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Relatos Ardientes

Un juego entre amigos terminó en sexo grupal

Ilustración del relato erótico: Un juego entre amigos terminó en sexo grupal

A los dieciocho años, seis meses pueden ser una eternidad. Ese era el tiempo que llevábamos saliendo con ellas, y todavía no entendíamos por qué unas chicas tan guapas perdían los fines de semana con nosotros.

Éramos cuatro: Damián, Bruno, Sergio y yo, Lucho. Nos conocíamos de toda la vida, del mismo barrio. No éramos feos, pero tampoco éramos nada del otro mundo. Ellas, en cambio, estaban buenísimas. A Carla la conocimos un día de aburrimiento en la plaza; era morena, bajita, con el pelo rizado y una sonrisa fácil. Esperaba a sus amigas para ir al cine, y Damián, que siempre fue el menos tímido, nos coló en el plan.

Así llegaron las otras tres. Mara era la que a mí me gustaba: flaquita, de pelo negro y lacio, con una cara que para mí no tenía comparación. Sofía era bajita también, pero de pechos grandes, y a Bruno se le iban los ojos cada vez que se reía. Y después estaba Renata, la más hermosa de las cuatro, tan inalcanzable que ninguno se atrevía siquiera a mirarla de frente.

Desde ese día no hubo fin de semana sin plan: cine, cervezas, música, charlas que no terminaban nunca. Preferíamos disfrutar el momento antes que preguntarnos por qué seguían eligiéndonos a nosotros.

***

Esa noche estábamos en casa de Damián, tomando cerveza, cuando Mara soltó de la nada:

—¿Por qué no jugamos a algo?

—¿A qué? —preguntó Sergio.

—Juguemos a la botella —dijo Carla, demasiado rápido.

Hubo un silencio corto. Los chicos nos quedamos sin saber qué decir, pero ninguna de ellas se quejó. Es más, lo apoyaron todas. Lo tenían hablado de antes, pensé. Nos sentamos en el suelo, intercalados, chico y chica, y Damián hizo girar la botella con su indiferencia de siempre.

Las primeras rondas fueron besos. Largos, con lengua, mientras los demás aplaudíamos y abucheábamos. Para cuando llevábamos media hora, ya nos habíamos besado todos con todas. Mara repetía a cada rato, medio en broma, que ella se animaba a quedarse en ropa interior, hasta que en un giro la botella me señaló a mí. Envalentonado por las cervezas, dije:

—Yo creo que Mara lo dice tanto porque en el fondo es lo que quiere. Esa es tu prueba.

Se puso roja, protestó, pero los demás la animaron y no le quedó otra. Se levantó y se quitó la blusa. Después bajó los shorts, despacio, hasta quedar en ropa interior de algodón con florecitas. Sus pechos eran pequeños y firmes, y verlos así, apenas cubiertos por esa tela fina, me dejó sin aire. La aplaudimos todos, y enseguida me tocó a mí desnudarme también. Me saqué la camiseta y los pantalones entre silbidos, y noté cómo ellas me miraban con descaro.

—Vaya, no está nada mal —dijo Carla.

Fue entonces cuando Renata cortó el juego. Por el rumbo que estaba tomando todo, propuso cambiar a preguntas y, más tarde, a un "yo nunca" con un poco de tequila que quedaba. Bebimos y reímos hasta que se me ocurrió una idea y la lancé sin pensarla demasiado:

—Yo nunca aceptaría la invitación a una orgía.

—Eso no es algo que ya hayas hecho —dijo Bruno, confundido.

—No. Es: si lo harías, bebes. Si no lo harías, no.

Los cuatro chicos bebimos sin pensarlo, entre risas. Y de las chicas, una sola levantó el vaso: Carla. Nadie hizo comentarios, pero yo me quedé con el dato grabado.

***

Al día siguiente no podía sacarme la noche de la cabeza. Justo había conseguido que mi tío me prestara su casa de la playa para unos días festivos, y la idea empezó a tomar forma sola. Esperé a Carla cerca de su edificio, me hice el distraído, y terminé preguntándole si era en serio lo de la orgía. Se rió, nerviosa, lo desvió todo en chiste, pero antes de despedirnos le conté lo del viaje a la playa, los ocho juntos. Quedó en consultarlo con las demás.

Tardaron tres días en contestar. El tiempo se me hizo interminable. Cuando por fin Carla me esperó abajo de mi casa, lo primero que me dijo me dejó helado:

—Les conté a las chicas lo de la orgía.

—¿Por qué hiciste eso? Ahora van a pensar que soy un idiota.

—No piensan eso. Te lo dije: más de una tendría que haber bebido esa noche.

No le creía. Se lo dije con todas las letras: chicas como ellas podían estar con quien quisieran. Carla se rió y me explicó algo que yo nunca había imaginado.

