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Relatos Ardientes

La noche que compartí a mi esposa en aquella mansión

Ilustración del relato erótico: La noche que compartí a mi esposa en aquella mansión

Todavía me cuesta creer que aquello pasara, y sin embargo lo recuerdo con una nitidez que me asusta. Fue nuestra amiga Carmen quien nos consiguió la invitación, después de mucho insistir, a una casa enorme en las afueras a la que ella y su marido iban de vez en cuando. Mi mujer aceptó antes de que yo terminara de entender en qué nos estábamos metiendo.

—Solo te pido una noche —me dijo en el coche, con la mano sobre mi pierna—. Una. Nada más.

Asentí sin saber muy bien a qué decía que sí.

La dueña de la casa se hacía llamar la Señora, aunque más tarde supe que su nombre era Vera. Nos recibió en un salón con espejos en casi todas las paredes, vestida con un corpiño de cuero y unas botas altas, una fusta colgando del cinturón como un adorno y como una advertencia al mismo tiempo. A su lado, una mujer espectacular llamada Daniela nos miraba con una sonrisa distante. Cuerpo de gimnasio, pechos firmes, una melena oscura recogida con descuido. Estaban también nuestros amigos, Carmen y Andrés, y tres hombres a los que Vera presentó con naturalidad: Marco, Leo y Darío.

—Esta noche no tenéis que hacer nada que no queráis —dijo Vera, recorriéndonos con la mirada—. Pero os aseguro que vais a querer.

***

La primera en cruzar la línea fue Daniela. Se acercó a mi mujer y a mí, nos pasó las manos por la cintura y empezó a recorrernos con las puntas de los dedos, despacio, como midiéndonos. Giré la cabeza y ya se estaban besando, mi esposa y ella, jugando con las lenguas a un palmo de mi cara. Bajé una mano por la espalda de Daniela hasta su trasero y la apreté. Era todo músculo y firmeza. Mi mujer me miró por encima del hombro de Daniela y se mordió el labio.

—Podéis hacer lo que queráis con Daniela —dijo la voz de Vera, en algún lugar a mi espalda.

Nos guiaron hacia un diván amplio y mullido. Mi mujer se sentó a horcajadas sobre mí sin más preámbulo, tan húmeda que entré de una sola vez, y se quedó quieta un segundo, con los ojos cerrados, antes de empezar a moverse. Daniela se acomodó por encima, ofreciéndome su sexo y exponiendo el suyo a mi mujer. Las dos nos pusimos a darle placer con la boca al mismo tiempo, y noté la lengua de mi esposa rozando la mía mientras lamíamos a la misma mujer.

Daniela gemía bajito, moviendo las caderas, marcando el ritmo. Yo sujetaba el trasero de mi mujer y la guiaba arriba y abajo sobre mí, lento y profundo, sin acelerar, alargando cada embestida hasta que la sentía estremecerse.

***

Cuando levanté la vista, entendí que aquello era apenas el principio. Al fondo del salón, Carmen estaba sujeta a un arnés que colgaba del techo, los pies rozando apenas el suelo, mientras Leo la embestía por detrás y ella tenía la boca ocupada con Darío. Sus gemidos llegaban ahogados. Andrés, su marido, observaba atado a una silla a pocos metros, con unas pinzas conectadas a unos cables y una máquina que pitaba cada vez que su pulso se disparaba. Vera lo vigilaba como una araña que rodea su tela, ajustando la máquina, susurrándole cosas que yo no alcanzaba a oír.

—Te excita ver a tu mujer así, ¿verdad? —le dijo, lo bastante alto como para que todos lo oyéramos.

Andrés no contestó. La máquina pitó otra vez y él se tensó entero.

Daniela volvió a nuestro lado arrastrando un puf y un consolador. Se sentó al borde, abrió las piernas y empezó a jugar consigo misma sin ningún pudor, mirándonos, subiendo la intensidad del vibrador hasta que el zumbido se mezcló con los gemidos del resto de la sala. Mi mujer la observaba fascinada, sin dejar de moverse sobre mí.

***

En algún momento cambiamos de posición. Daniela colocó a mi mujer boca arriba, con el trasero apoyado en el borde del diván, y se agachó entre sus piernas para devorarla con la boca. Mi mujer abrió los muslos y separó ella misma sus nalgas, en una invitación que no dejaba lugar a dudas. Me coloqué detrás, intenté entrar en su sexo, pero ella bajó las caderas y me ofreció el otro orificio. Casi me eché a temblar del gusto. Redirigí la polla y empecé a meterla despacio. Entró suave, apretadísimo, mientras Daniela seguía con la lengua donde yo ya no llegaba.

