Mi ex me dejó libre y no soportó las consecuencias
Rodrigo llegó al condominio privado pasadas las seis de la tarde, dejó el maletín sobre el sillón, colgó el saco, metió la ropa al cesto de lavado y se dio una ducha larga. Después se puso un pantalón de correr, una camiseta holgada y fue a prepararse un café.
Con la taza en la mano se quedó mirando el jardín central desde la terraza. A los treinta y tres años era jefe de contratos en una firma de ingeniería internacional. Soltero por vocación durante la mayor parte de su vida adulta, salvo los últimos diez meses con Camila: estudiante de diseño, veintidós años, pelo castaño largo. Alto, delgado, siempre bien vestido sin aparentarlo demasiado.
Eran casi las seis y media cuando sonó el timbre.
—Hola —dijo Camila entrando sin demasiado entusiasmo.
—Hola, hermosa. ¿Todo bien?
—Más o menos. Rodrigo, tenemos que hablar.
—Claro. Sentate.
—No sé cómo decirte esto... Me siento agobiada. Siento que estoy perdiendo experiencias por el noviazgo, por la carrera, por todo. Necesito un tiempo.
—Me sorprendés. ¿No lo podemos resolver juntos?
—No. Ya te dije, me siento atrapada.
—Está bien. No te voy a presionar.
—Ah... bueno. La verdad es que pensé que te ibas a enojar.
—Camila, me estás comunicando tu decisión, no pidiéndome opinión. La respeto.
—Bueno. Era eso.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Hay alguien más?
Ella desvió la mirada hacia la ventana. Después de unos segundos dijo:
—No... todavía.
—Entendido.
Camila lo miró esperando alguna reacción. Rodrigo no dijo nada. Cuando ella se acercó a darle un beso de despedida, él la detuvo con suavidad.
—Las cosas que dejaste en el dormitorio y en el baño, ¿las llevás hoy?
—Eh... no, las veo...
—Entonces por favor metelás en bolsas y dejalas en la entrada.
Ella fue a recoger sus cosas en silencio. Rodrigo la acompañó hasta la puerta. Cuando Camila intentó darle un beso en los labios, él se corrió levemente y la besó en la mejilla. Ella lo miró un segundo, bajó al estacionamiento y arrancó. Antes de que el auto saliera del complejo, Rodrigo ya había cerrado la puerta.
Mandó un mensaje a la administración retirando el acceso libre de Camila. Después tomó el café, miró el jardín y llamó a Marcos.
—Rodrigo, viejo. ¿Cómo anda todo?
—Bien, Marcos. ¿Tenés planes esta noche?
—Ninguno.
—Cenamos y vamos a tomar algo.
—Dale. ¿Y Camila?
—Te cuento a la noche.
Se encontraron en El Mirador a las nueve. Rodrigo llegó con un traje oscuro, camisa abierta en el cuello y mocasines negros que brillaban. Marcos ya estaba en la mesa.
—¿Qué pasó?
—Fue esta tarde. Que se siente agobiada, que está perdiendo experiencias por el noviazgo. Que quiere un tiempo.
—Eso te lo dijo con toda seriedad.
—Y parece que hay un tercero.
—Clásico. Te usa de red de seguridad mientras prueba al otro. Esa mina, Rodrigo...
—Cada uno es dueño de su vida, Marcos.
—No lo dude, ingeniero. —Marcos también lo era y le gustaba el chiste.
Cambiaron de tema. Hablaron de trabajo, de política, de un partido de tenis pendiente. Después de cenar fueron a un bar donde solían juntarse los conocidos del grupo: profesionales jóvenes, algunas parejas, solteros de siempre. Buena música, buena bebida y poca escena.
Rodrigo estaba en la barra con Marcos cuando escuchó su nombre desde atrás.
—¡Rodrigo! Cada vez más lindo, desgraciado.
Se dio vuelta. Lucía. Rubia, alta, vestida de negro, con esa sonrisa que él conocía de memoria. Su ex novia de casi dos años atrás.
