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Relatos Ardientes

La duda que me quedó después del intercambio

Voy a contar algo que ocurrió hace ya muchos veranos, cuando Lucía y yo todavía éramos jóvenes y veraneábamos en la costa de Cádiz, cerca de Conil. Era una playa enorme, de arena fina y viento, una de esas en las que puedes caminar media hora sin cruzarte con nadie conocido. Teníamos amigos de la infancia desperdigados por la zona, pero con quien más salíamos era con Sergio y su mujer, Nuria.

A Sergio lo conocía de la facultad. Habíamos coincidido un verano preparando las asignaturas que los dos llevábamos colgadas, él en una ciudad y yo en otra, y de tanto estudiar juntos nos hicimos inseparables. Para la época de esta historia los dos ya trabajábamos: él como arquitecto en su propio estudio, yo de aparejador en una constructora. A Nuria, en cambio, la había conocido más tarde, ya casada con él, así que con ella nunca tuve esa confianza vieja que da la infancia.

Sergio y Nuria pasaban el verano en un piso del centro del pueblo. Nosotros teníamos una casa alquilada en una urbanización a las afueras, casi pegada al mar, a un par de kilómetros escasos del puerto.

Normalmente nos bañábamos en las rocas que había junto a casa, pero a Lucía le gustaba hacer topless y por eso íbamos mucho a la playa grande, que era más anónima. Fue allí donde empezamos a coincidir con ellos. La primera tarde estábamos tomando el sol cuando aparecieron los dos. Para mí fue un poco violento, porque Lucía estaba con los pechos al aire y así, sin más, se los presenté. Ella es de lo más natural: se levantó tranquila y les dio dos besos a cada uno. Sergio hizo lo posible por no mirar, o al menos por no hacerlo de forma descarada, y se colocaron a nuestro lado.

Nuria llevaba un biquini cuya parte de arriba parecía más un top que un sujetador. Era guapa, con un punto infantil en las facciones; una vez le dije, medio en broma, que su cara me recordaba a esas vírgenes serenas de los cuadros antiguos. Bajo la tela se le adivinaban unos pechos bonitos, más grandes que los de mi mujer, y aquel primer día albergué la esperanza de que, animada por el ejemplo de Lucía, se quitara el top. No lo hizo. Ni ese día ni ninguno. Ni siquiera debería confesarlo, pero me moría de ganas de vérselos, porque, sin ser espectacular, Nuria me gustaba muchísimo. Poco a poco empezamos a quedar también por las tardes, cogimos confianza los cuatro y casi siempre acabábamos prefiriendo estar solos, sin el resto de la pandilla.

Lucía y yo, como tantos matrimonios, habíamos coqueteado alguna vez con la idea —todavía fantasía— de compartir cama con otra pareja. La cosa empezó una noche, desnudos y abrazados en la cama, en ese momento blando de después.

—¿Tú tienes fantasías alguna vez? ¿Con otra gente? —le pregunté.

—¿Fantasías de sexo? No, ¡cómo voy a tenerlas!

—¿Nunca? Alguna vez tendrás, digo yo.

—Que no, nunca.

—Lucía, todo el mundo las tiene. No digo que quieras acostarte con nadie, pero alguna vez, para tocarte… No siempre lo harás pensando en mí, qué aburrido sería.

—Tampoco me toco tanto. —Y me dio un cachete en el culo por debajo de la sábana, riéndose.

—Pero alguna vez sí, ¿no? Anda, ¿en quién pensabas?

—¿Y tú? ¿En quién piensas tú?

—En mucha gente. En ti, la primera. Prométeme que no te enfadas.

—Dime, dime, que ahora me has picado.

—Pues alguna vez he pensado en tu hermana Marta. —Otro azote bajo las sábanas, y más risas—. Es más normal de lo que crees. La cuñada está ahí, le tienes cariño, convivís… y si te gusta tu pareja, su hermana se le parece. No quiere decir que me acostaría con ella si pudiera. Es una fantasía, solo eso, y encima de tanto en tanto. A veces, cuando estoy desganado pero quiero que lo pasemos bien, tiro de algo así para ponerme a tono.

—O sea, que follas conmigo pensando en mi hermana.

—No retuerzas las cosas, que no es eso.

—Es broma. Pues ya que estamos: yo alguna vez me he preguntado qué se sentirá con la polla de Adrián dentro. —Adrián era uno de nuestros mejores amigos de la universidad, muy atractivo, de los que ponen cuernos sin pestañear. Le busqué el sexo con la mano.

—Cuando dices dentro, ¿te refieres por aquí? ¿Y qué te parecería que él te lo metiera por aquí y yo por aquí? —le pregunté, tocándole también por detrás.

