El día que entendí que prefería mirar
Allí estaba yo, hundido en el sofá del salón, con una copa de whisky sudando entre los dedos, observando a mi mujer desnuda. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa baja, las tetas colgando, el culo en pompa y las piernas bien abiertas. No movía un músculo. Esperaba.
Del recibidor entró Babá, un chico al que habíamos contactado un par de días antes. Estaba realmente bien formado, ancho de espalda, y se agarraba con la mano una polla erecta de un tamaño que parecía sacado de una exageración. Cogió un poco de vaselina del bote que Marisol había dejado a propósito sobre la mesa. Se untó la verga, repartió otro poco en el ano de ella y, sin demasiados preámbulos, fue metiendo el cilindro en el apretado culo de mi mujer.
Marisol y yo somos un matrimonio que ya pasó los cuarenta. Tenemos una posición económica más que cómoda y, hasta hace unos años, una vida sexual de lo más anodina.
Llegó un punto en que nos dimos cuenta de que lo teníamos todo en la vida salvo esa chispa que se había ido apagando por mil razones tontas. Una de esas noches de sábado, después de un polvo de cumplir el expediente, nos quedamos despiertos hablando. Por primera vez en años nos contamos nuestras fantasías y reconocimos en voz alta que si no le poníamos sal a la relación íbamos a terminar tirándola por la borda.
Nos costó decidirnos, pero al final fuimos a un club liberal.
La primera vez solo fuimos a mirar. Nos sorprendió ver a la gente follar delante de nosotros, una imagen que casi nadie tiene la oportunidad de presenciar en su vida. Salimos contentos, callados en el coche, con una urgencia rara en el cuerpo y con ganas de volver.
Recuerdo el detalle de aquella primera noche: la luz tenue y rojiza, la música baja, el olor a perfume mezclado con sudor, las parejas que se rozaban en los sillones como si nadie las viera. Marisol me apretaba la mano cada vez que algo nuevo aparecía en su campo de visión. Ninguno de los dos se atrevió a tocar a nadie, pero salimos sabiendo que aquello había abierto una puerta que ya no íbamos a poder cerrar.
La segunda vez, mientras observábamos a otras parejas, me atreví a meter la mano por detrás del pantalón de Marisol y empecé a masturbarla. Ella acabó corriéndose entre temblores y aspavientos sin perder de vista lo que pasaba enfrente. Al llegar a casa follamos como dos adolescentes con prisa.
La tercera vez, tomando una copa, conocimos a una pareja. La idea inicial era pasar a un reservado y que cada uno follara con la suya, y eso fue lo que empezamos a hacer. A aquella pareja no volvimos a verla nunca, pero marcó un antes y un después para nosotros.
La chica —Lorena, creo que se llamaba— en un momento dado empezó a besar a Marisol. Mi mujer no rehuyó los besos, y al rato tenía la cabeza metida entre las piernas de Lorena, un favor que ella devolvió poco después con la misma entrega.
Cuando las dos terminaron de jugar, cada uno se folló a su mujer mirando de reojo a la otra. Fue una de las cosas más excitantes que recuerdo de aquella época.
***
En la cuarta visita conocimos a otra pareja y, después de pasar al reservado, repetimos la rutina: cada uno a lo suyo, dejar que las mujeres se buscaran, y cuando quisimos darnos cuenta cada uno estaba follándose a la pareja del otro.
Aquello fue una auténtica catarsis. No sabría decir qué me gustó más, si follarme a aquella morena de piernas largas o ver cómo a Marisol la penetraba duramente una polla bastante más grande que la mía.
Seguimos acudiendo a distintos clubes e intercambiando con otras parejas. A veces me quedaba ensimismado, mirando cómo otros hombres entraban en mi mujer; en alguna ocasión la vi doblemente penetrada por el chico de la otra pareja y por alguien que invitábamos a la partida.
Marisol pasó de ser una mujer conservadora en la cama a una leona insaciable. En cuanto veía un coño a su disposición se lanzaba a lamerlo y disfrutaba incluso cuando la penetraban a ella mientras tenía la boca ocupada en otra mujer.
Fue un día, parado en un atasco volviendo del trabajo, cuando lo entendí de golpe: disfrutaba más viendo cómo se follaban a mi mujer que siendo yo el que se follaba a la mujer de otro. Me quedé un buen rato con las manos en el volante, asimilándolo.
Lo más curioso fue que, cuando esa noche le planteé a Marisol la idea de que la follaran otros delante de mí mientras yo solo miraba, le pareció la cosa más normal del mundo. Lo dijo como quien comenta el tiempo.
—Era cuestión de tiempo —respondió encogiéndose de hombros—. Lo veía venir.
Me sorprendió descubrir que ella ya había llegado antes que yo a ese lugar.