—Sí —murmuró mi mujer, con los ojos en blanco—. Así.

Empujaba sin prisa, sin llegar al fondo, dejando que se acostumbrara. Daniela sujetaba sus caderas para que no resbalara con el sudor. Las tres respiraciones se acompasaron, y por un instante me olvidé de que había más gente en aquella sala.

***

El final del primer acto fue una cascada. Al fondo, Carmen gritaba que no pararan, que más fuerte, mientras sus tres amantes la usaban a la vez sin tregua. La máquina de Andrés pitó con un tono que ya no era amarillo sino rojo, y él convulsionó visiblemente, pero no dijo la palabra de seguridad. Vera se acercó a él, le arrancó las pinzas de un tirón y le pasó la mano por el pecho sudoroso, entre el alivio y el castigo. Luego levantó el brazo y chasqueó los dedos.

Fue como una orden invisible. Los hombres de Carmen se vaciaron sobre ella casi al unísono, en la cara, en la espalda, dentro. Andrés se corrió hacia el rostro de Vera, que lo recibió con la boca abierta. Y yo, incapaz de aguantar más, sentí que Daniela se giraba a tiempo de atrapar mi polla entre sus pechos, y solté todo lo que tenía contra su cuello mientras ella bajaba la boca para no perder ni una gota.

Nos quedamos unos minutos en silencio, recobrando el aliento, todos con la piel brillante y la respiración entrecortada.

—Antes del segundo acto —dijo Vera, secándose con una toalla—, vamos a refrescarnos.

***

Nos llevaron a unas duchas amplias. Daniela se metió conmigo, me enjabonó el cuerpo entero con una sonrisa, dedicó una atención especial a mi sexo todavía duro y luego pasó a la ducha de mi mujer. En una mesa de piedra había tres copas idénticas con un cóctel de aroma floral y cítrico. Brindamos y bebí. Sentí enseguida cómo una energía nueva me subía a las mejillas, como si la sangre me hirviera otra vez. No supe qué clase de brebaje era, y para cuando quise preguntarlo ya lo había terminado.

Vera apareció en el umbral, ahora con un batín de seda transparente que no ocultaba nada, y unas sandalias de tacón.

—Acompañadme, queridos.

***

La segunda habitación era enorme, cuadrada, con una cama baja en el centro y espejos en el techo. Allí esperaba un cuarto hombre, un tipo musculoso de piel brillante y acento extranjero, lleno de tatuajes. Vera nos miró a mi mujer y a mí.

—Ahora el centro de todo vais a ser vosotros dos —dijo—. No estaréis juntos hasta que yo lo diga. Podéis correros las veces que queráis. Recordad: el morbo es el escalón más alto del deseo. Disfrutad.

Pestañeé y sentí que recuperaba el control de mi cuerpo. Mi mujer tomó la delantera: cogió de la mano a Leo y lo llevó a la cama, llamando con un dedo al hombre tatuado. Yo me senté en el sofá con Daniela, y noté a Vera acomodarse a mi lado.

—¿Quieres que os acompañe? —preguntó al oído.

—Por supuesto —dije, y descubrí con sorpresa que podía hablar otra vez.

Bajé la boca a los pechos de Daniela mientras rodeaba los hombros de Vera y la empujaba con suavidad hacia mi entrepierna. No la miré, pero sentí sus labios cerrarse alrededor de mi polla. Su perfume me llegaba hasta lo más hondo del cerebro, denso, imposible de ignorar. Decidí hacerla esperar, devolverle algo de su propio juego.

***

En la cama, mi mujer estaba entre los dos hombres, dejando que jugaran con su cuerpo, una mano en cada sexo. Me buscó con la mirada, sonrió y empezó a moverse sobre Leo mientras el otro la penetraba por detrás. Sus pechos rebotaban con cada embestida. Cabalgaba a sus amantes, marcando ella el ritmo, clavándoselas hasta el fondo y volviendo a subir, sin dejar de mirarme.

