El intruso que despertó algo entre mi mujer y yo
Para que se entienda lo que voy a contar, conviene que empiece por el principio: por cómo apareció Nadira en mi vida cuando yo ya había renunciado a que apareciera alguien.
Llevaba seis años divorciado. El proceso me dejó vacío, como suelen dejar estas cosas, y había decidido que no volvería a atar mi vida a la de nadie. Me había hecho a la soltería y, la verdad, me sentía cómodo en ella. Se acabaron las discusiones, los portazos y los silencios cargados de reproches. Pensaba que ya estaba todo dicho.
La conocí en un viaje de trabajo a Abu Dabi. Mi socio y yo intentábamos venderle a la administración local un sistema de telecomunicaciones que habíamos patentado, y en aquella sala llena de hombres trajeados y protocolo rígido ella entró como quien entra en otra dimensión. Era la intérprete que mi socio había contratado, porque yo apenas chapurreo inglés y de árabe ni una palabra.
Se llamaba Nadira y conocía cada costumbre, cada gesto que convenía evitar. Traducía con una voz baja y aterciopelada, manteniendo siempre un tono neutro que hacía que las dos partes acabaran entendiéndose casi sin darse cuenta. Yo, mientras tanto, fingía atender a las cifras cuando en realidad no podía dejar de mirarla.
De aquellas reuniones salió el mejor contrato de mi carrera. Por delante nos quedaban años de trabajo conjunto, instalando sistemas en proyectos urbanísticos que cambiaban la cara de la ciudad. Y durante los dos primeros años viajé casi cada mes para supervisar el avance, lo que significaba volver a verla a ella.
Entre nosotros había una diferencia de edad considerable. Yo ya peinaba canas, rondaba los cincuenta, y ella no llegaría a los treinta. Me sentía casi indecente por desearla, y cuando lograba arrancarle una sonrisa, una de verdad, sentía un alborozo absurdo, como un adolescente. Buscaba esos instantes a solas en los que la profesional bajaba la guardia y asomaba la mujer: el brillo de sus ojos color avellana, la piel cobriza, los pañuelos de seda con que cubría el pelo.
La diferencia de años me empujaba a creer que era imposible. Por las noches, en la soledad del hotel, me masturbaba pensando en ella y luego me sentía miserable. Hasta que un día, bajando los dos solos en el ascensor tras una reunión interminable, ella clavó sus ojos en los míos. No había distancia profesional en aquella mirada. Había deseo, y algo más hondo. Me derretí allí mismo.
No fue fácil para Nadira dejarlo todo y seguirme a este rincón frío del norte donde no conocía a nadie. Pero lo hizo. Compramos una casa apartada en la montaña, no lejos de la civilización pero sí lo bastante para estar solos, y montamos una vida tranquila con el dinero que aquel contrato me había dado. Mi trabajo se redujo a resolver los pocos problemas de mis únicos clientes, y para eso contaba con su ayuda. El dinero no da la felicidad, dicen, pero ayuda mucho.
Fueron unos años casi perfectos. Casi, porque nada lo es del todo. Llegó el día en que la diferencia de edad empezó a pesar, aunque no fue por ella, ni por nada que ella hiciera. Fue por mí. Por el miedo. Sentir que yo envejecía mientras Nadira simplemente maduraba, ganando atractivo cada mañana, hizo que mis erecciones fueran perdiendo fuerza. Algo gradual, pero implacable.
Ella jamás se quejó. El que no soportaba aquella falta de vigor era yo. No es que no pudiéramos hacer el amor; conservaba lo justo para penetrarla y disfrutar, pero ya no alcanzaba la plenitud de antes, y eso me corroía. Con el tiempo apenas conseguía eyacular.