—Y vos cada vez más hermosa. Hola, Lu.
—Hola. ¡Qué sorpresa verte acá! ¿Y Camila?
—Voló —dijo Rodrigo con una sonrisa breve.
—Perdonen chicos. —Lucía tomó la mano de Rodrigo y lo llevó a un rincón tranquilo de la barra—. ¿Voló cómo?
—Me pidió un tiempo. Que se siente agobiada. Que, cito, «estoy perdiendo vivir cosas por el noviazgo».
—No lo puedo creer.
—Me conocés, Lu. No te digo una cosa por otra. Y en realidad ni me lo propuso: me dijo directamente que quería separarse un tiempo.
—¿Hay alguien?
—Cito textual: «No... todavía».
—Es una estúpida. Apostarse a perder a alguien como vos por probar a otro... Una tarada. ¿La vas a esperar?
Rodrigo la miró en silencio. Una sonrisa lenta le cruzó la cara, pero no dijo nada.
—Listo, no contestés. Cuando se corra la voz de que estás suelto vas a necesitar escolta. —Lucía guiñó un ojo.
—A ver si se enteran...
—Se van a enterar.
Mientras hablaban, Camila entró al bar tomada de la mano de un tipo al que Rodrigo no conocía. Lucía lo notó también.
—Ahí está tu ex con el famoso tercero. Vení, te presento a mis amigas.
Las amigas de Lucía eran tres. Cuando se acercaron, Lucía hizo las presentaciones en voz bien alta.
—Chicas, este hijo de puta es mi ex novio. Creo que algo de él les conté.
Camila giró al escuchar eso. Cuando vio a Rodrigo saludando a las chicas con besos, se quedó quieta a unos metros.
—Rodrigo, somos cuatro y no hay lugar libre. Elegí a una para que se siente en tus rodillas.
Él fue mirando a las chicas hasta que llegó a Lucía.
—Yo no cuento —dijo ella antes de que pudiera decir nada—. Auto supervivencia.
—¿Vos? —le preguntó Rodrigo a la morena de ojos claros que estaba sentada frente a Lucía.
—Por supuesto —dijo la morena.
—¿Tu nombre?
—Diana.
—Linda mujer.
—Gracias.
—Ojo que lo dejó la novia esta misma tarde, está suelto y es peligroso —les avisó Lucía a las demás—. Muy adictivo.
Camila había soltado la mano del tipo que tenía al lado. Estaba tensa y trataba de escuchar sin mirar.
Se quedaron charlando un buen rato. Cuando Rodrigo se fue con Diana, pasó antes por donde estaba Lucía, le tomó la mano un segundo y le dijo algo al oído.
—Sos una basura —dijo ella riendo.
Rodrigo le dio un beso en los labios, rápido, y salió con Diana.
Manejó hasta el condominio con la mano de Diana subiéndole por el muslo hasta apretarle la pija por encima del pantalón. Apenas entraron al departamento, Rodrigo la giró contra la puerta, le levantó el vestido negro y le arrancó la tanga de un tirón. Diana ya tenía la concha empapada. Él le hundió dos dedos hasta los nudillos y con la otra mano le sacó una teta por arriba del corpiño.
—Puta —susurró él contra su cuello.
—Pegámela ya —jadeó ella—. No me hagas esperar.
La llevó al living, la tiró boca abajo sobre el brazo del sillón y le levantó el culo. Se abrió el pantalón, se bajó el bóxer y le rozó los labios de la concha con la cabeza de la pija. Diana empujó atrás buscándola.
—Mirá cómo pedís, hija de puta.
—Ponémela, dale, ponémela toda.
Rodrigo la clavó de una sola envestida. Diana gritó contra el cojín. Él la agarró del pelo, se lo enroscó en la mano y empezó a garcharla fuerte, golpeándole el culo contra la pelvis, sacando y metiendo hasta el fondo. La concha de Diana chorreaba y hacía ruido cada vez que la pija entraba y salía.