—¿Y cuál de los dos me tocaría el clítoris?

—A ratos. A veces yo, a veces él. El que más te ponga. Mira, ahora soy Adrián. —Y me puse a acariciarla, y como comer y rascar todo es empezar, terminamos enredados. Follar con el amante fantasma se convirtió en un recurso al que recurríamos a menudo, igual que media humanidad.

***

Volvamos a Cádiz. La idea de un intercambio con Sergio y Nuria me asomó a la cabeza una noche, y la usé para endurecerme mientras le tocaba el clítoris a Lucía.

—¿Y si el que te lo toca ahora fuera Sergio? —le susurré.

—¿Sergio? ¡El que tú quieras, pero no pares! —contestó jadeando. Cuando acabamos, me miró de reojo—. ¿Y eso de Sergio?

—Pues que he fantaseado con un intercambio.

—No está mal, Sergio. No se me había ocurrido.

—Él te mira las tetas en la playa con disimulo, y a ella no se las puedo ver porque no se quita el top. No es justo —bromeé.

—Ay, mi niño. Intentaré convencer a Nuria de que se lo quite, para que mi nene vea teta. —Se reía—. Aunque eres capaz de decirle que es para ti.

—No seas tú la tonta.

Al día siguiente, en la playa, Lucía se llevó a Nuria al agua. Las veía hablar y reír desde la orilla, y en un momento me pareció que Nuria se quitaba el top dentro del agua y lo sacaba en alto, las dos muertas de risa. Pero al salir lo llevaba puesto otra vez.

—Tiene ganas, pero no se atreve a salir así —me explicó luego mi mujer—. Dice que casi solo se lo quita para el sexo. No me he rendido, eh.

Unos días después, Lucía compró bebida y los invitó a cenar a casa. Me fijé en que estaba pendiente de servirle copas a Nuria, de modo que para los postres todos íbamos un poco alegres, y ella más que ninguno. En ese punto, mi mujer soltó:

—¿Y si jugamos a la botella?

—¿A eso de que al que apunte se quita ropa o paga una prenda? —preguntó Sergio, mirando a su mujer casi suplicando con los ojos.

—A eso. Tenemos confianza, será divertido.

—A mí me da vergüenza que me vean desnuda —dijo Nuria con la lengua un poco torpe—. Solo me han visto Sergio, el ginecólogo y mi madre, y de mi madre ni me acuerdo.

—Eso se cura con un poco de sexo. Sergio te da besitos en los pechos y se te pasa. ¿A que sí, Sergio?

—Yo le doy todos los besos que quiera.

—O, si prefieres, te los da Daniel y a mí me los da Sergio —dijo Lucía, como quien no quiere la cosa.

—¡Anda ya! ¿Cómo vamos a hacer eso?

—Es lo que se lleva, intercambiar. Y es solo sexo, con lo cual puedes enseñar el pecho sin más. ¿Vosotros lo habéis hecho alguna vez? —preguntó Nuria.

—Sí —mintió Lucía sin parpadear, y se levantó—. Voy a por una botella.

Volvió con una de vidrio, vacía, y repartió instrucciones como si fuera la maestra del juego.

—Vamos girando por turnos. Si la lanzo yo y apunta a Sergio, yo le quito una prenda. Cuando estemos todos desnudos, hacemos rondas con prendas, que en realidad son premios: un beso en el pezón, por ejemplo. Camisa y sujetador cuentan como una sola prenda, como la camisa de los chicos, y los dos zapatos juntos también cuentan por uno.

Nos sentamos en el suelo, en círculo. Lucía le pasó la botella a Sergio. Tiró y me señaló a mí.

—Tira otra vez —se rió. La giró de nuevo y cayó en mi mujer.

—Por ahora confórmate con los zapatos —le dijo ella. Sergio se los quitó con cuidado, sujetándole el pie por el tobillo, y me pareció que los dos disfrutaron del roce más de la cuenta. Le tocó a Lucía, y le tocó devolvérsela a él; le deshizo el lazo de las sandalias despacio y, al hacerlo, le pasó un dedo por la espinilla.

—Qué peludo eres.

Mi turno: la botella señaló a Lucía y le quité la falda, dejándola en bragas. Cuando se sentó con las piernas cruzadas se le escapaban unos pelillos por los laterales; se los recogió con naturalidad, sin darle importancia. Nuria tiró y apuntó otra vez a mi mujer.

—Madre mía, me vais a dejar en cueros enseguida —dijo Nuria—. ¿Qué te quito?

—Pues no te queda otra que la blusa y el sujetador. Total, así me ves en la playa todos los días —contestó Lucía.

