La casa de la playa donde nos turnamos de a uno
Me desperté de la mejor manera posible: con la boca de Carla cerrada alrededor de mi verga. Abrí los ojos despacio, todavía a medias entre el sueño y la mañana, y ahí estaba ella, de rodillas sobre el colchón, sosteniéndome con una mano mientras lamía la punta con una calma que me erizó la piel.
—Buenos días —dijo, mirándome con esa sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Buenos días —respondí, y ella, como única respuesta, se la metió entera en la boca.
Yo estaba sentado, apoyado hacia atrás sobre las manos, con las piernas abiertas. La camiseta enorme que había usado de pijama se le había deslizado por la espalda y ya no le cubría las nalgas. No traía nada debajo. Entre el vaivén de su cabeza, por el cuello holgado de la tela, le veía los pechos colgar y moverse al ritmo de cada subida y bajada. Su lengua recorría todo el largo, sus labios apretaban, y a mí se me escapó el primer gemido.
Estiré la mano para tocarla. Ella se dio cuenta, se incorporó y se quitó la camiseta de un tirón, sacudiendo la cabeza para acomodarse el pelo. Lo vi en cámara lenta. Me eché del todo contra el cabecero para tener las manos libres y, cuando volvió a bajar, le atrapé un pecho. Lo tenía firme, el pezón duro. Le di un pellizco suave y ella respondió con un gemido sordo sin sacarse mi verga de la boca.
—Me vengo —alcancé a avisar.
No me dio tiempo a más. Terminé entre espasmos y ella siguió chupando hasta la última gota, sin apuro, lamiéndome entero después. Tiré de su brazo y ella subió de un salto, se montó sobre mí y me besó. Tenía restos míos en la boca y no me importó en lo más mínimo. Me besaba con hambre mientras restregaba el sexo contra mi cadera, y la sentí empapada.
—Te toca —le dije, empujándola con suavidad hasta dejarla boca arriba.
—Estoy muy mojada.
—Por eso.
Le abrí las piernas. Brillaba de lo húmeda que estaba. Ella misma se separó los labios con dos dedos y yo bajé sin esperar, lamiendo de abajo hacia arriba, metiendo la lengua todo lo que podía antes de subir a su clítoris. Me agarró la cabeza, gimió, me apretó contra ella. Con una mano le jugué un pezón mientras ella se ocupaba del otro. Sus jadeos se aceleraron hasta que me clavó los dedos en el pelo.
—Presioná —pidió, casi sin aire.
Empujé con la boca, sosteniendo el ritmo. Levantó la pelvis, aguantó la respiración un segundo eterno y se vino temblando, con el vientre contraído y las piernas cerrándose contra mis orejas. Cuando le di un último lengüetazo, dio un saltito.
—Qué malo, todavía está sensible —se rió.
Ya la tenía dura otra vez. Subí besándole el vientre, el ombligo, el espacio entre los pechos, hasta su boca. Ella me agarró la verga y me guió. Entré despacio, sintiendo cómo me recibía centímetro a centímetro.
—Así, así —murmuró contra mi cuello.
Empecé a moverme. Le chupaba los pezones, la besaba, ella me clavaba las uñas en las nalgas marcándome el ritmo. En algún momento deslizó un dedo hacia atrás, hacia un lugar al que nadie me había tocado nunca. Estaba tan caliente que no dije nada. La sensación me prendió de un modo que no esperaba, así que bajé el ritmo para sentir más, y después lo aceleré de golpe. Ella retiró el dedo solo para tirar de mí con las dos manos.
—Dame fuerte, que me vengo.
Arqueó la espalda, se puso rígida, y yo sentí las contracciones de su sexo apretando el mío. Un par de embestidas más y me dejé caer encima de ella. Me cruzó las piernas por detrás de la cintura, atrapándome.
—Quedate así un momento.
—¿No te aplasto?
—Da igual.
Apretaba el sexo a propósito, soltando y cerrando, y aunque ya no estaba del todo duro, lo sentía. Era endemoniadamente sexy. Nos quedamos así hasta que empezamos a escuchar ruido en la casa.
