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Relatos Ardientes

El intercambio de parejas que nos trajo la nevada

Habíamos alquilado una casa de piedra perdida entre pinos y abetos, lejos de cualquier pueblo, para pasar el fin de año los seis. Mejor dicho, los seis que llegamos primero. Carla y yo subimos un par de días antes con Marcos y Diego, y esperábamos a Elena y a Nuria, que se retrasaban por trabajo. Llevábamos años con una regla simple entre todos: relación abierta, nada fijo con nadie de fuera, y lo que pasara entre nosotros se quedaba entre nosotros.

—Seguro que esas dos quieren un día más para ellas solas —dijo Marcos, riéndose—. ¿A que sí, Diego?

—Pues claro. Así disfrutamos nosotros hasta que aparezcan —contestó Diego.

Carla, que es incansable, no tardó en meterse.

—Dejadme participar. A Rubén no le importa.

—Que no, Carla —cortó Diego—. Lo nuestro es nuestro. Si quieres te quedas mirando, hasta ahí llegamos.

—Qué egoístas sois —protestó ella, pero ya tenía esa chispa en los ojos.

Conozco esa cara. Cuando se le mete algo en la cabeza, no hay quien la pare.

Esa noche, cuando Marcos y Diego se retiraron a su habitación, Carla cogió una silla, se desnudó sin ninguna vergüenza y se plantó en el umbral.

—Ya que no me dejáis jugar, me quedo mirando —anunció—. Yo me toco aquí y tú, Rubén, duerme tranquilo. Aunque ya te aviso: cuando salga, no pienso dejarte descansar.

Marcos y Diego siguieron a lo suyo sin hacerle caso. Marcos llevaba la voz cantante, le decía a Diego cómo ponerse, qué hacer, y él obedecía. Se besaban con hambre, se mordían los hombros. Carla los observaba desde la silla, una mano entre los muslos, hasta que tuvo bastante. Entró en nuestro cuarto, me despertó de un manotazo en el culo y no me soltó hasta que ella quedó satisfecha y se durmió.

***

Los días siguientes fueron tranquilos. Cartas, paseos, una serie entera frente a la chimenea. Ninguno de nosotros baja ya de los cuarenta, así que no estamos para follar a todas horas. Una mañana, Carla y yo salimos a caminar por unos senderos que daban a un barranco. Todo estaba blanco, los pinos cargados de nieve, un silencio que impresionaba. Ella, que casi nunca dice esas cosas, se acercó, me besó despacio y me susurró «te quiero». Me quedé sin palabras. Apoyó la cabeza en mi hombro y caminamos así un buen rato.

Cuando volvimos, Elena y Nuria ya habían llegado. Nos esperaban en el porche fumando, porque dentro estaba prohibido. Nuria me dio un beso en la mejilla y, bajito, me dijo: «luego te cuento». Elena estaba sentada en las rodillas de Marcos, besándose, y se notaba que las dos venían con ganas.

Carla lo captó al instante.

—A mí me lo cuentas todo —le dijo a Nuria—. Y espero que tú y Rubén no estéis tramando nada serio. Abierta es abierta, pero nada fijo.

—Tranquila, no es eso —respondió Nuria, y se sentó conmigo en un rincón mientras los demás preparaban café.

—Mira, Rubén, tú sabes lo de Diego y Marcos, y sabes lo mío con Elena, aunque lo nuestro es más esporádico. Que esto no salga del grupo, hay gente que no lo entendería. Pero déjame contarte estos días.

Bajó la voz.

—Cerré un contrato enorme con una empresa extranjera. La dueña me propuso cenar, elegí yo el sitio, un restaurante del casco viejo, comida clásica de la zona. Luego la llevé a un tablao, bebimos demasiado. Acabamos en su hotel, en su habitación, con una botella de champán esperando. No sé cómo, pero ella sabía mi afición por las mujeres dominantes y por los juegos de poder.

—¿Y? —pregunté, ya enganchado.

—Fue lo mejor que me ha pasado en ese terreno. Sabía combinar el dolor y el placer como nadie. Tenía aparatos que yo no había visto en mi vida. Uno que estira el clítoris, otro con pequeñas varillas y un control de intensidad, pinzas para los pezones... El dolor justo mezclado con el placer, orgasmos que llegaban suaves y no te agotaban. Estuvimos dos noches. A la mañana siguiente me despertó comiéndome, y no paró hasta el tercer orgasmo.

