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Relatos Ardientes

Cuarta noche de crucero y mi primera infidelidad

Cuando entré en el buffet, el sol entraba a raudales por los ventanales y el barco se mecía con una suavidad que ya empezaba a sentir parte de mí. Llevaba mi vestido azul de lino, ese con el escote en pico que deja adivinar sin mostrar demasiado. Debajo me había puesto unas medias color piel que, una vez ajustadas, me apretaban de más en el muslo izquierdo. Cada paso me recordaba el surco que el elástico me marcaba en la carne. Me prometí quitármelas en cuanto pudiera.

Damián estaba en una mesa junto al cristal, rodeado de gente. Reconocí a Bruno y a Patricia, los vecinos de camarote, y a dos hombres que no conocía. Uno mayor, de cabello plateado y porte distinguido. El otro, un chico de poco más de veinte años que miraba su teléfono con un aburrimiento que solo se tiene a esa edad.

—¡Noelia! —Damián se levantó y me besó en la mejilla—. Siéntate, mi amor.

Miré alrededor. No había ninguna silla libre. Patricia, con una sonrisa que me pareció demasiado rápida, se puso en pie.

—Justo me iba —dijo—. Quedé con unas amigas en la piscina. Luego nos vemos, ¿vale?

Y se marchó, dejando la mesa con cuatro hombres y yo.

Damián me acercó una silla y coloqué mi bandeja. El hombre mayor me miraba. No con descaro, sino con una especie de admiración respetuosa que me hizo sonrojarme un poco. Sus ojos, de un azul muy claro, recorrieron mi rostro, mi escote, mis hombros, y volvieron a mis ojos con una sonrisa leve.

—Te presento a Anselmo —dijo Damián—. Es amigo de Hugo. Y su sobrino, Tomás.

—Encantada —dije, tendiendo la mano.

Anselmo la tomó con suavidad y la besó. Un gesto anticuado, elegante, que me sorprendió.

—El placer es mío —dijo, con un acento suave—. Hugo me ha hablado de usted.

—¿Ah, sí? —levanté una ceja—. ¿Y qué le ha contado?

—Que es la mujer más hermosa del barco.

Damián soltó una risa falsa. Bruno miró su teléfono. El sobrino, Tomás, bostezó.

—Yo me voy —dijo el chico, levantándose—. Quedé con un amigo en la cubierta de arriba. Luego te veo, tío.

Y se fue sin esperar respuesta.

Anselmo negó con la cabeza, sonriendo con cariño.

—La juventud —dijo—. Siempre con prisa por llegar a ninguna parte.

El desayuno transcurrió entre conversaciones triviales. Yo notaba la mirada de Anselmo cada vez que me inclinaba para beber el café o cuando me reía de algún comentario. No me incomodaba. Al contrario. Había algo en su forma de mirar que me hacía sentir valiosa.

Otro más, pensé. Otro que se suma al círculo. El mayor también.

No sabía entonces hasta qué punto esa intuición era cierta.

***

Subí al camarote a cambiarme para la piscina. Aproveché para quitarme esas medias que tanto me apretaban, frotando el muslo donde la marca roja todavía persistía. Antes de salir, abrí el teléfono. La aplicación seguía sincronizada con la cuenta que había clonado.

El grupo «Los amigos de Noelia» tenía mensajes nuevos.

11:34 — Damián: chicos, presentaciones hechas, ya sabéis quién es anselmo.

11:34 — Bruno: bienvenido al grupo, abuelo, jajaja.

11:35 — Anselmo: gracias por la invitación, damián. tu mujer es aún más hermosa de cerca.

11:35 — Damián: lo sé, por eso la comparto.

11:36 — Hugo: anselmo, you will enjoy tonight, i promise.

11:36 — Anselmo: llevo treinta años sin bailar. espero no hacer el ridículo.

11:37 — Damián: con noelia hasta el ridículo merece la pena.

Sonreí frente a la pantalla. El círculo se ampliaba. Y yo, sin saber muy bien cómo, me había convertido en el centro de atención de cuatro hombres que creían tenerlo todo bajo control.

Lo que ninguno sabía era que yo había leído cada palabra. El plan. Los turnos. El lunar que uno mencionó. Todo. Y en vez de enfadarme, en vez de bajar a montar una escena, decidí algo distinto: si querían jugar, jugaríamos. Pero con mis reglas.

