Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Iniciamos a Noelia y Rubén en el intercambio

Somos Carla e Iván. Llevamos años practicando el intercambio de parejas, y gracias a eso nuestra vida sexual salió de la rutina lógica de cualquier matrimonio largo. Lo que voy a contar es cómo ayudamos a unos amigos a cruzar esa misma línea.

A Noelia y a Rubén los conocíamos desde hacía tiempo. Una pareja algo más joven que nosotros, sin hijos, que vivía en una casa de campo a media hora de nuestra ciudad. En el último año la amistad se había estrechado: nuestras chicas hablaban casi a diario y los cuatro nos juntábamos a cenar cada dos por tres. Teníamos mucho en común y las sobremesas se hacían eternas, de esas que nadie quiere cortar.

Una noche, en su casa, después de cenar y con una botella de cava ya vacía sobre la mesa, Noelia nos sorprendió a todos.

—¿Y vosotros cómo lleváis la cama después de tantos años? —soltó, sin rodeos.

Carla y yo nos miramos, divertidos. Rubén, en cambio, se quedó pálido, sin saber dónde meterse.

—Perdonad la pregunta, no quería incomodaros. Olvidadlo —rectificó ella enseguida, bajando la mirada.

—No sé qué le ha pasado por la cabeza —murmuró Rubén, intentando disculparla.

Les dijimos que no pasaba nada, que no nos molestaba en absoluto. Pero Noelia se había quedado cabizbaja, avergonzada de verdad. Fue Carla quien decidió echarle un cable.

—Noelia, cielo, no te avergüences. Iván y yo practicamos el intercambio de parejas desde hace años.

Ahora los desconcertados fueron ellos. Me miraron buscando un desmentido y yo asentí con la cabeza. Como no reaccionaban, mi mujer añadió:

—Si queréis, preguntad lo que sea. Sin reparos.

—Voy a por más cava —dijo Noelia, levantándose de golpe.

A ella se le había despertado la curiosidad de una manera evidente. Volvió con la botella, Rubén la descorchó y sirvió otra ronda. Brindamos, y fue ella quien marcó el motivo.

—Porque esta noche sea muy educativa. Y ahora quiero saberlo todo. ¿Cómo empezasteis?

—Noelia, por favor, son cosas privadas —cortó su marido.

Mi mujer, ignorándolo por completo, empezó a contarles nuestra primera vez.

—Por aquella época vivíamos en una asfixiante monotonía. Fantaseábamos con un trío, con un intercambio, pero no nos atrevíamos —dijo, y luego me pasó el testigo con un gesto.

—Un verano nos fuimos los dos solos a un camping nudista del norte —seguí yo—. A los pocos días hicimos amistad con un tal Quique…

—Madre mía, qué bueno estaba —me interrumpió Carla, riéndose—. Y qué bien follaba. Lástima que fuera tan idiota.

—Con Quique tuvimos nuestra primera experiencia. Una noche, en su bungalow, la cena acabó en un trío increíble.

—¿Y no te importó que otro se la follara? —esta vez quien preguntó fue Rubén, ya picado.

—Para nada. Era una fantasía que llevábamos tiempo rondando.

—Solo te diré —matizó Carla— que me encantó sentir a otro hombre dentro. Aquella noche me corrí como hacía tiempo que no me pasaba.

Rubén se acomodó en la silla. Por las veces que se tocó por encima del pantalón, era evidente que la conversación le estaba haciendo más efecto del que admitía. A Noelia el cava la había soltado del todo. Empezó a decirle a su marido que ella también quería una vida sexual más viva, parecida a la que le acabábamos de describir, y que nosotros éramos las personas indicadas para ayudarla. Lo repetía mientras bebía, hasta que el sueño y el alcohol la vencieron y se quedó dormida en el sofá.

—Amigos, no le hagáis caso, ha bebido demasiado —se excusó Rubén.

—Tranquilo, todos hemos bebido esta noche —le respondí.

Eran casi las tres de la madrugada. Nos despedimos en la puerta y volvimos a casa con la sensación de que algo se había puesto en marcha.

***

Ahora sigo yo, Carla.

El domingo me desperté la primera, dándole vueltas a todo lo de la noche anterior. Revivir nuestros encuentros en voz alta me había dejado caliente, y aunque en el coche se me había pasado, ahora volvía con fuerza. Iván dormía boca arriba con una erección de manual. Le bajé el pantalón del pijama con cuidado para no despertarlo, me quedé mirando un par de segundos y empecé a pasarle la lengua, mojándolo con saliva. Noté que se despertaba, pero se hizo el dormido. Me la fui metiendo entera, hasta el fondo. Me encanta hacerlo.

—Seguro que te imaginas que es la polla de Rubén —dijo de pronto.

La saqué de mi boca y le contesté:

—Y tú que es Noelia la que te la está chupando.

