Lo que pasó con la otra pareja en el club liberal
Hay una forma de vivir el deseo que mucha gente no entiende hasta que la prueba. Carla y yo llevábamos años en ella, sin dramas ni reproches, descubriendo que mirar también es una manera de poseer. A veces somos nosotros los que estamos con otra persona mientras el otro observa; otras veces, simplemente miramos a una tercera pareja desde la distancia. Y de todas las variantes, hay una que me enciende como ninguna.
Ver a Carla excitada con otro hombre me produce algo difícil de explicar. No son celos, no es competencia. Es un morbo limpio, casi hipnótico, mucho más intenso que cuando soy yo el que está con otra mujer. Me gusta ver cómo se le entrecorta la respiración, cómo se olvida de que estoy ahí y, al mismo tiempo, cómo me busca con la mirada para asegurarse de que sigo mirando.
Lo que no soporto son las personas que se acercan a este mundo sin entenderlo. Las que llenan los anuncios de palabras como «cornudo» o «zorra», creyendo que de eso se trata. Para nosotros no va de humillación. Va de confianza, de complicidad, de compartir un deseo que normalmente se esconde.
Por eso, cuando vi aquel anuncio, dudé. Una pareja buscaba a otra para que él estuviera con la mujer ajena mientras los dos consortes miraban, cada uno al lado del que no le tocaba. La redacción era educada, sin vulgaridades baratas, y eso me llamó la atención. Se lo enseñé a Carla una noche, medio en broma, y para mi sorpresa arqueó una ceja y dijo que por qué no.
Les escribí esa misma semana. Hubo mensajes, fotos con la cara difuminada, preguntas sobre gustos y límites, alguna llamada para escuchar la voz del otro. Todo despacio, con calma, como debe ser. Cuando ya nos sentíamos cómodos, quedamos en un bar cerca de un club liberal, en una ciudad a una hora de la nuestra.
***
Llegaron puntuales. Diego era grande, ancho de hombros, con una sonrisa fácil que desarmaba. Noelia tenía más o menos la edad de Carla, el pelo recogido y un cuerpo firme, con un trasero que enseguida noté que se parecía al de mi mujer. Pedimos algo de beber y, al cabo de los primeros minutos, ya nos reíamos los cuatro como si nos conociéramos de antes.
Eso es lo fundamental: que haya química. Sin esa chispa, lo demás no funciona, por mucho que el cuerpo acompañe. Y aquella tarde la hubo desde el primer trago. Hora y media después, sin que nadie lo forzara, cruzamos la puerta del club.
Nos dieron una sala con puerta. No es que estuviera prohibido que entrara otra gente, pero ofrecía algo más de intimidad que las zonas comunes, y los cuatro lo agradecimos. Nos desnudamos sin prisa, mirándonos, dejando que la tensión se acomodara en el aire.
La cama era enorme. Carla y Diego se sentaron en la zona central, con las piernas colgando hacia un lado. Noelia y yo nos quedamos en el extremo, lo más cerca que el sitio permitía sin estorbar, piel con piel, mi brazo rozando el suyo. Desde ahí teníamos la vista perfecta.
Los primeros minutos fueron extraños. Diego y Carla hablaban en voz baja, sonriendo, casi sin tocarse. Él le pasaba la yema de los dedos por el brazo, arriba y abajo, despacio, sin darle importancia. Sus muslos se rozaban de lado porque estaban muy juntos, nada más. Noelia y yo solo mirábamos, quietos como dos estatuas, y se me hizo largo. Tan largo que, lo confieso, yo seguía completamente flácido.
Entonces algo cambió. Diego le susurró algo al oído a Carla y empezó a besarla detrás de la oreja, bajando luego por el cuello. La mano que acariciaba el brazo subió hasta sus pechos, rozándolos apenas, mientras la otra le recorría la espalda de arriba abajo. Fue suficiente. Carla soltó un gemido suave, casi un suspiro, y ese sonido lo encendió a él tanto como a mí.
A partir de ahí, todo se aceleró. Diego le tomó un pecho con la boca y dejó caer una mano hacia su sexo, masajeándolo por fuera, sin entrar, recreándose en los pliegues y el vello. Carla respondió buscándole la entrepierna, dibujando círculos lentos con los dedos hasta que él se puso duro del todo. Era grande, más que yo, lo reconozco sin problema, con esa dureza que solo da el deseo real.
Ella no tardó en agarrarlo entero y empezar a masturbarlo despacio —todo ocurría despacio aquella tarde— mientras con la otra mano le acariciaba más abajo. A Diego se le iba la cabeza. Le metió dos dedos a Carla y le mordió los pezones con los labios, y los gemidos de mi mujer ya se oían fuera de la sala. Para él eran un afrodisíaco; para mí, una descarga directa al pecho.