***
Eran apenas las siete. Nos habíamos dormido temprano la noche anterior y el resto ya andaba despierto, con planes de aprovechar el día. Carla se puso la misma camiseta, sin nada debajo, y a mí me dio igual bajar con el short de dormir y el torso desnudo. En la cocina ya estaban todos.
—Vengan, hay que desayunar —dijo Noa.
—Yo ya desayuné —soltó Carla, con una sonrisa de costado.
—Qué desgraciada —se rió Noa, que parece que fue la única que captó el chiste.
Piqué cebolla y tomate para los huevos mientras otros preparaban café, jugo y tostadas. Comimos entre bromas, y para las nueve estábamos todos listos: toallas, sombrillas, una heladera llena de cerveza y un parlante para la música.
Apenas llegamos a la playa corrimos al mar antes de armar nada. Jugamos con las olas un buen rato y, ya instalados bajo las sombrillas, abrimos las primeras cervezas. Fue entonces cuando Noa se quitó la parte de arriba del bikini.
—Siempre quise hacer esto —suspiró.
—Yo también —dijo Lucía, imitándola.
Carla y Sofi las siguieron. Cuatro pares de pechos al sol, a la vista de todos. Nosotros mirábamos el espectáculo sin disimular demasiado.
—Me da morbo que nos pueda ver tanta gente —dijo Sofi.
—Ya veo, se te pusieron duros los pezones —contestó Noa.
Andrés estiró la mano y le apretó un pecho a Sofi.
—Quitá, bobo, que me ponés más caliente —dijo ella, sacándoselo de un manotazo, y todos nos reímos.
Yo notaba que la gente pasaba y miraba de reojo, algunos descaradamente, yendo y volviendo solo para pasar de nuevo.
—¿Saben lo que piensan todos esos que nos ven con estas chicas? —dije—. Que la tenemos que tener enorme, porque si no, ¿cómo?
—¿Qué? —saltó Tomás.
—Menos mal que no es playa nudista. Ahí pensarían que tenemos mucho dinero.
Bruno, que bebía en ese momento, escupió la cerveza por la nariz.
—Idiota —dijo entre carcajadas.
Así pasó la mañana, entre risas, música y chapuzones. Comimos en un restaurante cerca y volvimos a la casa a descansar. Llevábamos media hora tirados en el living cuando Noa lanzó la idea.
—Ya sé que hoy no tocaba, pero son las cinco y media. ¿Y si hacemos una sesión?
—Me leíste la mente —dijo Tomás.
—Tranquilo, los hombres lo pensábamos todos —se rió Bruno.
—Nosotras también, qué te crees —dijo Carla.
Quedamos en vernos en media hora. Nos duchamos y volvimos al salón. Esta vez las chicas habían decidido cómo empezar.
—Estuvimos hablando —dijo Noa— y queremos algo que se nos antoja mucho.
—Pero les damos el lugar de ser los primeros —agregó Sofi.
—Cuenten —pidió Bruno.
—Nos los vamos a coger entre las cuatro. Uno por uno —dijo Noa—. Y después ustedes a nosotras.
—¿O sea, las cuatro con uno solo? —pregunté.
—Hasta que se venga —confirmó Lucía.
Saqué un dado para sortear el orden. Salió primero Tomás, después yo, luego Andrés y al final Bruno. Las chicas se habían cambiado a algo más provocador: Sofi en lencería negra, Lucía en blanca, Carla con una musculosa que dejaba ver todo apenas se movía, y Noa con un calzón de algodón con un lazo en el centro.
***
Tomás caminó al centro y las cuatro fueron por él. Lucía lo besaba de frente mientras Sofi y Carla le bajaban el short por atrás. En segundos lo tenían desnudo y duro, dos bocas turnándose sobre su verga. Lo tumbaron en una de las colchonetas. Sofi se subió primero, metiéndoselo de un tirón, cabalgándolo, mientras Noa se le sentaba en la cara. Las otras dos no dejaban de besarlo y acariciarlo. Lo veíamos atónitos. Yo estaba durísimo desde el primer minuto. Cuando Tomás avisó que no aguantaba, Lucía terminó de exprimirlo con la boca y las cuatro fueron a lamerlo, aunque ya no se levantó de nuevo.
