Mi ex me dejó libre y no soportó las consecuencias
Rodrigo llegó al condominio privado pasadas las seis de la tarde, dejó el maletín sobre el sillón, colgó el saco, metió la ropa al cesto de lavado y se dio una ducha larga. Después se puso un pantalón de correr, una camiseta holgada y fue a prepararse un café.
Con la taza en la mano se quedó mirando el jardín central desde la terraza. A los treinta y tres años era jefe de contratos en una firma de ingeniería internacional. Soltero por vocación durante la mayor parte de su vida adulta, salvo los últimos diez meses con Camila: estudiante de diseño, veintidós años, pelo castaño largo. Alto, delgado, siempre bien vestido sin aparentarlo demasiado.
Eran casi las seis y media cuando sonó el timbre.
—Hola —dijo Camila entrando sin demasiado entusiasmo.
—Hola, hermosa. ¿Todo bien?
—Más o menos. Rodrigo, tenemos que hablar.
—Claro. Sentate.
—No sé cómo decirte esto... Me siento agobiada. Siento que estoy perdiendo experiencias por el noviazgo, por la carrera, por todo. Necesito un tiempo.
—Me sorprendés. ¿No lo podemos resolver juntos?
—No. Ya te dije, me siento atrapada.
—Está bien. No te voy a presionar.
—Ah... bueno. La verdad es que pensé que te ibas a enojar.
—Camila, me estás comunicando tu decisión, no pidiéndome opinión. La respeto.
—Bueno. Era eso.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Hay alguien más?
Ella desvió la mirada hacia la ventana. Después de unos segundos dijo:
—No... todavía.
—Entendido.
Camila lo miró esperando alguna reacción. Rodrigo no dijo nada. Cuando ella se acercó a darle un beso de despedida, él la detuvo con suavidad.
—Las cosas que dejaste en el dormitorio y en el baño, ¿las llevás hoy?
—Eh... no, las veo...
—Entonces por favor metelás en bolsas y dejalas en la entrada.
Ella fue a recoger sus cosas en silencio. Rodrigo la acompañó hasta la puerta. Cuando Camila intentó darle un beso en los labios, él se corrió levemente y la besó en la mejilla. Ella lo miró un segundo, bajó al estacionamiento y arrancó. Antes de que el auto saliera del complejo, Rodrigo ya había cerrado la puerta.
Mandó un mensaje a la administración retirando el acceso libre de Camila. Después tomó el café, miró el jardín y llamó a Marcos.
—Rodrigo, viejo. ¿Cómo anda todo?
—Bien, Marcos. ¿Tenés planes esta noche?
—Ninguno.
—Cenamos y vamos a tomar algo.
—Dale. ¿Y Camila?
—Te cuento a la noche.
Se encontraron en El Mirador a las nueve. Rodrigo llegó con un traje oscuro, camisa abierta en el cuello y mocasines negros que brillaban. Marcos ya estaba en la mesa.
—¿Qué pasó?
—Fue esta tarde. Que se siente agobiada, que está perdiendo experiencias por el noviazgo. Que quiere un tiempo.
—Eso te lo dijo con toda seriedad.
—Y parece que hay un tercero.
—Clásico. Te usa de red de seguridad mientras prueba al otro. Esa mina, Rodrigo...
—Cada uno es dueño de su vida, Marcos.
—No lo dude, ingeniero. —Marcos también lo era y le gustaba el chiste.
Cambiaron de tema. Hablaron de trabajo, de política, de un partido de tenis pendiente. Después de cenar fueron a un bar donde solían juntarse los conocidos del grupo: profesionales jóvenes, algunas parejas, solteros de siempre. Buena música, buena bebida y poca escena.
Rodrigo estaba en la barra con Marcos cuando escuchó su nombre desde atrás.
—¡Rodrigo! Cada vez más lindo, desgraciado.
Se dio vuelta. Lucía. Rubia, alta, vestida de negro, con esa sonrisa que él conocía de memoria. Su ex novia de casi dos años atrás.
—Y vos cada vez más hermosa. Hola, Lu.