—Chupámela —le ordenó él, sacándola de un tirón.
Diana se dio vuelta, se arrodilló en el piso y se metió la verga en la boca hasta la garganta. La mamaba con hambre, con la mano en las bolas, mirándolo desde abajo con esos ojos claros. Rodrigo la agarró de las dos orejas y le cogió la boca a su ritmo, mientras ella tragaba y gemía.
La levantó, la llevó al dormitorio en brazos y la tiró en la cama boca arriba. Le abrió las piernas, le chupó la concha unos minutos, jugando con el clítoris hasta hacerla acabar la primera vez, con las piernas temblando sobre sus hombros. Después la dio vuelta y la agarró de nuevo desde atrás. La cogió en cuatro patas, después de costado con una pierna arriba, después con ella arriba, mirándole las tetas rebotar mientras la miraba cabalgar. Cuando Rodrigo estaba por acabar, la puso de rodillas otra vez y le acabó en la boca. Diana tragó toda la leche sin sacarle la pija.
—Me lo dijo Lucía —murmuró después, todavía con los labios cerca de la verga—. Adictivo.
Se quedaron dormidos abrazados sobre el cobertor.
***
El sábado cenó con amigos y después fueron todos al mismo bar. Camila estaba ahí con el tipo, pero ya sin tomarlo de la mano. Rodrigo fue directo a los sillones donde estaba Lucía con las amigas, le dio un beso en los labios y saludó al resto.
Presentó a sus amigos. Con una señal discreta le dijo a uno que se acercara a Diana. Otra de las chicas se fue con otro del grupo. A Sofía, la tercera amiga de Lucía, la hizo levantarse, se sentó y ella volvió a sentarse sobre sus rodillas.
—Tu ex ya está mirando sin disimulo —murmuró Lucía.
—Qué pena —dijo Rodrigo rodeándola por la cintura con un brazo.
En eso se acercó alguien inesperado: Valeria, la hermana mayor de Camila.
—Hola, Rodrigo.
—Hola, Valeria. Qué sorpresa verte acá.
—Me enteré de la pavada que hizo mi hermana. En casa no saben nada todavía. —Hizo una pausa—. Tengo el mismo número de celular.
—Entendido.
Ella le dio un beso en los labios y se fue. Sofía la miró alejarse con los ojos abiertos.
—Hasta la hermana te viene a levantar.
—Hay una razón, Sofía. Esta noche te vas a enterar.
Cuando salieron, Rodrigo abrazó a Sofía y Camila los siguió con la mirada desde el otro extremo del salón.
En el ascensor del edificio, Sofía se apoyó de espaldas contra el espejo y separó las piernas. Rodrigo le metió la mano bajo la pollera y le corrió la bombacha a un costado. Estaba mojada.
—Se te nota que venías esperando.
—Desde que me hiciste sentar en tu falda.
Adentro del departamento, la desnudó parado en el living, le mamó las tetas una por una, le pasó la lengua por el ombligo y siguió bajando hasta arrodillarse frente a ella. Le abrió los labios de la concha con dos dedos y se puso a chuparle el clítoris con paciencia, moviendo la lengua en círculos, metiendo dos dedos y haciéndoselos mover hacia arriba. Sofía se agarró de la mesa del living y se le dobló una rodilla cuando acabó, con la boca abierta y sin ruido.
La llevó al dormitorio, la puso boca abajo con el culo levantado y le pasó la lengua por todo el ojete antes de coger. Sofía se retorció.
—Nadie me había hecho eso...
—Ahora te van a hacer más.