—Me toca —dije, dando un salto al centro.
Las cuatro vinieron hacia mí. Es difícil describir lo que es estar rodeado de cuatro mujeres desnudas: besaba una boca y aparecía otra, una mano me agarraba la verga mientras otras dos me recorrían la espalda y las nalgas. Lucía se arrodilló y empezó a chuparme; al rato se le sumó Sofi, y la sensación de dos lenguas a la vez me nubló la cabeza. Me tumbaron, y Noa se montó enseguida. Sofi se sentó sobre mi cara de espaldas a ella, empapada, mientras yo le jugaba los pezones. A mi lado, Carla me ofreció su sexo y le metí dos dedos sin verla, guiándome solo por sus gemidos. Fueron rotando, una en mi boca, otra sobre mi verga, hasta que Carla y Lucía se inclinaron a besarse encima de mí y eso me terminó. Me vine entre gruñidos. Las cuatro bajaron a lamerme de inmediato y, sensible como estaba, en menos de un minuto ya la tenía dura otra vez.
—Métemela, métemela toda —pidió Sofi, poniéndose en cuatro.
—Desgraciada, yo también quería —protestó Carla.
—Lo dije yo primera —cortó Sofi.
Lucía me guió hasta ella y se la metí hasta el fondo. La agarré de las caderas y la embestí con fuerza, viendo sus pechos sacudirse al ritmo. Lucía se pegó a mi espalda y tiraba de las nalgas de Sofi hacia mí. Carla me besaba, Sofi gemía cada vez más fuerte, hasta que se vino y se dejó caer de espaldas, tocándose.
—Me toca, métemela —dijo Noa, abriéndose de piernas.
Le subí las piernas a los hombros y entré profundo. En esa posición no paraba de gemir, y Carla me besaba mientras me clavaba las uñas. Llegué al borde antes que ella.
—Aguantá, me falta poco —pidió Noa.
Terminé igual, pero seguí embistiendo hasta que se vino entre gritos, sin dejar de mirarme. Me dejé caer en la colchoneta, jadeando. Dos orgasmos casi seguidos me habían vaciado.
Después siguieron Andrés y Bruno, más o menos igual. Y entonces les tocó a ellas.
***
—Ahora viene lo bueno —dijo Carla.
Hicimos una pausa para recuperarnos, con una ducha rápida y otra cerveza. Tiramos el dado de nuevo: primero Lucía, después Sofi, luego Carla y al final Noa.
Nos desnudamos y rodeamos a Lucía, besándola y tocándola por todos lados. Yo me puse detrás, frotándole el clítoris mientras Bruno y Tomás se turnaban en sus pechos y Andrés se arrodillaba a chuparle el sexo. Ella se puso de rodillas y empezó a repartir: una boca, una mano para cada uno, cambiando de uno a otro sin parar. Andrés la tumbó y se la cogió mientras yo le ponía la verga en la boca y Tomás hacía lo mismo del otro lado. Cuando Bruno terminó de reemplazar a Andrés, la di vuelta y la puse en cuatro.
—Duro, que ya estoy —jadeó.
La embestí agarrándola de las caderas. Sentí que me faltaba poco y me salí justo a tiempo; Tomás ocupó mi lugar. Lucía me agarró y me chupó hasta que me vine en su boca, y casi al mismo tiempo ella se vino también, desplomándose con la respiración acelerada.
—Qué sensación —suspiró—. Tantas manos y vergas tocándote al mismo tiempo.
Con Sofi tuvimos que esperar otro rato. Para acelerarnos, se sentó en el sofá y empezó a tocarse delante de todos, frotándose el clítoris y mordiéndose el labio. Verla masturbarse fue suficiente. En cuanto estuvimos listos la rodeamos, la tumbamos y rotamos, primero Andrés, después Tomás, mientras los demás le dábamos la boca y las manos. Yo le rozaba un pezón con la punta de la verga. Cuando se subió a cabalgar a Tomás, su espalda contra mí, le agarré la cintura y la moví yo, marcándole el ritmo, con la vista clavada en cómo se le movía todo.