Carla, que escuchaba a medias, se había puesto colorada y húmeda con el relato. Tuve que llevármela al baño a calmarla. Aquí te pillo, aquí te follo.

***

El día treinta llegaron Hugo y Sandra, que tienen un restaurante en la ciudad, con el cordero ya preparado para asarlo en la casa, porque sus hornos no daban abasto con los menús de fin de año. Nos pusimos todos a organizar la cena: limpiar la cubertería, elegir el mantel, recoger ramas y adornos por el monte. Por la tarde acordamos repetir un juego que habíamos hecho en Nochebuena, pero con una vuelta de tuerca.

—Esta vez, después de las uvas —dijo Elena—. Recibimos el año desnudos, sin sorteo. Cada una elige con quién pasa la noche.

—Pero hasta las campanadas no sabréis quién os ha tocado —añadió Nuria, divertida—. Y nada de repetir parejas.

—Esto es un dominio de mujeres —remató Carla, y todas se rieron.

Nos tenían cogidos por los huevos. A ver a quién me toca esta vez.

***

El treinta y uno amaneció con una nevada espectacular. Hugo y Sandra asaron el cordero, nosotros preparamos las bebidas, llenamos el congelador de hielo, repasamos que no faltara nada. A media tarde, ya de noche y sin parar de nevar, llamaron a la puerta.

Abrió Marcos y se encontró con una pareja de guardias forestales que habían pasado por allí días atrás, cuando comprobaron que no fuéramos ocupas. Él rondaba los cuarenta, alto, fornido, se le marcaban los músculos bajo el chaquetón. Se llamaba Raúl. Ella era mucho más joven, veintipocos, buena figura, también en forma; se llamaba Lucía.

—Disculpad —dijo Raúl—. Han cortado todos los accesos y hasta mañana no suben las quitanieves. Nos hemos quedado atrapados. ¿Os importaría que pasáramos la noche aquí? No molestamos, dormimos en el sofá.

—Claro que sí —respondió Hugo—. Y celebráis el año con nosotros. Hay comida de sobra.

—La verdad es que no tengo familia cerca —dijo Lucía—. Soy de fuera y aquí no me espera nadie.

—Yo estoy separado y mis padres viven lejos —añadió Raúl—. Por el servicio no he podido bajar estas fiestas.

Les ofrecimos quitarse los chaquetones y las botas, dentro hacía calor. Mientras se acomodaban, Carla se llevó a Lucía aparte con las otras y le explicó el juego. Que si no le apetecía, no pasaba nada, se quedaban en el sofá y listo.

—¿Puedo elegir yo? —preguntó Lucía, mordiéndose el labio.

—Sí, pero nunca a tu compañero. A cualquiera de ellos —le aclaró Carla—. Son algo mayores que tú, pero te aseguro que tienen experiencia y aguante de sobra.

—Acepto —dijo Lucía, casi sin pensarlo—. Nunca he estado en algo así y me apetece llevarme un buen recuerdo. A pesar de mis años, he tenido relaciones con hombres y con mujeres.

Diego y yo nos encargamos de Raúl, le explicamos las mismas reglas. Él se quedó sorprendido, pero aceptó.

—Hace tiempo que no tengo nada serio —reconoció—. Lo único, que estoy bastante dotado y a algunas les ha echado para atrás.

—No te preocupes —le dije—. En cuanto te vean desnudo, se van a rifar por ti.

***

La cena fue un festín. Carla se las apañó para sentarse al lado de Raúl, ya imaginándose el tamaño de lo que escondía. Diego se acomodó junto a Lucía. Empezamos con los canapés y los embutidos, y luego Hugo y Sandra trajeron las bandejas de barro con el cordero. Comimos como si llevásemos una semana en ayunas.

—Chicos, quedan treinta minutos para las uvas —anunció Elena—. Me parece que ya podemos ir desnudándonos para recibir el año.

Cada pareja se retiró un momento a su cuarto para quitarse la ropa. Raúl y Lucía se desnudaron allí mismo, en el salón. Vi cómo ella miró de reojo a su compañero y se quedó pasmada. Cómo he podido pasar meses al lado de eso sin tocarlo.