Le metió la pija en la concha de una vez y la garchó fuerte, agarrada de las caderas, hasta que la cama empezó a golpear contra la pared. Sofía gritaba con la cara contra la almohada. La cogió por atrás durante rato largo, se la sacó, le escupió el culo y le empezó a empujar la cabeza de la verga contra el ojete. Sofía se abrió sola y él fue entrando despacio, centímetro a centímetro, hasta que ella respiró hondo y empezó a mover el culo pidiendo más. La culeó despacio primero, después con ritmo, sujetándola de los hombros, hasta acabar dentro. Sofía se quedó apoyada de bruces, respirando fuerte, con la leche chorreándole del culo por los muslos.
***
El domingo Sofía y Diana se quedaron hasta el mediodía. Desayunaron los tres desnudos en la cocina, con las chicas turnándose para mamársela a Rodrigo por debajo de la mesa mientras él tomaba café. Lucía apareció al mediodía con dos botellas de vino, entró con la llave propia que todavía tenía, miró la escena y se sacó la campera sin decir nada.
—Yo no cuento —dijo, repitiendo la frase del bar—. Auto supervivencia.
Diana levantó la vista de la pija de Rodrigo con la boca todavía llena.
—Tarde para eso, Lu. Cae la que se acerca.
Lucía se rió, se sirvió una copa y se acomodó en el sillón a mirar. Sofía se subió arriba de Rodrigo en el living y empezó a cabalgarlo despacio, con Diana atrás de ella, chupándole las tetas y metiéndole los dedos en el culo. Rodrigo miraba a Lucía de reojo mientras Sofía se movía. Lucía se mordió el labio, se abrió un poco las piernas debajo del vestido y bajó la mano.
—Vení —le dijo Rodrigo.
—No.
—Vení, Lu.
Ella negó con la cabeza sonriendo, pero se metió la mano bajo la falda y se empezó a tocar mientras miraba. Cuando Sofía acabó y se cayó de costado con las piernas todavía temblando, Diana se metió entre las piernas de Rodrigo y le mamó la pija hasta hacerlo acabar en la cara y en la boca. Sofía se acercó y le chupó la leche a Diana de los labios.
La tarde pasó así: sexo, siesta, vino, más sexo. Rodrigo cogió a Diana contra la baranda del balcón, con la ciudad a los pies; a Sofía en la ducha, apoyándole las manos contra los azulejos; y las hizo acabar a las dos con la boca antes de la cena, una al lado de la otra sobre la cama, agarradas de la mano. Lucía se fue al atardecer sin haberse dejado tocar, pero con la cara colorada y los ojos brillantes.
—Vas a caer, Lu —le dijo Rodrigo en la puerta.
—Nunca —contestó ella, y le dio un beso corto y limpio.
El lunes al mediodía llegó un mensaje de Lucía:
—Desgraciado. Te odio.
—Me falta una sola de tus amigas. El viernes a la noche, el sábado... —Rodrigo mandó el emoji de un guiño.
—Hijo de mil putas. Fue la respuesta.
El jueves llamó Camila.
—Hola, Rodrigo. ¿Cómo estás?
—Muy bien, por suerte. ¿Vos?
—Bien... Te vi las últimas noches.
—Sí, también te vi. Pero estabas con alguien y no quise interrumpir.
—Claro... ¿Ya me olvidaste?
—No. No entiendo la pregunta.
—Porque te fuiste con las chicas.
—Que me haya ido con ellas no significa que te haya olvidado.
—Además estaba tu ex en la mesa.
—Sí, somos buenos amigos desde hace tiempo. Las chicas son sus amigas; ella me las presentó.
—Ah... entonces vos y ella no...
—No. Siempre te lo dije: somos amigos.
—Bueno. Nos vemos.
—Dale.
Cortó y llamó a Valeria.
—¿Cenamos esta noche?
—¿Y después entramos, no?
—Después también.
—A las nueve.
Valeria llegó puntual. Rodrigo estaba en jogging y camiseta, terminando de cocinar pasta. Fueron a la cocina y hablaron mientras él revolvía la salsa.
—¿Te llamó? —preguntó ella.
—Hoy.