Yo aparté con cuidado a Vera, la tendí sobre el sofá y le abrí las piernas. Quería arrancarle el control. Hundí la lengua en su sexo, recorrí cada pliegue, llevé los dedos a su entrada mientras Daniela se acercaba por detrás y me ofrecía sus atenciones. Vera gemía, sorprendida, y cuando la sentí al borde del orgasmo me retiré. Un quejido salió de su boca.

—Haz conmigo lo que quieras —susurró, y aquello terminó de encenderme.

***

La penetré de golpe, hasta el fondo, y ella abrió mucho los ojos. Gimió sin disimulo, acoplando sus movimientos a los míos. Cuando intentó llevarse la mano al clítoris, se la sujeté. No tenía permiso. Le di la vuelta, le até las muñecas con la punta de la sábana y entré de nuevo, esta vez por detrás, despacio, abriéndola con la lengua y los dedos antes de la polla. Se retorcía, luchaba, no se lo esperaba.

Al otro lado, mi mujer había vuelto a tener a sus dos amantes dentro y se sacudía con un orgasmo salvaje, gritando, antes de pasar a mamar las dos pollas que tenía a su disposición. La miré mientras embestía a Vera, y ella me devolvió una sonrisa felina, encantada de que la viera y de verme.

Tomé a Vera en vilo, las piernas alrededor de mi cintura, y la llevé hasta la cama para dejarla junto a mi mujer. Quería que estuviéramos cerca, que cada uno fuera testigo del otro. Me corrí dentro de ella con un último empellón, y ella apretó como si quisiera exprimirme hasta la última gota. Caí rendido a su lado.

Mi mujer recibió, casi al mismo tiempo, la descarga del hombre tatuado, que anunció algo en su idioma antes de vaciarse sobre ella. Quedamos los tres tumbados, jadeando, mirando nuestros reflejos en el techo.

***

Dormimos un rato. Cuando desperté, mis amigos charlaban vestidos con Vera, que llevaba ya una bata larga. Nos sirvieron café. Calculé, por la luz que entraba por las ventanas, que llevábamos casi doce horas allí dentro.

—¿Quién te ha faltado, cariño? —le preguntó Vera a mi mujer, con una media sonrisa.

—Marco… y mi marido —contestó ella, relamiéndose al recordar.

—No me parece justo que la pareja no haya hecho nada en toda la noche —dijo Vera, y le echó unas gotas de un frasquito al café de mi mujer.

Ella lo bebió de un trago. Se le dilataron las pupilas, se le endurecieron los pezones, y se abalanzó sobre mí besándome como si encendieran una mecha. Yo me había corrido dos veces ya y dudaba de tener una tercera, pero estaba a punto de comprobarlo.

Marco se desnudó. Mi mujer se entregó a él con un hambre que yo pocas veces le había visto, y entre los dos la llenamos por todos lados mientras nuestros amigos aplaudían el último acto. Cuando todo terminó, Marco me ofreció la mano.

—Estás con una mujer increíble —me dijo—. Cuidaos.

***

Pasaron los meses. Volvimos a nuestra rutina, a los niños, al trabajo, a algún hotel los fines de semana en que los abuelos se quedaban con ellos. Carmen y Andrés acabaron separándose; ella decía que él se había aficionado demasiado a aquellos juegos. Yo no preguntaba. Hay verdades que prefiero no conocer.

Una tarde de mayo llegué antes de casa y encontré a Carmen tomando café con mi mujer. Tenía los ojos tristes, lejos del brillo de aquella noche. Hablamos de cosas sin importancia hasta que dejé las llaves en el cuarto. Cuando volví, mi mujer me cogió de la mano.

—Anda, tonto, ven —dijo, y me llevó al dormitorio.

Carmen estaba tendida en nuestra cama, solo con unas medias. Miré a mi mujer, que ya se desnudaba.

—¿Y los niños? —pregunté.

—Con la madre de Pablo, hasta las nueve. Tenemos cuatro horas.

Supe que aquello no era casualidad, que llevaba tiempo gestándose. Pero qué bien se vive en la ignorancia. Bajé la vista y tenía a las dos compartiendo lo que era mío.

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Comentarios (3)

JuanC_BA

Tremendo relato, uno de los mejores que leí acá!!!

TabooWolf

Por favor una segunda parte, quedé con muchisimas ganas de saber cómo terminó esa noche

MarcelaR_BA

Es exactamente el tipo de historia que uno fantasea y que rara vez alguien cuenta tan bien. Gracias

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