El trío de Hossegor que lo cambió todo
Por aquella época andaba yo con el ánimo por los suelos y muchas cosas sin resolver.
Mi madre tenía una opinión sobre cada cosa que hacía. Mi padre tenía prejuicios sobre todo aquel que fuera distinto a él. Mi hermana mayor rezaba el rosario cada mañana y calculaba la herencia cada tarde. Y yo, con veintidós años, estudiante de medicina en Zaragoza, con un novio de toda la vida al que llamaré Santiago y la cabeza llena de fantasías que nunca le había contado a nadie.
Mi compañera de piso, Laura, lo sabía todo sin que yo le hubiese dicho nada. Era bisexual, escandalosamente promiscua, y tenía esa costumbre deliciosa y cruel de pasearse por la casa en ropa interior. Se cambiaba de ropa delante de mí pidiendo mi opinión sobre modelitos. Me contaba sus aventuras con hombres y mujeres mientras yo ponía cara de indiferencia y me moría por dentro. Sabía exactamente el efecto que me causaba y lo aprovechaba.
Que me muera si me gustan las chicas, me repetía yo. Pero no podía dejar de mirarla.
Lo que no esperaba era descubrir que Santiago tampoco podía dejar de mirarla. Volví antes de lo previsto una tarde de martes y encontré la puerta de la habitación de Laura entreabierta. No tuve que empujarla. Escuché suficiente.
***
Cogí el coche esa misma noche con un paquete de clínex y sin un plan claro. Necesitaba llorar en algún sitio donde nadie me conociera. Conduje hacia el norte, crucé la frontera y seguí hasta la costa vasca francesa. Me hospedé en un hotelito pequeño pegado a la playa, en Hossegor. Era temporada baja, había poca gente, y eso era exactamente lo que necesitaba.
La primera noche bajé a la playa con mi paquete de clínex y me senté en la arena a mirar el mar. A cierta distancia, casi en la oscuridad, una pareja hacía lo que hacen las parejas en las playas de noche. Los gemidos de ella llegaban claros hasta donde yo estaba. No eran discretos.
Volví a la habitación. Cansada de llorar, me masturbé imaginándome cosas que nunca me había permitido imaginar con tanta claridad. Terminé sin saber si había llorado de alivio o de rabia. Probablemente las dos.
***
A la mañana siguiente busqué la parte más apartada de la playa y extendí mi toalla lo más lejos posible de los escasos bañistas que había. Quería estar sola y lamentarme en paz.
No duró mucho.
Una pareja se instaló a menos de diez metros de mí. Él era altísimo, con piel morena y cabello rizado, el cuerpo de alguien que ha nadado mucho y dormido bien toda su vida. Ella era rubia, esbelta, con una melena que le caía por los hombros y esa forma desenfadada de moverse que tienen algunas personas y que te hace querer mirarlas sin parar. Los maldije en silencio. Yo quería estar sola.
Pero entonces hicieron algo que no esperaba: se despelotaron. Con toda la naturalidad del mundo, sin mirar a nadie, sin pedir permiso. Él clavó la sombrilla en la arena mientras ella se embadurnaba de crema. Y yo dejé de pensar en Santiago y en Laura y en mi familia y en todo lo demás.
Estuve varios minutos mirando desde detrás de mis gafas de sol antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.
No sé qué me pasó a continuación. Supongo que había algo en ver a dos personas tan cómodas en su propio cuerpo que me hizo sentir vergüenza de la vergüenza que yo tenía del mío. Sin pensarlo demasiado, me quité el bañador.
Era la primera vez en mi vida que estaba desnuda en un sitio que no era mi habitación o un vestuario. Sentí el sol donde nunca lo había sentido. Y, para mi sorpresa, no me morí de la vergüenza que llevaba media vida acumulando.
Esto es raro.
Pero también está bien.
Me tumbé boca abajo y traté de no mirar hacia ellos. Duré aproximadamente cuatro minutos.
Él le acariciaba el hombro. Ella le pasó la mano por el pecho. Era poca cosa, casi nada, pero yo lo veía todo desde detrás de mis gafas y el calor que sentía no era solo del sol. Cuando levanté un poco más la cabeza, ella ya tenía la mano en su entrepierna. Y él, que era tan grande en ese sentido como en todos los demás, había echado la cabeza hacia atrás.
Entonces me pilló mirando.