—Está entendiendo el error que cometió. El tipo resultó ser todo lo contrario a lo que aparentaba: vive con los padres, sin auto propio, trabajo sin futuro. Y según ella, «nada que ver con Rodrigo en la cama».
—Si lo quiere, eso no importa.
—No seas hijo de puta... sabés que a veces sí importa.
—Dije si lo quiere, Valeria.
—Entiendo. —Hizo una pausa—. Y lo que te hizo te demostró que lo de ustedes no era tan serio para ella. ¿Para vos?
—La quería. Me estaba empezando a enamorar.
—Lo sé. Por eso le comprabas cosas, la ayudabas con la carrera.
—Puede ser.
—Es. —Pausa—. Basta de mi hermana.
—Mejor.
Cenaron mirando el jardín. En medio del segundo plato, Valeria se sacó los zapatos y le puso el pie descalzo sobre la entrepierna, subiendo y bajando por encima del jogging hasta ponerle la pija dura. Rodrigo dejó el tenedor, la agarró del brazo, la levantó y la sentó sobre la mesada de la cocina. Le arrancó el pantalón sin abrir el botón y se lo bajó de un tirón junto con la bombacha. Le abrió las piernas y le enterró la cara en la concha antes de que ella pudiera decir nada.
—Puta madre, Rodrigo... —jadeó Valeria agarrándose del borde de la mesada.
Le chupó el clítoris con la lengua plana, subiendo y bajando, metiéndole dos dedos y masajeándola por dentro hasta que Valeria se dobló hacia adelante y le acabó en la boca, apretándole la cabeza con los muslos. Rodrigo se puso de pie, se bajó el jogging y le clavó la pija en la concha ahí mismo, contra los azulejos. La cogió parado, con las piernas de ella abiertas sobre sus hombros y las manos de ella agarradas de su cuello, hasta acabar adentro con un gruñido. Después la llevó al sillón, la puso arriba y la hizo cabalgarlo hasta acabar de nuevo, con las tetas moviéndose frente a su cara mientras ella le agarraba la cabeza y le pedía más.
Cuando se iba, Valeria se detuvo en la puerta.
—Perder a alguien como vos en la cama... En serio que mi hermana es una pelotuda histórica.
Rodrigo sonrió sin decir nada.
—Sabés lo que me debés —dijo Valeria mirándolo fijo.
—¿Y?
—Dejame tomar fuerzas. Sería la primera vez.
—Tu hermana me decía lo mismo...
—Pendeja de mierda. Volvé adentro.
Volvieron al dormitorio. Esta vez sin prisa y sin límites. Rodrigo la puso en cuatro y le lamió el culo largo rato, ensalivándolo, metiéndole primero la lengua, después un dedo, después dos, abriéndoselo con paciencia. Valeria empujaba atrás, ronroneando contra la almohada. Cuando estuvo bien abierta, Rodrigo se acomodó de rodillas, le apoyó la cabeza de la pija contra el ojete y empujó despacio.
—Andá tranquilo... andá... —susurró Valeria—. Ya, ya, seguí.
Él fue entrando de a poco, mirando cómo el culo se lo tragaba entero. Cuando estuvo hasta las bolas, ella respiró hondo.
—Rompémelo.
Rodrigo la agarró de las caderas y le empezó a coger el culo con fuerza, mientras Valeria se tocaba la concha con una mano. Le acabó adentro, se quedó quieto adentro unos segundos, y después la puso boca arriba, le abrió las piernas y la volvió a lamer entera, culo y concha, hasta hacerla acabar por tercera vez.
Cuando Valeria se fue de madrugada, todavía estaba sonriendo en la escalera.
***
El sábado siguiente Rodrigo entró al bar y buscó a Lucía con la mirada. La encontró en los mismos sillones de siempre. Se acercó, le dio un beso en la mejilla y le dijo al oído:
—Última.
—Creo que esa soy yo —dijo la cuarta amiga, Natalia, poniéndose de pie para cederle el lugar.