Pusimos música, bailamos, y cuando la televisión empezó a retransmitir las campanadas, cada uno cogió su copa con las uvas. Al ritmo de las doce, nos las fuimos tomando entre risas y atragantos. Al terminar, cada pareja se besó, incluso los guardias se dieron un pico tímido. Descorchamos el cava, brindamos, y entonces las mujeres se apartaron a deliberar.

Nosotros esperábamos, copa en mano, expectantes. Yo soñaba con la jovencita; daba por hecho que Carla había elegido a Raúl.

—Yo doy las elecciones —dijo Elena—. Lucía se queda con Rubén. Sandra con Marcos. Nuria con Hugo. Carla, la muy puñetera, con Raúl. Y yo me quedo con Diego.

Cada una con su pareja a su habitación. A nosotros nos tocó el salón.

***

Y así empezó el mayor intercambio de parejas en el que he estado nunca. Lucía era un monumento de mujer. Casi me daba reparo tocarla, tan joven, pero de inexperta no tenía nada. Se arrodilló y me la tragó entera, sin prisa, acariciándome mientras yo le sujetaba la nuca con suavidad. Cuando la tumbé y le subí las piernas a mis hombros, gritaba con cada embestida; cualquier roce la hacía correrse. Le mordí los pezones, largos y duros, y me dejé llevar.

—Más despacio —jadeó ella en un momento—. Quiero que dure.

La obedecí. Bajé, la recorrí entera con la lengua, y la sentí temblar tres veces seguidas antes de que volviéramos a empezar.

Desde mi propio dormitorio se escuchaban los gritos de Carla. Por lo visto, Raúl le estaba haciendo honor a su fama. El culo se lo va a dejar para el arrastre. Luego me tocará a mí ponerle la crema y consolarla.

Sobre las tres, en un descanso, me asomé. Carla tenía a Raúl en la boca, lo que podía de él, y vi cómo él se vaciaba y ella recogía cada gota con la lengua, sonriendo de oreja a oreja. Volví al salón y me lancé sobre Lucía otra vez, hambriento, hasta dejarla deshecha. Después caímos rendidos. Un par de horas más tarde noté una humedad cálida: ella me había despertado con la boca.

***

A las ocho de la mañana sonó el teléfono de Raúl. Desde su cuartel le avisaban de que las carreteras ya estaban despejadas. Los dos se ducharon, se vistieron, y mientras yo les preparaba un café se despidieron de los que ya estábamos en pie. Nos dieron las gracias por una noche inolvidable. Al darle el beso de despedida a Lucía, le dije al oído que no desaprovechara al ejemplar que tenía al lado. Ella me sonrió, como si tomara nota.

Una a una se fueron abriendo las habitaciones. Hubo cola para los dos baños, aunque cada pareja, ya recompuesta, se duchó junta como si nada. Tras un buen desayuno recogimos la casa, que estaba hecha un desastre, y salimos a caminar bajo un sol espléndido que había borrado la tormenta de la noche anterior.

Y así se acabaron aquellas vacaciones. El primer día del año fue tranquilo; aprovechamos las sobras y nos acostamos pronto, sin fuerzas para nada más. A la mañana siguiente hicimos las maletas y nos despedimos quedando en repetir la experiencia en primavera. Hugo y Sandra avisaron de que ellos no podrían por trabajo, pero que se apuntaba la hermana de Sandra, algo más joven, con su marido.

Y así termina la crónica de la Nochevieja más caliente que recuerdo.

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Comentarios (6)

Horacio_MZA

Tremendo relato!!! me quede con ganas de mas, que situacion tan inesperada la de los guardias

Cintia_r

La nevada como excusa fue una idea genial, muy original. Espero que haya segunda parte porque quede con mil preguntas

Ramiro1987

Me recordo a un fin de semana en la nieve con unos amigos, aunque en mi caso la historia no llego tan lejos jaja. Muy bien narrado, uno lo va viviendo mientras lee. Gracias por compartir

BellaLectora

increible!! no pude parar de leer

JuanCruz88

Esto paso de verdad? tiene demasiados detalles para ser inventado... sea como sea, esta muy bueno

NachoCba

Me gusto mucho como va armando la tension antes de que pase todo, eso es lo que le falta a muchos relatos de este tipo. 10 puntos

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