Nos reímos, porque sabíamos que ninguno de los dos mentía. Me tumbé boca arriba, abrí las piernas y se puso sobre mí. Me penetró despacio, con suavidad, pero yo estaba demasiado caliente para tanta delicadeza. Le clavé las uñas en las nalgas y lo apreté contra mí. Como no cambiaba el ritmo, me chupé los dedos, busqué su culo y le metí uno. Se paró en seco.

—Conque quieres guerra, ¿eh? —dijo, mirándome a los ojos.

En cuanto le metí el segundo dedo, empezó a follarme como yo necesitaba esa mañana. Embestidas duras, profundas, que nos llevaron a los dos a un orgasmo rápido. Mientras él se quedaba medio dormido, me metí en la ducha. Me estaba secando cuando entró Iván con mi móvil.

—Es Noelia.

Empezó a disculparse otra vez por su comportamiento. Yo le insistía en que no había nada que perdonar, pero ella volvía una y otra vez, preocupada sobre todo por lo que pensáramos de ella.

—¿Sabes qué pensamos? —la corté—. Que eres una mujer normal, con sus deseos y sus fantasías, y que quizá desde anoche ves las cosas de otra manera. Habla con Rubén con calma. Y si podemos ayudaros en algo, encantados.

Eso pareció tranquilizarla. Pasaron un par de semanas hasta que volvió a llamar.

—Oye, hace días que no nos vemos y empieza a apretar el calor. ¿Y si el sábado vamos a la playa y luego comemos juntos?

—Me parece perfecto.

Charlamos un rato más y, justo antes de colgar, soltó la bomba.

—Ah… queremos una playa nudista. Buscadla vosotros.

Y colgó. Me quedé un instante con el móvil en la mano, sonriendo. Por mi cabeza pasaron varias ideas, a cuál más loca, y todas me gustaban.

***

Llegó el sábado. Como nosotros vivimos en la costa, vinieron ellos a casa, muy veraniegos: Noelia con un vestido largo y una pamela a juego, Rubén con bermudas y camisa hawaiana. Tomamos un vermut, se nos fue la mañana sin darnos cuenta y decidimos comer antes de bajar a la arena. Durante la comida bebimos todos menos Rubén, que conducía. Por fin salió el tema que todos esperábamos.

—¿Por qué una playa nudista? —pregunté yo, curiosa.

—Hemos hablado mucho de lo que nos contasteis —respondió Noelia—. Y pensamos que podía ser un buen punto de partida.

Brindamos por la tarde que nos esperaba y nos pusimos en marcha.

***

Cuento yo otra vez, Iván.

Tras media hora de coche y una corta caminata entre pinos, llegamos a la playa. Era principio de temporada y había poca gente. Buscamos una zona apartada y empezamos a extender las toallas justo cuando salía del agua un grupo de chavales veinteañeros. Noelia se los quedó mirando, hipnotizada.

—Madre mía, vaya percha tienen estos críos… —murmuró.

—Ya verás cómo te gusta la playa —le dijo Carla, y todos nos reímos.

Carla y yo nos desnudamos en cuestión de segundos. Ellos seguían vestidos, mirándonos.

—Perdonad la falta de discreción —se disculpó Rubén.

—Pero qué cuerpos tenéis… —soltó Noelia.

Empezaron a desnudarse. Rubén fue el primero; tenía un cuerpo atlético, y un buen tamaño incluso en reposo. Noelia, alta y de caderas anchas, tardó más. Por fin se soltó la parte de arriba, dejando al aire un par de pechos grandes y unos pezones ya erizados, y después, con ayuda de su marido, la braguita del bikini. Sin mirarnos, se tumbó boca abajo. Nosotros disimulábamos echándonos crema para no incomodarla. Al rato les pregunté:

—¿Os ponemos crema?

—No hace falta —empezó Rubén.

—Sí —lo cortó ella—. Quiero que sean ellos.

—Vale, pero cerrad los ojos —dijo Carla.

Nos arrodillamos junto a ellos, yo al lado de Noelia y mi mujer al lado de Rubén. Un buen chorro de crema en la espalda y a extender. Cuando llegué a sus nalgas eché un poco más y, al pasar a la cara interna de los muslos, ella separó las piernas. De forma muy sutil rocé con un dedo el borde de su ano y bajé enseguida a su sexo. Dio un respingo, pero no dijo nada. Seguí con los muslos como si nada. Por el rabillo del ojo vi a Carla untando la espalda de Rubén y deteniéndose justo antes de donde se moría por llegar.

—Ya podéis daros la vuelta y abrir los ojos —dijo mi mujer.

La cara de sorpresa de los dos al ver quién les había puesto la crema fue impagable.