***
Desde aquel momento dejamos de ir a los clubes que los fines de semana no admitían a hombres solos. Empezamos a frecuentar a propósito aquellos otros donde siempre había machos sueltos rondando, buitres pacientes esperando una presa.
La primera vez le propusimos un trío a un chico, y la verdad es que apenas penetré a Marisol. Me dediqué más a mirar y a masturbarme despacio que a participar en el juego. Me di cuenta de que ahí, sentado en una esquina de la cama, estaba mi sitio.
La segunda vez puse las cartas sobre la mesa desde el principio. Hablamos con un tipo que nos gustó a los dos y, directamente, le pedí que se follara a Marisol mientras yo observaba. Aquello fue un espectáculo, sobre todo porque el chico se tomó la libertad de sodomizarla sin que estuviera pactado. Marisol no puso el menor reparo. Por primera vez vi a mi mujer correrse mientras la penetraban por el culo, y jamás la había visto tan fuera de sí.
Desde entonces era ella misma la que, estando a cuatro patas, se sacaba la polla del coño y se la guiaba al ano ya dilatado. Me encantaba ver cómo distintas vergas entraban y salían del culo de mi señora mientras ella me clavaba la mirada y le cambiaba la mueca de la cara con cada embestida.
Llegó un punto en que nos cansamos del trasiego de los clubes y empezamos a invitar a los chicos directamente a casa. Era más cómodo, más íntimo, y podíamos poner nuestras propias reglas.
La logística se volvió casi una rutina doméstica. Marisol elegía a los candidatos por fotos, charlaba con ellos unos días, confirmaba la cita. Yo preparaba el salón: corría las cortinas, dejaba el bote de vaselina sobre la mesa, servía mi whisky y elegía mi butaca, siempre la misma, en el ángulo desde el que mejor se veía todo. Ella se duchaba, se perfumaba y se ponía algo de lencería que se quitaría a los dos minutos. Esa espera, los minutos previos al timbre, eran para mí casi tan excitantes como el resto.
***
En cierta ocasión, para nuestra sorpresa, en lugar del chico con el que habíamos estado chateando se presentó otro distinto, un hombre de piel muy oscura. Nos descolocó un poco. Incluso Marisol puso cara de rechazo, porque, aunque no lo reconozca jamás en voz alta, arrastra ciertos prejuicios.
Al final le pudieron más las ganas de que la montaran que el reparo de quién iba a hacerlo.
Aquel chico se la folló en todas las posturas y, como yo esperaba, Marisol no se pudo contener: cogió aquel mango y se lo metió ella misma en el culo. Se corrió a gritos, retorciéndose los pezones con las dos manos, fuera de cualquier control.
Esa noche, ya solos, echamos un polvo enorme rememorándolo. Marisol, todavía agitada, me soltó al oído esa frase tan típica que dicen en Estados Unidos.
—«When you go black you never come back» —susurró riéndose—. Cuando lo pruebas ya no hay vuelta atrás.
A partir de aquella noche solo pasaron por nuestra casa jóvenes de cuerpo grande, piel de ébano y herramienta descomunal. Se convirtió en su preferencia, y yo me limité a complacerla.
***
Bebía despacio mientras Babá agarraba a mi mujer por las caderas. A cada embestida avanzaba un poco más, hundiendo la polla centímetro a centímetro, hasta que los huevos le golpearon el cuerpo de ella. Marisol disfrutaba como una loca, con la frente apoyada en la mesa y la boca entreabierta.
Saqué mi polla del pantalón y empecé a masturbarme con calma. Nunca me corría en aquellas sesiones. Esperaba a que se la follaran una y otra vez, parando yo mismo cuando notaba que iba a eyacular y retomándolo cuando me había calmado. El placer estaba justo ahí, en aguantar al borde mientras otro terminaba el trabajo.
El acuerdo con los chicos era siempre el mismo: que se la follaran y, una vez acabasen, que no se despidieran. Que volvieran al recibidor, se vistieran en silencio y se marcharan. Nada de charlas, nada de quedarse. Era nuestro ritual.
Aquella noche, después de que la usaran por todos los agujeros, Marisol quedó reventada sobre la mesa del salón, jadeando, con el pelo pegado a la cara. Esperé a que el chico se fuera. Entonces, como tenía por costumbre, cogí a mi mujer de la coleta, le levanté la cabeza y le metí mi polla dura en la boca. Empezó a chupar como si fueran a prohibírselo.
Antes de correrme la saqué. La levanté con cuidado y me la llevé a la cama, donde por fin la follé yo, despacio, recordando cada imagen de la noche. Ella sonreía con los ojos cerrados.
Hay quien necesita ser el protagonista. A mí me bastaba con la primera fila.