Nadira se conformaba con mis caricias. Yo hundía la cabeza entre sus piernas, la lamía despacio, jugaba con ella, la llevaba al orgasmo con los dedos y con los juguetes que había ido comprando para suplir lo que ya no funcionaba. Una noche, después de correrse en mi boca, quiso devolvérmelo. Se empleó a fondo, usó todos sus trucos, pero fue en vano. Acabó llorando de pura impotencia, y yo lloré con ella tratando de consolarla, aunque el que necesitaba consuelo era yo.
Me prometí buscar ayuda. Terapia, pastillas, lo que hiciera falta para recuperar lo perdido. No pensaba rendirme.
***
Estábamos así esa madrugada, abrazados y desnudos, cuando oímos un ruido en la planta baja. Habíamos olvidado conectar la alarma.
Salté de la cama, me eché una bata por encima y bajé corriendo, armado con una ridícula raqueta de tenis que saqué del armario. Nadira se cubrió como pudo con un albornoz corto que apenas le tapaba los muslos y se quedó arriba, escuchando. A ninguno de los dos se nos ocurrió llamar a la policía.
Abajo me topé con un chico que no llegaría a los treinta. Al verme se asustó tanto como yo. Se le cayó de las manos un candelabro de plata que estaba metiendo en una bolsa de deporte junto con el resto de adornos del salón. Dudó, se tambaleó y, cuando recuperó el aplomo, sacó de la bolsa una escopeta recortada y me apuntó.
Dejé caer la raqueta y levanté las manos.
—Coge lo que quieras y vete —dije, intentando que no se me notara el miedo.
De arriba llegó un grito ahogado. Nadira se había delatado. El chico miró hacia la barandilla sin dejar de apuntarme.
—¿Quién hay ahí? Baja ahora mismo o le meto un tiro a este.
Ella asomó entre las sombras, temblando.
—Baja, te he dicho —insistió él.
—Hazle caso, mi amor —pedí, tratando de calmarla.
Envuelta en aquel albornoz mínimo, Nadira bajó las escaleras agarrándose a la barandilla para que las piernas no la traicionaran. Yo no estaba para admirar nada en ese momento, pero al chico no se le escapó que bajo la prenda no llevaba nada más, y la perspectiva, nosotros abajo y ella descendiendo, le ofreció una vista que le cambió la cara. El robo pasó de pronto a un segundo plano.
Manteniendo las distancias, le ordenó a Nadira que me atara a una silla del salón, frente al sofá donde solíamos ver la televisión. Para las muñecas le hizo usar los cinturones de mi bata y de su albornoz, solo por el gusto de dejarnos a los dos al descubierto. Mi desnudez no le interesaba; la de ella, con la prenda ya suelta dejando escapar imágenes fugaces de su cuerpo, era otra cosa.
Para las piernas le mandó sacar una cuerda de la bolsa, y la siguió con el cañón mientras ella se movía, sin perderse un detalle. Estaba cada vez más excitado y se le notaba en cada gesto.
Cuando terminó, Nadira se quedó de pie a mi lado, cerrando con las manos las solapas del albornoz, esperando.
—No te tapes —ordenó él—. Déjame ver.
Ella apartó los brazos. La tela se abrió apenas, revelando el triángulo oscuro de su pubis cuidadosamente depilado.
—Ábrete del todo, preciosa. Quiero ver esas tetas.
Obedeció. Sus pechos quedaron al descubierto, la piel morena brillando bajo la luz tenue. Los ojos del chico ardían de pura lujuria; los de ella soltaban lágrimas; los míos se nublaban de rabia.
—Joder, qué bien estás —murmuró, llevándose una mano a la entrepierna para palparse el bulto—. Creo que hoy me llevo algo más que cuatro baratijas.
—Como la toques, te mato —escupí.
Dejó de apuntarla y se acercó a mí para apoyarme el cañón en la sien.
—¿Qué has dicho, listo? —empujaba mi cabeza con el doble cañón—. Con el hierro en la frente ya no eres tan valiente, ¿eh?
Agaché la cabeza. No estaba en posición de amenazar a nadie.
—No le hagas daño, por favor —balbuceó Nadira entre sollozos, cubriéndose otra vez.
