La cabaña en la nieve donde todo se desató
Me desperté tarde la mañana del veinticuatro. La cabaña olía a café cargado y a beicon, y cuando bajé a la cocina solo estaba Adrián, despierto y enérgico como si la noche anterior no hubiera existido. Tenía la encimera llena: huevos fritos, chorizo, tostadas, mantequilla, algunos dulces y una cafetera humeante.
—Necesitamos reponer fuerzas —dijo, sin levantar la vista de la sartén.
Me serví un café solo. Era puro, espeso, cafeína en estado bruto. Me despejó de golpe. Le pregunté por su noche y se rió mientras pinchaba un trozo de chorizo.
—Con Marta no se puede más —contestó—. Es insaciable. Le gusta todo, boca, coño, culo, posturas imposibles. Cada vez que se corría le venían dos o tres orgasmos seguidos. Después del tercero yo ya no daba más, así que me dediqué solo a que ella disfrutara.
Asentí, recordando que la noche anterior nos habíamos cruzado todos en aquel reparto de parejas que parecía un juego inocente cuando lo propusimos en el coche, de camino a la sierra.
***
Rubén apareció con la taza en la mano y me hizo un gesto para que nos apartáramos de Adrián. Salimos al porche, donde el frío mordía.
—Marcos, necesito que me cuentes —dijo—. ¿Cómo fue con Sofía?
Le conté lo justo. Que había estado intensa, abierta, distinta. Se quedó callado, sorprendido, porque conmigo había sido alguien que él no conocía. Con él, me confesó, Sofía era apagada en la cama, casi tímida.
—Habla con ella cuando volvamos a casa —le aconsejé—. Pregúntale qué quiere de verdad. Te vas a llevar una sorpresa.
Rubén miró la nieve que empezaba a cuajar en los pinos y no dijo nada más.
***
Carla me buscó con la mirada desde la puerta y me hizo una seña hacia el dormitorio. Entramos y cerró.
—Diego no era nada del otro mundo —me dijo en voz baja—. Tuve que indicarle cómo ponerse, qué hacer, prácticamente todo. Hablaré con Marta y tú habla con Adrián.
—Ya lo hice —respondí—. Y parece que Marta es otra persona con Diego. Adrián me ha dicho que no paraba quieta, que se la metió por todas partes y que fue ella la que le pidió que la follara por el culo con fuerza, nada de suavidad.
Carla se sentó en la cama y soltó una carcajada.
—Estas parejas no hablan entre sí, ¿te das cuenta? No saben lo que le gusta al otro. Nosotros siempre lo hemos hablado todo.
—Sofía me sorprendió —seguí—. Rubén me había pedido que la probara por detrás, porque con él ni dejaba que la tocara ahí. Y fue ella la que me lo pidió a mí. Y no solo eso: quería que la dominara, que la insultara, que le diera azotes hasta dejarle el culo rojo. Yo le seguí el juego, pero no es lo mío, ya lo sabes.
Carla me miró con una sonrisa torcida.
—¿Y tú te habrías ofrecido a ser mi sumiso, Marcos?
—Eso lo hablamos en casa con calma —dije—. Podemos turnarnos, una vez tú, otra yo. Ya veremos.
—Yo prefiero tenerte a ti de sumiso siete días a la semana, veinticuatro horas —murmuró, y me besó el cuello antes de salir.
***
Después del desayuno, Adrián y Noelia hicieron una lista para que Carla y yo bajáramos al pueblo a por suministros. La cena de Nochebuena prometía, y el parte anunciaba una nevada de las que dejan incomunicado un valle entero.
En el coche, Carla retomó el tema mientras yo conducía por la carretera helada.
—Lo de la sumisión que hablamos esta mañana —dijo—. Llevo tiempo con la tentación. Somos una pareja abierta, deberíamos probar cosas. En algunos de mis encuentros lo he hecho, y me gusta ser dominante, ver al macho todopoderoso hundido a mis pies. Solo con eso me corro.
—Ya te lo dije —contesté, sin apartar la vista de la carretera—. Eso lo hablamos en casa. No quiero convertirme en un títere para nadie. Una sesión o dos, vale. Tu sumiso para siempre, no.
—Vale —cedió—. Lo dejamos para Año Nuevo. Vida nueva.
El pueblo era pequeño pero bullía de ambiente navideño: luces colgadas entre las farolas, un abeto enorme en la plaza del ayuntamiento, bares calientes y llenos de gente que volvía a casa de sus padres por las fiestas. Compramos lo de la lista, picamos unas migas y unas tapas de chacina y volvimos antes de que la nieve cerrara la pista.
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Mientras tanto, en la cabaña, Rubén y Sofía y Diego y Marta se quedaron limpiando y cambiando las sábanas. Sofía me lo contó después, riéndose de cómo Rubén la había acorralado entre dos coladas.
—¿Cómo fue la noche con Marcos? —le había preguntado él—. Por lo visto le diste lo que a mí me llevas negando años.