—Hola. ¡Qué sorpresa verte acá! ¿Y Camila?
—Voló —dijo Rodrigo con una sonrisa breve.
—Perdonen chicos. —Lucía tomó la mano de Rodrigo y lo llevó a un rincón tranquilo de la barra—. ¿Voló cómo?
—Me pidió un tiempo. Que se siente agobiada. Que, cito, «estoy perdiendo vivir cosas por el noviazgo».
—No lo puedo creer.
—Me conocés, Lu. No te digo una cosa por otra. Y en realidad ni me lo propuso: me dijo directamente que quería separarse un tiempo.
—¿Hay alguien?
—Cito textual: «No... todavía».
—Es una estúpida. Apostarse a perder a alguien como vos por probar a otro... Una tarada. ¿La vas a esperar?
Rodrigo la miró en silencio. Una sonrisa lenta le cruzó la cara, pero no dijo nada.
—Listo, no contestés. Cuando se corra la voz de que estás suelto vas a necesitar escolta. —Lucía guiñó un ojo.
—A ver si se enteran...
—Se van a enterar.
Mientras hablaban, Camila entró al bar tomada de la mano de un tipo al que Rodrigo no conocía. Lucía lo notó también.
—Ahí está tu ex con el famoso tercero. Vení, te presento a mis amigas.
Las amigas de Lucía eran tres. Cuando se acercaron, Lucía hizo las presentaciones en voz bien alta.
—Chicas, este hijo de puta es mi ex novio. Creo que algo de él les conté.
Camila giró al escuchar eso. Cuando vio a Rodrigo saludando a las chicas con besos, se quedó quieta a unos metros.
—Rodrigo, somos cuatro y no hay lugar libre. Elegí a una para que se siente en tus rodillas.
Él fue mirando a las chicas hasta que llegó a Lucía.
—Yo no cuento —dijo ella antes de que pudiera decir nada—. Auto supervivencia.
—¿Vos? —le preguntó Rodrigo a la morena de ojos claros que estaba sentada frente a Lucía.
—Por supuesto —dijo la morena.
—¿Tu nombre?
—Diana.
—Linda mujer.
—Gracias.
—Ojo que lo dejó la novia esta misma tarde, está suelto y es peligroso —les avisó Lucía a las demás—. Muy adictivo.
Camila había soltado la mano del tipo que tenía al lado. Estaba tensa y trataba de escuchar sin mirar.
Se quedaron charlando un buen rato. Cuando Rodrigo se fue con Diana, pasó antes por donde estaba Lucía, le tomó la mano un segundo y le dijo algo al oído.
—Sos una basura —dijo ella riendo.
Rodrigo le dio un beso en los labios, rápido, y salió con Diana.
***
El sábado cenó con amigos y después fueron todos al mismo bar. Camila estaba ahí con el tipo, pero ya sin tomarlo de la mano. Rodrigo fue directo a los sillones donde estaba Lucía con las amigas, le dio un beso en los labios y saludó al resto.
Presentó a sus amigos. Con una señal discreta le dijo a uno que se acercara a Diana. Otra de las chicas se fue con otro del grupo. A Sofía, la tercera amiga de Lucía, la hizo levantarse, se sentó y ella volvió a sentarse sobre sus rodillas.
—Tu ex ya está mirando sin disimulo —murmuró Lucía.
—Qué pena —dijo Rodrigo rodeándola por la cintura con un brazo.
En eso se acercó alguien inesperado: Valeria, la hermana mayor de Camila.
—Hola, Rodrigo.
—Hola, Valeria. Qué sorpresa verte acá.
—Me enteré de la pavada que hizo mi hermana. En casa no saben nada todavía. —Hizo una pausa—. Tengo el mismo número de celular.
—Entendido.
Ella le dio un beso en los labios y se fue. Sofía la miró alejarse con los ojos abiertos.
—Hasta la hermana te viene a levantar.
—Hay una razón, Sofía. Esta noche te vas a enterar.
Cuando salieron, Rodrigo abrazó a Sofía y Camila los siguió con la mirada desde el otro extremo del salón.