Con una diferencia: al destaparse, los pezones de Nuria estaban erizados, cosa que en la playa no pasaba. Se le escapó una mirada rápida hacia Sergio, y yo sentí una punzada absurda de celos, como si estuviera coqueteando con su propio marido. La cosa siguió. A mí me tocó quitarle los pantalones cortos. Me gustó desabrocharle el botón, notar cómo contenía el aire, bajarle la cremallera rozándole apenas la piel del vientre.

—No mires mucho, que las bragas tampoco las enseño nunca.

—Solo un poco, que parecen bonitas. —Eran de un tejido como de raso. Para bajarle el pantalón tuve que tirar de las perneras rozándole la cara externa de los muslos, y ella, en lugar de quedarse con las piernas abiertas, se puso de rodillas, sentada sobre los talones.

Las tiradas se fueron sucediendo. Cayeron mis pantalones, mi camisa, la blusa de Lucía. Mi mujer, al tirar de la manga de Sergio, le metió la mano por el hombro desnudo, y se me pasó por la cabeza que quizá parte de aquel coqueteo era para allanarme el camino con Nuria. Cuando le tocó quedarse desnuda del todo, Lucía levantó los brazos como diciendo «esto es lo que hay» y se dio la vuelta para enseñar el culo. Sergio no perdió detalle. Nuria le tapó los ojos un instante, en broma, y enseguida retiró la mano.

A Sergio le tocó dejarlo en calzoncillos, y a Nuria quitarle a su marido la última prenda de arriba. Eligió blusa y sujetador, pero al quitárselo se cubrió los pechos con las manos y me buscó con la mirada, sin querer, para saber si la estaba mirando. Claro que la estaba mirando. Sergio le apartó una mano y le dio un beso en el pezón, recordando seguramente lo que había dicho mi mujer.

La rueda siguió hasta que no quedó nadie con ropa salvo Nuria, que aún conservaba las bragas. Lucía dirigió la boca de la botella directa hacia ella, sin disimular.

—Solo quedabas tú —le dijo, y fue a bajárselas. Nuria me miraba a mí mientras yo le miraba el sexo, cubierto por un vello suave, casi pelusilla. Lucía le pasó la mano por la vulva con una caricia ligera, y Nuria se echó un poco hacia atrás.

—¡Mujer!

—Tienes un sexo muy bonito. No tengo muchas ocasiones de tocar otro —comentó mi mujer, la mar de tranquila.

***

—Yo propongo otra cosa —dijo Lucía—. Ya que esto va de intercambiar, dejamos la botella, ponemos música y bailamos desnudos con la pareja cambiada. —Y dirigiéndose a Nuria, con un tono entre cómplice y maternal—: Te presto a mi chico. Como sé que para ti es nuevo, te aviso de que te va a gustar.

Lo que no dijo es que para nosotros era tan nuevo como para ellos. Me levanté, puse música y le tendí la mano a Nuria para ayudarla a ponerse de pie. Lo dudó, pero la aceptó. Lucía y Sergio ya estaban enlazados, con todo el cuerpo en contacto, la cabeza de ella reposando en el hombro de él. Yo, en cambio, no conseguía que Nuria me dejara acercarme: entre nosotros cabía una persona entera.

Estaba desconcertado y un poco celoso. La única compensación era que ahora ya no se tapaba los pechos, esos pechos que eran, en el fondo, el origen de todo aquello. Cuando terminó la canción y empezó otra, Lucía tiró de Sergio de la mano y vino hacia nosotros.

—Nos vamos un rato a la habitación. Vosotros haced lo que queráis. Todo lo que queráis —recalcó. Y antes de marcharse nos empujó al uno contra el otro, hasta dejarnos pegados. Nuria aceptó la nueva postura. Sus pechos quedaron contra mi pecho, y mi sexo, que estaba en reposo, fue creciendo apretado contra su vientre. Bajé una mano a sus nalgas y, poco a poco, conseguí estrecharla un poco más contra mí.

Vi cómo Lucía y Sergio desaparecían desnudos, de la mano, y se me hizo un vacío raro en la cabeza, un zumbido en los oídos. Tuve miedo, de pronto, de estar perdiendo algo.

—¿Quieres que nos besemos? —le dije a Nuria cuando nos quedamos solos. Se lo pensó un buen rato.

—Podemos besarnos, y puedes acariciarme el pecho, pero no estoy preparada para acostarme contigo.

—Creo que ellos sí lo harán. ¿No te importa?