***

La noche temática fue todo lo que esperaba y más. Música de los ochenta, luces de colores, una pista de baile abarrotada. Yo había bebido dos copas de espumante antes de bajar y notaba ya ese calorcillo en las mejillas, esa ligereza en los movimientos que difumina los bordes de la prudencia.

Damián bailó conmigo los primeros temas, pero pronto se alejó para hablar con Bruno, que había logrado escapar de Patricia un rato. Me quedé sola en un taburete alto, junto a la barra, cuando apareció Anselmo.

—¿Me concede este baile? —preguntó, tendiendo la mano.

Acepté. Y descubrí, con sorpresa, que el mayor bailaba maravillosamente. Me llevaba con firmeza, marcando el ritmo con una elegancia que pocos hombres conservan a su edad. Reíamos, girábamos, y yo sentía su mano en mi cintura con un respeto que me excitaba más que cualquier atrevimiento.

—Baila usted mejor que Hugo —le susurré al oído.

—No le diga eso —respondió, riendo—. Le daría celos.

Y entonces, como invocado, apareció Hugo. Anselmo me devolvió al taburete con una pequeña reverencia y le cedió el sitio.

—¿Me la prestas? —preguntó Hugo.

—Solo si me la devuelves —contestó Anselmo, guiñándome un ojo.

Hugo bailó conmigo un tema, luego otro, luego un tercero. Su forma de moverse era distinta: más contenida, más íntima. Su mano en mi espalda, su pecho rozando el mío, su aliento cerca de mi oreja.

—Noelia —dijo, en un momento en que la música bajó—. Necesito hablar contigo. A solas.

Miré hacia la barra. Damián charlaba con Bruno. Anselmo observaba desde su taburete, una copa en la mano. Nadie parecía prestarnos atención.

—Vamos —dije.

***

Nos escabullimos por una puerta lateral que daba a la cubierta. El aire nocturno me despejó un poco, pero las copas seguían haciendo su efecto. Me tambaleé y Hugo me sujetó del brazo.

—Tengo que decirte algo —empezó—. Y no sé cómo vas a tomarlo.

—Dime.

—Todo esto… lo de anoche, lo de esta noche… está planeado.

Lo miré fijamente. El viento me agitaba el pelo.

—Lo sé —respondí.

Hugo parpadeó, desconcertado.

—¿Lo sabes?

—Cloné el teléfono de Bruno hace días. Lo sé todo. El grupo. Los planes. El lunar. Todo.

Hugo se quedó en silencio un largo rato.

—¿Y no estás enfadada?

Sonreí. Una sonrisa lenta, que empezó en los labios y llegó hasta los ojos.

—Al principio sí. Pero luego leí lo que escribiste tú. Lo de que soy una reina. Lo de que soy especial. Y entendí que tú eres diferente.

Hugo me miró como si viera a una desconocida.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora —dije, tomándolo de la mano— llévame a algún sitio donde no nos encuentren.

***

Salimos del salón temático y recorrimos el barco. Pasamos por bares vacíos, por salones de juegos, por cubiertas desiertas. En cada lugar yo pedía otra copa. Y Hugo, obediente, me la conseguía.

En algún momento entramos en la discoteca. La música estaba alta, las luces ultravioleta convertían todo en neón. Mi vestido azul, bajo esa luz, se volvía fluorescente. Veía mi cuerpo recortado en los espejos: los pechos, las caderas, las piernas. Todo brillaba.

Los hombres empezaron a mirarme.

El primero se acercó mientras Hugo pedía copas en la barra. Un tipo moreno, de unos cuarenta, con una sonrisa segura.

—¿Bailas conmigo? —preguntó.

Miré a Hugo. Él asintió, casi imperceptiblemente.

Bailé con el moreno. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, pero con respeto. Cuando terminó la canción, me besó la mano y se fue.

El segundo fue más atrevido. Un hombre rubio, grande, que me agarró de la cintura y me pegó a él desde el primer instante. Bailamos muy juntos y yo sentía su erección contra mi vientre. No me importó. El espumante me había desinhibido por completo.

El tercero me sacó a bailar mientras Hugo hablaba por teléfono. No sé de qué hablaba. No me importaba. Yo reía, giraba, dejaba que las manos de los desconocidos me rozaran.

El cuarto fue el que empezó a besarme el cuello. Primero con suavidad, luego con más intensidad. Yo gemía, echando la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más piel.