—¿Quién te ha dicho que te tapes? —le gritó, volviendo a apuntarla—. Quítatelo todo. Entera.
—Hijo de puta —gruñí, revolviéndome en la silla.
El chico soltó una carcajada. Tenía delante a la mujer más hermosa que había visto nunca y, a su lado, a un pobre infeliz humillado y atado.
—Os diré lo que vamos a hacer —dijo despacio, apoyándome de nuevo el arma en la frente—. Como no quiero forzar a esta preciosidad, vas a ser tú quien le pida que me la chupe.
Tragué saliva. Prefería un tiro antes que pedirle a Nadira nada con aquel desgraciado.
—Que te jodan —dije, levantando la barbilla.
Sonrió y, con un movimiento suave, me metió los cañones entre los labios. Nadira gritó.
—Haré lo que quieras —dijo enseguida ella.
—¿Ves? Ni hace falta pedírselo. Si lo está deseando.
Sabía que no era verdad, pero gozaba humillándonos.
—Arrodíllate y desabróchame —ordenó, sin sacarme el arma de la boca.
Los pechos de Nadira se balancearon al caer de rodillas. La visión le aflojó el brazo y el cañón salió de mi boca para apuntarme al pecho. Ella le bajó la cremallera con manos temblorosas, le retiró el pantalón hasta los muslos y luego la ropa interior. Apareció un sexo grueso, mucho más que el mío, todavía a medio endurecer.
—No tengas miedo, que no muerde —se burló él.
Nadira lo rodeó con una mano, luego con la otra, y empezó a moverlas despacio, con los ojos cerrados. Cuando aquello terminó de endurecerse, apuntaba al techo, firme como la escopeta apoyada en mi torso.
Cerré los ojos. No podía soportar verla obligada a aquello. Lloraba con la cabeza gacha cuando noté que el cañón dejaba de presionarme el pecho. El chico se estaba relajando, y eso me hizo abrir los ojos por instinto.
Como a través de un cristal mojado por la lluvia, vi a mi mujer moviendo la cabeza y las manos al mismo ritmo, entregada a la tarea para acabar cuanto antes. Una vez que los abrí, ya no fui capaz de volver a cerrarlos.
Las lágrimas se fueron secando y la imagen se aclaró. Ahora veía con nitidez cómo lo recorría de arriba abajo, cómo sus labios abarcaban una buena parte y la lengua trabajaba en círculos. El chico jadeó, apoyó la mano libre en su nuca y el arma quedó colgando hacia el suelo. Empezó a mover las caderas como si la follara.
Y entonces, atado, humillado, perplejo, me asaltó una sensación extraña.
¿Cuánto hacía que no veía a Nadira frente a una erección de verdad?
Meses. Demasiado tiempo sin una polla dura entre las manos, y ahora tenía una en la boca, aunque no creía que la estuviera disfrutando. Recordé lo mucho que gozaba antes besando, lamiendo, masajeándome; cómo suspiraba cuando me corría en su boca o sobre su cara. Siempre le había gustado.
De golpe dejé de ver la escena como lo que era y mi mente, enferma de tanta frustración, empezó a contarme otra historia. En cada vaivén de aquel sexo entrando y saliendo, creí adivinar el placer que ella misma necesitaba, el hambre acumulada durante meses de sequía a mi lado. Dejé de mirarla con lástima y empecé a mirarla de otra manera.
—Como sigas así me corro, y no pienso irme sin darte lo tuyo —dijo el chico de pronto, apartándola, y me devolvió a la realidad.
Nadira giró la cabeza hacia mí, avergonzada. Y lo que vio le transformó la cara. Tenía delante a un hombre atado, humillado y completamente erecto, como no me veía desde hacía meses.
—Mira al viejo cómo se empalma viendo a su mujer comerse una buena polla —rio el intruso—. Al final me lo vais a agradecer.
