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Relatos Ardientes

La casa nevada donde intercambiamos parejas en Navidad

Voy a contar algo que nos pasó a cuatro parejas, todos muy amigos, durante las navidades del año pasado. Éramos gente que se conocía desde hacía tiempo, algunos casados y otros no, y a alguien se le ocurrió la idea de alquilar una casa apartada, en un pueblo perdido de la zona de los Pirineos, entre el veintitrés de diciembre y el dos de enero.

La zona estaba completamente nevada y casi sin cobertura. A la mayoría nos pareció maravilloso; a un par de ellos, que vivían enganchados al teléfono, no tanto. Pero qué le íbamos a hacer, ya estábamos allí.

La casa tenía de todo. Leña de sobra para las dos chimeneas, una despensa con conservas, y hasta un armario lleno de juegos de mesa: parchís, dados, cartas, ajedrez, damas. Lo que hiciera falta para pasar diez días sin pantallas.

Somos, como decía, cuatro parejas. Dos matrimonios, Adrián y Natalia por un lado, Rubén y Elena por otro. Y dos parejas sin papeles: Diego y Marta, dueño él de uno de los mejores restaurantes de Zaragoza, y por último yo, Marcos, con mi novia Carla.

Después de repartir las habitaciones, una para cada pareja, y deshacer las maletas, nos juntamos en el salón. Diego y Marta se quedaron en la cocina preparando algo de comer, y el resto salimos a dar una vuelta. El viento helado nos hizo volver antes de lo previsto, con las orejas rojas y ganas de chimenea.

Pusimos la mesa entre todos y Diego nos sorprendió con unos macarrones a la boloñesa gratinados al horno, espectaculares. Para algo se dedicaba a la hostelería.

***

Después de comer nos retiramos cada uno a su cuarto a descansar. El nuestro tenía dos camas pequeñas, pero Carla y yo nos metimos en la misma sin pensarlo. Ella empezó a juguetear con mis pezones, que es lo que más me pone, y mi polla reaccionó al instante.

Se deslizó hacia abajo y se la metió en la boca. Me la chupó despacio, mirándome desde abajo, hasta que noté que me iba a correr y le pedí que parara. La tumbé, le separé las piernas y se la metí entera. Acabamos los dos a la vez, abrazados, y nos quedamos dormidos un par de horas con el ruido del viento contra las contraventanas.

Cuando salimos del dormitorio ya estaban las otras tres parejas levantadas. Sacamos café y unos dulces que habíamos traído y, mientras merendábamos, organizamos los días. Diego y Marta se ocuparían de la cocina y de las cenas de Nochebuena y Fin de Año. Carla y yo, de la leña y de bajar al pueblo a comprar. Los dos matrimonios se encargarían del orden y la limpieza. Así de fácil quedó todo repartido.

Anochecía ya cuando salimos un momento a ver la puesta de sol entre las montañas nevadas. Una postal. Después volvimos al calor del salón, dispuestos a estrenar la noche.

***

Empezamos con una partida de póquer con fichas y cantidades simbólicas. Al rato, Diego propuso hacerlo más interesante. Dejamos las apuestas de dinero y cambiamos de juego: carta más alta, y el que sacara la más baja se quitaba una prenda. El tope eran las bragas en las mujeres y los calzoncillos en los hombres.

Carla y yo aceptamos enseguida. Adrián y Natalia, también. Rubén y Elena se hicieron un poco los reticentes, pero al final se sumaron entre risas.

La primera mano cayó en Diego, que se quitó el chaleco y se quedó en camiseta térmica. La segunda fue para Carla, que perdió los zapatos. Y así fuimos, ronda tras ronda, mientras el fuego crujía y las copas se vaciaban.

Mi novia fue la primera en quedarse en ropa interior, mejor dicho, en tanga, que viene a ser nada. Ahí, en teoría, terminaba el juego. Pero Diego propuso seguir unas manos más, y poco a poco Marta, Adrián y Rubén se quedaron también en lo mínimo. Para ponerme a la altura de Carla, yo me quité los calzoncillos, y todos me siguieron sin que hiciera falta insistir.

Nadie se cubría. Esa era la parte rara, la que no esperábamos: en cuanto cayó la última prenda, la vergüenza desapareció de golpe. Nos pasábamos las copas, alguien echaba otro tronco al fuego, y los cuerpos desnudos al resplandor de las llamas ya no llamaban la atención de nadie. O sí, pero de otra manera. Las miradas se demoraban un segundo de más en cada repaso, y todos lo sabíamos.

Fue Elena la que rompió el hielo del todo. Se levantó, se puso a bailar de forma provocadora delante de la chimenea y se quitó las bragas con una lentitud calculada. El resto la imitamos. Acabamos los ocho desnudos, sentados en círculo, mirándonos sin disimulo.

***

Elena estaba caliente, se le notaba. Tenía los muslos brillantes y un descaro nuevo en la mirada. Fue ella quien propuso el siguiente juego. Escribiríamos en papelitos el nombre de cada hombre, las mujeres sacarían uno al azar, y esa noche cada una la pasaría con quien le tocara. Si salía su propia pareja, se repetía.

Estábamos todos más encendidos que los troncos del fuego, así que aceptamos. Incluso Natalia, la mujer de Adrián, que al principio había sido la más prudente con estos juegos, metió la mano en el cuenco sin que se lo pidieran dos veces.

El azar tiene gracia. Natalia sacó el nombre de Diego. Carla, mi novia, se emparejó con Adrián, y se le iluminó la cara: una vez desnudos todos, había quedado claro que él era el más dotado del grupo. Elena sacó mi nombre y me lanzó un beso al aire. Marta y Rubén se quedaron con lo que sobraba, encantados.