***
El domingo Sofía y Diana se quedaron hasta el mediodía. Desayunaron los tres, Lucía se sumó un rato después, y la tarde pasó entre risas, vino y sexo sin ningún apuro.
El lunes al mediodía llegó un mensaje de Lucía:
—Desgraciado. Te odio.
—Me falta una sola de tus amigas. El viernes a la noche, el sábado... —Rodrigo mandó el emoji de un guiño.
—Hijo de mil putas. Fue la respuesta.
El jueves llamó Camila.
—Hola, Rodrigo. ¿Cómo estás?
—Muy bien, por suerte. ¿Vos?
—Bien... Te vi las últimas noches.
—Sí, también te vi. Pero estabas con alguien y no quise interrumpir.
—Claro... ¿Ya me olvidaste?
—No. No entiendo la pregunta.
—Porque te fuiste con las chicas.
—Que me haya ido con ellas no significa que te haya olvidado.
—Además estaba tu ex en la mesa.
—Sí, somos buenos amigos desde hace tiempo. Las chicas son sus amigas; ella me las presentó.
—Ah... entonces vos y ella no...
—No. Siempre te lo dije: somos amigos.
—Bueno. Nos vemos.
—Dale.
Cortó y llamó a Valeria.
—¿Cenamos esta noche?
—¿Y después entramos, no?
—Después también.
—A las nueve.
Valeria llegó puntual. Rodrigo estaba en jogging y camiseta, terminando de cocinar pasta. Fueron a la cocina y hablaron mientras él revolvía la salsa.
—¿Te llamó? —preguntó ella.
—Hoy.
—Está entendiendo el error que cometió. El tipo resultó ser todo lo contrario a lo que aparentaba: vive con los padres, sin auto propio, trabajo sin futuro. Y según ella, «nada que ver con Rodrigo en la cama».
—Si lo quiere, eso no importa.
—No seas hijo de puta... sabés que a veces sí importa.
—Dije si lo quiere, Valeria.
—Entiendo. —Hizo una pausa—. Y lo que te hizo te demostró que lo de ustedes no era tan serio para ella. ¿Para vos?
—La quería. Me estaba empezando a enamorar.
—Lo sé. Por eso le comprabas cosas, la ayudabas con la carrera.
—Puede ser.
—Es. —Pausa—. Basta de mi hermana.
—Mejor.
Cenaron, tuvieron sexo dos veces. Cuando se iba, Valeria se detuvo en la puerta.
—Perder a alguien como vos en la cama... En serio que mi hermana es una pelotuda histórica.
Rodrigo sonrió sin decir nada.
—Sabés lo que me debés —dijo Valeria mirándolo fijo.
—¿Y?
—Dejame tomar fuerzas. Sería la primera vez.
—Tu hermana me decía lo mismo...
—Pendeja de mierda. Volvé adentro.
Volvieron al dormitorio. Esta vez sin prisa y sin límites. Cuando Valeria se fue de madrugada, todavía estaba sonriendo en la escalera.
***
El sábado siguiente Rodrigo entró al bar y buscó a Lucía con la mirada. La encontró en los mismos sillones de siempre. Se acercó, le dio un beso en la mejilla y le dijo al oído:
—Última.
—Creo que esa soy yo —dijo la cuarta amiga, Natalia, poniéndose de pie para cederle el lugar.
Rodrigo se sentó. Puso la palma hacia arriba sobre su muslo. Natalia se acomodó encima y cuando sintió los dedos moverse bajo su vestido, abrió grande los ojos, sonrió, y no se movió.
—Hijo de puta —murmuró Lucía—. Voy a tener que buscar más amigas.
—¿Tan cobarde sos? —dijo Rodrigo en voz baja, mirándola fijo.
Lucía no contestó. Lo miró y apretó los labios.
Cuando Rodrigo estaba por irse con Natalia, llegó Valeria y le dio un beso en los labios.
—Esperá —dijo él. Le susurró algo a Natalia al oído. Ella lo miró y asintió sonriendo.
—Nos vemos, chicas. Lucía. —Le dio un beso en los labios, corto y directo.
—Hijo de remil putas. Te odio, desgraciado.