Rodrigo se sentó. Puso la palma hacia arriba sobre su muslo. Natalia se acomodó encima y cuando sintió los dedos moverle la tanga a un costado y meterse en la concha con lentitud, abrió grande los ojos, sonrió, y no se movió. Rodrigo la penetró con dos dedos, buscando un ritmo tapado por el vestido, mientras seguía charlando con Lucía como si nada. Natalia se agarraba de su rodilla y apretaba los muslos cada vez que él doblaba los dedos adentro, mordiéndose el labio para no gemir.
—Hijo de puta —murmuró Lucía—. Voy a tener que buscar más amigas.
—¿Tan cobarde sos? —dijo Rodrigo en voz baja, mirándola fijo.
Lucía no contestó. Lo miró y apretó los labios.
Cuando Rodrigo estaba por irse con Natalia, llegó Valeria y le dio un beso en los labios.
—Esperá —dijo él. Le susurró algo a Natalia al oído. Ella lo miró y asintió sonriendo.
—Nos vemos, chicas. Lucía. —Le dio un beso en los labios, corto y directo.
—Hijo de remil putas. Te odio, desgraciado.
Rodrigo se rió y salió tomando a las dos de la mano.
En el taxi, Valeria miró a Natalia de costado.
—Nunca estuve con una chica.
—Yo tampoco. Hasta la semana pasada.
—¿Y?
Natalia sonrió y no contestó. Valeria bajó la vista.
—Todo por la pelotuda de mi hermana, que soltó a este tipo suelto al mundo —dijo para nadie en particular.
Los tres se rieron.
En el departamento, Rodrigo las hizo desvestirse mutuamente en el medio del living. Valeria y Natalia se miraron con vergüenza y ganas, y empezaron por los botones, riéndose bajito, con las manos torpes.
—Empezá vos —le dijo Rodrigo a Natalia—. Chupale las tetas a Valeria.
Natalia se acercó, le agarró las tetas con las dos manos y le puso la boca en un pezón, después en el otro. Valeria cerró los ojos, echó la cabeza atrás y suspiró largo. Rodrigo las miraba desde el sillón, con la pija afuera del pantalón, acariciándosela despacio.
—Ahora bajá.
Natalia se arrodilló, le separó los labios de la concha a Valeria con los pulgares y le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba. Valeria se tuvo que agarrar del respaldo del sillón para no caerse. Rodrigo se levantó, se puso detrás de Natalia y le clavó la pija en la concha mientras ella seguía chupándole la concha a Valeria. Cada envestida empujaba la cara de Natalia contra Valeria, y Valeria gemía con la boca abierta, mirando a Rodrigo por encima del pelo de la otra.
Las llevó a la cama a las dos. Las puso una arriba de la otra, boca contra concha, en sesenta y nueve. Se cogió a Natalia por atrás mientras ella le comía la concha a Valeria; después las cambió, se metió en la concha de Valeria por atrás mientras Natalia le chupaba las bolas; después las puso a las dos en cuatro patas, una al lado de la otra, y fue alternando, dos envestidas en una, dos en la otra, mientras ellas se besaban en la boca por primera vez, con las lenguas afuera. Cuando Valeria acabó dando un grito, se dobló y le mamó la pija a Rodrigo con la concha de Natalia todavía chorreándole en los labios. Rodrigo les acabó en la cara a las dos, un chorro para cada una, y se quedó mirándolas mientras se lamían la leche entre ellas.
—Es la primera vez que como una concha —dijo Natalia después, todavía respirando fuerte.
—Y la primera vez que te comen la tuya una mujer —contestó Valeria.
Se quedaron las tres piernas y brazos entrelazados hasta la mañana.
***
Dos noches después, en el mismo bar, antes de que Rodrigo se fuera con las dos, Lucía lo tomó del brazo.
—Te escucho, Lu.
—¿Sobre qué?
—No te hagás la distraída.
Lucía tomó un trago largo. Rodrigo esperó.