Me quedé paralizada. Él detuvo a la chica con suavidad. Los dos fingieron que nada. Decidí que era el momento de meterme en el agua.
La marea estaba más alta de lo que parecía. En dos pasos perdí pie y una ola me arrastró varios metros hacia el norte. Recuperé terreno enseguida, un poco asustada y bastante avergonzada. Pero cuando miré hacia la orilla, él ya venía corriendo.
Corriendo. Desnudo. Con todo lo que eso implicaba visualmente.
—¿Estás bien? —me preguntó en español, con acento francés. Tenía los ojos verdes. Yo intenté mirar los ojos verdes.
—Sí. Gracias.
—Las corrientes aquí son traicioneras —dijo tendiéndome la mano para ayudarme a levantarme.
La cogí. No hacía falta, podía levantarme sola. La cogí igualmente.
Caminamos hasta las toallas. Ella también se acercó, preocupada, y comenzamos una conversación trivial sobre las corrientes y el tiempo. Los tres desnudos, como si fuera lo más normal del mundo. Para ellos lo era. Para mí era la cosa más rara y excitante que me había pasado en la vida.
Volví a mi toalla cuando se calmó la situación. Me tumbé de nuevo al sol con los ojos cerrados y dejé que mi cabeza hiciera lo que le daba la gana.
Al cabo de un rato, cuando los miré de nuevo, ella le estaba haciendo una felación. Sin disimulo, de cara a mí. Él la miraba a ella, pero ella me miraba a mí.
Comprendí que era una invitación.
No sé de dónde saqué lo que hice a continuación. Llevé la mano a mi entrepierna y me masturbé mirándolos. Allí, en la arena, a plena luz del día. La mayor locura de mi vida hasta ese momento.
Ella se animó en cuanto lo vio. Se tumbó de lado, abrió las piernas en mi dirección y llevó también la mano al mismo sitio que yo, sin dejar de mirarme en ningún momento.
Comprendí, muy lentamente para lo obvia que era la situación, que llevaban desde el principio jugando conmigo.
Él me hizo un gesto para que me acercara. Miré a mi alrededor: seguíamos solos. El corazón me latía en la garganta.
Me acerqué.
Cuando estuve a su lado, ella me miró con las piernas todavía abiertas y una polla magnífica en la mano:
—¿Quién te gusta más de los dos?
No contesté de inmediato. Me moría por los dos.
—Los dos —dije al fin, después de una pausa demasiado larga.
A ella se le iluminó la cara.
—Empieza por donde quieras —dijo separando un poco más las piernas.
Me decidí por ella. Hundí la cara entre sus piernas y me olvidé de todo lo que había creído sobre mí misma hasta ese día. Llevaba años imaginando esto y descubrir que era exactamente tan bueno como lo había imaginado fue algo parecido al alivio. La saboreé con ganas, restregándome contra ella, notando cómo se arqueaba, cómo sus manos me acariciaban el cabello.
Él se masturbaba mirándome desde un lado.
Cuando me apartó, me invitó a dedicarle la misma atención a su novio. Él era tan grande que resultaba casi cómico intentarlo. Me apliqué con toda la concentración que tenía: pasé la lengua desde la base hasta el glande, succioné, agarré con ambas manos, fui incapaz de tragármela entera por mucho que lo intentara. Lo disfruté de todas formas. Disfruté de cada centímetro.
A cuatro patas, con la boca ocupada, noté una mano que recorría mis muslos despacio. Me tensé. La mano llegó a donde yo llevaba húmeda desde hacía mucho rato y comenzó a moverse. Ella hablaba con él en francés mientras me penetraba con los dedos. No entendí lo que decían, pero el tono me bastaba.
El orgasmo llegó de golpe, sin aviso. Me corrí contra su mano mientras intentaba seguir con lo que estaba haciendo, y no pude. Me quedé sin aliento, con la frente apoyada en su muslo.
Ella se subió sobre él. De espaldas, con él tumbado en la arena, se lo metió por el culo con una facilidad que me dejó sin palabras. Quedaron frente a mí.
—Ven —me dijo señalando hacia donde sus cuerpos se unían.
Me puse entre sus piernas. Cada vez que ella bajaba por él, yo lamía lo que podía. Metía la nariz en su vagina, me restregaba contra ella con todo lo que tenía. Ella gemía mucho y eso me encendía más que nada de lo que había sentido antes en mi vida.