De vez en cuando, Diego nos miraba a Noelia y a mí. No decía nada, no hacía ningún gesto. Solo comprobaba que seguíamos ahí, como si todo lo que le importaba estuviera concentrado en los pocos centímetros que lo rodeaban.
***
Noelia había empezado tímida, agarrándome la mano como si fuéramos a cruzar la calle. Luego pasó al antebrazo, al pecho, a la espalda. Y de pronto, sin previo aviso, su mano ya estaba entre mis piernas, despertándome con una lentitud que me hizo cerrar los ojos un instante. La seguí. Recorrí su cuerpo entero con las manos, sorprendido por lo encendida que estaba ella también, por cómo se mordía el labio cada vez que Carla gritaba un poco más fuerte.
Así que esto era. Esto era lo que llevábamos meses imaginando.
Diego se puso de pie. Tomó a Carla de la nuca y le acercó el sexo a la boca, y ella reaccionó como si lo hubieran ensayado mil veces, sin dudarlo. Él empezó a moverse contra su boca, ahora con menos delicadeza, sujetándole la cabeza y soltando entre dientes esas frases que a Carla la vuelven loca.
—Me tienes loco —decía—. Estás increíble. No quiero parar.
Yo seguía mirando, hipnotizado, pero Noelia ya había dejado de mirar a los suyos. Se había concentrado en mí, y me hacía algo con la boca que me obligó a apoyar una mano en la cama para no perder el equilibrio. Le acaricié el sexo, húmedo y caliente, con una mano, mientras con la otra alternaba entre sus pechos y su trasero. Estaba buenísima, y por primera vez en la noche dejé de pensar solo en Carla.
Cuando Diego no pudo más, recostó a mi mujer, le abrió las piernas y se tumbó sobre ella. Todo su peso la inmovilizó mientras la penetraba con ganas. Carla gritaba de un modo que me hizo temer que vinieran a llamarnos la atención, o peor, que la sala se llenara de mirones colándose por la puerta entreabierta.
Hablaron un segundo entre ellos y cambiaron de postura. Ahora era Carla la que se movía encima de él, marcando el ritmo, y Diego le sujetaba las caderas con las dos manos mientras seguía diciéndole cosas al oído. Después la giró, la puso a cuatro patas y la tomó por detrás, inclinado sobre su espalda.
—Me voy a correr —avisó él.
—Todavía no —respondió ella, con una sonrisa que yo conocía bien.
***
Cuando ya no aguantaba, y como si lo hubieran acordado de antemano, Diego se retiró, se quitó el preservativo y se acercó a la boca de Carla. Ella lo recibió todo, y él se dejó caer hacia atrás, vaciado, con esa cara de quien ha visto superadas todas sus expectativas.
Para entonces yo estaba dentro de Noelia. Ella se había sentado sobre mí, de espaldas, de manera que los dos podíamos seguir mirando a nuestras parejas mientras nos movíamos. Le hice un gesto a Carla. Vino hacia nosotros, y las dos mujeres se inclinaron a la vez sobre mí. No aguanté mucho más; terminé entre sus bocas, y Noelia levantó la cabeza para besar a Carla y compartir lo que quedaba, las dos riéndose en voz baja, cómplices, como si fueran ellas las que habían organizado todo aquello desde el principio.
Pero la noche no había acabado. Recosté a Carla sin perder un segundo y, mientras Noelia me recorría con la lengua para limpiarme, bajé hacia el sexo de mi mujer. La trabajé con la boca y con los dedos hasta que se corrió enseguida, sin que Diego, recuperando el aliento al otro lado de la cama, le quitara la vista de encima.
Verla así lo despertó de nuevo. Se acercó, y Carla, como movida por un resorte, se giró un poco hacia él, abrió más las piernas y le ofreció el cuerpo sin decir una palabra. Diego no necesitó más. La tomó otra vez, con unas embestidas tan intensas que se corrió en pocos minutos y se desplomó sobre ella, agotado, como si lo hubieran noqueado.
Nos quedamos los cuatro un rato en silencio, recuperando la respiración, sonriendo como tontos en aquella penumbra.
***
Fuimos a las duchas y de ahí volvimos al mismo bar donde, poco más de dos horas antes, nos habíamos dado la mano por primera vez. Pedimos cuatro cafés y nos reímos de los nervios del principio, de lo absurdo de aquel silencio inicial, de lo bien que había salido todo.
De vuelta a casa, Carla apoyó la cabeza en mi hombro y no dijimos gran cosa. No hacía falta. Lo habíamos compartido, y eso nos unía más de lo que cualquiera de fuera podría entender.
Ahora es Diego el que le escribe a Carla casi todas las semanas. No pierde la esperanza de repetir, y nosotros tampoco descartamos volver a verlos. Al fin y al cabo, descubrimos esa tarde que el deseo, cuando se comparte bien, no resta nada. Lo multiplica.