. Si tienes alguna duda, recuerda que Rubén es tu amigo y lo que ves es solo sexo.

Volví a mirar. Noelia tenía ahora en la mano el instrumento de mi tortura, lo probó con la lengua y se lo metió en la boca, sacando y metiendo el glande. De repente reparó en que yo la observaba y, sonriendo, le pasó la lengua por el frenillo.

—Daniel. Mira. Como te gusta a ti. —Y volvió a metérselo casi entero.

—¿Te la puedo comer? —Me distrajo Beatriz.

—¿Qué tal si nos tumbamos y nos besamos? —contesté, intentando llevar la cosa a un cauce más lógico.

Lo hicimos, pegando los cuerpos. No era desagradable, para nada; que una mujer te ceda su cuerpo es hermoso. La besé, le cogí una teta, la mano en el culo. Nunca había tocado un pecho tan grande, pero una teta es una teta, y se las besé. Beatriz disfrutaba.

—¡Qué tetas! No es fácil ver unas tan grandes y bonitas —le dije, porque sabía que lo esperaba.

—Gracias.

—¡Daniel! —La voz de Noelia, ahora de deseo—. Va a ocurrir. Me la va a meter. Mira si quieres.

Miré. En postura del misionero, los dos observaban el punto exacto donde estaban a punto de unirse. Rubén guiaba la polla con la mano, restregándola contra ella.

—Te la voy a meter muy despacito. Te va a gustar. Si te duele, me avisas y paro. —Noelia cambió el registro del gemido, de la mmmm a la ooooh, y él empujó.

Me vino a la cabeza la primera vez que se la metí yo. No era virgen, pero tampoco experta, y me pareció delicioso, y entonces ni siquiera la quería tanto como ahora. La de Rubén era más larga que la mía, solo un poco más gruesa, un quince por ciento, calculé como un idiota. Noelia le buscó la boca, jugaban con las lenguas mientras follaban, ella le acariciaba el cuello, él le pellizcaba los pezones. Parecían dos enamorados. Y otra vez los celos.

***

Mientras tanto, Beatriz se había agachado y se metía mi polla en la boca.

—Perdona —dije. No la estaba atendiendo.

—No te preocupes. Aunque estés en otra cosa, tu pene está apetitoso y tieso. Se ve que te pone ver a tu chica.

—Date la vuelta y te como yo también.

Colocó su sexo a la altura de mi boca y me puse a lamerla, primero los labios, luego el clítoris, mientras ella me chupaba. La tenía húmeda a pesar de mi atención a medias. El suyo era un sexo más sencillo que el de Noelia: labios externos gorditos, los internos finos, un clítoris pequeño y duro.

—Ay, qué gusto —Noelia otra vez. Desvié la mirada. Rubén la tenía dentro entera y no se movían, solo se sentían. Ella abrió los ojos—. La siento muy llena. Puedes moverte, ya no me duele. —Él empezó despacio. Noté que mi erección crecía, o esa sensación tuve. Cuando fantaseábamos en la cama, Noelia gozaba conmigo aunque habláramos de otra polla. Ahora gozaba sin mí, con una polla ajena de verdad, y era Rubén el que estaba dentro de ella, no yo.

Beatriz parecía de orgasmo fácil, porque tuvo uno pese a mi atención mediana.

—¿Quieres metérmela? —me dijo bajito.

—Sí. Me gustaría mucho. —Sobre todo quería metérsela para saber qué estaba sintiendo Rubén dentro de Noelia. Como si no lo supiera. La metí y la dejé un rato en el fondo, como hicieron ellos. La vagina de Beatriz era placentera y estrecha, casi infantil, y ella amable. La hice correrse otra vez, pero yo no lo conseguía.

Vi que en la otra cama habían cambiado de postura. Noelia cabalgaba, y se veía la polla entrar y salir. La conocía bien: se acercaba al clímax. Empezaron lentos en el misionero y terminaron en una follada salvaje que solo aflojó cuando ella empezó a correrse, con las piernas cerrándose y el culo temblando, mientras él se vaciaba dentro y le clavaba los dedos en las nalgas hasta dejar marca.

Como yo seguía sin correrme, Beatriz me suplicó que la dejara comérmela otra vez. Ahora ya sin distracciones: los otros estaban satisfechos. Me dejé llevar, e hice justo lo contrario de lo que recomiendan, eso de pensar en otra para correrte con tu pareja. Yo pensé en Noelia, imaginé que era ella quien me lo hacía, y con ese estímulo me corrí. Beatriz se tragó mi semen, la primera vez que alguien lo hacía conmigo, y me gustó.

***

Nos vestimos y salimos los cuatro a dar una vuelta, ya cada oveja con su pareja. Yo llevaba a Noelia de la mano, y sentir esa mano me pareció la cosa más dulce del mundo. Nos despedimos con abrazos, sin más.

De vuelta, en el coche, hablamos.

—Me ha gustado mucho, pero tengo ganas de llegar a casa y abrazarte en la cama.

—Has follado tan a fondo, te has entregado tanto, que he tenido algo de celos —confesé.

—No tienes razón de tenerlos. Me ha gustado, sí. Es la primera vez que practico solo sexo, sin más. Las pocas veces antes de ti había algo de enamoramiento, y contigo ni te cuento. Hoy rompimos un tabú, y ya está.

—No he podido evitarlos. Pero está todo bien.

—Creí que querías que lo hiciera. Hasta que te avisara.

—Shhh. Te dije que me avisaras. Está todo bien. —Y le tapé la boca con la mano.

—Quiero que entiendas una cosa, Daniel. Rubén es buen amante, tú también. Él la tiene grande y sabe usarla, perdona. Tú no la tienes tan grande, pero me encanta, y me encanta cuando me la metes. Pero esto es lo importante: Rubén nunca me cogería la mano como me la coges tú. Por ahora. Y eso lo he entendido hoy.

—Pues, a propósito, si no estás muy cansada, me gustaría metértela un poco aunque no hagamos nada más. He echado de menos tu vagina.

—Vale. Tú preparas la cena y yo me ducho. Lo siento, pero debo tener restos de Rubén dentro y prefiero quitármelos. Sé que lo has hecho todo por mí y no por ti, y te lo agradezco. Te quiero, aunque parece que me he echado una cana al aire y tú menos, un poco también. Y sé que, con celos y todo, te puso más verme a mí que follar con Beatriz. Me di cuenta de que me mirabas.

Al oír lo de los restos de Rubén dentro, lo imaginé otra vez: su mano en el clítoris de ella, vaciándose dentro, las bocanadas. Y se me puso descomunal.

—Pues tienes razón. Y yo te quiero a ti. Lo de hoy fue romper un tabú que estaba bien romper. Y si alguna vez nos apetece, ya pensaremos si lo repetimos.

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Comentarios (5)

DiegoBs

Que relato!!! me dejo sin palabras. Se nota que tiene algo de real, no es solo morbo.

Nico_pba

Por favor una segunda parte!! quedé con ganas de saber como sigue todo esto.

mauro_bsas

Pocas veces un relato te hace pensar de verdad sobre lo que uno cree que quiere y lo que siente cuando finalmente lo tiene. Muy bueno, gracias por compartirlo.

SeroNocturno

brillante, seguí subiendo

Leo_Cba

Que final... me dejó pensando un buen rato. Genail.

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