—Me corro, me corro —avisó.
—Y yo —gruñó Tomás.
Terminaron casi a la vez.
—Valió la pena la espera —dijo ella, sonrojada y riéndose—. Eso del «me corro» lo saqué de unas películas que vimos.
Ahí nos enteramos de que ellas también miraban porno.
***
Le tocaba a Carla. Mientras esperábamos, Lucía y Noa se acercaron a comentar algo que les rondaba: lo que sería metérsela a una por atrás mientras otro la tenía por delante. La idea quedó flotando para más adelante. Carla, que escuchaba todo, fue directo a poner a punto a los que estaban más cansados, y cuando los tuvo a todos listos se puso en cuatro. Bruno fue el primero. Yo y Tomás nos pusimos delante para que nos chupara, alternando, y le jugábamos los pezones mientras sus pechos se sacudían con cada embestida.
Cuando me tocó, la acosté de costado, con una pierna sobre mi hombro, y entré profundo viendo cómo la recibía entera. Andrés le daba la boca. No tardé en venirme. Después Carla se montó sobre Tomás, arqueando la espalda con movimientos lentos y sensuales, y al inclinarse hacia adelante me ofreció la espalda y las nalgas. Le acaricié, me chupé el dedo y empecé a presionar despacio. Ella se inclinó más, dándome lugar. Estaba claro que lo quería.
—Por dios, qué rico, metelo más, que me vengo —pidió.
Le hundí casi todo el dedo, sacándolo y metiéndolo, hasta que se vino apretando con tanta fuerza que me costó retirarlo. Se quedó tirada sobre Tomás, con las piernas temblándole.
—Me vine increíble —dijo, recuperándose.
Faltaba Noa, pero hubo que esperar otra vez. Cuando volví de la ducha, las cuatro estaban charlando y me llamaron.
—Estamos hablando de cómo le metiste el dedo entero a Carla —dijo ella.
—¿Te gustó? —pregunté.
—Me encantó —contestó Carla.
—Todas queremos probar, pero no con un dedo —dijo Noa.
—Por mí, encantado —dije, y Tomás asintió.
—Mañana pasamos por una farmacia a comprar lubricante —agregué—. Para que entre bien.
Seguimos haciendo planes para el día siguiente. La espera, esta vez, sirvió: mirando a Noa en su camisón transparente, que dejaba ver todo cada vez que se movía, empecé a calentarme de nuevo. Me levanté y fui hacia ella, le saqué el camisón por arriba y le besé los pechos. Enseguida llegó Bruno por detrás, y después Tomás y Andrés. La rodeamos, metiéndole mano por todas partes, hasta que se arrodilló y empezó a repartir mamadas. Después se sentó sobre mi verga y empezó a moverse erguida, esos pezones duros apuntando hacia arriba, mientras les daba la boca y las manos a los demás. Le pasé un dedo a la boca, ella lo ensalivó bien, y lo llevé despacio hacia atrás.
—Suave, suave, así —gimió.
Le hice señas a Tomás para que continuara él, y entre las contracciones que sentía me vine sin avisar, solo para no cortarle el momento. Después Andrés la levantó, le sostuvo una pierna en alto y la penetró de pie, mientras Tomás, por detrás, aprovechaba la postura para volver a jugarle por atrás. Noa giraba la cabeza para besar a uno y a otro, acelerando, hasta que terminó con un gemido largo y se quedó quieta, dejándose sostener entre los dos.
—Así de pie me encantó —suspiró.