—Pues a mí me ha gustado mucho cómo lo has hecho, Iván —dijo Noelia, tumbándose boca arriba—. Puedes seguir por delante.

Rubén pidió lo mismo a Carla. Les pusimos crema por el frente, ahora con muchos más sitios delicados que recorrer. Empecé por su vientre, fui subiendo y me detuve bajo sus pechos. Ella me miró y me guiñó un ojo.

—Sigue, por favor.

Acaricié sus pechos, tersos y firmes, los pezones como piedras, y bajé de nuevo. Mis dedos llegaron a su monte de Venus, depilado salvo una fina tira de vello, y rocé su clítoris antes de continuar por los muslos. Se le escapó un gemido bajito. A mi lado, Carla untaba el pecho de Rubén, que tenía la polla completamente empalmada, y le acariciaba apenas los testículos antes de seguir por las piernas, dejándolo a medio camino.

—Joder, cariño, hacía tiempo que no veía tu polla así —le dijo Noelia a su marido—. Y eso que aún no te la han tocado.

—Buena polla tienes —añadió Carla—. Me he quedado con ganas.

—Cuando quieras —respondió Rubén.

—Yo estoy mojadísima —confesó Noelia—. Ese dedo en el culo y luego en el coño me ha puesto a mil.

—Creo que estamos todos calientes —rió Carla—. Vamos a refrescarnos.

***

Sigo yo, Carla.

El agua estaba fresca, justo lo que necesitábamos. Al llegar a la orilla volvían a salir los chavales, y esta vez Noelia los miró descaradamente. Uno se dio cuenta.

—Está usted muy buena, señora. Disfrute de todo lo que quiera.

Nos echamos a reír. Noelia, roja como un tomate, se giró justo cuando el chico le lanzaba un beso al aire. Nos metimos hasta que el agua nos cubría el pecho, hicimos un corro y seguimos hablando. Iván me miró, yo asentí, y me acerqué a él pasando entre los otros dos. Lo besé en la boca, un beso largo, le rodeé las caderas con las piernas y, con un par de movimientos, me clavé su polla hasta el fondo. Empecé a moverme despacio, mientras él giraba para que Noelia y Rubén me vieran la cara mientras me follaban a dos metros de ellos.

No llegué a correrme; me solté y me fui a nadar. Pero Noelia ya no aguantaba más.

—No sé qué me pasa —les dijo a Iván y a Rubén—. Entre la crema, esos chicos y ahora vosotros… estoy cachondísima. Me salgo.

***

Cuento yo, Iván.

La acompañé fuera. Salió antes que yo del agua, mojada y brillante, y la verdad es que me costó no quedarme embobado. Al llegar a su toalla encontramos un papelito doblado bajo una piedra.

—¿Y esto? —dijo, agachándose y regalándome una vista de primera de su culo.

Lo leyó y miró de reojo al grupo de chavales. Uno levantó la mano a modo de saludo. Me pasó el papel: «Por si os apetece disfrutar, usted y su amiga», un número de teléfono y un nombre, Dani.

—¡Qué sinvergüenzas! —exclamó, ofendida y halagada a partes iguales.

Le dije que no le diera importancia y me senté a su lado. Buscamos a nuestras parejas en el agua y las encontramos muy juntas, Carla abrazada al cuello de Rubén. Noelia no dijo nada, pero su mano empezó a subir por mi muslo hasta encontrar mi polla, semierecta. Empezó a masturbarme con disimulo, porque teníamos a los chavales cerca.

—Haz como que me pones crema, pero sin crema —me susurró, tumbándose boca abajo.

Cogí el bote vacío y empecé a frotarle la espalda. Al llegar a las nalgas separó las piernas, y mis dedos buscaron sus labios, empapados, y no era del mar. Primero uno, luego dos, jugando con su raja mientras sus gemidos subían.

—Más dedos, fóllame con más dedos —pidió.

Le metí un tercero y aceleré, mientras ella se frotaba el clítoris con la otra mano.

—Joder, Iván, me estás matando… necesito que me folles de verdad.

—Aquí no, hay demasiada gente —le respondí, ayudándola a incorporarse justo cuando salían del agua nuestras parejas, sonrientes—. Y no digas nada del papelito.

***

Tras ducharnos y vestirnos, emprendimos la vuelta. Las chicas se pusieron solo el vestido, sin nada debajo. En el coche, Noelia y yo fuimos detrás; Carla y Rubén delante. No tardé en notar su mano en mi pierna, subiendo hasta el bulto del bermuda. Me acarició por encima de la tela un buen rato mientras comentábamos la tarde, hasta que se acercó a mi oído.

—Sácatela.

