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Relatos Ardientes

La pareja que nos pidió fuego en la playa nudista

Me llamo Elena, tengo cuarenta y cuatro años y llevo veintitrés casada con Andrés, que acaba de cumplir cincuenta y cinco. Nos entendemos bien en casi todo, y en la cama nos entendemos todavía mejor. Para la edad que tenemos no estamos mal: él es alto, delgado, con entradas que ya casi son calvicie completa, y se pasa media vida viajando por trabajo. Yo mido un metro sesenta y cinco, y aunque me cueste decirlo, conservo lo que más me gusta de mí, que es el trasero, respingón como el de una chica de treinta. Doy clases de Literatura en un instituto de provincias.

Crecí en un colegio de monjas, y durante años el sexo fue para mí algo de lo que ni siquiera se podía pensar, mucho menos hablar. Andrés tuvo una paciencia infinita. Poco a poco fue desmontando todo aquello que me habían metido en la cabeza, hasta el punto de que hoy hago cosas que la Elena de hace veinte años no habría imaginado jamás. Y no me arrepiento de ninguna. Al contrario: lo único que lamento es no haberme dado cuenta antes de todo lo que me estaba perdiendo. Ahora me visto como a él le gusta, provocativa, y en verano vamos juntos a una playa nudista.

Desde hace tiempo, cuando hacemos el amor, jugamos a imaginar que estamos con otra persona. Fue idea suya, y debo confesar que me enciende de un modo que me sorprende a mí misma. A veces fantaseamos con un intercambio de parejas, los dos presentes, mirándonos. Yo lo dejaba imaginar, pero hasta ahí. Solo era un juego de palabras al oído.

Un día Andrés me lo pidió en serio.

—Una vez nada más —dijo—. Quedamos con otra pareja, tomamos algo, los conocemos. Si nos gustamos, llegamos hasta donde queramos. Y si no, nos vamos a casa y no hablamos más del tema.

Le dije que no de forma rotunda. Pero él no se rindió. Que una sola vez, que solo por probar, que se nos iba a pasar la edad sin habernos atrevido a nada. Tanto insistió que al final cedí. Conocerlos no me comprometía a nada, pensé, y así lo dejaba tranquilo.

***

Lo que yo no sabía es que Andrés ya había movido ficha. Por su cuenta, sin decirme una palabra, contactó por internet con una pareja de nuestra edad y nuestras características, que tenían un anuncio publicado y que, casualidades de la vida, veraneaban en la misma playa nudista que nosotros. Como no nos conocíamos de nada, mi marido les describió nuestro físico, el color de la sombrilla, y acordaron una señal: ellos se acercarían a pedirnos fuego. Todos esos detalles los pactó a mis espaldas.

Un par de meses después nos fuimos, como cada verano, a un hotel cerca de aquella playa. Una tarde tranquila estábamos tumbados, desnudos, sin nadie alrededor, cuando una pareja se acercó a pedirnos fuego. Mediana edad, los dos en muy buena forma, sobre todo él, al menos para mi gusto: no tan alto como Andrés, pelo gris y un cuerpo que daba ganas de mirar dos veces.

Andrés les dio fuego y ellos preguntaron si nos molestaba que se tumbaran cerca. Dijimos que no, y se colocaron a apenas unos metros de nosotros.

—¿Qué te parecen? —me preguntó Andrés en voz baja.

—Que él está para hacerle un favor —contesté, ingenua de mí, sin sospechar nada.

Al poco, ella empezó a ponerle crema a su pareja. Lo hacía despacio, mirándonos de reojo. Se arrodilló a su lado, inclinada hacia él, y al hacerlo se le descolgaron dos pechos enormes a los que Andrés no le quitaba el ojo. Yo empecé a ponerme de mal humor. Ella comenzó por los hombros y fue bajando, sin prisa, hasta que llegó a la entrepierna. Le tomó el sexo con la mano y empezó a masajearlo de una forma que no tardó en provocarle una erección completa.

Sabía que la estábamos mirando. No le importaba. Seguía a lo suyo, y la verdad es que aquel cuerpo merecía esa clase de atenciones. Al principio me sentí incómoda. Después miré a Andrés y comprobé que él también empezaba a reaccionar.

Ella aceleró el ritmo. Su pareja jadeaba. Le estaba haciendo una paja, con descaro, delante de nosotros, en plena playa. Y a mí, contra todo lo que habría jurado, aquello me estaba poniendo cachonda. Miré de nuevo a Andrés, que ya no podía disimular: la tenía dura, completamente erecta. Alargué la mano y empecé a acariciársela. Por la punta le asomaba una gota, la recogí con un dedo y me lo llevé a la boca. Al mismo tiempo, su mano bajó hasta mi sexo, que ya estaba empapado.