—Ven —susurró—. Mi camarote está cerca.

Y entonces llegó el quinto.

No sé cómo pasó. De pronto estaba en un rincón oscuro, con un hombre que no era ninguno de los anteriores. Me había separado de Hugo, o Hugo de mí, no lo sé. El caso es que aquel hombre, de rostro anónimo y manos hambrientas, me había arrinconado.

Besaba mi cuello, mis hombros. Bajó el tirante de mi vestido. Yo gemía, pero también intentaba apartarlo sin conseguirlo. Mis fuerzas eran mínimas. Sus manos subían por mis muslos, buscando, encontrando.

—No —dije—. Espera…

Pero él no esperó. Sus dedos llegaron donde no debían, y yo solté un grito que no supe si era de placer o de miedo.

—¡Hey! ¡Apártate de ella!

Era Anselmo. Detrás venía Hugo, el teléfono en la mano, mirando la escena con horror.

El hombre se apartó refunfuñando. Anselmo me sujetó cuando mis piernas flaquearon.

—¿Estás bien? —preguntó.

No pude responder. Solo negué con la cabeza, aferrándome a su brazo.

—Vamos —dijo Hugo—. Llevémosla a mi camarote. Necesita agua y dormir un rato.

***

Hugo me alzó en brazos como si no pesara nada. Recuerdo su pecho contra mi mejilla, el latido de su corazón, el olor de su colonia. Detrás, Anselmo recogía mis cosas: el bolso, los zapatos, el chal que había perdido en la discoteca.

Entramos en el camarote. Me sentaron en la cama y me dieron agua. Bebí a sorbos pequeños, intentando enfocar la mirada.

—Tranquila —decía Hugo—. Estás a salvo.

Pero yo no me sentía tranquila. Me sentía ardiente. El alcohol, las caricias de esos hombres, el peligro, el rescate. Todo se mezclaba dentro de mí como un cóctel a punto de estallar.

Por un instante creí estar en mi camarote. Con mi marido. Con Damián. Empecé a desvestirme.

—No, Noelia, espera —Hugo intentó detenerme—. No estamos…

Pero yo no escuchaba. Levanté la falda del vestido y me arranqué las medias de un tirón, esas que tanto me habían molestado todo el día. Las lancé al suelo con alivio. Luego, tambaleándome, me saqué el vestido por la cabeza.

Quedé en ropa interior. Hugo me miraba con los ojos muy abiertos. Anselmo, de espaldas, no se movía.

—Noelia, por favor —insistió Hugo—. No estás en tu camarote. Estás en el mío.

Me detuve. Parpadeé. Miré a mi alrededor. No reconocía nada.

—¿Dónde estoy?

—Conmigo. Y con Anselmo.

Miré hacia el mayor. Seguía de espaldas, rígido.

—¿Por qué no me miras? —pregunté.

Anselmo se volvió despacio. Nuestras miradas se encontraron. En la suya vi deseo, pero también respeto. Y algo más: una pregunta.

—Debo irme —dijo—. Esto no está bien.

—Quédate —dije.

Pero él negó con la cabeza y salió del camarote sin mirar atrás. En esa última mirada, en el cruce de nuestros ojos, hubo un acuerdo tácito. Un «después».

La puerta se cerró. Y entonces, Hugo y yo, solos.

***

Me levanté de la cama. Caminé hacia él despacio, tambaleándome apenas. Mis manos encontraron su pecho, su cuello, su rostro.

—Esta vez sí quiero saberlo —dije—. Quiero saber a qué sabe otro hombre.

—Noelia, estás borracha…

—No tanto como crees. Lo suficiente para perder la vergüenza. Lo suficiente para saber lo que quiero. Y te quiero a ti.

Lo besé. Largo, profundo. Hugo respondió al instante, las manos recorriendo mi espalda, mis nalgas, mis muslos.

Me tumbé en la cama y lo invité a subir sobre mí. Lo hice a conciencia, sabiendo lo que hacía, mirándolo a los ojos mientras él se quitaba la ropa.

Su cuerpo era hermoso. Fibroso, trabajado por los años de soledad y de viajes. Cuando entró en mí, gemí con una intensidad que no sentía desde hacía años.

—Sí —susurré—. Así. Así.