Nadira y yo nos miramos durante unos segundos que parecieron horas. Y en ese silencio nos lo dijimos todo. Que disfrutara, que sabía lo que necesitaba. Que quería verla gozar como en los viejos tiempos. Ella me preguntó sin palabras si estaba seguro, y yo le respondí del mismo modo que nada me haría más feliz.
Entonces alzó la mirada hacia el chico.
—Deja el arma. No la necesitas. Seré tuya.
El idiota me miró triunfal, creyendo que aquello tenía que ver con él. Soltó la escopeta sobre la mesa y se desnudó del todo. Nadira, sin dejar de mirarme, se tumbó en el sofá frente a mí, separó las piernas y se llevó una mano al sexo para prepararse.
Antes de penetrarla, él recorrió su cuerpo con la lengua. Se arrodilló entre sus muslos y la saboreó mientras ella le hundía los dedos en el pelo. Subió luego por el vientre hasta los pechos, los besó, los mordisqueó. Después vi a Nadira guiar con la mano aquel sexo hacia donde debía.
El chico tenía maña. Entró poco a poco, con empujones cortos que iban ganando terreno sin prisa. Vi las manos de mi mujer agarrándole las nalgas para llevárselo más adentro, igual que había hecho mil veces conmigo. Vi sus pies estirarse, oí sus gemidos sinceros acelerarse al ritmo de las embestidas. Volví a ver sus dedos contraerse cuando llegó el orgasmo.
Mi sexo palpitaba como no recordaba. Casi había olvidado lo duro que podía llegar a ponerse.
Él bramaba como un animal, aguantando para no correrse todavía. Cuando se separó, dejó a Nadira jadeante, abierta y empapada ante mis ojos. Me miró sorprendido, fijándose en mi entrepierna, que se mecía sola al borde del orgasmo.
—Qué puto degenerado —masculló con desprecio.
No entendía nada. No podía entenderlo.
Volvió a arrodillarse y la lamió de nuevo, bebiéndose cada gota, y esta vez deslizó la lengua más abajo. Conozco tan bien a mi mujer que supe lo que pretendía por la forma especial en que ella gimió. La estaba preparando.
Cuando la creyó lista, le levantó las piernas y se dispuso a hacer puntería. Ella lo detuvo.
—Espera, así no —le rogó—. Tómame por detrás si quieres, pero déjame estar con mi marido.
El chico me miró, entendió, y dejó que Nadira gateara hasta mí. Con ella a cuatro patas, mi sexo en su mano y aquel desconocido detrás, la oí susurrar:
—Toma tú el control, mi amor. Que me folle como si me follaras tú.
Me quedé sin palabras. Me pedía pasar de espectador a protagonista, que fuera yo quien la pusiera a disposición del extraño y no al revés. Esta vez sí era para darle placer a ella.
Yo sé cómo le gusta. No se conforma con un entrar y salir rutinario. Le gusta sentirse usada, recibir empujones fuertes mientras le tiran del pelo. Antes yo también me reprimía para terminar sintiendo sus temblores incontrolados cuando se corría. Y ahora tenía la oportunidad de verla perder el control otra vez, con una erección que, por primera vez en meses, era de verdad mía.
El chico se masturbaba mirando lo que iba a montar. Yo miraba a mi mujer disfrutar al fin de mi miembro en pleno esplendor, tragándoselo entero con cabezazos llenos de recuerdos.
Me tocaba mi papel. Recé para que no le doliera y la provoqué como sé que le gusta.
—¿A qué esperas, chaval? Dale duro a esta zorra. Lo está deseando.
Ese vocabulario no es habitual entre nosotros; lo reservamos para nuestros momentos más íntimos. Nadira me miró desde abajo, restregándome el sexo por la cara, y sonrió con malicia.
El chico no se hizo de rogar. Se colocó tras ella y la fue penetrando despacio, ganando terreno hasta el fondo. Ella gemía conmigo en la boca, disfrutando de los dos. Volvió a mirarme, pidiéndome más.