—¿Sabes por qué nos gusta salir con ustedes? El día que nos conocimos, en el cine, estaban embobados con la película, sin querer ponernos una mano encima. Después, en el bar, lo mismo: nada de frases baratas para ligar. Nos trataron como amigas, como personas, no como un par de tetas y un culo que querían tocar. Por eso nos gustan tanto.

Me quedé con cara de tonto. Era verdad: en parte por tímidos, en parte porque las creíamos fuera de nuestro alcance, jamás habíamos intentado nada.

—Ahora nos dieron ganas de probar cosas —siguió—. Y mejor con ustedes. Solo hay un problema: Renata no se convence.

Le conté la verdad sobre Renata después: un año atrás se había enamorado de un tipo mayor que la usó y la dejó tirada, sin siquiera hacerla disfrutar. Por eso era la más distante. Yo le dije a Carla que, si Renata no quería, no había orgía y punto, que igual veníamos a pasarla bien. Me miró de un modo que no le había visto nunca.

—Por eso nos encantan —dijo.

Esa misma noche me llamó. Habían hablado con Renata, le habían explicado que se trataba solo de pasarla bien, y al final se había sumado. Con dos condiciones: que pasara una sola vez y que nadie lo contara jamás. Acepté las dos sin dudar.

***

Salimos un viernes de madrugada, los ocho apretados en la camioneta que Sergio le pidió a su padre. Seis horas de carretera, música a todo volumen, cantando como siempre. La casa de mi tío estaba en un fraccionamiento medio vacío, a quince minutos de la playa, con jardín y piscina, lo bastante aislada como para hacer todo el ruido que quisiéramos.

Lo primero fue la piscina. Verlas en bikini fue un espectáculo: Renata tomando sol con ese cuerpo de revista, Sofía con un escote imposible, Carla de curvas redonditas, Mara nadando con un bikini rosa que le marcaba unas nalgas que nunca le habíamos notado bajo la ropa suelta. Nos tiramos al agua, guerras y caballitos, las chicas sobre nuestros hombros, riéndonos hasta quedar agotados.

Antes de la cena, junté coraje y puse las reglas. Costó arrancar, pero lo dije:

—Hice unas normas. Para la orgía.

—Me parece buena idea —respondió Carla, y las demás asintieron.

—Primero: vinimos como un viaje de amigos, así que no estaremos en eso todo el tiempo. Pensé en hacer sesiones. Hoy a las seis empieza la primera. Segundo: nada de alcohol hasta terminar, todos sobrios. Tercero, y es el más importante: si alguien no quiere hacer algo, es no. Con un gesto basta. Venimos a pasarla bien, y si alguien hace algo que no quiere, no la está pasando bien.

—Esa norma es perfecta —dijo Renata, y por primera vez la vi tranquila.

—Y para los chicos: si te vas a venir, avisas. Ellas deciden qué pasa después.

Rieron como si fuera un chiste, pero lo dije en serio.

***

A las seis ya tenía todo listo: colchonetas en el suelo, los muebles corridos y, en el centro, un juego de mesa que había armado yo mismo. Un tablero de casillas, fichas de colores y cuatro montones de tarjetas que subían de tono ronda tras ronda. Se tiraba un dado para avanzar y otro, de ocho caras, para decidir con quién te tocaba la prueba. Quien llegara primero al final elegía las parejas para el primer encuentro de la sesión.

Nos sentamos intercalados otra vez. Se respiraban los nervios. La primera ronda fue suave: quitar una prenda y dar un beso de diez segundos. Damián le sacó la blusa a Sofía y se fundieron en un beso que nos puso a todos a tono. Carla bailó al desnudar a Sergio, moviendo las caderas con un descaro que despertó algo en más de uno. Cuando me tocó con Renata, ella me quitó la camiseta acariciándome el torso despacio, y al pegarse para besarme tuvo que sentir, a través del traje de baño, lo excitado que estaba.

—Te gustó, ¿eh? —se burló Bruno.

—Por supuesto —contesté, y todos rieron.

La segunda ronda agregó las manos. Ahora, además del beso, el que tiraba podía tocar donde quisiera, mientras el otro se dejaba hacer. Damián liberó los pechos de Renata —los más grandes de las cuatro, firmes y perfectos— y los acarició sin prisa hasta arrancarle un gemido bajo. Cuando me tocó Carla, le pasé la mano bajo el bikini hasta sentirla mojada; arqueó la espalda y separó los labios en un suspiro justo cuando sonó el temporizador. El cuarto se había vuelto denso, cargado de una tensión que ya nadie disimulaba: los chicos acomodándonos las erecciones, las chicas apretando las piernas.

La tercera ronda fue de sexo oral. Quince segundos. Carla fue la primera, valiente como siempre, recostándose para que Damián le abriera las piernas y la lamiera mientras ella se retorcía. Después le tocó devolver el favor: se arrastró hasta Sergio y se la metió entera en la boca, subiendo y bajando con un ritmo que me dejó duro como una piedra. Cuando me tocó con Mara, me acerqué a centímetros de ella, probé por primera vez ese sabor y la sentí levantar las caderas contra mi boca, gimiendo, hasta que juraría que tuvo un orgasmo. No lo dijo, pero su cuerpo lo gritó.