No tardó en correrse. Sentí sus fluidos en mi cara mientras se sacudía y él la sujetaba por la cintura. Seguí lamiendo hasta que me detuvo con suavidad.
Descabalgó y se acercó a besarme. Mi primer beso femenino.
Lo recibí con los ojos abiertos y luego los cerré. Su lengua era suave y sabía a ella misma. Me acarició la mejilla mientras me besaba, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—Quiero lamer lo de mi chico de tu cara —me dijo despacio, con ese acento que me derretía.
La mano de ella volvió a moverse entre mis piernas mientras él se arrodillaba frente a mí. Yo estaba tumbada boca arriba. Se pajeaba a centímetros de mi boca. Lo podía rozar con la lengua cuando intentaba acercarme, pero él me retenía sujetando mi cabeza con suavidad.
Cuando ya no pudo más, me lo metió hasta donde cabía y empujó varias veces antes de correrse. El semen me cayó en la cara, en la boca, en el cuello. Me volví a correr al mismo tiempo, con la mano de ella aún moviéndose dentro de mí.
Luego sentí su lengua recorriendo mi cara despacio, recogiendo cada gota. Cuando me besó de nuevo, me lo pasó todo. Lo saboreé y lo tragué.
Por primera vez en mi vida.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
No era dolor. Era darme cuenta, de golpe, de todo el tiempo que había perdido.
Ellos no entendían del todo qué me pasaba, pero me abrazaron sin preguntar. Me acariciaron la espalda. Me dejaron llorar.
—Yo soy Isabelle —dijo ella con dulzura cuando se me calmó un poco la respiración—. Y él, Édouard.
Saber sus nombres después. Solo después. Me pareció lo más bonito del mundo.
—¿Comes con nosotros? —preguntó Isabelle.
—¿A comer qué? —contesté, y me sorprendí a mí misma.
Los tres nos reímos.
—Primero el menú. Luego lo que tú quieras —dijo ella con una sonrisa que prometía cosas.
***
Me quedé dos días más. No voy a detallar todo lo que ocurrió en esas cuarenta y ocho horas porque no tengo palabras suficientes y porque hay cosas que prefiero guardarme. Solo diré que no decepcionaron. Que aprendí sobre mi cuerpo cosas que ningún libro de medicina me había explicado. Que Isabelle tenía razón en todo lo que supo sobre mí sin que yo le dijera nada.
Volví a Zaragoza un domingo por la tarde. Escocida y satisfecha. Con una idea muy clara en la cabeza.
Llamé a Santiago y a Laura y los cité juntos en el piso. Les propuse un trío con toda la calma del mundo. Santiago se escandalizó primero y aceptó después. Laura aceptó antes de que yo terminara la frase.
No se esperaban lo que les di.
Al imbécil de mi novio le hice cosas que siempre había fingido que no me gustaban. Y a mi compañera de piso, que tanto tiempo me había calentado sin intención de hacer nada conmigo, la llevé al orgasmo de maneras que ella no esperaba de una mojigata como yo. Cuando me marché, los dejé a los dos boquiabiertos. Luego me cambié de piso.
***
Tardé dos años en salir del armario porque necesitaba el dinero de mis padres para terminar la carrera. Mi padre llevaba toda la vida amenazando con desheredarnos si hacíamos una cosa o la otra; era su recurso favorito, lo soltaba a la mínima. El día de mi graduación les presenté a mi novia: Nadia, de origen marroquí y madre soltera.
Mi padre se desmayó en la silla. Los médicos dijeron que fue un infarto. No llegó al hospital.
Mi madre lloró mucho. Mi hermana también, aunque la mitad de su llanto fue de alivio, porque iba a heredar más. Ninguna de las dos me dijo nada que yo no me esperara ya.
Mi padre murió sin cambiar el testamento. No le dio tiempo a enterarse de quién era realmente su hija.
Desde entonces, mi familia no me habla. Soy la oveja negra. Y yo, sinceramente, no podría estar más contenta con eso.
Ahora vivo en la casa del pueblo que heredé, con mis amantes, viciosos y bisexuales. Bajo el crucifijo que preside la cama donde nació la abuela de mi padre. Las cosas que hacemos en esa cama. Si él lo viera.
Todo cambió a raíz de un novio gilipollas que no supo guardar la polla en el calzoncillo. Quizás algún día debería agradecérselo.
Quizás.