—Dale fuerte, nenaza. ¿No sabes apreciar un buen culo? No la oigo gritar. No sirves para nada.
El chico no podía creer lo que oía. Minutos antes mandaba a punta de escopeta y ahora el marido atado, ese que lloraba y se empalmaba, lo llamaba nenaza. El insulto surtió efecto. Con qué ganas estrelló entonces las caderas contra ella, sujetándola con ambas manos. Qué placer volver a oír esos gemidos descontrolados que anunciaban uno de sus orgasmos espasmódicos.
Los temblores de Nadira llegaron, y con ellos el final de él, que se vació con empujones tremendos sin soltarla. Yo, por mi parte, me corrí al aire. Ella no pudo seguir mientras la sacudía el orgasmo y se limitó a aferrarse a mí con fuerza, casi estrangulándome, mientras mi semen salía a chorros sobre su pelo oscuro.
Acabamos los tres a la vez.
***
Pronto se hizo el silencio, solo roto por los jadeos. El intruso se dejó caer de espaldas en el suelo, agotado. Al verlo tan vulnerable, moví la rodilla donde descansaba la cabeza de Nadira. Ella alzó la vista, miré hacia la escopeta sobre la mesa y entendió. Sacó fuerzas de donde no tenía, se levantó y empuñó el arma apuntándole a la cabeza.
El chico abrió los ojos y sonrió. Se incorporó con las manos tras la nuca, sin decir nada.
—Coge tus cosas y vete —ordenó ella con una autoridad nueva.
Se vistió sin prisa, dedicándonos miradas burlonas. Vació la bolsa, devolviendo todo lo que había guardado, y se encaminó a la puerta con Nadira detrás, apuntándole.
Ya en el umbral, se volvió.
—¿Me devuelves el arma? No es mía, me la han prestado.
De repente parecía un crío que temía decepcionar a alguien. Seguramente la nuestra fue la primera casa que intentó asaltar.
—No —contestó ella, tajante.
El chico sonrió otra vez, estiró el brazo en un movimiento rápido y se la quitó sin esfuerzo.
—Está descargada, guapa —dijo con una mueca que más que burla parecía decir: ya os quejaréis de la noche que os he dado.
Abrió la puerta y, antes de salir, añadió:
—Ha sido la mejor noche de mi vida. No os olvidaré nunca, y sé que vosotros a mí tampoco.
No le faltaba razón. Jamás lo olvidaremos. No llamamos a la policía. Al fin y al cabo, ¿qué íbamos a denunciar? No nos había robado nada salvo la inocencia.
Después de desatarme, nos metimos juntos en la ducha y lloramos otra vez. No tanto por el terror de tener a un extraño en casa, como por la perspectiva que se acababa de abrir ante nosotros. Ya nunca volveríamos a ser los mismos.
Pasaron días sin que quisiéramos hablar del tema. Cuando por fin lo hicimos, fue de un modo igual de perturbador: queríamos saber, cada uno, qué había sentido el otro en cada momento. A mí me excitó oírle confesar lo que sintió al tener de nuevo una erección entre las manos, en la boca, dentro. Y, sobre todo, al verme a mí firme como no me veía en meses. A ella la excitó oírme decir que, al verla por fin frente a un deseo que yo ya no podía darle, me alegré por ella, porque la quiero tanto que nada me atormenta más que no poder hacerla feliz.
Mientras nos lo contábamos, mi erección volvió, y follamos como locos, susurrándonos al oído lo mucho que habíamos disfrutado con cada paso de aquella noche.
Aquel fue el último polvo que echamos los dos solos. Desde entonces, no se me ha vuelto a levantar si no es viéndola gozar con otro. Así es nuestra vida ahora: la comparto para poder ofrecerle lo mejor de mí. No sé si somos más felices que antes, pero felices lo somos, de eso estoy seguro. Nos seguimos teniendo el uno al otro, y con eso nos basta.