Rodrigo se rió y salió tomando a las dos de la mano.
En el taxi, Valeria miró a Natalia de costado.
—Nunca estuve con una chica.
—Yo tampoco. Hasta la semana pasada.
—¿Y?
Natalia sonrió y no contestó. Valeria bajó la vista.
—Todo por la pelotuda de mi hermana, que soltó a este tipo suelto al mundo —dijo para nadie en particular.
Los tres se rieron.
***
Dos noches después, en el mismo bar, antes de que Rodrigo se fuera con las dos, Lucía lo tomó del brazo.
—Te escucho, Lu.
—¿Sobre qué?
—No te hagás la distraída.
Lucía tomó un trago largo. Rodrigo esperó.
—Me mandé una cagada enorme. Vos no merecías lo que te hice. Ni sé por qué lo hice... Me dejé endulzar el oído con unas cervezas de más y a la mierda todo. Perdí mi novio. Perdí algo que podría haber sido una vida.
—¿De qué te arrepentís? ¿De haberlo hecho o de lo que perdiste?
—De haberte traicionado a vos. No a tu departamento ni a tu cuenta bancaria. Al hombre. Tan mala mina no soy, Rodrigo.
—En eso estamos de acuerdo.
Rodrigo la tomó de la nuca y la apoyó suavemente contra la barra. La besó mientras con disimulo le metía dos dedos bajo la falda y los movía despacio. Lucía apoyó la boca en su hombro para tapar el sonido. Cuando se corrió, él la volvió a besar y fue por más, metiéndole un dedo en el culo. Ella se puso en puntas de pie y después dejó caer el peso, hundiéndose.
—Pará —susurró—. Delante de todo el mundo...
—Ya pasó.
—Te amo, hijo de puta.
—Y yo a vos, boluda.
—¿Cuál fue la mejor?
—Diana y Valeria.
—Vamos.
Se tomaron de la mano y fueron a buscar la cartera de Lucía.
—¿A festejar? —preguntó ella.
—A festejar. Y como castigo por haberme sido infiel, Diana te va a chupar mientras yo te doy por el culo.
—Hijo de mil putas.
—Caíste.
Estaban saliendo cuando Valeria lo tomó por la cintura desde atrás.
—Hola, Rodrigo.
—Hola, Valeria.
—Lo mandé a la mierda al novio.
—Interesante. Yo estoy volviendo con Lucía.
—Hola, Lucía. —Valeria la miró directo—. No lo vuelvas a perder. En serio.
—Ni loca.
—Valeria —dijo Rodrigo—, por haber traicionado a Lucía tiene que recibir un castigo. Mañana al mediodía venís a almorzar. Después quiero que les chupes a las dos mientras las cojo por atrás.
—Rodrigo, no podés ser tan hijo de puta —dijo Lucía.
Él no contestó. Le dio un beso largo y sin apuro.
—Puede —dijo Valeria.
Los tres estaban saliendo cuando Camila se interpuso en la puerta.
—Hola, Rodrigo.
—Hola, Camila.
—¿Podemos hablar?
—¿Ahora?
—Por favor.
—Hablamos acá.
Camila los miró a los tres. Vio que Rodrigo tenía tomadas de la mano a Lucía y a su propia hermana. Se quedó sin palabras un segundo.
—A solas, Rodrigo.
—No. Te escucho.
—Quiero que volvamos.
—Eso no depende solo de lo que vos querás, Camila. Vos pediste separarte. Yo no quiero volver. Y la ayuda que te daba se termina: no sos mi novia.
—Pero yo te quiero.
—Elegiste al otro mientras seguías de novia conmigo. ¿Querés que te muestre las fotos de los dos entrando al hotel?
—No...
—Las tengo. Y son anteriores a la noche en que me pediste el «tiempo». ¿Se las muestro a tu familia?
—Rodrigo, por favor...
—Bien. Llamame para pasar a buscar tus cosas. Chau.
—Pero Rodrigo...
Él ya había dado media vuelta. Tomó a Lucía y a Valeria de la mano y los tres salieron hacia la noche.