—Marcos no debería haberte contado nada —respondió ella—. Lo de cada noche debería ser un secreto. Pero ya que lo sabes, te lo digo: me convertí en otra. Me gustó ese cambio. Estar enculada, sentir una polla ahí dentro, me hizo correrme un par de veces. Y ser dominada, estar a merced de alguien, que me llamara de todo... me di cuenta de que mi destino es ser una sumisa total.
Rubén tragó saliva.
—Pero contigo no me veo —siguió Sofía, más suave—. No te veo con ese carácter. Me quieres demasiado, me mimas, siempre estás pendiente de mí y del niño. Eso no encaja con un Amo, y la verdad es que te quiero precisamente por eso.
Se acercó y lo besó con ternura.
—Ya lo veremos cuando lleguemos a casa —dijo él—. Si soy o no un buen Amo.
***
Noelia y Adrián también compararon notas. Ella dijo que Rubén había sido soso, que se notaba que era la primera vez que estaba con otra mujer; llevaba con Sofía desde los diecinueve años. Adrián, en cambio, alabó a Marta: muy activa, muy dominante, le decía cómo ponerse, hasta le había dado unos azotes que él tuvo que pedirle que parara. Pero buena, muy buena. Le encantaba que se lo comieran, y con eso encadenaba tres o cuatro orgasmos.
Cuando Carla y yo llegamos con la compra, ya cada uno sabía cómo le había ido al otro. Se acordó que la Nochebuena dormiría cada cual con su pareja, y que a partir del veinticinco seguiríamos jugando según apeteciera.
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El día pasó entre charlas. Trabajos, planes, niños, perros, futuros. Solo Rubén y Sofía tenían un hijo, de cinco años. Diego y Marta andaban en pleno tratamiento de fertilidad. Los demás, Carla y yo incluidos, ni nos lo planteábamos.
Por la noche nos pusimos como cerdos con el cochinillo al horno que había preparado Adrián, las patatas, el marisco, el jamón, las cremas de verdura. Cantamos un par de villancicos desafinados, bebimos cava y luego cosas más fuertes. Pasadas las dos, cada pareja se retiró a su cuarto. Esa noche fue tranquila, casi familiar.
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El veinticinco amaneció con medio palmo de nieve. Algunos tenían que bajar a la ciudad: Adrián y Noelia por las reservas de fin de año de su restaurante, Sofía y Marta por un asunto urgente del bufete donde las dos eran abogadas. Diego, Rubén, Carla y yo, profesores los cuatro, teníamos vacaciones hasta enero, así que nos quedaríamos.
Esa noche apenas se oyeron ruidos en las habitaciones. Carla solo quería que se lo comiera, nada de penetración; aún estaba dolorida de la noche con Diego, cuyas medidas eran bastante más de lo normal. Lo hice con una condición: que después me la mamara hasta tragarse hasta la última gota. Así pasamos la noche. Ella tuvo tres orgasmos, yo solo uno, y nos dormimos abrazados.
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El veintiséis, cuando bajé, Rubén ya tenía el café hecho y pan tostándose. Los demás se habían marchado de madrugada. Quedábamos los cuatro: Carla, Rubén, Diego y yo. Después de desayunar bajamos al pueblo más cercano con otra lista de Adrián. Nevaba con ganas y temíamos que nadie pudiera subir desde la capital, pero comimos tranquilos en un mesón —de los cuatro no salíamos de los huevos fritos, las tortillas y la pasta— y volvimos antes de que anocheciera. La tarde se fue entre la tele y partidas de dominó.
Cenamos unos sándwiches y nos acostamos sobre las doce.
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Esa noche Carla quería guerra. Estuvimos un buen rato follando, y cada vez tenía el culo más abierto, más entregado; le encantaba que se la metiera por ahí. En una pausa, jadeando los dos, oímos un ruido extraño en el cuarto de Rubén. Como si no estuviera solo.
Salimos al salón. Había luz bajo su puerta. La empujé despacio.
Rubén y Diego estaban en un sesenta y nueve, cada uno con la polla del otro en la boca. Al vernos se separaron, pero no se incomodaron lo más mínimo.
—Llevamos tiempo con esto —dijo Rubén, limpiándose la comisura—. Nuestras parejas lo saben y no les importa. Ellas también son amantes entre sí.
Carla, caliente como estaba, propuso unirse.
—No —cortó Rubén con una sonrisa—. Esto es solo de dos.
Cerramos la puerta y volvimos a nuestro cuarto. La calentura que se le había quedado a Carla fue imposible de bajar de un solo asalto. Mamadas, penetración por delante, por detrás, por la boca. Se corrió aquella noche al menos cinco veces; yo, tres, hasta que no me salió más. Entonces cogió un consolador de la maleta y se arrancó otros tres orgasmos seguidos, hasta que la muy insaciable se durmió contra mi hombro, sonriendo.
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Quedaban días por delante, y la nieve seguía cayendo sobre la cabaña.