Sus movimientos eran pausados, casi reverentes. Como si yo fuera algo que no merecía romper. Pero yo quería más. Quería sentirme deseada, poseída, usada hasta el final.

—Más fuerte —pedí.

Y él obedeció.

Cuando se vació dentro de mí, sentí su calor llenándome. Y en ese momento de lucidez de después, las preguntas volvieron, persistentes, curiosas. ¿Todos los hombres saben igual? ¿Cómo será el otro?

Miré a Hugo, que jadeaba a mi lado.

—Llámale —dije.

—¿A quién?

—Al mayor.

Hugo se incorporó, sorprendido.

—Noelia, no…

—Llámale —insistí, y mi voz no temblaba—. Quiero que venga. Hazme una foto. Envíala. Y vendrá.

Hugo me miró largamente. Luego, con manos temblorosas, tomó su teléfono. Me retrató allí, desnuda, tendida en su cama, con la sonrisa de quien sabe exactamente lo que quiere.

Envió la foto.

Pasaron unos segundos. Un minuto. Luego, unos golpecitos en la puerta.

***

Entró Anselmo.

Me vio allí, desnuda, ofrecida. Su respiración se aceleró. Pero no dijo nada. Solo esperó.

—Ven —dije, abriendo los brazos.

Se desvistió con una lentitud que me excitó más que cualquier prisa. Su cuerpo era el de un hombre maduro, sí, pero fuerte, bien conservado. Cuando se tumbó sobre mí, sentí el peso de sus años, de su experiencia.

Me penetró con una suavidad que contrastaba con la urgencia de Hugo. Pero pronto el ritmo cambió. Me tomó de las caderas y me puso de rodillas, en cuatro. Sus manos agarraron mi cintura con firmeza.

Y entonces comenzó de verdad.

Sentía su miembro entrando y saliendo, cada vez más rápido. Una de sus manos dejó mi cintura y se enredó en mi pelo largo, haciéndolo un remolino, tirando hacia atrás.

Abrí los ojos de par en par. El dolor fue inmediato, punzante, pero mezclado con una electricidad que me recorrió la espalda. Su otra mano, mientras tanto, empezó a palmear mi nalga izquierda con un ritmo que parecía ensayado.

La primera palmada dolió. Ardió. La segunda fue distinta. Un calor hondo, profundo, que empezó en la nalga y se extendió hasta mi sexo. La tercera me hizo gemir con una intensidad que no sabía que tenía dentro.

—Sí —grité—. Sí, así, así…

Anselmo me penetraba sin pausa, sus palmadas marcando el compás de sus embestidas. Detrás sentía la mirada de Hugo, que nos observaba sin intervenir, con una mezcla de admiración y deseo.

El orgasmo llegó como una ola gigante, imparable. Grité, me retorcí, apreté las sábanas con una fuerza que me dejó las manos blancas. Y mientras las contracciones me sacudían, sentí cómo Anselmo se corría dentro de mí, su cuerpo tensándose, su gemido grave contra mi oído.

Después caímos los tres sobre la cama, un montón de cuerpos sudados y satisfechos.

—¿Duele? —preguntó Anselmo, acariciando mi nalga enrojecida.

—Sí —respondí—. Pero duele bien.

Hugo sonrió desde el otro lado de la cama.

—Nunca había visto algo así —dijo.

—Yo tampoco —admití—. Nunca había sido tan libre.

Anselmo me besó el hombro.

—Eres increíble, Noelia.

Cerré los ojos. Acurrucada entre ellos, con el cuerpo dolorido y satisfecho, pensé en Damián, en el grupo, en los turnos que habían repartido sin contar conmigo.

Querían jugar, pensé. Y han jugado. Pero con mis reglas.

Y esto, lo supe entonces, era solo el principio.

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Comentarios (5)

Tomas_Noche

excelente!!! no pude soltar el telefono hasta terminarlo

CamilaRdt

Necesito la continuacion, quedé con demasiadas ganas de saber cómo terminó todo jaja

Luciana_VC

Me encantó cómo construiste la tensión. El ritmo es muy bueno, no se hace pesado en ningún momento

ViajeandoSolo

Los cruceros son otro nivel, te lo juro. Me acordé de un viaje que hice hace unos años y me sonreí con esto. Muy creíble todo

FlorR_BA

Esa vuelta de tuerca al final... no me lo esperaba para nada. Muy bien guardado el suspenso durante todo el relato

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