***

Cerré los ojos, perdida en lo que Andrés me hacía. Cuando los abrí, la pareja estaba justo a nuestro lado, cada uno con un cigarrillo entre los labios, pidiéndonos fuego otra vez. Él la tenía durísima y la tenía cerca, demasiado cerca de mi cara. Yo dejé de acariciar a mi marido, pero él no se detuvo conmigo.

Entonces ella se arrodilló junto a Andrés, le tomó el sexo con la mano y empezó a masturbarlo mientras me hablaba.

—No pares, mujer, que le estabas dando mucho gusto. ¿A que sí? —dijo, mirando a mi marido.

Andrés asintió, y con la mano que le quedaba libre empezó a acariciarle los pechos a ella.

Yo no sabía qué hacer. El hombre, de pie, se inclinó sobre mí, dejando su sexo a un palmo de mi boca, y comenzó a tocarme los pechos. Era la primera vez en más de veinte años que me tocaba una mano que no fuera la de Andrés. Dudé un instante. Después me dejé llevar. Tomé aquella verga y empecé a masturbarla, primero despacio, luego con ansia. Él apartó la mano de mi marido de mi entrepierna y la sustituyó por la suya, buscándome el clítoris, que estaba a punto de estallar.

Giré la cabeza para mirar a Andrés y la encontré a ella encima de él, montándolo, sin dejar de moverse. Y entonces me corrí. El orgasmo me hizo acelerar todavía más la mano sobre el hombre que tenía delante. Grité de gusto y, casi al instante, sentí su semen caer sobre mí, deslizándose tibio por mis pechos.

—No pares, no pares —me pedía él.

No paré. A cada sacudida caía un chorro más sobre mi piel. Cuando dejó de salir, no pude resistirme: me lo llevé a la boca y le di el final que merecía.

A mi lado oí a ella gritar de placer mientras se corría con Andrés dentro. Cuando terminó, le sacó el sexo, se lo metió en la boca y, con un par de movimientos, lo dejó al borde. Después escupió como nunca había visto escupir a nadie, y alguna gota le salpicó hasta la cara.

***

Cuando todo acabó, recuperamos el aliento y nos presentamos. Ellos eran Raúl y Susana, la pareja con la que Andrés había estado hablando todo aquel tiempo a mis espaldas. Tal y como estábamos, cubiertos de semen y de arena, no nos quedó más remedio que darnos un baño. Apenas quedaba sol, pero a ninguno le apetecía marcharse de la playa. Nos metimos los cuatro en el mar, que a esas horas de verano estaba templado y quieto.

Al rato, Susana salió y se tumbó boca abajo sobre su toalla. Andrés fue hacia ella, le separó las nalgas y se acostó literalmente encima, deslizándose entre ellas sin penetrarla, despacio, arriba y abajo.

Raúl se acercó a mí por la espalda, dentro del agua, y empezó a acariciarme los pechos con una suavidad que me erizó la piel. Notaba su bulto contra mi trasero. Poco a poco bajó una mano hasta mi sexo mientras me besaba el cuello. Metió un dedo y con otro me rozaba el clítoris. Yo estaba en otro mundo. Llevé una mano hacia atrás y le acaricié el sexo y los testículos.

Mientras tanto, Andrés se movía sobre Susana, los dos boca abajo, tan concentrados que no se dieron cuenta de que por la orilla se acercaba una pareja de jóvenes. Cuando llegaron a su altura, los miraron, se rieron y se quedaron observando la escena sin ningún disimulo.

Raúl y yo seguimos a lo nuestro. La pareja recién llegada, que venía en bañador, se sentó muy cerca de Andrés y Susana. El chico empezó a besar a su novia y a meterle mano por dentro de la parte de arriba del bikini. En un momento los dos quedaron desnudos y se enredaron en un sesenta y nueve delante de todos. Andrés, al darse cuenta de que tenía público, se tumbó boca arriba y colocó a Susana encima, que comenzó a cabalgarlo. Nosotros ya estábamos prácticamente en la orilla, donde rompían las olas, y allí, con el agua entrando y saliendo entre nuestras piernas, nos pusimos a hacerlo sin contención, como si no existiera nadie más en el mundo.

Cuando por fin terminamos, los seis nos fuimos juntos al hotel. Lo que pasó aquella noche, sin dormir, fue todavía mejor que la tarde. Pero eso os lo cuento otro día.

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Comentarios (6)

NorbertoQ

Increible relato!! me dejo sin palabras

Caro_Mdq

La tension del comienzo es lo que mas me gusto, se nota que sabes narrar. Seguí asi!

ManuelRba

Jajaja lo del "pedir fuego" es el mejor pretexto que lei en mucho tiempo

nightwalker77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues

Luci_84

Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años en la costa. Esas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

LoboGris88

Bien escrito y muy creible. El final me sorprendio.

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