—Me mandé una cagada enorme. Vos no merecías lo que te hice. Ni sé por qué lo hice... Me dejé endulzar el oído con unas cervezas de más y a la mierda todo. Perdí mi novio. Perdí algo que podría haber sido una vida.
—¿De qué te arrepentís? ¿De haberlo hecho o de lo que perdiste?
—De haberte traicionado a vos. No a tu departamento ni a tu cuenta bancaria. Al hombre. Tan mala mina no soy, Rodrigo.
—En eso estamos de acuerdo.
Rodrigo la tomó de la nuca y la apoyó suavemente contra la barra. La besó mientras con disimulo le corría la tanga a un costado y le metía dos dedos en la concha, doblándolos hacia arriba, buscándole el punto exacto que él sabía de memoria. Lucía tenía la concha empapada. Apoyó la boca en su hombro para tapar el sonido. Rodrigo le movió los dedos con paciencia, adentro y afuera, adentro y afuera, agregando el pulgar sobre el clítoris. Lucía se agarró de su cinturón, temblando. Cuando acabó, se le doblaron las rodillas y él la sostuvo del culo con la otra mano.
—Todavía no —susurró él.
La volvió a besar y fue por más, sacando la mano de la concha, chupándose los dedos delante de ella, y volviéndolos a bajar. Esta vez le metió el dedo del medio en el culo, mojado con su propia concha. Ella se puso en puntas de pie y después dejó caer el peso, hundiéndose sola en el dedo.
—Pará —susurró—. Delante de todo el mundo...
—Ya pasó.
—Te amo, hijo de puta.
—Y yo a vos, boluda.
—¿Cuál fue la mejor?
—Diana y Valeria.
—Vamos.
Se tomaron de la mano y fueron a buscar la cartera de Lucía.
—¿A festejar? —preguntó ella.
—A festejar. Y como castigo por haberme sido infiel, Diana te va a chupar mientras yo te doy por el culo.
—Hijo de mil putas.
—Caíste.
Estaban saliendo cuando Valeria lo tomó por la cintura desde atrás.
—Hola, Rodrigo.
—Hola, Valeria.
—Lo mandé a la mierda al novio.
—Interesante. Yo estoy volviendo con Lucía.
—Hola, Lucía. —Valeria la miró directo—. No lo vuelvas a perder. En serio.
—Ni loca.
—Valeria —dijo Rodrigo—, por haber traicionado a Lucía tiene que recibir un castigo. Mañana al mediodía venís a almorzar. Después quiero que les chupes a las dos mientras las cojo por atrás.
—Rodrigo, no podés ser tan hijo de puta —dijo Lucía.
Él no contestó. Le dio un beso largo y sin apuro.
—Puede —dijo Valeria.
Los tres estaban saliendo cuando Camila se interpuso en la puerta.
—Hola, Rodrigo.
—Hola, Camila.
—¿Podemos hablar?
—¿Ahora?
—Por favor.
—Hablamos acá.
Camila los miró a los tres. Vio que Rodrigo tenía tomadas de la mano a Lucía y a su propia hermana. Se quedó sin palabras un segundo.
—A solas, Rodrigo.
—No. Te escucho.
—Quiero que volvamos.
—Eso no depende solo de lo que vos querás, Camila. Vos pediste separarte. Yo no quiero volver. Y la ayuda que te daba se termina: no sos mi novia.
—Pero yo te quiero.
—Elegiste al otro mientras seguías de novia conmigo. ¿Querés que te muestre las fotos de los dos entrando al hotel?
—No...
—Las tengo. Y son anteriores a la noche en que me pediste el «tiempo». ¿Se las muestro a tu familia?
—Rodrigo, por favor...
—Bien. Llamame para pasar a buscar tus cosas. Chau.
—Pero Rodrigo...
Él ya había dado media vuelta. Tomó a Lucía y a Valeria de la mano y los tres salieron hacia la noche.
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