***
Dimos por terminada la sesión. Era casi medianoche y no habíamos cenado. Las chicas se pusieron de nuevo sus camisones; lo habíamos hablado y coincidíamos en que era más sexy verlas vestidas, porque cada vez que se desnudaban volvíamos a sentir esa primera impresión, como si fuera la primera vez. Cocinamos entre música y cervezas, y nos quedamos bebiendo hasta tarde. Cuando se acabó la cerveza, las tres últimas fueron para Carla, Lucía y para mí; el resto se fue yendo a dormir.
Eran casi las tres y media. La charla derivó en aquel beso entre Carla y Lucía de la tarde.
—Nunca me lo había planteado, pero me gustó —admitió Carla.
—Yo sí tenía ganas de probar —dijo Lucía.
—Tampoco es que eso fuera probar mucho —comenté.
—Si querés que probemos en serio, yo me apunto —me desafió Carla.
—¿Ah, sí? —Lucía sonrió—. Entonces terminá la cerveza y vamos al cuarto. Los tres.
Apenas cruzamos la puerta ya estaban besándose, una metiendo la mano bajo la camiseta de la otra, la otra levantándole el camisón. Me sumé, besándolas a las dos y dejando que ellas se besaran entre sí. Llegamos a la cama desnudándonos a tirones. Las dos vinieron gateando, directo a mi verga, turnándose y lamiéndola a la vez, una de cada lado, juntándose en la punta con un beso.
En algún momento tumbé a Carla boca arriba y empecé a bajarle por el cuerpo, pero me aparté para dejarle el lugar a Lucía. Ella dudó un segundo y después se animó, primero los muslos, después más arriba, hasta el primer lengüetazo. Carla suspiró y le agarró la cabeza, y eso bastó para que Lucía agarrara confianza. En cuanto encontraron el ritmo, me puse al costado de Carla y dejé que me chupara mientras yo miraba a Lucía trabajar.
—¿Te gusta, Lucía? —pregunté.
—Me pone muchísimo —contestó sin levantar la cabeza.
Me fui detrás de Lucía, que seguía en cuatro, comprobé lo mojada que estaba y entré. La embestí mientras ella no dejaba de chupar a Carla, hasta que se vino entre gemidos. Entonces la empujé a un lado, puse a Carla en cuatro apuntando hacia Lucía, y empecé a cogérmela. Carla, tan cerca, empezó a lamer a Lucía al ritmo en que yo le metía la verga.
—Qué rico, cómo lo hacés —jadeó Lucía.
Con esos movimientos de lengua de Carla, no me extrañó. No tardó en venirse, y cuando avisé que yo también, las dos vinieron a terminar de exprimirme, los labios de cada una por un lado, juntándose en la punta. Me vine llenándolas a las dos, que siguieron besándose y lamiéndome.
Quedé tirado, mirando cómo seguían ellas, de rodillas en la cama, metiéndose los dedos una a la otra sin dejar de besarse. Verlas me la volvió a parar. Lucía ya tenía dos dedos dentro de Carla y aceleró tanto que Carla terminó retorciéndose, gimiendo, temblando entera, hasta venirse. Cuando Lucía se quedó caliente y empezó a tocarse sola, intervine.
—Eh, que acá estoy yo.
—Y vení, que estoy cachondísima.
Me senté contra el cabecero y ella vino, se dio vuelta y se sentó sobre mí dándome la espalda, abriendo bien las piernas. Entró fácil, empapada. Le agarraba un pecho con una mano y le frotaba el clítoris con la otra. Carla, que nos miraba, se acercó gateando y empezó a lamerle el clítoris mientras yo la movía de la cadera. En una de esas se me salió, y Carla aprovechó para chuparnos a los dos antes de volver a guiarme adentro. No iba a durar mucho más, pero fue Lucía la que se vino primero, entre temblores y gritos, y yo unos segundos después.
Carla me sacó la verga justo a tiempo para terminar en su cara y sobre Lucía, y de todas formas lo chupó todo, limpiándonos a ambos. Después fue a darle un beso a Lucía con los restos en la boca, y yo me acerqué a sumarme. Nos quedamos tirados los tres, abrazados, exhaustos, y así nos dormimos. Si el día había empezado bien, había terminado mejor de lo que jamás hubiéramos imaginado.