La partida que terminó en el cuarto de al lado
Era el otoño de 1987 y el país entero parecía respirar distinto. Había una alegría torpe en el aire, como de gente que todavía no terminaba de creerse que ya nadie iba a pedirle cuentas por lo que hacía de puertas adentro. En mi barrio aún quedaban vecinas que se persignaban al ver una falda corta, pero los demás caminábamos como si nos hubieran soltado una correa que llevábamos demasiado tiempo puesta.
Llevábamos poco más de dos años casados y yo me tenía por un hombre con suerte. Un empleo estable en una distribuidora, un piso de alquiler pequeño pero cálido, y al lado a Lucía, que entonces era para mí la única mujer posible. Uno siempre se casa con la mujer de su vida, claro. Lo difícil es seguir mirándola con esos ojos cuando la vida te enseña de lo que ella también es capaz.
Lucía había conocido a Rosa en un viaje a Ámsterdam, una escapada barata que ganamos en un sorteo del trabajo. Se cayeron bien enseguida, de esas amistades que se arman en una mesa de café y siguen por teléfono durante meses. Un jueves me dijo que Rosa nos invitaba a cenar el sábado. Vivía con su marido, así que seríamos cuatro.
La idea me gustó. Lucía pasaba demasiadas horas encerrada en casa con las niñas, y cuando no sobra el dinero, tampoco sobran las salidas. Yo, con el trabajo, siempre tenía algo en la cabeza; ella, en cambio, se iba apagando en la rutina. Una cena distinta le iba a sentar bien.
El sábado nos plantamos en casa de Rosa y Quique con una botella de Rioja bajo el brazo. Nos esperaban con la mesa puesta, unos aperitivos y un par de velas que encendieron justo cuando llegamos. Hechas las presentaciones —porque solo ellas se conocían—, nos sirvieron de beber y nos sentamos. El piso era acogedor y diminuto: un salón, dos habitaciones de juguete, una cocina estrecha y un baño. Lo que más me llamó la atención fue un mueble del salón repleto de discos de vinilo.
—Veo que aquí se respeta la música —dije señalando la colección.
Quique se rió. Trabajaba desde hacía poco en una compañía de discos, después de una ristra de empleos sueltos, y se notaba que aquello era lo suyo. Rosa, en cambio, era administrativa en una pequeña inmobiliaria del centro. La cena fue sencilla y estaba buena: tortilla, croquetas, unas empanadillas y, de postre, una tarta de queso casera que Rosa anunció como «su especialidad».
Ellas recogieron la mesa mientras Quique preparaba las copas. Whisky para nosotros, gin-tonic para ellas. La conversación fluía sin esfuerzo. Hablamos de música, cómo no: Mecano, Los Secretos, Nacha Pop, también algo de Pink Floyd. Teníamos gustos parecidos. El raro era yo, que tiraba más por los cantautores de protesta de la década anterior, esos discos que ponía a solas cuando Lucía ya dormía.
Con la noche, las copas se fueron sumando. Quien más quien menos, los cuatro estábamos ya entre risas fáciles y silencios un poco demasiado largos.
En una de esas, Quique propuso jugar una partida de parchís. Lucía arrugó la nariz y dijo que el parchís era un juego de viejas. Quique sonrió de medio lado.
—Este no —dijo.
—¿Y qué tiene de especial? —pregunté yo, más por seguir la broma que por otra cosa.
—Que cada vez que te comen una ficha, te quitas una prenda. ¿Qué os parece?
La primera en responder fue Lucía, y eso debió haberme avisado de algo.
—Puede ser divertido. Por mí, jugamos.
Rosa no puso muy buena cara. Yo, después de lo que había dicho mi mujer, fui incapaz de negarme sin parecer el aguafiestas de la noche. Así que Quique sacó el tablero, las fichas y los dados, y nos explicó las reglas con la solemnidad de quien las había usado antes.
—Es sencillo. Cada vez que os coman una ficha, fuera una prenda. Y cuando uno mete ficha en la meta, elige qué quiere hacer y con quién. Si alguien se siente incómodo en cualquier momento, lo dejamos y no pasa nada.
Los tres asentimos como críos a los que les acaban de explicar un juego nuevo. Eché un vistazo rápido a la ropa de cada uno y entendí enseguida que ellas jugaban en desventaja: las dos llevaban vestido, y a la primera ficha comida se quedarían en ropa interior. A nosotros tenían que comernos dos para dejarnos igual.
Los primeros turnos no dieron nada. Las fichas iban sueltas por el tablero, lejos unas de otras. Pero llegó el momento en que empezaron a juntarse y el peligro se volvió real, casi audible en el silencio con que mirábamos los dados.
La primera en caer fue una ficha de Quique. Se quitó la camisa sin dramatismo y dejó ver un pecho ancho y lampiño. Lucía lo miró un segundo más de lo necesario.