Acordamos subir un rato a las habitaciones, cada uno con la pareja que le había tocado, para hablar de gustos antes de nada. No queríamos malas caras después por hacer algo que al otro no le fuera.

Cuando volvimos al salón, ya con las cartas sobre la mesa, Diego se puso un delantal y empezó a calentar unas pechugas rellenas que habíamos traído. Carla y las demás colocaron la mesa, y los tres hombres restantes nos quedamos repantingados en el sofá, todavía desnudos, con la conversación derivando sola hacia lo que venía después.

Rubén, el marido de Elena, se inclinó hacia mí y me pidió un favor con media sonrisa.

—A ver si la convences de hacerlo por detrás. En todos estos años casados no ha querido nunca.

—Lo que se habla en la habitación es secreto —le contesté—. Pero te diré que justo por ahí me ha dicho que nada de nada. Ya te contaré.

Mientras hablábamos, las pollas se nos iban poniendo a tono solas, anticipando. Cenamos rápido, sin demasiada ceremonia, y en cuanto acabó el café cada uno se fue con la mujer que le había tocado.

***

Fue una noche ruidosa. Las paredes de madera no aislaban nada y los gemidos atravesaban toda la casa. Reconocí los de Carla entre los demás, pero hubo muchos más, solapándose de habitación en habitación.

Elena, mi compañera de esa noche, resultó menos lanzada de lo que aparentaba abajo. La tuve que poner a tono con calma, recorriéndole el cuerpo entero con la lengua, deteniéndome en cada sitio hasta que la respiración se le aceleraba.

Empecé por su boca, luego bajé. Le besé el cuello, los pechos, el vientre, sin prisa, dejándola esperar. Cuanto más la hacía esperar, más se le tensaba el cuerpo y más fuerte me clavaba las uñas en la espalda. Cuando por fin llegué entre sus piernas con la lengua, ya estaba temblando.

Cuando estuvo mojada de verdad, me coloqué encima y la embestí con ganas. Ella gemía cada vez más fuerte, agarrada al cabecero, hasta que se corrió con un grito largo que seguro se oyó en el pasillo. Se quedó un momento quieta, recuperando el aliento, y enseguida me empujó para cambiar de postura.

Cuando me tocaba a mí, me pidió que acabara en su boca. Le gustaba tragar, me dijo. Así que se lo di, varios chorros que se fue bebiendo sin perder una gota. Después pasamos al baño, donde me lavó con una naturalidad que no encajaba con la mujer tímida de hacía media hora.

Volvimos a la cama y se montó encima de mí. Me pidió que le mordiera los pezones, que eso la volvía loca y que Rubén nunca se lo había hecho porque a ella le daba vergüenza pedírselo.

—Contigo no me da —susurró—. Trátame mal. Dime de todo.

Le mordí los pechos hasta que se arqueó. Le di un par de azotes en las nalgas, que se le pusieron rojas, y la obligué a lamerme entero. La llamé de todo, las palabras que me iba pidiendo entre dientes, y cada insulto la hacía gemir más. Esa noche quería ser otra, alguien que no se atrevía a ser delante de su marido.

Le metí dos dedos para lubricarla bien y, sin avisar, deslicé uno más abajo, hacia el otro agujero. Esperaba que me parara, como había prevenido Rubén. Hizo justo lo contrario.

—Sigue —jadeó—. No pares ahí.

La trabajé despacio con los dedos hasta que ella misma se puso a cuatro patas y me pidió que me lubricara bien y lo intentara. Era su frontera, la que nunca había cruzado, y la quería cruzar precisamente esa noche, lejos de su vida de siempre.

No fui poco a poco. Entré de una. Gritó, gimió y hasta se le saltaron las lágrimas, pero en cuanto recuperó el aire me pidió que continuara, que no me detuviera por nada. Lo hice. La agarré de las caderas y me dejé ir dentro de ella, hasta que me corrí allí mismo con ella temblando debajo.

Después le ordené que me limpiara con la lengua, y obedeció sin rechistar. Le devolví el favor bajando entre sus piernas, y su orgasmo se alargó, prolongado por mis dedos volviendo al lugar que acababa de estrenar. Acabamos exhaustos, enredados, y nos dormimos casi sin darnos cuenta.

Para entonces, el resto de la casa ya había quedado en silencio. Solo de la habitación de Adrián seguía llegando ruido. Era Carla. Mi novia es insaciable: para ella, una noche por debajo de siete u ocho orgasmos no cuenta como noche de verdad. Y con el más dotado del grupo no pensaba quedarse corta.

Me dormí escuchándola a lo lejos, sin un gramo de celos, sabiendo que aquello no había hecho más que empezar y que quedaban nueve días por delante.

Continuará.

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Comentarios (6)

FacundoSur

Tremendo relato!!! Me dejo sin palabras, esperando mas de este estilo

NocheEnMadrid

La ambientacion con la cabaña nevada y la chimenea es perfecta para este tipo de historia. Muy bien logrado, sigue asi!

pipi

jajaja el juego de cartas como excusa... clasico pero funciona. me encanto

CordobesJR

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio esa semana de vacaciones

DulceTormenta

Me recordo a unas vacaciones en la montaña donde la nieve nos encerro a varios amigos... no llegamos tan lejos jaja pero la tension estaba. Muy bueno el relato

Romantico_77

Que bueno leer algo con ambientacion y contexto, no solo accion. 10 puntos!

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