***

La cuarta ronda fue la más intensa. Dos personas a la vez: una mamada mientras te hacían otra. El aire era pura lujuria. Carla terminó montada sobre mi cara mientras se la chupaba a Bruno, y cuando se vino lo hizo sin disimulo, echando la cabeza atrás con un gemido largo que nos contagió a todos. Yo apenas pude aguantar, prisionero entre sus muslos.

Para entonces ya nadie miraba el tablero por el juego, sino por las imágenes. Renata, que había llegado dudando si venir, ahora mamaba una verga mientras yo la penetraba de costado en el sofá; verla a ella, justo a ella, tan entregada, era lo más excitante de toda la noche.

Cuando por fin Mara sacó el número que la hacía ganar, dio un saltito.

—Yo ya quiero coger, no aguanto más —dijo, y todas estallaron en risas cómplices.

—Tienes que armar las parejas —le recordé.

—Bruno con Sofía, Damián con Carla, Sergio con Renata —dijo, seria de pronto.

Era obvio que se había reservado para mí. No pregunté por qué. Era la que más me gustaba, así que me giré hacia ella, le puse una mano en la mejilla y nos besamos mientras, alrededor, las demás parejas empezaban su juego.

***

Mara me empujó para que me recostara y se puso encima. Bajó con besos por mi cuerpo hasta mi verga, la besó, giró sobre mí en un sesenta y nueve, y yo la sostuve de las nalgas para lamerla. Estaba empapada. Después se incorporó, se puso en cuclillas sobre mí y apoyó la punta de mi pene en su entrada.

Por reflejo empujé un poco, y ella se apartó.

—Espera —dijo.

Recordé que era virgen. Como yo. Me quedé quieto, dejándole el control. Apoyó las manos en mi pecho y fue bajando despacio, sintiendo cómo la abría centímetro a centímetro, las paredes cerrándose sobre mí, todo húmedo y caliente. Cuando me tuvo entero dentro, soltó un gemido que me estremeció de pies a cabeza. Bajó la cabeza por fin y me miró con una mezcla de lujuria y ternura que no olvidé nunca.

Empezó a moverse, primero apenas, después con saltos cada vez más rápidos. Le acariciaba los pechos, le mordía los pezones con los labios, y ella gemía sin parar. En medio de todo, una de mis manos se deslizó al centro de sus nalgas. Se detuvo un instante.

—¿Me estás metiendo un dedo?

—Un poco —admití, avergonzado, sin sacar la mano.

—Pues se siente rico.

Me besó y siguió cabalgándome. Cuando cambió el ritmo, meciendo la pelvis hacia adelante, sentí sus paredes contraerse con fuerza; le temblaron las piernas, metió el estómago, gimió y se dejó caer sobre mi pecho. Esos espasmos bastaron para que yo no aguantara más y me viniera dentro de ella, con la cabeza echada hacia atrás. Nos quedamos así, abrazados, mi respiración acompasándose con la suya.

—Ya está —me susurró al oído—. Ya no somos vírgenes.

***

La noche siguió, los cuerpos cambiando de pareja sin urgencia, entre risas y gemidos que llenaban el salón. Más tarde terminamos todos en la piscina, desnudos bajo la luna.

—Siempre quise nadar así —dijo Carla, flotando.

Cuando el cansancio nos venció —el madrugón, el viaje, todo— dimos por terminada la sesión y subimos a dormir. Me puse un short y me tumbé en la cama, con la cabeza dando vueltas, incapaz de creer lo que había pasado. Y era apenas el primer día; quedaban varios por delante.

De pronto, en el marco de la puerta, apareció Mara. Llevaba puesta solo una camiseta vieja que le tapaba justo hasta la cintura.

—¿Puedo dormir aquí? Es que movieron todas las camas y...

—Claro. Ven.

Palmeé el colchón. Caminó hasta mí, me dio un beso en la mejilla y pasó un brazo sobre mi pecho, apoyando la cabeza y subiendo una pierna como si me abrazara entero. Mi cabeza dejó de ir a mil. No fue nada sexual: fue paz. Podía oír mi propio corazón y sentir cómo, poco a poco, mi respiración se acompasaba con la de ella, hasta que me quedé profundamente dormido.

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Comentarios (4)

MarcosR77

Buenisimo!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo, bravo

CuriosaNocturna

Ay dios, necesito la segunda parte ya. Como quedaron todos despues?? jeje

RosarioVeliz

Me recordó a una noche parecida en casa de unos amigos, aunque claro que no llegó a tanto jaja. Muy bien contado, se siente autentico.

NahuSur

La botella como detonante es un clasico pero lo contaste de una manera muy natural. Sigue publicando!

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