La siguiente fue de mi mujer. Quique y yo nos quedamos expectantes, aunque por motivos distintos: yo, por saber si de verdad se atrevería; él, porque se le notaba en la cara las ganas que tenía de verla. Lucía nos sonrió, se levantó y se sacó el vestido por encima de la cabeza. Debajo llevaba un sujetador negro corriente y unas braguitas a juego. Nos miró a los tres y dio media vuelta sobre sí misma para que la viéramos bien. Estaba preciosa, no voy a mentir. Lo que no supe leer entonces fue a quién estaba mirando ella mientras giraba.
***
El juego siguió y volvió a tocarle a Quique. Se levantó y se quitó los pantalones. Ya solo le quedaban los calzoncillos y el bulto que apenas disimulaban. En poco más de media hora, entre dados, risas y copas, los cuatro estábamos desnudos. Creo que el único que sentía algo de vergüenza era yo. Quique se paseaba como un gallo, exhibiendo su erección sin el menor pudor. Rosa, más recatada, se cubría con las manos. Y Lucía no lograba mantener los ojos en el tablero: cada vez que la miraba, los tenía fijos en la entrepierna de él.
Solo faltaba que alguien empezara a meter fichas en la meta. El primero fue Quique. Y sí, pedís bien lo que pidió.
—Amigo, ¿me das permiso para besar a esta belleza?
—El permiso me lo tienes que pedir a mí —contestó Lucía antes de que yo abriera la boca—. Y sí, lo tienes.
Quique se levantó, le tendió las manos para ayudarla a ponerse en pie y se fundieron en un beso largo, hambriento, de esos que no se dan delante de nadie a menos que ya hayan dejado de importar las consecuencias. Yo me quedé sentado, con el vaso vacío en la mano, mirando.
La siguiente en llegar a la meta fue Rosa.
—Ahora soy yo la que te pide permiso a ti, Marcos —dijo con una calma que me desarmó.
Le contesté que sí, claro. Me acerqué con la intención de darle apenas un roce, pero ella me sujetó la nuca y me susurró al oído:
—Vamos a darles de su misma medicina.
Estuvimos buscándonos la lengua un buen rato, pensando que quizá aquello los pondría celosos, que se cortarían, que volveríamos a ser dos parejas que cenan y se despiden en la puerta. Qué ingenuo fui.
Cuando nos separamos y volvimos a mirarlos, lo que vimos nos dejó mudos. Se besaban otra vez, pero ahora Lucía tenía las piernas lo bastante abiertas como para alojar los dedos que Quique le movía despacio, y ella le acariciaba el sexo con una soltura que yo no le conocía o no quería conocerle. No había sorpresa en su cara. Había permiso. Había deseo de los que no se improvisan.
Rosa y yo nos quedamos quietos, sin saber qué hacer ni qué decir. Solo mirábamos, atrapados entre la incomodidad y un calor que iba subiendo a pesar de todo.
Al cabo de un rato, se separaron lo justo para respirar y Quique habló sin soltarla.
—Nos vamos a la habitación, que estaremos más cómodos. Vosotros, a la otra.
Y desaparecieron por el pasillo, así, sin más, como si llevaran años haciéndolo.
***
Rosa me cogió de la mano y me llevó al otro cuarto. Nos tumbamos y empezamos a acariciarnos. Ella estaba encendida, lo notaba en la respiración y en cómo me buscaba, pero yo no. Por más que lo intentaba, solo pensaba en Lucía, en la facilidad con que se había entregado, en la pared fina que nos separaba de ellos. No había manera de concentrarme. Mi cuerpo entero estaba en la habitación de al lado.
—No te preocupes —me dijo Rosa al final, más resignada que ofendida—. Vamos con ellos.
Volvimos al pasillo y empujamos la puerta. Lo que vi me golpeó en algún sitio que no sabía que tenía. Quique la estaba follando con fuerza, los dos resoplando, gimiendo, perdidos el uno en el otro como si el mundo se hubiera reducido a esa cama. Lucía tenía la cara que pone cuando algo le gusta de verdad, una que yo creía guardada solo para mí.
Y entonces, justo entonces, me vino el deseo que no había tenido en toda la noche. Un deseo turbio, rabioso, alimentado por lo que estaba viendo. Cogí a Rosa, la tumbé en el borde libre de la cama, le abrí las piernas y la penetré sin contemplaciones. La follé con ganas, pero no la miraba a ella. Mis ojos estaban clavados en mi mujer, en la manera en que se movía bajo otro hombre, en el sonido que hacía y que yo conocía de memoria.
Acabamos los cuatro casi a la vez, en un revoltijo de cuerpos y sábanas revueltas que ninguno se atrevió a comentar después. Nos vestimos en silencio. En la puerta hubo besos en la mejilla, un «a ver si repetimos» que nadie creía y una sonrisa de Quique que tardé años en perdonarle.
Esa noche algo se rompió entre nosotros, aunque tardé en darme cuenta de qué. Yo seguí queriendo a Lucía durante mucho tiempo, incluso después de aquello. Pero en ella había cambiado algo que ya no volvió a su sitio. A veces pienso que esa partida de parchís no inauguró nada: solo encendió la luz sobre algo que ella ya sabía de sí misma y que yo prefería no mirar.