La miré sorprendido y ella insistió con la cabeza. Levanté el culo del asiento, me bajé el bermuda y me la cogió, encantada. Empezó a masturbarme con sigilo, hasta que no se contuvo más: se desabrochó el cinturón y se la metió en la boca. La pillaron enseguida, porque el aviso del cinturón hizo que Rubén mirara por el retrovisor y no la viera. Carla se giró y descubrió la escena.

—Vaya, qué bien se lo pasan ahí atrás —dijo mi mujer—. Esto hay que arreglarlo.

Ni corta ni perezosa, le bajó la cremallera a Rubén, le sacó la polla y, mirándome, me dijo:

—Voy a hacerle algo que tú y yo nunca hemos hecho.

Y empezó a chupársela mientras él conducía. Noelia levantó la vista y la vio.

—Vaya, me llevas ventaja… esta tarde te lo has follado en el agua y ahora esto. Yo también voy a equilibrar la balanza.

Se subió el vestido y pasó una pierna por encima de las mías para montarme, pero entonces sonó la voz nerviosa de Rubén:

—¡Chicas, chicas, hay un control de la Guardia Civil ahí delante! Poneos bien, por favor.

A toda prisa volvimos a nuestros sitios. Nos pararon, un agente enfocó el interior con la linterna, nos saludó y nos dejó pasar. En cuanto nos alejamos unos metros, estallamos en carcajadas como críos que acaban de librarse de un castigo.

***

En casa preparamos una cena rápida, regada con vino. Rubén quiso no beber por la vuelta.

—Nada de eso, hoy os quedáis a dormir —zanjó Carla.

Nadie discutió. La sobremesa se alargó, cayó una segunda botella y luego unos gin-tonics que tomamos en la terraza. Carla puso música y las dos chicas se levantaron a bailar. Se cogieron de las manos, se arrimaron, se susurraban cosas al oído entre risas. Mi mujer se dio la vuelta y restregó el culo contra el vientre de Noelia, que empezó a tocarle los pechos por encima de la ropa y a desabrocharle los botones uno a uno. Noelia le besó el cuello, le buscó el sexo con una mano, y al final se dieron un beso en los labios y se fueron al sofá.

—No me puedo creer lo que veo —me dijo Rubén—. Mi mujer llevando la iniciativa con otra.

—Déjalas a su aire —le contesté—. A mí me pone mucho ver a Carla con otras personas.

Carla se sentó con la camisa abierta y las piernas separadas, y Noelia se arrodilló entre ellas y empezó a comérselo. A los pocos segundos mi mujer gemía con las manos en sus propios pechos.

—Tío, no puedo más —dijo Rubén, empalmadísimo.

—Pues únete.

—Quiero que te folles a Noelia tal como está ahora.

Lo miré y asintió. Me desnudé, me arrodillé detrás de ella, le levanté el vestido y le pasé la lengua por el coño mojado. Ella se detuvo un instante, miró hacia atrás, vio a su marido de pie y volvió a lo suyo con Carla. Lubricándola bien, le coloqué la polla en la entrada y se la fui metiendo entera. Empecé despacio y, en cuanto se adaptó, cambié a un ritmo duro y rápido.

—Dale fuerte a esta putita —me animaba Carla.

—No me digas putita, soy una puta y hasta hoy no lo sabía. Y me encanta —jadeó Noelia.

Ya no comía a nadie; de su boca solo salían gemidos. Carla le hizo una seña a Rubén y le ofreció el culo, arrodillada junto a su amiga. Él la penetró sin pensárselo.

—Yo también te voy a dar duro —le dijo a mi mujer.

Pero le duró poco. A las pocas embestidas se corrió y se desplomó sobre su espalda. Carla se lo quitó de encima y buscó con los dedos el clítoris de Noelia, que estaba al borde.

—¡Ay, qué rico! Lléname, Iván —gritó.

No tuve que esforzarme; yo también estaba a punto. Un par de embestidas más y me vacié dentro de ella.

Nos dejamos caer sobre la alfombra, recuperando el aliento. Mientras preparaba otra ronda para brindar por aquel primer encuentro, Noelia abrazó a Carla, le susurró algo, le dio un beso largo y luego vino hacia mí.

—Gracias por este polvazo. No quiero que sea el último… tenéis que enseñarme muchas más cosas.

Y así fue. Aquel verano tuvimos algún que otro encuentro, y Noelia nos sorprendió mucho más de lo que jamás habríamos imaginado.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

DamianNoc

buenisimo!!! uno de los mejores que lei en esta categoria

Lucia_M

Por favor seguí con esto, necesito saber que pasa despues con Noelia y Ruben

Nati_92

Me gusto como lo contaste, nada burdo, todo va fluyendo natural. Muy bueno

juancho88

tremendo relato jaja, me enganche desde el primer parrafo

Monica_BA

Me hizo acordar a una cena con amigos donde la conversacion se fue por un camino muy parecido... los nuestros no llegaron tan lejos jajaja. Muy bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.