—Un poco sí. Pero que lo haga él no quiere decir que tenga que hacerlo yo. Y no es porque no me caigas bien: si no me gustaras, no te diría de besarnos. Me gusta sentir tu cuerpo contra el mío. Si quieres tocarte, no me molesta.

No solo nos besamos. Mientras lo hacíamos metí una mano entre los dos cuerpos y le acaricié los pechos; al terminar la canción bajé hacia su sexo.

—Por favor, ahí no. —Y sin embargo mi polla seguía apretada contra su vientre, a punto de estallar.

Seguimos bailando y besándonos hasta que nos sentamos a tomar una copa, a esperar. Ella hizo amago de vestirse y la retuve.

—Por favor, no te vistas. —Prefería seguir viéndole los pechos, que ya no se molestaba en cubrir. En un momento me incliné y le besé los dos pezones, y volví a sentarme. Nuria me sonrió. Por orgullo, no quise tocarme delante de ella.

***

Pasó al menos una hora larga antes de que salieran de la habitación, ya separados.

—¿Nos estabais esperando? —preguntó Sergio.

—Sí. —Se acercaron, pero esta vez no nos besaron. Recogieron la ropa, y al agacharse Nuria le miré el culo por primera vez; se giró, me pilló y sonrió un poco. Me gustó, claro. Salieron abrazados, él por el hombro, ella por la cintura, y al despedirse nos dieron un pico a cada uno, cosa que antes nunca hacían.

Cuando oímos arrancar el coche, le pregunté a Lucía:

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Habéis follado?

—No te voy a contar nada de lo que ha pasado en esa habitación.

—Pero prefiero saberlo.

—Yo prefiero no contarlo. Y a Sergio no le preguntes, que le he hecho prometer que no diría nada.

—Es una putada. Necesito saber si mi mujer se ha acostado con otro.

—Te vas a quedar con la duda. Ponla a la altura de las fantasías. Yo haré lo mismo.

Nos fuimos a la cama y aceptó echar un polvo. No le quedaba semen dentro, pero eso no probaba nada: como no tomaba la píldora, conmigo solía retirarse, y cualquiera podría haber hecho lo mismo. Le di mil vueltas. Tal vez no había pasado nada y Lucía había montado todo aquello únicamente para verle el pecho a Nuria. Tal vez se dejaron tocar, o se masturbaron, o ella se la chupó. Tal vez follaron y él se salió a tiempo, como hacíamos nosotros. Habían entrado desnudos, con las manos vacías, así que con preservativo no fue.

Entre las dos parejas no volvió a pasar nada más. Seguimos viéndonos, eso sí, y a partir de entonces nos saludábamos con un beso en los labios que antes no nos dábamos, como una marca de que habíamos compartido algo íntimo. Y ahí volvían mis preguntas: ¿le dijo Lucía que no repetirían, o, sencillamente, no había pasado nada que repetir? Y si pasó, ¿tuvo ella uno o varios orgasmos? Pudo tenerlos sin llegar a follar. O pudo no tener ninguno, igual que no lo tuvimos Nuria ni yo. Por cierto: mi mujer siguió haciendo topless; Nuria, nunca.

La duda me ha acompañado toda la vida. Dejamos de invocar al amante fantasma, en parte porque ya no lo necesitaba: ahora el fantasma era la incertidumbre, que a veces me perturba y a veces, lo confieso, me excita. Me la imagino con Sergio en mil posturas: él encima, ella cabalgándolo, por detrás, incluso de pie. Cualquiera de esas imágenes me ha servido, alguna vez, para terminar.

Hasta llegamos a separarnos un año. Quizá tuvo que ver con esto, quizá no; quizá fue precisamente dejar de hablarlo lo que nos distanció. Sea como fuere, volvimos a juntarnos. De tanto en tanto se lo pregunto en broma, y ella se ríe y se encoge de hombros, y yo me río también.

—Ya ni me acuerdo —me dice a veces.

Pero sé que se acuerda. Una no se mete desnuda en una habitación con otro tantas veces como para olvidarlo.

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Comentarios (5)

NicolasT87

Que relato!!! me dejo con la intriga total, tiene que haber continuacion si o si

RodriMDQ

Esa sensacion de no saber lo que paso detras de la puerta es demasiado. Muy bien narrado, se siente autentico.

Florencia_Sur

Me recordo a algo que vivi con mi pareja hace tiempo, esa misma duda que describis... impresionante como le pegaste al clavo

Tomas_SA

¿Y despues que paso? dejaste el relato en un punto que me tiene loco, necesito saber si esa duda se resolvio o se hizo mas grande

SofiaL77

lo mejor es esa tension que no se va aunque pasen los dias. muy bien escrito, con mucha carga sin ser burdo

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